lunes, 11 de enero de 2016

Entrevista a José María Álvarez: “No te preguntes nunca por qué escribes. No lo sabrás jamás”





Vivir Llevar el cuerpo hasta ese extremo 
En que todo se revela. 

 J. M. A. 


Sus ojos son de un profundo e inquietante azul. No tienen edad. Son eternos, como las ciudades que ama. Miran, curiosos, toda la mecánica previa a la entrevista: la grabadora aquí, algún que otro papel con notas y un lápiz. Observan los objetos que salen de la bolsa mientras mantiene una conversación sobre sus últimas actividades en un París que, reconoce, a veces se torna aburrido. 

Su voz es tan profunda como la mirada. Llena de graves que van de aquí y allá con la energía de un adolescente y una pátina de calma que solo tienen los que han vivido como él. Su biografía, en parte desconocida, lo ha convertido en un mito de las letras españolas y su obra, mayúscula, hace que de él se diga que es uno de los grandes. 

José María Álvarez (Cartagena, 1942) ha escrito versos increíbles, que se graban a fuego como tinta bajo la piel. Su Museo de Cera es una invitación a perderse en los pasillos interminables de una galería llena de ópera, arte pictórico, literatura y placeres. El sexo como una pieza de Brahms, el alcohol como los mejores sonetos de Shakespeare, el tabaco, algún lienzo con granados colores. Su existencia es un apostolado devoto del Arte. 





-Dicen que ya escribía intentos de poemas teniendo tan solo diez años… 

-Incluso antes (interrumpe). Cuando murió mi madre encontré algunas cosas mías que ella tenía guardadas. Y son anteriores, de mis ocho o siete años. 

-Hoy, décadas después, acumula poemarios, ensayos, novelas… ¿queda algo por decir? 

-Nunca se sabe si nos queda algo por decir. Pero la curiosidad, y no me refiero a la externa, sino a la que nace sobre uno mismo, no termina. Podrás escribir con más acierto o menos acierto, pero siempre está la curiosidad. 

-¿Qué cosas son las que le producen curiosidad en estos momentos? 

-La curiosidad son los ojos abiertos. En cuanto a la vida fuera de nosotros, a lo que pasa en el mundo ¡es tan imprevisible! El mundo cambia en cinco minutos, ¡pero que cambia todo! Y además cambia en cosas que nos afectan. Por ese lado, siento cierta curiosidad por ver cómo evoluciona nuestra especie, hacia qué camino vamos. 

Luego, sobre uno mismo también hay curiosidad, porque descubres, incluso a los 72 años, cosas nuevas en ti, sentimientos nuevos, obsesiones nuevas…, incluso, cómo te diría, pasiones nuevas. Notas cómo vas hacia otras cosas. Pasa como en la música. Si tú amas la música, te das cuenta, de pronto, que llevas escuchando dos meses seguidos a Chopin. Y luego estás cuatro meses con Bach, o con Vivaldi. Vas así. Y con los libros, con la literatura, pasa igual. Y cada vez que lees de nuevo un libro, si es un gran libro, le descubres cosas nuevas. 

-¿Eso ocurre muy a menudo?

-Ahora llevo un par de semanas releyendo a Kafka y a Stendhal –y mira que los he leído en mi vida—y descubro cosas nuevas, sentidos nuevos en una idea, abismos... Cosas así. 

-Hablaba de descubrir cosas nuevas, incluso pasiones nuevas. Esta idea parece que va en contra de ese discurso que dice que las personas, llegadas a cierta edad, ya han vivido todo aquello que debían vivir. 

-Depende de tu actividad, del campo de tus actividades. Puede que haya algunas que antes de los setenta, de los sesenta, de los cincuenta, ya hayan llegado a agotarse. Otras no se terminan. Yo pienso a veces, por ejemplo, en Goethe. Fíjese... Si alguien ha hecho cosas, ¡la Virgen Santa!, es Goethe. ¡De todo!: literarias, científicas... Y a los ochenta años le preocupaba mucho estar empalmado por aquella jovencita que intentaba tirarse entonces. Claro, que eso era cuando todavía había sexualidad. Ahora, como la han matado…

-¿Cómo que la han matado? 

-Nunca ha sido menos libre, nunca ha estado más controlada, más penada y más perseguida que en estos momentos. ¡Vamos! Yo no conozco ningún momento en la Historia en el que la sexualidad esté tan cercada como en estos momentos. Si piensas en el siglo XVIII, en el siglo XVII… Y no te hablo de antes porque ya… En Francia hasta el rey tenía prostíbulos, era una cosa normal. Era fantástico, otro mundo.


En Álvarez, vida y literatura se entrecruzan para formar parte de un todo: su propia biografía. Celebrado por muchos, el poeta escribe como contempla el mundo. El Arte, la música, las pasiones, el alcohol, los viajes –ama Istanbul, París, Roma, Venezia…— y, sobre todo ello, la Literatura están presentes en su obra de un modo recurrente y continuo. Los versos de José María Álvarez son una topografía, un mapa trazado para que el lector se atreva a vivir. 

-Dice Alfredo Rodríguez que su poesía es celebrada por el lector inteligente. 

-Yo ahí no estoy de acuerdo, porque la poesía no requiere tan sólo de inteligencia. En el arte en general, esta historia de los expertos e inteligentes…, nada: un poema, un cuadro es lo que es. Incluso sobra la anécdota o la historia que lo rodea. Si tú entras en un museo y de pronto ves algo en un cuadro que te posee absolutamente, es suficiente. Después viene si aquel es Carlos I al lado del caballo u otra cosa. La anécdota. Pero lo primero que te impresiona es ese misterio que es el Arte. ¿Eso lo ha dispuesto el pintor con inteligencia? No, yo creo que yo. Pienso que ahí intervienen otras cosas, la mayoría de ellas inconscientes. 

-¿Ocurre igual en la escritura? 

-Cuando escribes no eres consciente de todo lo que va naciendo en el papel, ni de las imágenes. Escribes y... tienes algo de medium. Y muchas veces es el lector el que, mucho tiempo más tarde, te descubre nuevas significaciones que tú incluso no habías pensado. Es más, si uno escribiese para inteligentes, no sería sino otra especie de racismo. 

Uno escribe lo que a uno le emociona. Y luego hay gente que lo lee y se emociona contigo. Y ese que se emociona puede ser Einstein o un pastor analfabeto que abre los ojos de par en par cuando le recitan las Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique

-¿Y no le preocupa que los lectores puedan perderse entre las referencias, las citas, los recursos a la historia y los demás elementos culturales que incluye en sus poemas?

-No. Tú dejas ahí un mundo, y unos cogerán un trozo, otros otro… Luego, con el tiempo, llegan los expertos y se cargan el libro: es cuando empiezan a decir “aquí en realidad se está refiriendo a... o, se ve que le dolía una muela cuando hizo este verso; o cuando era niño y quiso que le compraran un pastel y no lo hicieron y se traumatizó..." Es el cáncer de la enseñanza.  

El Arte es emoción y encanto. Y nada más. Y, además, no tiene explicación. Pienso en aquello que decía Rilke de Hölderlin: “Los poetas salen solos como la luna”. 

A mí me gustaría mucho que cualquier poeta de verdad, salvo que sea un imbécil, me diga por qué escribe. Porque yo no lo sé. 

-Ese es un pensamiento muy recurrente en grandes artistas.

-Vamos a ver: ¿qué justificación racional hay para que en un grupo de siete niños a seis les guste el fútbol y ese que queda disfrute escribiendo y leyendo? Si tienen la misma educación, se han criado en el mismo mundo y son seres humanos exactamente iguales, ¿qué crea esa diferencia? Algún día, quizá, la lobotomía general saque algún nervio o algo que lo explique, pero yo no lo sé. Solo sé que desde muy crío tenía esa necesidad. Y la sigo teniendo. 

-¿No cree que el contexto en el que uno se desarrolla puede contribuir a ese gusto por el Arte? 

-No. En absoluto. Eso es como en los asesinos. Se dice, “claro, era de una familia destruida”. Eso no es así: ha habido familias hechas polvo que han dado a la madre Teresa de Calcuta y otras familias excelentes donde ha crecido el destripador de no sé dónde. 

-Por volver al tema que algunos han calificado como abuso de las citas y referencias en su obra. Muchos lectores admiten desconocer a muchos de los autores que cita y… 


-(Interrumpe) ¡Ni falta que les hace! 

-Precisamente: esos lectores que admiten eso, aseguran justo después que este desconocimiento les produce una sed de conocer, de saber más. 

-Es que es justo eso lo que tiene que producir. Y ya está. Yo a muchos autores he llegado por la casualidad de descubrir un libro desconocido en una librería, pero a la mayoría los he conocido porque maestros míos han hablado de ellos. A otros los conoces un poco, levemente. Y, de repente, uno de tus maestros reflexiona sobre él o a propósito de él y te interesas de nuevo. Eso me ha ocurrido decenas de veces. Borges, por ejemplo, me encauzó. Y Stevenson, o Hume. Y yo espero que con lo que he hecho también haya mucha gente que sienta curiosidad. 

-¿Cree que en la actualidad existe una desafección generalizada por esa sed de saber? 

-Sí, claro. Pero eso es en todo. En la Literatura y en todo. Yo soy muy contrario, enemigo respecto a dónde ha derivado la enseñanza, a cómo es la enseñanza. Creo que la Literatura no debería estar en los sistemas de enseñanza. La enseñanza es la Física, las Matemáticas, la Química, la Geografía, la Historia…, y, en todo caso, una Historia del Hombre en la que se cuente que ha escrito libros igual que ha hecho otras cosas memorables, el comercio, las catedrales, o ha creado algunos inventos. Pero luego, es una cosa muy personal de cada uno regalarse la vida en relación con la literatura. Yo no creo que se pueda despertar el gusto por Leer. 

-¿No? 

-No. Tú puedes incrementarlo, pulirlo, dar acceso a los libros, pero… ¿despertarlo? Si no lo tiene uno, no hay manera. 

Aparte, he conocido a muchas personas felices que no leían. ¡No es necesario! Esta obsesión de la cultura, de la lectura… ¡Esto qué es! Mira, a Borges no le gustaba la música. ¡Nada! Y era muy feliz y muy sabio. No oía jamás salvo un poquito de Brahms. Y porque Bioy lo frecuentaba, y bueno… No le interesaba Mozart, no le interesaba nada. 

-A ese respecto, hay una pose del ‘cultureta’. 

-¡Claro! ¿Y por qué es más importante –no sé—leer que acostarse con una mujer? Son mundos. Yo es que no lo sé.

-Es que probablemente no lo sea. 

-Esta sociedad ha creado muchas obsesiones. Eso de las lecturas obligatorias en los colegios… ¡Dios bendito! Si tú eres un profesor, un buen maestro, eres capaz de identificar a dos o tres alumnos a los que se le ponen las orejas de punta. Ese maestro debe después hablar con ellos y recomendarles leer a Plutarco, a Homero, a Virgilio, a Dante... Y quizás después él y tú seguís hablando y lo llevas a Tácito o a otro. Pero no creo en las lecturas obligatorias. 

-Además, en las aulas se trabaja la Literatura como un objeto de análisis. 

-La enseñanza, la mayoría de profesores y los críticos son como los embalsamadores de la casa de los muertos de Egipto. Al primero que no le interesa nada es al que está hablando. 

Aparte, las historias de la Literatura, del Arte…Tú no puedes entender a Montaigne si no entiendes el mundo del siglo XVI, lo que estaba pasando, y la memoria de la crueldad de las guerras de Religión, y lo que significó Enrique IV... Y luego, después de verlo todo, darte cuenta también de que los Ensayos son un mundo en sí mismo donde todo, esa realidad, no es sino un marco. Y así siempre. 



Pese a que Museo de Cera es lo que podría denominarse como la obra total y vital del escritor, José María Álvarez ha dado a la Literatura Española más de medio centenar de obras entre las que caben traducciones, poesía, ensayo, narrativa, diarios… 

 Sus traducciones de Kavafis o de Hölderlin; libros de poemas como Como la luz de la luna en un Martini o el propio Seek to know no more, de reciente aparición; y trabajos en prosa como Sieg heil!, la biografía de Lawrence de Arabia y sus diarios evidencian que es un escritor total, digno en todas las disciplinas, brillante también en todas ellas. 

-Cómo y dónde surge el poema en la mente de Álvarez. 

-¿Cómo surge un poema? 

(Sus ojos azules se tornan violentos. Se abren casi hasta el infinito y escrutan. No ocurre con el resto de su cuerpo ni de su rostro. Todo sigue relajado en la silla, mechero en una mano y puro siempre encendido en la otra. Son únicamente sus ojos. Ahí está el alma del poeta, tocada de lleno cuando toca hablar de su propia obra)

No lo sé. No lo sé. De muchas maneras. Mira este ejemplo: estaba en Caracas un día, bajo a desayunar en el hotel y me encuentro un periódico. Hojeándolo veo una esquela y el nombre de la mujer que había muerto: Lesbia Luna de Guerrero. ¡Me quedé muerto! Bueno, pues Lesbia Luna estuvo dando vueltas en mi cabeza y luego surgió un poema. Ya no era Lesbia Luna de Guerrero, sino Lesbia Luna. ¿Y qué quiere decir Lesbia Luna? Nada. No quiere decir nada: es puro sonido.

Otras veces es una imagen. Una imagen que puede ser real o no. 

-¿Qué quiere decir? 

-Mira, una imagen real...: Estamos aquí sentados y puede entrar por ahí una mujer que dices ¡la Virgen Santa! Y de alguna manera, esa imagen se queda en tu cabeza. Esa mujer y esa imagen con el paso del tiempo y tras darle vueltas a lo mejor termina en Berlín, en una cafetería. Y quizás su rostro se desdibuja y se va mezclando con el rostro de otra que tú has amado en algún momento. De ahí surge un poema. Y al final, lo único que queda es el poema. Al final, lo único que existe es lo que existe en el poema. 



-¿Y dónde acaba el poema? 

-No se sabe. Lo único que un escritor sabe o debe saber es cuándo se acaba para él. Pero no porque se acabe, sino porque él ya no puede hacer más sobre eso. Es, más bien, una cuestión de saber hasta dónde llega el talento del escritor. Pero evidentemente, supongo que habrá soluciones mejores para algunos versos y para algunas imágenes. Lo único que sí sabes es que ya no puedes hacer nada. 


-¿Se ha dado cuenta, José María, de que usted no sabe nada? 

-(Ríe) Y cada vez sé menos. 

-El Arte, al cabo, nace de un sentimiento inexplicable, y uno no sabe cuándo terminar. 

-Incluso más: no sabes dónde te va a llevar. 

-Acumula imágenes que luego se convierten en poema tras buscar las palabras precisas. ¿No se enfrenta a momentos en los que no encuentra la forma de contarlo? ¿No le resulta tormentosa esa situación? 

-Sí, claro. Pero se pasa, hasta cierto punto, escribiendo. Pero eso es igual que cuando una mujer se te pone aquí (señala su frente con el dedo índice). Ese proceso termina cuando te la tiras y dices: “Se ha terminado”. 

-El secreto, lo difícil, será encontrar el modo exacto. 

-Borges hablaba sobre unos versos de Rubén Darío: “La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa?”. Digamos eso de otra manera, incluso si quieres con las mismas palabras: “Está triste la princesa… ¿Le pasa algo a la princesa?” Eso no es poesía e incluso es mala prosa. Eliot tiene muchas páginas sobre eso. 

-¿Tampoco hay, entonces, una actitud propicia para que se encienda la llama? 

-Muchas imágenes que luego yo he hecho poemas me han venido en el baño. Estaba en el baño, viendo una revista que no tiene que ver con nada, como un Fotogramas, y me ha venido un verso sobre las Termópilas. ¿Qué relación hay? Al igual que esto, otros versos me han venido escuchando a Mozart. No, no hay una actitud, una predisposición para que surja un gran poema.

Lo que pasa es que en la alquimia terminas siempre en un espacio cerrado que es tu mesa, la máquina, los libros que tienes y el papel en blanco. “Sur le vide papier que la blancheur défend”, que decía Mallarmé. Ahí acaba el poema, pero ha empezado en otros sitios.

(Rebusca el poeta en los bolsillos interiores de su chaqueta. Aquí y allá sus dedos ágiles rescatan pequeñas cuartillas de papel. También un bolígrafo plateado. Su brillo compite, bajo el sol de Cartagena, con el del anillo que Álvarez siempre lleva en el dedo meñique). 

Yo siempre llevo unos papelitos. Los cojo en los hoteles porque me vienen perfectos. Si se me ocurre algo, bueno, pues escribo cuatro notas. Hay sitios donde escribo muy bien, como en los aviones. No en los vuelos cortos por Europa: en los largos. Y sobre todo en los nocturnos. Ahí trabajo, y trabajo muy bien.


-¿Tiene el poeta, el intelectual, un papel en la sociedad? ¿Le debe algo por su papel de intelectual? 

-No. Como decía Machado: “Al cabo, nada os debo”. Y el “debéisme cuanto he escrito” no sé hasta qué punto es (sonríe). No. A la sociedad no le debe nada la escritura, porque es algo que se produce aparte de la sociedad. Es como si me dices que el escritor le debe algo a su primo hermano, a su mujer, a sus hijos. Pues no sé, quizá en algunos casos sí le debe algo. Yo tengo un verso que le debo a un hijo mío.

-La pregunta iba en relación con esos poetas que se sitúan como el adalid de alguna causa.

-Yo no creo tener ningún compromiso con nadie ni ninguna tarea mesiánica. Nada.

Un escritor solo tiene dos referentes –si se puede decir así— con quien hablar, con quien enfrentarse. Uno es a su propia memoria y su capacidad, y el otro es a otros escritores que han escrito antes. Cuando tú tienes un poema y estás dándole vueltas, con quien estás hablando no es con un vecino ni con la sociedad, tú estás manteniendo un diálogo John Donne, o con Shakespeare, o con Mandelstam. Es con ellos con los que tienes algo que ver.

¿Que luego tu obra refleje aspectos de la sociedad en la que has vivido? Hombre... Los poemas que yo escribo, el deseo, el amor…, sus imágenes, evidentemente viven en la sociedad en la que he vivido, en la que vivo, pero la poesía es intemporal.

-Ha escrito sobre amor, deseo, política, muerte…, ¿hay algún tema que se prohíba? 

-No. Tampoco creo que un escritor deba prohibirse nada. Es lo que viene, lo que viene. En mi nuevo libro (se refiere a Seek to know no more) hay poemas desde la carga de Gettysburg, que es largo, hasta cuando murió el cardenal Danielou; o el recuerdo de Alejandría en plena revolución...

Sé que hay cosas a las que recurro más en mis poemas que a otras, pero eso no implica autocensura. Por ejemplo, la luna. La luna es un elemento que entra mucho en mis textos. Y en este último libro me he dado cuenta de eso, de que la luna tiene mucho que ver. Pero yo eso lo veo a posteriori: ni me obligo a escribir sobre nada, ni me prohíbo nada.

Y es que si lees a estos poetas inmensos nuestros del Siglo de Oro: Quevedo, Góngora…, te das cuenta de que no se prohibían nada, ni en lenguaje ni en nada. El problema ahora no es ya lo que nos prohibimos, es lo que nos prohíben.

-En sus diarios sorprende cuando habla de la alquimia: escribe el poema en una hoja y luego, sobre esto, añade, quita o modifica con pequeñas tiras que pega con cinta adhesiva. 

 -Ah, sí, sí, claro. Ese es mi sistema de trabajo.

-Concienzudo. ¿Cree que falta, en la poesía actual, ese trabajo continuo, ese reposo? 

-Sin duda. Pero se precipitan, entre otras cosas, porque todo invita a que se precipiten. Piensa en la cantidad de revistas, de periódicos, de suplementos culturales, de actos y lecturas –aunque ahora hay menos porque hay menos dinero para tirar—. Así, cualquier poeta joven que empieza a los dos días ya está por ahí publicando.Se da poco tiempo para que ‘eso’ se asiente. Y también poco tiempo para que pase los filtros de la desesperación por no publicar, etcétera.

-Es todo muy efímero. 

-Es todo pum, pum, pum, pum, pum. (dice esto casi con desdén. Su mano marca un camino en el aire con golpes secos al ritmo de las onomatopeyas).

Tampoco tengo yo demasiado trato con jóvenes poetas. Muchos sí que me mandan sus cosas para que las lea. Suelen ser bastante malas. Pero vamos, no es que hable con ellos. Sí me da la impresión de que piensan que esto es algo fácil y que cualquier cosa está bien. ¡Como a todos les están diciendo que todo vale! Esto no es bueno. Harían falta filtros duros. Que pasarlos implicara más trabajo. 

-¿También falta más respeto del escritor por uno mismo, el deseo de querer hacer algo digno? 

-Sí. Eso es lo básico. Hay algo que percibo –y no solo en escritores jóvenes, también en gente de mi quinta – , y es su profunda incultura. Y no es que haga falta ser muy culto para escribir poesía: Rimbaud era jovencito y había leído muy poco cuando empezó a escribir y sus versos son inolvidables. Lo que sí hace falta, si persistes y si quieres estar en este mundo, es sentir que tu destino es la literatura. Y por lo que veo ahora mismo en gente posterior a nosotros -sobre todo en las últimas hornadas- es que la mayoría no han leído absolutamente nada. ¡Pero nada! Hay enormes vacíos.

 -¿Y esos autores no deberían sentir que eso es una carencia? 

-Este es el problema: que no lo sienten así.



José María Álvarez es un autor generoso: prácticamente toda su obra está accesible de un modo gratuito en la red por iniciativa propia. Cualquiera de sus libros, de sus novedades, pocos meses después de ver la luz en papel ya figuran en el listado de posibles descargas de su web. Sonríe alborozado cuando habla de esto: es el único modo, dice, de que cualquier lector del mundo pueda perderse en sus versos. Quizá ese sea su mayor objetivo, que su obra exista desposeída de fronteras.

-Diarios, poemarios, ensayo, novela…, todo está en su web y cualquier persona puede acceder al contenido íntegro de forma gratuita. ¿Dónde queda el celo del poeta por su obra? ¿Dónde ese discurso de que el lector debe pagar por la lectura para que el oficio no se prostituya? 

-Yo no creo en el copyright. A veces he dicho que perfectamente podríamos ser anónimos, como los que construyeron las catedrales. No tengo ninguna manía con mi nombre. Uno hace algo no sabe por qué, sino porque tiene la necesidad de hacerlo. Y, una vez hecho, no le pertenece a él. Eso es del mundo.

Yo soy enemigo de Internet, pero por otras razones. Creo que no es bueno, pero ni para los escritores ni para nadie. Primero, confunde la información con la sabiduría. Y fatalmente, y es terrible, le ha dado un poder como nunca a los estados para el control de la gente.

Sí que hay alguna una cosa en estos nuevos medios, por ejemplo la inmediatez en la corrección de textos. Antes tú lo enviabas, lo picaban, te lo volvían a mandar… Ahora eso es muy rápido: en el mismo día yo he hecho correcciones, me lo han devuelto corregido y he dado el visto bueno. Es una cosa práctica, pero antes se hacía sin Internet y tampoco pasaba nada.

Ahora, lo que más me interesa de Internet es que es una espacio muy difícilmente controlable, y por lo tanto es muy libre. Yo meto un poema y, en ese instante, está en todo el mundo para el que lo quiera. Salta por encima de cualquier censura e imposición. Porque las censuras no son solo las del estado. También está la censura de la que, usando aquella vieja y siniestra palabra, llamaban intelligentsia. En realidad, más que el estado es el resto de la intelectualidad la que te censura, expulsa, cercena y cierra puertas. Internet permite que ese poema pase cualquier tipo de censura. De momento.

-Y también rompe fronteras. 

-Hay sitios adonde es muy improbable que un libro tuyo, aunque tenga éxito, llegue. Piensa que puedes tener un libro con un éxito grande que ha vendido catorce ediciones: ese libro con dificultad se edita hoy, por poner un ejemplo cercano, ni en Francia –aunque Francia no es buen ejemplo, porque suele ser bastante cerrada—, pero, desde luego, lo que sí es absolutamente improbable es que ese libro tuyo esté en una librería de Singapur, o en Ulán Bator, o en Kenya... Es algo imposible. Y hay gente que habla y lee español en Ulán Bator o ¿por qué no? En Tumbuctú. Es una manera de darles el libro. Y por eso yo lo puse todo ahí, en Internet.





-¿Y las ventas? 

(Mira con sorpresa) 

-El miedo que los poetas tiene a eso, ¿es económico? Qué imbecilidad. Lo primero: de tu libro, aunque se venda, no vas a cobrar un céntimo. ¡Eso da igual! Y luego, el lector que te sigue y que ama los libros, aunque lo haya leído en Internet, va a buscarlos en papel.

No tengo ningún celo en este sentido. El único celo que sí tengo, aunque es imposible de controlar, es que el verso lo mantengan como tú lo has escrito. Pero bueno..., en cuanto a esto, yo creo que si algo es verdaderamente fuerte, aunque le cambien alguna palabra... Es como cuando ves una representación de Shakespeare por una compañía de cómicos de un pueblo perdido. Hay algo ahí que sobrepasa la representación y que sobrecoge. Ha permanecido.

-Escribía Vargas Llosa un ensayo sobre la banalidad de la cultura. ¿Usted también lo observa? 

-Totalmente, totalmente.

-Recitales, encuentros…

-Basura absoluta. Es todo, en general, muy malo. Y es muy malo por banal. Lo que hay que preguntarse es por qué se da ese aplauso de lo banal. ¿Pero quién es el que selecciona lo más banal y lo protege desde el Estado con inmensas cantidades de dinero?

Eso se ve mucho  más claro en el Arte. Y cada vez más. Cuando ves esas instalaciones, una jaula con una mierda dentro y un palo... O tantos cuadros infames. Sería para cogerlo y tirarlo. ¡En Valencia pasó! Una limpiadora se llevó una obra de esas y la tiró. Esa mujer estaba dando una lección de inteligencia artística. Era la única que sabía de Arte.

Yo seguramente ya nunca voy a volver al Pompidou. Antes iba por un Picasso y tres cuadros de un pintor muy importante para mí que es Bacon. Pero ese espectáculo indigno, y cada vez más... Cuando ves delante de una estafa total, esos grupos de niños a los que se les está envileciendo el gusto... Hace poco, y estuve a punto de intervenir, había un corro de colegiales que estaba escuchando a una profesora que les contaba una sarta de estupideces sobre la inmensa importancia de una de esas porquerías. Me faltó esto, y me arrepiento de no haberlo hecho, para decirles: “No escuchéis a esta necia, que no sabe nada y está intentando de destrozaros la cabeza”. Eso es basura. Y se ha cargado a Francia.

-¿Qué le reprocha José María Álvarez a José María Álvarez?

-¡Uff! Supongo que cada vez que me he equivocado sin saber por qué. Aunque, como no sé por qué, tampoco podría reprochármelo. En realidad, si me miro, tampoco tengo muchas cosas que reprocharme. No, me encuentro muy en paz.

-¿Ha llegado a tocar la poesía con mayúsculas, que vas más allá de sentarse a escribir un verso? 

-¿Con mi propia obra?

-Sí. 

-Sí, hay algún verso por el que yo, ante mí, sí apuesto. Sí tengo algo que creo que va a quedar. En cuanto a esto, hay dos niveles de intensidad. Hay veces que estás escribiendo y tienes la sensación de que has acertado, aunque después quizá no sea así. En el momento en el que lo estás pariendo estás (tensa los brazos, abre los ojos. No dice nada más) 

Otras veces tienes que releerte por algo y un verso tuyo te parece de otro y te interesa. Dices, joder, que verso. ¿Es mío? Sí, apostaría por alguno.



-Y, por el contrario, ¿ha visto alguna vez que algún poema ‘menor’ haya logrado ganarse el beneplácito del público lector? 

-Hay un muy viejo poema mío que se ha repetido… no sé cuántas veces. “Sólo quedamos vivos / Sobre la ciudad kaputt / Johann Sebastian Bach y yo / Y los dos muy borrachos”, o el de ‘La casa de los muertos’. No sé.

Nunca se sabe qué puede pasar con lo que escribes, igual que tampoco sabes por qué lo escribes. Por ejemplo, en el mismo libro que ahora estoy escribiendo (vuelve a referirse a Seek to know no more), hay poemas a los que no les coges el origen. Están ahí. Tendrá 39 o 38 poemas, pero muchos son muy breves.

-Muchos lectores coinciden en que en usted no sabe a poco un poema corto. Y es que hay autores que se empeñan no en hacer poemas largos, sino en alargar los poemas. 

-Uno de los elementos que entran en el proceso cuando estás metido en un poema es coger el instrumento con el que ese poema se toca. Quiero decir saber si esto es para piano, o clarinete o… Eso es fundamental. Hay poemas de clarinete, otros de piano y otros…, no sé, de guitarra eléctrica.

Y luego, ¿cuándo está acabado? Para mí es muy claro: está acabado cuando ya no puedes tocar más o cuando sabes que si tocas algo, aunque sea por poner una palabra más exacta, te lo cargas.

Un ejemplo: Borges tiene un poema muy breve que me parece asombroso. Creo que es uno de los mejores poemas de amor o de deseo que he oído nunca.

(Álvarez recita como nadie. Lo hace despacio, como si no existiera más tiempo que el del poema. Y su voz –siempre rotunda—lo es más todavía cómoda en los versos)

Dice:

“Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca
aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach”.

Borges, en los últimos años, cambió la palabra abrazo por la palabra amor. Yo le dije que no lo hiciera. En cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach es mucho más intenso que en cuyo amor desfallecía Matilde Urbach. Yo sigo leyéndolo siempre como abrazo. Incluso en algunas ediciones que ya viene como amor lo tengo corregido..

-Y usted, ¿con cuál de todos los versos que ha escrito se queda? 

-Eso sí que no lo sé.

(José María mira a Noelia Illán, sentada en la mesa durante toda la conversación. En su brazo, tatuado, un verso de Álvarez: “Oigo los hierros de la Ilíada”. Lo señala).

Ese es un buen verso. Y fíjate que es un verso con un error, pero que tiene que ver con lo que es la poesía. Yo debería haber dicho “oigo los bronces de la Ilíada”, pero no sonaba. El sentido de penetración, de lucha, de ruido, es hierros. Oigo los hierros de la Ilíada. Porque ahí ya no son las armas solo: es un estruendo de hierros. Y la palabra hierro en nuestro idioma tiene más fuerza en ese verso, que bronce. Eso es así.

Lo que mejor funciona en el arte es la intuición, más que razonarlo mucho. No te preguntes nunca por qué escribes. No lo sabrás jamás. Lo único que sabes es que tienes una necesidad que, en vez de llevarte al cine o no sé dónde, te lleva a clavarte ahí, en un papel. Y luego, tampoco te preguntes qué destino tiene eso porque no te pertenece, no es tuyo, no sabes lo que va a pasar. No sabes si todo va a morir rápidamente o si va a permanecer. Nunca sabremos nada.



Fotografías de Joaquín Baños

Texto de Daniel J. Rodríguez



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