martes, 12 de enero de 2016

HOY FIRMA: JOSÉ LUIS ZERÓN. "CARLOS OROZA: IN MEMORIAM".


CARLOS OROZA: IN MEMORIAM



El pasado 21 de noviembre falleció en Vigo, a los 92 años de edad, el poeta gallego Carlos Oroza, un icono de la poesía recitada y underground (fue fundador de la revista contracultural Tropos), que creía en la escritura, aunque llegó a publicar sus versos en unos pocos libros difíciles de hallar. Oroza era un poeta insólito de aliento chamánico, un artista de la voz y de la palabra que vivía un exilio voluntario en Galicia, muy lejos del mundanal ruido de los cenáculos literarios, para poder ubicarse en la memoria y reinventar la realidad lejos de la realidad convencional. Vivía el acto poético como una aventura incierta y su palabra discurría por los cauces de una semántica mística o visionaria. Carlos Oroza era considerado un anarquista, un beatnik, un rapsoda bárbaro, un repentista con una voz y un sentido musical privilegiados, pero sin duda, es también un considerable poeta literario, cuya singularidad, marginalidad y escasa estima a las letras y la filología  le alejó de los poetas que publican con frecuencia, ganan premios o de cuando en cuando salen en los medios de comunicación, si bien siempre fue respetado y, como todo autor de culto, hasta gozó de un grupo fiel de incondicionales. El poeta y periodista Antonio Lucas lo retrató acertadamente de esta manera en una entrevista: “Este hombre pertenece irremediablemente a un mundo que no existe. Y si existe es porque él lo ha habitado. Carlos Oroza es un poeta Universal del malditismo. Algo así como el druida de una civilización donde el rey es de sí mismo. Un gallego de Viveiro (Lugo), parido en casa en 1923. Un poeta huidizo y deslumbrante con perfil de bereber, ‘esqueletura’ de astilla y ese fulgor metálico en el mirar de quien ha probado el hambre y la sed, de quien ha visto demasiada noche (…), de quien se ha abrigado con todo el frío y a quien nunca le falta el adjetivo preciso para cada idiota que le sale al paso”. (1)


            Pero a veces el proceso de emancipación de un poeta va más allá de la rebeldía, de la propuesta revolucionaria o de la simple distinción. Hay poetas que se dedican a existir en la más completa soledad, que no crean escuela, que no son reconocidos como innovadores. Ellos mismos eluden hábilmente los reconocimientos, viven la ceremonia poética como una cosmovisión mágica acercándose a un estado primigenio, pues, como diría Julio Cortázar, “no trascienden de lo espiritual a lo fáctico”. Carlos Oroza era uno de esos poetas independientes -cada vez más escasos- que dedican su existencia a la poesía y se enorgullecen de su voz bárdica;  ”Bien, yo  no me quejo de mis penurias y no voy a pedir nada al estado. Si mi poesía se convierte en una pesadilla, no voy a buscar a un médico que me cure. Lo que no puede hacerse es subvencionar poemas. El poeta no debe recibir nada, que se joda, que sea poeta”.(2)

            Sin embargo, aunque se considerara “un salvaje contemplativo” y fuera un hombre pesimista, mordaz y hasta maledicente (conservo algunas cartas suyas en la que hace uso de una afiladísima ironía cuando se refiere al mundillo poético oficial), Oroza siguió manteniendo hasta el final de sus días contacto con el público, siguió dando recitales y atendiendo a sus admiradores, a decir del poeta, gente sencilla, de la calle; los no triunfadores, sobre todo jóvenes, pues a él siempre le horrorizó crear escuela o convertirse en el portavoz de unos gustos.


            Oroza era un poeta oral que escribió su poesía para ser escuchada y memorizada  y cuyas lecturas públicas solían ir acompañadas de una adecuada escenografía. Eran espectáculos corales en los que habitaban mágicamente la poesía, la pintura, la música y la danza. No estoy muy de acuerdo con las afirmaciones de algunos críticos empeñados en destacar de su poesía solamente la astucia del bohemio y la capacidad improvisadora del rapsoda. (3) Mucho se ha escrito acerca de su vida bohemia, y resulta difícil separar la leyenda de la verdad. Tras su muerte hemos leído en las numerosas necrológicas aparecidas en los medios de comunicación una profusión de anécdotas -algunas reales, otras cuestionables-,  acerca de la vida nómada de Oroza por el Madrid de los años 60 y 70, pero se ha hablado muy poco de su poesía Y es que la fama de del poeta gallego, no ha estado exenta de una topiquería exótica y chusca que ha dejado en un segundo plano su poesía, muy relacionada con el canto primitivo y con los versos que oralmente recitaron los bardos y trovadores de Occidente, que también bebe de numerosas fuentes de la poesía escrita, como veremos más adelante. No hay que olvidar, por otra parte, la popularidad de sus versos. Poemas de Oroza fueron musicados por conjuntos de rock, y su libro Cabalum (4) ha inspirado a compositores de música clásica contemporánea. Incluso el propio poeta llegó a grabar un disco. (5)

            Precisamente Carlos Oroza dejó un recuerdo imborrable en Orihuela. Fue en abril de 1986; invitado por la revista Empireuma, y con la colaboración del Ayuntamiento de la ciudad, el poeta gallego pasó una semana con nosotros. Se presentó de improviso con días de antelación, respecto a la fecha acordada, por lo que hubo de ser hospedado con urgencia en casa de mis padres los primeros días hasta que le buscamos un mejor acomodo en la vivienda del poeta Jorge Cuña, amigo común, quien nos facilitó el contacto preliminar con nuestro invitado. Se presentó de noche con sus rasgos de bereber y su figura de carrizo, portando una vieja maleta, y nos habló como si nos conociera de toda la vida. Traía un imponente catarro que apenas le dejó dormir durante un par de noches.

De aquellos días recordamos las tertulias improvisadas en cualquier lugar -al poeta le acompañábamos componentes del grupo Empireuma, algunos de nuestros familiares, y poetas y artistas vinculados a la revista-, los peregrinajes por la ciudad, con escalas en los principales bares y mesones. Las comidas en mi casa y Carlos alabando las dotes culinarias de mi madre. Para entonces la ciudad estaba llena de carteles que anunciaban el recital que llevaría a cabo el poeta gallego. Los fuimos colocando una noche por las calles de Orihuela, en compañía del propio Carlos. El inolvidable espectáculo se llevó a cabo en el abarrotado salón de actos del Instituto de Bachillerato Gabriel Miró. El acto fue presentado por el actor y director de teatro oriolano Trino Trives (amigo del poeta) y contó con la importantísima colaboración de los pintores José Aledo y Anselmo Mateo. El ritmo frenético de sus poemas embriagó al público.  Al finalizar el acto Oroza recitó un fragmento de su poema  Eléncar. En éste último surgió la sorpresa: las luces del escenario quedaron en penumbra, Pepe y Anselmo entraron en el escenario -invisibles bajo un sencillo efecto- y realizaron sobre un plástico unas pinturas con material reflectante: los trazos parecían surgir del aire, los colores, las formas y la música configuraban un clima mágico difícil de olvidar. Al finalizar el acto todos creíamos haber vivido una experiencia onírica.  
            Y si recuerdo aquel primer encuentro no es por un sentimiento puramente nostálgico, sino porque creo que es un obligado punto de referencia, ya que resultó decisivo para los responsables de la revista Empireuma, pues reafirmó nuestra vocación  de poetas y abrió nuevos caminos en nuestras respectivas e incipientes poéticas. Si bien no recogimos influencias directas, pues la poesía de Carlos Oroza no admite imitadores.

            Durante su visita a Orihuela estuvo sumamente cordial y agradecido. Ya no “era el césar Vallejo del café Gijón, una hilacha de surrealismo malvado y genial”, que retrató Francisco Umbral en uno de sus artículos.(6) A todos nos impresionó su “delgadez esencial”, como él mismo se refería a su enjuta figura cuando hablaba con nosotros, su forma intensa de vivir la vida, como un lujo , como una aventura, y también su pasión por la poesía, que le convertía en un crítico implacable cuando se refería a los poeta de moda. Afirmaba con rotundidad que no se leía poesía por culpa de los propios poetas y arremetía contra los académicos y letrados, si bien no se encontraba cómodo con la fama legendaria de poeta maldito que le acompañaba, e incluso renegaba de muchas de sus acciones de juventud. El Oroza maldito de los años sesenta y setenta, el bohemio por excelencia que vivió durante un tiempo en Estados y Unidos y Japón, el poeta urbano adicto al Café Gijón que escandalizaba a los burgueses fue serenándose con el paso del tiempo y se convirtió en un poeta contemplativo. Abandonó sus andanzas extravagantes y se aisló en Galicia. “Me fui de Madrid cuando empecé a sentir la decadencia de la ciudad, a ahogarme, a resentirme espiritualmente”. Y su poesía salió ganando. Oroza dio la espalda a la lírica mediterránea y se instaló en el Norte, en el bosque. Codiciaba lo lejano y le obsesionaba la luz de la imaginación, vivía la erótica del bosque, percibía su aroma pagano. En sus versos destaca una personalización de la naturaleza y una animación de los objetos.

A mediados de la década de 1970, publica su primer libro, Eléncar. (7) Hasta entonces solo había publicado en plaquetas, hojas volanderas y revistas contraculturales. Era conocido como poeta beatnik, considerado el “Allen Ginsberg español” (en esa época obtiene el Premio Beat de Poesía y el Premio Internacional de poesía Underground), y performer implicado radicalmente en la poesía fónica disidente; escribió algunos poemas míticos como “Se prohíbe el paso”, que un crítico bautizó como el mejor poema antifranquista y cuya última estrofa, ya legendaria, estaba en boca de estudiantes, poetas y artistas rebeldes:

Semáforo ¡cuidado!
 No saltes hermano de esta orilla a la otra orilla
 El cielo está al habla con la policía
 El cielo baja a los tejados para ametrallarte
No dejes que con tu limpia sangre con tu inmensa sangre roja limpien sus pálidos crepúsculos
Espera hermano espera
 El cielo está al habla con la policía
 El cielo baja a los tejados para ametrallarte (8)
E incluso llegó a hacer sus pinitos como actor al intervenir en una película de Manuel Summers. (9).

            Con su primer libro, Oroza deja de ser un rapsoda pintoresco y se convierte en un buen poeta. Le siguen el ya citado Cabalum –quizá su mejor poemario y el más conocido- y Alicia. (10) Aunque siguió ofreciendo charlas y recitales y de cuando en cuando entregaba a revistas literarias poemas inéditos, Carlos Oroza no volvió a publicar hasta pasados once años. Por entonces, sin Internet, muchos incondicionales de su poesía rastreábamos todo lo publicado sobre la misma, que no era mucho. Algunos críticos llegaron a lamentar públicamente el silencio del poeta gallego, pero como era de esperar la crítica oficial ignoraba a este “primitivo” al margen de toda preceptiva petrificante, enfrentado a cualquier sistema teórico, fascinado por los vislumbres de la inspiración y aspirante a una pureza ancestral que nada tuviera que ver con los amaneramientos de moda. En 1996 vio la luz en edición de autor Una porción de Tierra gris del Norte, uno de los poemas de Oroza más fascinantes, donde la relación  del poeta con la naturaleza es más profunda y su lenguaje adquiere un tono melancólico, evocador. Un extenso fragmento de este poema lo publicamos en el número 4 de la revista de creación Empireuma (Año II, abril de 1986). En 1998, también en edición de autor, aparecía en Lisboa  La llama prestada, en 2005 En el norte hay un mar que es más alto, una versión del corpus central de su obra, (11) y en 2013 la editorial Elvira recopiló toda la obra del autor. (12). A los muchos reconocimientos y homenajes que recibió Oroza en los últimos años de su vida  hay que destacar que un instituto de educación secundaria de Pontevedra lleve su nombre y la obtención en octubre del pasado año de la medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes, máximo galardón que otorga esta institución, (13)


            En su primer libro de Oroza, Eléncar, ya está bien asentada la raíz de su escritura. Si bien su lenguaje es de filiación surrealista, ya se percibe el tono melancólico de sus libros posteriores y la naturaleza sigue siendo un referente. Se trata de una poesía insólita, muy sugestiva y de gran poderío musical. El lenguaje de Eléncar, como el de toda la poesía oroziana, es fundamentalmente canto. El verso es largo, libre, poderoso, y el verbo imaginativo. Como escribe acertadamente Ángel Gómez-Morán Santafé: “la poesía de Oroza es de verso libre y comúnmente sin rima, pese a que mientras se escucha parece (o da la sensación), de que estuviera perfectamente rimada. Ello, porque mientras la rapsodia va produciendo un ritmo a su poesía, nos obliga a ver en las síncopas y silencios que escuchamos, una consonancia sonora. Algo que es puro efecto del recitativo, siendo tanta la sensación acústica de rima, que al leer luego aquello que le hemos oído recitar, nos resulta de algún modo perfectamente sonante o consonante… Ya que fue de antemano unido por el poeta con el ritmo y la cadencia mística con la que recita”. (14)

El lenguaje le resulta a Carlos Oroza insuficiente para expresar lo inefable y necesita inventar vocablos de una gran musicalidad que nos transmiten el pálpito de lo lejano. Entre los numerosos neologismos que podemos encontrar en la producción oroziana abundan los sustantivos, verbos y adjetivos (fungí, onilios, omnima, ávea, Cabalum golosá, luctus, Marlaria, balamba, americar). También hay una vuelta de tuerca a la sintaxis y una extraña disposición gráfica del significante en la página en blanco: el concepto connota y denota lo que el poema celebra. Y sorprende en algunos poemas la escritura apaisada de los versos extensos y flexibles, escritos, sobre todo, para ser leídos. Asimismo la reiteración de vocablos sonoros y  recursos anafóricos, así como los numerosos obstinatos y ritornelos provocan una sostenida musicalidad ritual, una sonoridad arcaizante, un clamor persuasivo. Todo ello unido a la ausencia de signos de puntuación o a una disposición arbitraria de los mismos en función del ritmo. En ocasiones, se funden escritura, ecolalia y glosolalia. De esta manera Oroza se emparenta con otros autores que experimentaron con un lenguaje idiosincrásico como Jlébnicov, Apollinaire, Joyce, Huidobro, Artaud, Cirlot o Celan. Empleando palabras de Octavio Paz, “asistimos a una fusión entre el lenguaje y el ser”. (15) 
Veamos unos ejemplos tomados de Eléncar:

Oh Eva
évame malú
évame malú
Oh Eva
évame Eva
évame si me transito
(…)
Y corro corro corro por la playa hacia la casa abandonada
ómnima
ómnima
ómnima
(…)
demorando mis pasos por las sombras
una vez me escupiste ceniza en los ojos y yo te dije
sigue sigue sigue sigue
te me adelantaste
tengo miedo estás golpeando el mundo
Pero tú me das malú malú malú malú malú para llegar arriba

            Veamos a continuación estos hermosos versos finales de Cabalum, donde las aliteraciones crean una musicalidad inconfundible:


Y Poe estaba americando. Y Poe llevaba un bicho por su boca.
Y era Poe, Poe, Poe.
Poe haciendo ruidos con el agua, Poe besando por el alma de la playa (…)

O estos otros del poemaEl edificio del frío”:(16)
Te pusiste extendida frente a mí
me tocaste con las plantas de tus pies en las puntas de mis pies.
Me dispusiste
me dispuse
me puse alto
(…)
inclínate
Penetra. Abre la boca. Levántate. Regresa y siéntate.
Ahora te toca a ti.
Levántate y marcha hacia la izquierda
Inclínate
Penetra
Abre la boca y extiéndeme los ojos. Tú vienes voy ¡subo! ¡subo! (…)

La sed de infinitos es otra constante en la obra oroziana presente en ese poema continuo que es Cabalum:
Necesito algo que no sea humano
 algo verdaderamente humano
algo verdaderamente inocente e imposible
(…)
Una ventana abierta en un día cualquiera de singular impulso.
La oscilante llama y los labios de tierra espléndidos
una extensión del regreso en un tramo de borrosos espacios
una parada en el bochorno.

Y alcanza su máxima expresión en Una porción de tierra gris del Norte:

las distancias e imagino otros puertos. Un lugar que responde al sentido
y a la luz de una nueva estatura. Las brillantes praderas del sueño
y los valles de Onilios
(,,,)
Era en el mar su tarde el infinito y, en el tiempo, había dos lunas
un espacio amarillo y una escalera blanca (…)

            La oralidad de Oroza le emparenta con los antiguos bardos y los trovadores y juglares de la edad Media, con Hölderlin, Edgar Poe, Whitman, Mayakovski, Ezra Pound, Dylan Thomas y los poetas de la Beat Generations. No en vano el gallego expresó en numerosas ocasiones su admiración por la poesía de estos autores. Pero también declaró su afinidad con otros poetas como Rimbaud, Rilke, García Lorca y Eliot.

            En la obra que nos ocupa también hay una parte críptica calificada por algunos críticos como, “esotérica” y que a mí me parece  que entra en el ámbito de la metapoesía. En algunos tramos de su obra, el poeta gallego, que tantas veces manifestó que escribía al dictado sus poemas, asiste perplejo a su propio actividad creativa, siendo al mismo tiempo el que crea y el que asiste como espectador a la ceremonia de la creación en un proceso de desdoblamiento cercano a la experiencia mística . Esta es la panorámica más compleja y sombría la obra oroziana y quizá el territorio menos hollado por los críticos, desconcertados ante un poeta eminentemente intuitivo y contradictorio que creía en la inspiración pero no dejaba de reflexionar sobre el hecho creador, inmerso en una constante revisión y reescritura de su obra. Como escribe José María Osorio, “la poesía de Oroza trasciende a lo irracional pero valiéndose de la razón, que se refleja en la palabra”. (17)
            Si  la poesía de Oroza establece una relación entre sujeto y objeto, también canta la desposesión. La poesía misma es sentida por el autor como una atracción fatal. El fugaz relumbrón de lo absoluto pierde su maravillosa evidencia en el momento en que se fija y encorseta en el lenguaje. Los primeros versos de Cabalum significan una advertencia, un aviso al lector, a la vez que, con nobleza, el propio autor reconoce su fracaso:

Cabalum será un poema que se pierda
sin embargo,
contaré hasta los tres de los onilios .un luctus
y una recta del ojo al pasado

La estancia es blanca
y la luz un lugar marginal en la memoria,
una pupila ardiente y una luz que se cambia (…)
una expectante espera de innominadas formas y de aves por venir.

En Una Porción de tierra gris del Norte:

La figura se siente llamada
se levanta
y en multitud de veces se ve la misma persona (…)
El cuerpo se divide en dos
se ensimisma y da la vuelta
se desvía envuelve y se envía
se tiende y se vuelve a sí mismo.

En otro fragmento del citado Cabalum se relata la experiencia en el mismo momento de la creación, durante ese vertiginoso desdoblamiento en que el poeta se interna en las luces y sombras de la palabra:

Me encuentro abierto y me siento flotar por la sombra del sueño.
La fatiga es intensa
y el sonido evoca en los huecos el volumen de seda.

Pues elevo al parecer una oscura semblanza
de perspectivas de lugares y formas que se cambian
y como si estuviera en el proceso más profundo del poema
me adentro en su viaje (…)
Me despierto y veo una lengua enorme que viene a respirarme (…)
           
El poeta, perdido en el laberinto de su memoria. Si en Cabalum escribe: estoy perdido y voy como una rueda por el centro del tumulto/ en cada cosa y cada cosa se me va un grito que se me queda en la conciencia, en Alicia (un extenso poema menos radical, con referencias más próximas y un lenguaje más directo y elaborado) leemos: He venido a verme. Quiero salir y no puedo entrar./ Paso de lado, simplemente y no me llaman.

Oroza era un poeta andarín que escribía mentalmente mientras caminaba; reflexionaba sobre la marcha y pocas veces permanecía en estado de reposo o sosegado.  Esa dinámica se refleja en una poesía poderosa, frenéticamente activa. Oroza corre, sube, avanza, cambia de sentido, se inclina  siempre hacia lo inabarcable en busca de las malezas del tiempo y el tiempo de los naufragios, como escribe en Una Porción de tierra gris del Norte: Me pondría de parte de la inocencia/ y entre lo bello y lo animal/ un elemento activo y no un sujeto sería. En sus versos encontramos la relación terrible y a la vez gozosa del poeta con la escritura, paradójicamente reafirmada en la irresolución del conflicto El propio autor se manifiesta en contra de la poesía como cura y rechaza al poeta circunstancial, a la vez que reconoce el hecho literario como un acto de autoinmolación: “Cuando te dedicas a ella –se refiere a la poesía- te estás asesinando todos los días”. Vemos que la pasión y el fracaso constituyen los dos hemisferios del universo poético de Carlos Oroza.

            Sus detractores lo encuadran en un romanticismo trasnochado con tintes surrealistas y le reprochan un exceso verbal que raya en el delirio. También le acusan de ampararse en el hermetismo para encubrir carencias técnicas. Este poeta epidérmico, digámoslo claramente, despierta las simpatías de un sector de la crítica menos escrupuloso y más abierto y flexible, mientras que produce cierta aversión entre los académicos ambalsamadores, tasadores y demás fauna necrófila. De una manera o de otra siempre se le ha observado como un raro espécimen con el que no se sabe qué hacer y al que no se sabe cómo estudiar. Sin suda, él mismo se ganó a pulso la fama de inclasificable, pero también señaló un territorio para que sus lectores no se extravíen. Dichas claves demuestran, pese que Oroza siempre dijo que él no era un teórico (a mí particularmente me insistió en este hecho y me recordó la frase que escribiera Fernando Pessoa a través de su heterónimo A. Caeiro: “yo no tengo filosofía, tengo sentidos”), que era un poeta consciente de lo que escribía.  Y sí lo era. Era un rastreador que sabía lo que buscaba. Esta afirmación puede entrar en franca contradicción con esa sensación de fracaso que impregna su poética, pero es necesario repetir lo señalado antes: aquello que encuentra Oroza no es la totalidad de lo buscado, tan solo pequeños fragmentos que muchas veces se incendian al contacto con la realidad de la página en blanco, permaneciendo la ceniza de la pasión creadora, lo que obliga al poeta a volver a empezar su rastreo: recordemos el  paradójico “estoy libre y perdido” de Pessoa. (18)

Así pues, al hablar de Carlos Oroza convendría acabar de una vez por todas con la imagen de “buen salvaje”, de asceta iletrado pero inspirado en exceso; convendría revisar el mito del poeta romántico y bohemio si queremos rescatar a un buen poeta culto (destacaban sus conocimientos de pintura, arquitectura, cine y música) del limbo literario al que son arrojados los que no han sido bautizados en una de las muchas capillas donde surgen las tendencias dominantes. Sí es cierto que  hay en sus versos abigarramiento y desaliño formal, pero estos excesos también forman parte de los ingredientes dispuestos por el autor para lograr una obra poética inteligente y concebida principalmente para ser escuchada y que está en consonancia con lo que Valente pedía para la poesía: “la restauración de un lenguaje comunicativo deteriorado o corrupto, la posibilidad de dar un sentido más puro a las palabras de la tribu”(19)






(1)“Yo soy un salvaje contemplativo”. Entrevista con Carlos Oroza. Antonio Lucas, www.elmundo.es<cultura.
(2)   Las declaraciones de Oroza entrecomilladas se han extraído de la enjundiosa entrevista al poeta aparecida en el volumen Ocho poetas raros (conversaciones y poemas, Ediciones Ardora, Madrid, 1992.
(3)   Ver por ejemplo, Javier Figuero, “Los últimos bohemios”, en semanario El País, 30 de agosto de 1987, o Mariano Tudela, Rincones y figurones, en la revista LEER, nº 31, febrero, 1991.
(4)   Ediciós do castro, poesía, La Coruña, 1980.
(5)   Malú (Grupo Eclipse, Ariola. Madrid, 1975). En su momento llegó a ocupar los primeros puestos en los “40 principales”, lista de éxitos de la Cadena SER.  En noviembre de 2013, el colectivo Seara records y la editorial Elvira publicaron un vinilo grabado en los estudios Pastora de Vigo, que recoge en la cara A el tema grabado en 1975 entre el grupo Eclipse y Carlos Oroza. La cara B es una reinterpretación del poema “Évame” por parte de Jay y Carlos Oroza.
(6) Umbral Francisco, “Carlos Oroza” (´Los iluminados’ en ABC Cultural, nº 99 pág.28, 24 de septiembre de 1993.
(7)   Tres Catorce Diecisiete, Madrid, 1974.
(8)  El poema  se titula realmente “En el rostro del pueblo que se limpia con el gesto del tiempo” y está incluido en Évame.
(9)   ¿Por qué te engaña tu marido? Director: Manuel Summers, 1969.
 (10)Editorial Cuévano, 1988
 (11) Servicio de Publicaciones de la Diputación de Pontevedra, 2005, con prólogo de César Molina.
 (12) Évame, Editorial Elvira, Vigo, 2015
 (13) Recibió la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid el 21 de octubre de 2014. Por este motivo apareció en el n 24 de la revista Minerva, que edita esta institución, una enjundiosa entrevista de Antón Patiño al poeta gallego.
 (14) Gómez-Morán Santafé Ángel, “Carlos Oroza; de ‘poeta maldito’ a ‘poeta oculto’ (I: Encuentro tras cuarenta y tres años”, en recuerdosyanoranzas.blogspot.com/2011
(15) Paz Octavio, “Decir sin decir (Vicente Huidobro), Convergencias, Seix Barral, Biblioteca Breve. Barcelona, 1991.
(16) Las citas están extraídas de la versión publicada en la revista de creación Empireuma, Año IV, nº 13,Orihuela, septiembre de 1988.
(17) Introducción al programa de mano de Un poema continuo, recital ofrecido por Carlos Oroza al público oriolano el 30 de abril de 1986.
(18) Pessoa Fernando, El libro del desasosiego (fragmento 127), traducción de Ángel Crespo, Seix Barral, Biblioteca Breve, 1984.
(19) Valente, José Ángel, Las palabras de la tribu, colección Marginales, Tusquest Editores, Barcelona, 1994.



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