martes, 19 de enero de 2016

HOY FIRMA: PABLO CEREZAL. "LOU REED"


LOU REED




No creo en la nostalgia cuando no es mía.
Lou Reed


El bronco ronroneo del gato despereza canciones apagadas por la ausencia de oxígeno del recuerdo. Él ronronea, en mi regazo. Yo tarareo melodías que, cuando joven, enardecieron sentimientos y sensaciones. Take a walk on the wild side, canturreo, y el camino más salvaje que se me ofrece es el de la ribera de este río seco en que chapotean la sombra de mi hogar y, junto a ella, el futuro de basurero que han querido augurarle los vecinos. Y las montañas, claro, tan aquí, tan lejanas.

Mis manos, ramillete de indecisiones, acarician la danza de espigas que desordena el lomo del gato. Preferirían, amor, acariciar tu grupa de amazona dormida. Y digo dormida porque el trastorno horario me hace saber que allá lejos, donde me esperas, ahora es noche cerrada. Siempre me he preguntado quién decidió eso de catalogar con números los momentos del día. Sería fácil de averiguar, más ahora que existe Wikipedia, pero tampoco me ha apetecido nunca descorrer el visillo de misterio con que la ciencia decidió marcar a fuego el lomo de nuestras vidas. El caso es que, además de lejos, estás dormida, y sería de muy mal gusto despertarte para pretender que calmes mis desorientadas urgencias.
Allí ya habrás tenido noticia del fallecimiento de Lou Reed. Aquí, por imposición científica, la actualidad lleva unas horas de retraso, y la noticia acaba de reventar la campana de cristal bajo la que se refugiaban las bailarinas art-decó de la melancolía. Pero a pesar de la rotura, el mecanismo aún funciona, y me abrasa la memoria aquel recital del bardo neoyorkino al que asistí, en tu compañía y la de un buen puñado de malos camaradas, en Santiago de Compostela, hace años, siglos, vidas, qué sé yo…

Recuerdo la noche antes de partir hacia Galicia, en casa de Luis, con el aparato de alta fidelidad acuchillando una atmósfera irrespirable de humo y carcajadas. Sonaba Lou Reed, claro, y jugábamos a la lotería de adivinar las canciones con que nos deleitaría en aquel concierto que ya gozábamos como si lo estuviésemos viviendo. Momentos antes habíamos estado esperando al hombre. Necesitábamos avituallarnos de rica hierba y delicioso hash, escanciado directamente de las manos de los campesinos del Rif. Culero, por supuesto, nada de avecrem. Como tantas noches, años antes, cuando el mapa mal trazado de la juventud transformaba la búsqueda de sustancias prohibidas en la más peligrosa de las fronteras. La más excitante, por tanto. En aquellas madrugadas, la música de Lou Reed era nuestro único consuelo para el hecho de acabar durmiéndolas, con la cabeza amenazando estallido, solos y desnudos, el aroma a café recién hecho despedazando la cocina familiar, hastiados de masturbaciones y ensueños que en nada solucionaban nuestro hambre de hembra. Pinchábamos el New York y anhelábamos marcharnos lejos, a esa ciudad en que los pecados no pretenden disfrazarse de festividad y moderneo. Regresábamos al Berlin para ahogar en sollozo el sollozo niño que ahogaba el más negro de los surcos que jamás sorprendiese vinilo alguno. Desgarrábamos a tiras la piel de esa Venus in Furs que nos hacía soñar con excesos que nunca conoceríamos más que a través de las letras de Sacher-Masoch y las afiladas guitarras de una sucia orquesta cósmica cuya memoria ya casi se pudría en los vericuetos del olvido generacional. Contemplábamos, una vez más, la mirada desperdiciada de los yonquis del barrio, y comprendíamos su desvarío de vida caduca al escuchar Heroin. Deseábamos salir, de nuevo, a surcar la pleamar maloliente de la ciudad en vela, y pasear su lado salvaje… tan inocentes, tan pueriles. Sí, nos drogábamos, como el viejo Lou. O al menos eso pretendíamos.
Años después, arribábamos a tierras compostelanas en una mañana desperdigada de chubascos y alucinada de meigas dormidas. Fumamos mucho, demasiado, aquel día. Esa fue la excusa perfecta para no mover los labios durante las dos horas en que el demiurgo de la Gran Manzana decidió hechizarnos con la resonancia pulcra de una guitarra que parecía haber germinado de entre las raíces como venas que le avivaban las manos. Después tú, recién llegada de un mundo ajeno, de un Marruecos que comenzaba a despertar a la vida del libre pensamiento y el libérrimo consumo, me rogaste que regresáramos al coche. Te había aburrido aquel anciano de voz desgastada y piel labrada con los cinceles del desprecio y la desesperación.
Regresamos, pues, al auto, solos tú y yo, e hicimos el amor con el abandono que provoca el hachís y la hemiplejía incipiente de la ausencia de alimento, acrecentada por la siempre incómoda situación de la palanca de cambios, pugnando en dolorosa batalla contra el costillar de nuestros cuerpos. La gente pasaba junto al coche tarareando Sweet Jane. Y yo descubría que tú eras más dulce que la antiheroína de la canción de Reed.
Después entretuvimos la eclosión del amanecer entretejiendo historias falsas, y yo te conté cómo, de joven, me drogaba para salir de mí mismo, para habitar un mundo en que la música era considerada como una de las Bellas Artes, y el Arte Moderno se evidenciaba el pastiche mercantil que la actualidad nos ha desvelado.
No te gustó Lou Reed, ni su música. Pero comprendiste que era importante para la Humanidad que aquel tipo malencarado continuase empuñando su guitarra como una avanzadilla del pelotón apocalíptico de las sagradas escrituras. Por eso me dejaste fumar otro porro, a pesar de mi ya patente ebriedad cannábica. Por eso, o porque en la tierra que te vio nacer no hay que esperar al hombre en la oscuridad fragante de orines de la esquina más perdida de la más perdida de las callejas suburbanas, y no pocos se drogan con la habitualidad de lo inocuo. En cualquier caso sé que tú, ángel de este otro infierno en que hoy nos debatimos los diablos del amanecer, has velado siempre mis sueños y pesadillas, y hoy, a pesar de la distancia, siento la humedad salvaje de tus labios de flor y escarcha mientras me invitan a encender otro petardo. Porque hoy, a pesar de estar lejos, sabes que Lou ha marchado, y me susurras, desde la caverna fiera de la lejanía, que aún me queda su música, tu amor… y un breve puñado de hierba.
Así que te pienso y me entrego al único exceso que me queda esta noche, ése en que vengo repitiéndome ya desde hace un tiempo, y que consta del desfigurado y premeditado amor en solitario. La edad, ya ves, no me hace más sabio. Si acaso más viejo. Y verde, para colmo.

Va por ti. Va por Lou.


Pablo Cerezal escritor, articulista y guionista. Irrumpe en el panorama literario con su novela Los Cuadernos del Hafa (Ediciones Carena, 2012), escrita con una prosa atrevida y de elevada calidad. Este año se ha publicado en Bolivia (y lo hará, en breve, en España) Madrid-Cochabamba (cartografía del desastre) (Editorial 3600), volumen de crónicas escrito a cuatro manos junto al galardonado autor boliviano Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Su palabra toma vida en los líricos y mordaces artículos de sus blogs Postales desde el Hafa y Vislumbres de El Dorado. Ha participado en la antología de poesía erótica Erosionados (Origami, 2013), y en El Descrédito. Viajes Literarios en torno a Louis-Ferdinand Céline (Lupercalia, 2013), antología que rinde homenaje al controvertido autor francés, así como en la mítica publicación Vinalia Trippers. Asesor de guion en el premiado documental Quinuera (Rodante Films, 2014), y activo colaborador en numerosos medios escritos, como Frontera D (España), La Razón (Bolivia), Red Marruecos (Marruecos) y Esto no es una revista (Argentina).

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