lunes, 15 de febrero de 2016

JUAN LOZANO nos habla de SEEK TO KNOW NO MORE de JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ


DE REGRESO A ÍTACA
REFLEXIONES ACERCA DE 
“SEEK TO KNOW NO MORE”, 
DE JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ



La primera vez que leí algo de José María Álvarez debió de ser a finales de la década los setenta, entre programas dobles de cine, apariciones de Adolfo Suárez en blanco y negro en la pantalla del televisor,  un poster del Ché que nos escrutaba desde la pared con severa mirada, los primeros discos de Dire Straits, un Lib manoseado y confidencias a media tarde en la cafetería del Instituto en hora de francés. La editorial Cátedra acababa de sacar la antología “Joven poesía española”[1], donde aparecía la mayor parte del grupo novísimo (seis de nueve, compruebo ahora) que todo sea dicho ya no eran tan jóvenes, más algunos poetas de los que comenzaban a despuntar como Luis Antonio de Villena, Colinas, Siles o Luis Alberto de Cuenca. Recuerdo cuánto me sedujo entonces la poética allí contenida del cartagenero: “Yo escribo como aquella gente se iba con Emiliano Zapata”, toda una declaración de intenciones.  Tiempo después ya me hice con aquella añeja edición de “Museo de Cera” de la Editora Regional de Murcia que fue mi libro de cabecera durante años. Nadie mejor que Espríu ha definido la naturaleza de este inmenso legado, “resumen de las mejores horas intelectuales y sensuales de un hombre que ha sabido fundir en un maridaje perfecto, talento y cultura, ancha y varia experiencia íntima con el goce de paisajes… honda meditación con selectas lecturas…”[2].  


Estaría dispuesto a jurar que,  joven e impresionable como era entonces, algunos de aquellos poemas me produjeron palpitaciones, vértigos y otros síntomas cercanos al síndrome de Stendhal, tal como si acabase de salir de la Santa Croce. Antes de conocer la poesía de Álvarez yo ya había querido ser poeta pero fue sin duda su descubrimiento, como revelación, el que estéticamente orientó mi camino. Debo confesar que en los noventa, cuando la poesía de la experiencia se impuso como estética dominante, dejé de seguir a Álvarez y evité la poesía de cuño culturalista,  quizás por aquello del fraude de la afirmación generacional. Desde hace algo más de un año, contagiado por el entusiasmo de los chicos de La Galla, vuelvo a frecuentar la obra de Álvarez y a sentir una emoción más templada y reflexiva,  tamizada quizás por la edad y la experiencia acumulada.  Busco los títulos que faltan en mi colección, incluso aquellos contenidos en la versión definitiva de “Museo de Cera” así como la literatura diarista  y los de conversaciones con Alfredo Rodríguez. Es como si quisiera recuperar el tiempo perdido. No basta con tener, prácticamente todos los títulos a un clic, digitalizados. En fin, habrá gente que me entienda y otra que no. Como dijera Lope, quien lo probó lo sabe.

Haciendo un somero repaso de su trayectoria poética, en la última edición de “Museo de Cera” (Edit. Renacimiento, Sevilla 2002) se concentra toda su obra anterior a “El botín del mundo” (Edit. Renacimiento, Sevilla1994)[3]. Con posterioridad, sus libros de poemas ya aparecen de forma individual sin que pasen a engrosar su opus magnum. Creo que es una decisión acertada. La edición definitiva se acercaba ya peligrosamente al millar de páginas. En cualquier caso, su obra entera, ya sea poética, memorialística, ensayo, novela o biografía, entraña una gran coherencia interna ya que su principio causal siempre ha sido el mismo. Tanto es así que parece que toda su obra estuviese perfectamente planificada, como una auténtica work in progress; y, desde luego no es una obra de circunstancias ni marcada por las tendencias o  las modas. También, merced a su exquisito gusto (a ello también contribuyeron glosas de Savater o Javier Marías)  en la edad adulta hemos redescubierto a Stevenson, Conrad, London o Poe, escritores que en la infancia nos habían acompañado y abierto las puertas de la literatura con adaptaciones ilustradas. Ha vertido al castellano, entre otros, un deslumbrante Kavafis[4] y unos Sonetos de Shakespeare[5] tocados por la magia. También nos ha enseñado a  disfrutar de otro modo, con todos los sentidos,  ciudades como París, Roma, Venezia o Istambul, espacios donde el tiempo parece detenerse y que son, geográficamente,  el último refugio de un exiliado en el Arte. Y nos ha enseñado a perder el tiempo, esa maravillosa ociosidad que ahora está tan mal vista, por improductiva. La emoción que embarga a este diletante ante determinadas páginas de Montaigne o de Casanova o al escuchar un madrigal de Monteverdi, es con seguridad también deudora de la impronta alvareziana. Y es que la obra de José María Álvarez se ha ido estructurando para las posteriores generaciones en una suerte de educación sentimental y tengo el convencimiento pleno de haber aprendido de él muchas más cosas de las que ahora mismo soy consciente.

José María Álvarez tiene una personalidad verdaderamente controvertida y sus declaraciones no dejan a nadie indiferente.  Si se quiere saber sobre él, lo mejor es ir directamente a los poemas y a los libros de conversaciones con Alfredo Rodríguez, que son una delicia y aportan claves decisivas.  Si uno se dedica a indagar al albur de Google, a buen seguro le llegará,  en curiosa y confusa mezcolanza, todo un tropel de epítetos, algunos contradictorios, adjudicados a él o a su obra: culturalista,  elitista, pagano, esteta, reaccionario, anarquista, liberal, dandy, radical, hedonista, procaz, aristocratizante, aventurero del placer, venecianista, erotómano, decadente…También se ha llegado a decir que su mejor libro es precisamente su propia existencia. Yo creo que, en otro tiempo, no sé ahora, a Álvarez le habría encantado contribuir a la confusión aportando más adjetivos y datos fabulados a su biografía.  Yo lo veo ahora, lo leo ahora, desencantado con el mundo, un desencanto fruto de una actitud insobornable. Como al crepuscular  príncipe de Salina, espectador de un mundo que desaparece bajo la losa del acomodo, la  baratería, el fraude político y la mediocridad en todos los ámbitos.  Nadie mejor que él mismo lo ha explicado en palabras de Flaubert: Estamos entrando en un mundo horrible donde las personas como nosotros ya no tienen su razón de ser
[6].

En poco menos de un año, de José María Álvarez ha aparecido la antología, en edición de Noelia Illán, “El oro de los tigres”(Edit. Balduque, Col. Antologías, Cartagena, 2015); el segundo libro de conversaciones con Alfredo Rodríguez, “La pasión de la libertad” (Renacimiento, Sevilla, 2015); el poemario “Seek to know no more” (Renacimiento, Sevilla, 2015) y, coincidiendo con la aparición de este libro, una extensa entrevista debida a Daniel J. Rodríguez, donde encontramos la última hora del poeta y la desengañada lucidez de sus reflexiones. La minoría alvareziana no verá defraudadas sus expectativas con esta nueva entrega poética donde hallará las mismas claves temáticas y expresivas que han inspirado su obra a lo largo de los años. Se trata de un Álvarez, por una parte más otoñal y por otra un Álvarez que tiene mucho de lanzador de cuchillos, un Álvarez desafiante, más contundente y palmario, con la altivez (pero sin la petulancia) de quien está seguro de su juicio. Álvarez nunca ha tenido pelos en la lengua, y ahora menos que nunca, cuando se trata de hablarnos del derrumbe de Occidente, que es un hundimiento en lo moral, en lo intelectual, en lo artístico y en lo económico. Si la solución pasa por la llegada de los bárbaros, ya se están haciendo esperar.

Para los no iniciados, el propio poeta se encarga de explicar el título del libro: “Seek to know no more”, la advertencia de las brujas a Macbeth en el acto IV, cuando éste pretende un saber más allá de lo lícito. No es la primera vez que Álvarez utiliza este recurso, no tanto en el título de sus libros como en el de los poemas. De entre sus títulos recuerdo ahora el también shakesperiano “Signifying nothing”[7] o la frase de Emerson “Deserts conquered from Chaos and Nothing” que sirve de subtítulo a “Sobre la delicadeza de gusto y pasión” (Ed. Renacimiento, Sevilla 2006). Hay una inscripción final con el título de una conocida canción, “It´s a long way toTipperary”, adoptada como himno por un batallón de rangers del ejército británico durante la Primera Guerra Mundial y que se canta en la película de Renoir “La gran ilusión”. Se me escapa su sentido aquí, aunque imagino que tendrá que ver con alguna de los cientos de anécdotas de Álvarez, acumuladas durante una vida tan intensa.

El libro consta de 39 poemas, escritos entre 2013 y 2015 entre París, Cartagena y Venezia; incluso uno que, curiosamente, consta dictado al teléfono entrando al Corte Inglés.   Comienza el libro de la mejor manera posible, con un hermosísimo poema que viene a ser una suerte de Invitation au voyagePasea conmigo, caminemos/ dejando que nos penetre esta belleza.  A lo largo del poemario vemos a un poeta enormemente agradecido a todo aquello que lo ha hecho feliz  (los dones)  y despreciando aquello que merece su desprecio. En este sentido, el poema XXX es demoledor: Qué basura de época/ Si miro fuera de mí mismo/ contemplo la destrucción de la Belleza/ de lo que fuimos moralmente/ de la Inteligencia y la capacidad/ de crear algo memorable. El poema siguiente es una especie de continuación: Gracias a mí mismo/ Gracias por no dejar/ que hayan envejecido mis sueños… (…) Gracias por no haberme convertido/ en uno de esos que desprecio[8]. Hay un poema dedicado a Rudolf Höss, comandante del campo de concentración de Auschwitz y otro dedicado a John Lecarré y la Europa de la guerra fría. Hay espacio para el emocionado recuerdo a un París en el que Álvarez, como Hemingway, fue muy pobre y muy feliz. Hay lugar para  la épica tennysoniana  en un poema dedicado a la batalla de Gettysburg y para el pathos en una estremecedora elegía a una generación, las de los ochenta: Muchachas y Muchachos que bailabais en la noche, con un emocionante final donde recoge una referencia al magnífico poema de Housman sobre el joven atleta muerto. Dialoga con el pasado y con los viejos maestros, de la evocación pasa a la fascinación, aún viva como a los veinte años, ante la contemplación de una obra de Arte o del resplandor de la juventud.


El Arte es un aspecto troncal de su obra, que se ramifica hacía la historia, la anécdota personal, el deseo, el sexo, la literatura,  la contemplación, la belleza, determinadas ciudades... En cualquier caso, el acercamiento meramente intelectual a su obra resulta insuficiente y hasta desatinado. Al decir de Richard Wagner, el artista debe dirigirse al sentimiento, no al entendimiento; y, si no con estas palabras, el poeta lo ha dicho con otras de parejo tenor: “El Arte es emoción y encanto”[9].    José María Álvarez está de regreso a Ítaca. Rico en saberes, rico en experiencia, mira al pasado con gratitud, creo que sin añoranza, quizás  destilando una suave melancolía. Como Kavafis, recuerda, vuelve a vivir mediante la escritura la plenitud de un instante. Si la literatura es una manera de intentar recobrar el tiempo perdido (bien lo sabía Proust), pocos poetas conservan, como Álvarez, la magia de trasladarnos con un verso a una ciudad o a un momento histórico, a convocar el gozo de un cuerpo  o a transmitirnos una pretérita sensación. La escritura de José María Álvarez es la escritura de la memoria y llegamos con él a la conclusión de que  sólo el Arte, al final, nos redime. El Arte y la Belleza. La dedicatoria a Manrique y la explícita referencia a las Coplas en el último poema, unidas al título shakesperiano “No quieras saber más” y a la recapitulación de los temas principales de su poesía, hacen pensar en un libro de carácter testamentario, de despedida. Esperemos que no sea así y que José María Álvarez nos siga iluminando, con la lucidez de su pensamiento y su obra, por mucho tiempo. Lo necesitamos en este tiempo de tinieblas.







                       




[1] Cátedra, Colección Letras Hispánicas nº107, 1979, Madrid. 
[2] Poesía en el campus. Curso 1993-94, nº 28. Universidad de Zaragoza.
[3] Estos libros son:
El botín del mundo. Editorial Renacimiento. 1994.
La serpiente de bronce. Pre-Textos, 1996.
La lágrima de Ahab. Visor Libros. 1999.
Sobre la delicadeza de gusto y pasión. Editorial Renacimiento, 2006.
Bebiendo al claro de luna sobre las ruinas. Editorial Renacimiento. 2008.
Los obscuros leopardos de la luna. Editorial Renacimiento. 2010.
Como la luz de la luna en un Martini. Editorial Renacimiento. 2013.
Seek to know no more (Renacimiento, Sevilla, 2015)

[4] Poesías completas – Konstantinos Kavakis, Editorial Hiperion, Madrid.
[5] Sonetos – Shakespeare, Pre- Textos, Valencia 1998.
[6] Prólogo de José María Álvarez a “La pasión de la libertad (Nuevas conversaciones en París)- Alfredo Rodríguez, Renacimiento, Sevilla 2015.
[7] Signifying nothing. Nausícaä. Molina de Segura 2005. Curiosamente el título también pertenece a la tragedia Macbeth.
[8] Puede verse al autor leyendo este poema en  http://recitales.lagallaciencia.com/

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