domingo, 28 de febrero de 2016

LITERATURA Y CINE: MEDIANOCHE EN PARÍS


Eres mía y todo París es mío 
y yo soy de este cuaderno y de este lápiz.





Para colmo, el mal tiempo. Se nos echaba encima en un solo día, al acabarse el otoño. Teníamos que cerrar las ventanas de noche por la lluvia, y el viento frío arrancaba las hojas a los árboles de la Place Contrescarpe. Las hojas se pudrían de lluvia por el suelo, y el viento arrojaba lluvias al gran autobús verde en la parada de término, y el Café des Amateurs se llenaba y el calor y el humo de dentro empañaba los cristales.


Así comienza París era una fiesta, la novela de Ernest Hemingway publicada póstumamente en 1964 donde el autor habla su vida en el París de los años veinte. Y es este relato el que sirve de base para Medianoche en París, la película de Allen de 2011 que le valió un Óscar al mejor guión y que ha resultado ser la más taquillera de Woody en Estados Unidos (para sorpresa mía).


Ernest Hemingway
Quizá la película no sea para mi gusto la mejor de Allen (lo siento: prefiero la trilogía de Londres, oscura y con ese punto de tragedia griega que me va más), pero bien es cierto que me entró entonces, cuando salió la película, el gusanillo de leer la novela de Hemingway. Se trata de una especie de relato a modo de memorias, donde el autor cuenta los años que pasó viviendo en París con su primera esposa, Hadley Richardson, y donde explícitamente reconoce que eran “pobres, pero muy felices”. Allí está rodeado de esa “generación perdida” (Lost Generation) a la que Gertrude Stein dio nombre: autores que sobrevivieron a la Primera Guerra Mundial -entre otros, Ezra Pound, William Faulkner o Scott Fitzgerald- que tendrían en común no sólo haber vivido ese gran conflicto, sino la desilusión, el desconcierto del futuro, pero también el jazz y los maravillosos años veinte. El recuerdo de ese París acompañaría a Hemingway durante toda su vida.

En una carta a un amigo fechada en 1950, el autor le dice a un amigo: Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue.  La esposa de Ernest, Mary Hemingway, cuenta que empezó a escribir esta novela en Cuba en el otoño de 1957, la trabajó en Ketchum (Idaho) en el invierno de 1958-59, se la llevó a España en su viaje de 1959, y siguió con la novela de vuelta a Cuba y luego a Ketchum, a fines de otoño. La terminó en la primavera de 1960 en Cuba y la retocó en otoño en Ketchum. La novela trata de los años que van de 1921 a 1926, en París.

En el prólogo, Ernest dice:

Por razones que al autor le bastan, a muchos lugares, personas, observaciones e impresiones no se les ha dado cabida en este libro. Hay secretos, y hay cosas que todo el mundo sabe y de que todo el mundo ha escrito y sin duda volverá a escribir.
No se encontrará mención del Stade Anastasie, donde los boxeadores servían de camareros a las mesas entre árboles, y el ring estaba en el jardín. Ni de los entrenamientos con Larry Gains, ni de los grandes combates a veinte asaltos en el Cirque d’Hiver. Ni de buenos amigos como fueron Charlie Sweeney, Bill Bird y Mike Strater, ni de André Masson ni de Miró. No se dice palabra de nuestros viajes a la Selva Negra, ni de las exploraciones de un día por los bosques que tanto nos gustaban, alrededor de París. Sería estupendo que todo hubiera cabido en el libro, pero por ahora nos quedamos con las ganas.
Si el lector lo prefiere, puede considerar el libro como obra de ficción. Pero siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción arroje alguna luz sobre las cosas que fueron antes contadas como hechos.

ERNEST HEMINGWAY (1960)


Los personajes de Adriana, Zelda, Gil con Allen


En película vemos, entre otros, a la magnífica Kathy Bates en el papel de Gertrude Stein, al estirado Brody como Dalí, a la hermosa Marion Cotillard como Adriana de Burdeos (amante de Picasso, Hemingway o Modigliani), Alison Pill en el papel de Zelda Fitzgerald, Marcial Di Fonzo Bo como Picasso, o a Adrien de Van como Buñuel. Y por supuesto esos dos maravillosos Scott Fitzgerald (Tom Hiddleston) y Ernest Hemingway (Corey Stoll aderezado con una peluca). Alguna aparición también de pintores como Degas o Matisse, el poeta T.S. Eliot y más que algún personaje de la Belle Époque movido por la música de fiesta y alcohol en un segundo viaje al pasado del protagonista y Adriana de Burdeos.

Allen captura esa vida parisina que Ernest cuenta en su narración: la vida de los artistas, los poetas, los críticos y editores de los años veinte en París. Una vida feliz, como dijo el mismo Hemingway, aunque pobre. En la película, el joven Gil (guionista estadounidense que viaja a París con su novia Inez para escribir, o más bien retocar, su primera novela) busca la inspiración en la luz de esa ciudad europea, pero inmerso en el aburrimiento de la vida moderna que allí encuentra (y de los padres de su novia), su vida da un giro cuando una noche lo recoge un automóvil antiguo. Se sube y el coche lo lleva hasta una fiesta donde encuentra a Fitzgerald y a su esposa Zelda, que a su vez le presentarán a esos personajes a los que tanto admira, como Eliot, Hemingway, Gertrude Stein o Picasso. No faltan los guiños eruditos que sólo quizá vea un ducho en la materia (típico en Allen, claro), como la referencia a El Ángel Exterminador de Buñuel o los cuadros de Picasso. ¡Y muchos detalles que se me habrán escapado, seguro!

Ernest junto al torero Belmonte
Ya Allen había publicado un relato en el The New Yorker que trataba un tema similar: un profesor, aburrido de su vida, decide con ayuda de un mago meterse en la novela de Madame Bovary para conocer mejor el personaje que tanto le fascina. Un relato que ganó el premio O´Henry en 1978 a la mejor narración breve. Según se ha apuntado con respecto a este tipo de historias, para Allen la literatura hace que escapemos de la realidad y al mismo tiempo nos hace conocerla mejor. Sólo moviéndonos en el pasado literario conocemos mejor nuestro presente, o eso pretende apuntar (aunque no me convence: el pasado siempre es mejor).


¿Qué sacamos en conclusión? Pues que -aunque con la excusa del relato de Hemingway el filme resulte atractivo- no deja de ser una de las películas más “flojas” de Allen, o al menos de esas para repetir alguna que otra vez, no más. Lo siento, pero es que pienso en ese Match Point y ¡no hay color! De todos modos, lo que sí nos hace pensar al final (cuando Adriana decide quedarse en la Belle Époque) es que todo pasado siempre fue mejor, o más bien lo parece, pues del mismo modo que a Gil el presente le resulta aterrador, a la bella Adriana lo mismo le parecen sus dorados años veinte. Por cierto, no dejen de visitar el siguiente enlace si quieren ver algunos de los sitios donde vivió Ernest en París.

Gil, Ernest y Gertrude Stein

Supongo que al final se trata de reflexionar acerca del carácter inconformista de algunos seres humanos (el síndrome de la Edad de Oro), que creen que serían más felices en otra época, o que nacieron tarde, o que siempre hubo un pasado glorioso que mereció la pena vivir. Y todo esto del síndrome, del inconformismo y demás, lo iba a poner en primera persona, pero finalmente he decidido ir de conformista y no pecar de tiquismiquis, porque seguro que en algún momento esto que estamos viviendo se verá como algo hermoso: alguien deseará vivir en esta época, en estos años de desconcierto y desaliento. O no. Mientras tanto, protesten, sueñen, lean.


Noelia Illán  


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