domingo, 20 de marzo de 2016

LITERATURA Y CINE: REMANDO AL VIENTO (por Juan Lozano)


REMANDO AL VIENTO

(1ª parte)






¿Sabéis cual sería el mejor poema?
Aquel que diera vida a la materia por la sola fuerza de la imaginación.

Lord Byron   (guión de G. Suárez)

Como en las páginas de mi libro, he venido hasta los confines helados del Universo para encontrarme con la horrible criatura que mi imaginación concibió. Pero donde no hay sombras, los monstruos no existen. Sólo la memoria perdura más allá de los límites de la imaginación.

Mary Shelley  (guión de G. Suárez)



Cada cual tiene su filiación. El atrevimiento, como dice Savater, está en confesarla. En mi caso, los románticos ingleses; los mundos de Blake, Wordsworth, Keats, Coleridge, Shelley o Byron han estado ahí siempre y sin duda forman parte de la cadena de ADN de mi poesía. La película “Remando al viento” de Gonzalo Suárez no es una adaptación cinematográfica en el sentido en que lo es “Frankenstein, de Mary Shelley” de Kenneth Branagh. Ni siquiera es una crónica más o memos aderezada de los hechos que tienen lugar en Villa Diodati, junto al lago Ginebra, en el verano de 1816, donde tradicionalmente germinan los mitos literarios de Frankenstein y del vampiro moderno. “Remando al viento” tiene que ver con la literatura y la imaginación romántica pero también con los fantasmas del escritor, con sus obsesiones y temores, con esa zona oscura del inconsciente que se libera al escribir. También es una película sobre el fatum, el destino inexorable y la fatalidad que gravita sobre el ser humano. Gonzalo Suárez extrae el núcleo narrativo y el sustrato poético, simbólico y trágico, tanto de la novela de Mary Shelley como de los acontecimientos reales (si bien estos, seguramente, también tienen mucho de literario) y los reinterpreta para ofrecernos una de sus obras más personales. Bajo esta premisa y no otra deberíamos acercarnos a esta película.   Para la confección de las notas que siguen he utilizado el guión original escrito por Gonzalo Suárez, editado por Plot Ediciones en 1988 y que contiene escenas no rodadas o suprimidas en el montaje final. 


Gonzalo Suárez
Para la novela de Mary Shelley, “Frankenstein o el moderno Prometeo”, he manejado la edición de Edhasa con traducción de Mercedes Rosúa que contiene además el prólogo de la propia autora a la edición de 1831 y un apéndice con fragmentos de cartas y diarios de los protagonistas de Villa Diodati. En la parte fílmica he usado el formato Blu-Ray en la edición exclusiva para Fnac que incluye un pequeño libreto del crítico Javier Tolentino. Las notas servirán como modesto cuaderno de bitácora, sólo para contextualizar alguna escena, establecer alguna referencia cruzada con la cronología de los hechos, aclarar determinados aspectos técnicos o narrativos, sugerir alguna clave y poco más. Sobre todo, se trata de una invitación a su visionado. En cuanto a significados me remito al propio Gonzalo Suárez cuando dice “Esta película acontece como un sueño y está, por tanto, sujeta a la interpretación de quien la sueñe”.  También Jean Cocteau, realizador de “La bella y la bestia” y “La sangre de un poeta”,  dijo en una ocasión que el cine es un sueño que el espectador sueña despierto. Así que preparémonos para soñar.


La impronta de Frankenstein es eminentemente cinematográfica, de hecho es el Cine el que lo ha convertido en un mito contemporáneo.  Haciendo arqueología nos podemos remontar, desde la muda de 1910 de J. Searle Dawley y producida por Thomas Alva Edison a la denostada “Frankenstein, de Mary Shelley” de Kenneth Branagh (1994), pasando por las clásicas de la Universal como “Frankenstein” de 1931 y la secuela “La novia de Frankenstein” de 1935, ambas dirigidas por James Whale y protagonizadas por Boris Karloff, y esa deliciosa parodia de Mel Brooks que es “El jovencito Frankenstein” (1974). Y, desmarcándose de las anteriores, destacan dos de las películas españolas más extraordinarias de todos los tiempos: “El espíritu de la colmena” de Víctor Erice (1973) y la que nos ocupa, la elegíaca “Remando al viento” de Gonzalo Suárez (1988).  Ambas utilizan un lenguaje cinematográfico ajeno a los recursos y  convenciones del género de terror, para convertirse en auténticas joyas del séptimo arte. También hay películas que tienen como trama la famosa velada en Villa Diodati. Dos de ellas son prácticamente coetáneas de "Remando al viento". Una es “Gothic” (1987) de Ken Russell, película delirante y caótica, y la otra “Haunted Summer” (1988) del checo Ivan Passer, que no he tenido ocasión de ver. También por aquella época el cineasta John Huston tenía en proyecto una película sobre el tema. "Es curioso – dice Suárez - Parecería que Frankenstein estaba en el ambiente".

Literatura y cine discurren paralelamente en la trayectoria artística de Gonzalo Suárez e incluso se yuxtaponen. “Remando al viento” es, probablemente, su película más literaria y no creo exagerado considerarla su opus magnum. Funciona a modo de bisagra en su obra cinematográfica. El director llegó  a decir que toda su obra anterior era una especie de aprendizaje para llegar a “Remando al viento”. La escritura del guión, varios años antes, denota el interés del realizador asturiano por el tema. El rodaje comenzó en 1987 situándose, dentro de su filmografía, entre la serie de TVE “Los Pazos de Ulloa” (1985) y la barroquizante “Don Juan en los infiernos” (1991). La película se rodó en inglés, con actores ingleses y españoles. En los papeles principales Hugh Grant como Byron, Lizzy McInnerny como Mary Shelley, Valentine Pelka como Percy Bisshe Shelley, Elizabeth Hurley como Clara, José Luis Gómez como Polidori, Virginia Mataix como Elisa y José Carlos Rivas encarnando a la Criatura. "Los actores tenían que ser jóvenes, porque lo realmente llamativo es que Mary Shelley escribió Frankenstein cuando tenía sólo veinte años", dice Suárez. Se dice que la elección del jovencísimo Hugh Grant, que aparte de trabajos televisivos sólo había protagonizado en la película “Maurice” de James Ivory (1987), se debió a su parecido con los retratos conservados del poeta inglés. Se rodó con sonido directo, procurando que los actores españoles del reparto no tuviesen acento español. Alan Griffin, ayudante de dirección, dijo para El País durante el rodaje:   "José Luis Gómez es fantástico. Tiene muy buen oído y estoy consiguiendo que hable inglés con un ligero acento italiano".  Como nota rosa, decir que durante el rodaje se conocieron Hugh Grant y Elizabeth Hurley, dando comienzo a una relación que duraría 13 años.

Las escenas iniciales están rodadas en el Norte de Noruega, los paisajes suizos (lago Ginebra, castillo de Chillon…) están rodados en las localizaciones reales. Otros entornos de la película como Villa Magni están rodados en la Asturias natal del director. La luz es un elemento fundamental y complejo en “Remando al viento”  que Carlos Suárez, colaborador habitual del director, utiliza de forma magistral. Casi parece mimetizarse con la acción dramática y produce en el espectador una rara impresión anímica. Algunas de las composiciones parecen contener la impronta de la pintura de Caspar David Friedrich.  Para Gonzalo Suárez, “la luz esculpe la realidad”. No en vano, como hemos visto, la película consiguió el Goya a la mejor Fotografía. La música de Vaughan Williams, “Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis” tiene una gran importancia al funcionar como leitmotiv durante toda la película. El diseño de vestuario, debido a Yvonne Blake[i], es igualmente extraordinario, de gran altura estética, contribuyendo a la credibilidad pero también tributando su parte de magia, magnetismo y poesía. Un solo ejemplo, referido a las protagonistas femeninas, en palabras de Javier Tolentino:  “Las viste de blancos ibicencos, de blancos Sorolla, mientras gozan de la escapada libre y amorosa en los lagos suizos para después cubrirlas de elegancia en territorio inglés y de exquisitez de paños y telas cuando las ubica en Venecia…” El concepto de espacio escénico y una dirección de actores casi teatral,  traducida en economía de movimiento y gesto hasta extremos estáticos, así como un magnífico manejo de las elipsis, terminan por remachar el sello poético de la película.

La película se estrena en septiembre de 1988 y permanece 58 semanas ininterrumpidas en cartel en los cines Renoir de Madrid. Todo un record, y más si tenemos en cuenta que se proyectaba en inglés con subtítulos en castellano[ii]. Es también el año de “Mujeres al borde de un ataque de nervios” de Pedro Almodóvar,  “Amanece que no es poco” de José Luis Cuerda,  “Cinema Paradiso” de Tornattore, “Gorilas en la niebla” de Michael Apted y del escándalo de “La última tentación de Cristo” de Scorsese. Consigue multitud de premios, la Concha de Plata a la Mejor Dirección en el Festival de San Sebastián, Premio de la Crítica a la Mejor Película de la revista Fotogramas, Premio a la Mejor Dirección de la Asociación de Directores del Cine Español y Premio al Mejor Guión del Festival de Cine Fantástico de París. De las 13 nominaciones a los Goya, recibe 6: Mejor Dirección, Mejor Fotografía, Mejor vestuario, Mejor Dirección Artística, Mejor Dirección de Producción y Mejor Maquillaje y/o Peluquería. El Goya a la mejor película de ese año fue para Almodóvar.

La película comienza con un fundido en negro sobre el cual van apareciendo los versos iniciales del poema “Las tinieblas” de Lord Byron[iii]. La voz que los recita es la del actor que dobla a Hugh Grant. Es un poema de tintes apocalípticos[iv] que nos introduce de lleno en el mundo romántico y da el tono. A continuación, un gran angular nos traslada a las heladas aguas del Ártico, sólo vemos un desolado mar con bloques de hielo. La sobrecogedora escena se funde con otra en la que aparece una mesa de operaciones y, sobre ella, cubierta por un sudario, un cuerpo cuya caja torácica sube y baja con cada respiración. Luego sabremos que se trata de la Criatura en estado latente, a la que dará vida el pensamiento y las palabras de Mary. Una embarcación avanza lentamente, abriéndose paso entre los hielos. En la novela, el doctor Víctor Frankenstein viaja hasta los confines de la Tierra persiguiendo al ser que ha creado a partir de cadáveres;  y en la película, la propia Mary Shelly actúa  como trasunto del científico para acabar con la Criatura que su imaginación creó y que hace realidad sus presagios más funestos. A continuación Mary intenta escribir mojando la pluma en el tintero helado pero sólo consigue rasgar el papel. Comienza a recordar, dando inicio el flashback más largo de la historia del cine español.

Nos trasladamos de golpe a Inglaterra, varios años antes. El padre de Mary, el filósofo librepensador William Godwin vive sus hora más bajas, acuciado por sus acreedores. Shelley, después de ofrecerle un cheque para saldar sus deudas, le anuncia su intención de irse con Mary, a lo que éste no accede por estar Shelley casado. El poeta saca una pistola y se apunta en la sien, en un gesto abiertamente wertheriano,  a lo que Godwin aduce: "¡No cometerá usted la indignidad de suicidarse en mi casa!". Cuando va a salir, Godwin recita unos versos de Shelly: “¡Qué bella es la muerte, la muerte y su hermana el sueño!”.  No debemos pasar por alto esta cita poética que  pertenece al poema de Shelley “La reina Mab. Un poema filosófico”, escrito antes de cumplir los veinte años[v], pues nos da una de las claves de la trama, el alcance del mundo onírico. Tras un encuentro entre las brumas de un cementerio londinense, Shelley y Mary deciden escapar a Suiza, uniéndoseles la hermana de Mary, Clara, que se encuentra embarazada de Byron. Sabemos por una conversación que Byron se encuentra allí, al haber tenido que escapar perseguido por los escándalos. En aquella época Byron acababa de divorciarse y se rumoreaba su supuesta bisexualidad y una relación incestuosa con su hermana. Una sola frase de Clara describe la aureola fáustica del poeta: “Un poeta puede tener todos los vicios conocidos por el hombre”.

Hay una escena que nos muestra los esfuerzos del carruaje de los viajeros por avanzar bajo una tormenta de nieve en los Alpes. Es una breve escena de transición para constatar el curso del viaje[vi]. Vuelve a cambiar acto seguido para mostrarnos, como contraste, el paisaje idílico y radiante del lago Ginebra. Enseguida comprendemos que los viajeros han llegado a su destino y el mundo de convenciones y de opresión social de Inglaterra ha sido dejado atrás. Encontramos a  Lord Byron junto con su médico Polidori que hace las veces de Secretario, viviendo  en Villa Diodati, una mansión alquilada junto al lago[vii].

Basta una escena y los contraplanos de Byron y Polidori bogando en una barca para darnos cuenta del carácter opositivo de ambos. Byron magnético, cáustico y arrogante y Polidori, un diletante, un “quiero y no puedo”  que idolatra a su señor, a quien pretende emular, consiguiendo sólo ponerse en ridículo con sus arrebatos. En las sucesivas intervenciones vemos como Polidori es objeto de las pullas e ironías de Byron que, de forma bastante cruel, le llamaba “Polly-Dolly”. Hay un diálogo muy conocido en el que Byron enumera tres cosas que él puede hacer y su secretario no: atravesar un río a nado, apagar una vela de un tiro a veinte pasos y escribir un poema del que se han vendido catorce mil ejemplares en un solo día[viii]. Más tarde tiene lugar el encuentro con los viajeros. Shelley se presenta como ateo y demócrata. También seremos testigos  de la relación tormentosa de Byron y Clara.

Sigue una de las escenas más hermosas  y también icónicas de “Remando al viento” y que funcionó como cartel de la película. El paseo en barca por el lago, con la luna reflejada en sus tranquilas aguas y el extraño ofrecimiento de Byron: “Oídme, voy a cantaros un canto albanés”. En realidad el poeta lanza, tal como consta en el guión, un grito gutural, bárbaro y bestial que termina por desencadenar la furia de los elementos.

Somos testigos de las veladas en Villa Diodati, en torno a la mesa de billar y junto al fuego de la chimenea o Byron dictándole a Mary su poema “Las tinieblas”. Es importante en “Remando al viento” la separación entre las escenas diurnas y las nocturnas. Las primeras alegres y radiantes, donde los jóvenes pasean por el lago o hacen excursiones y las segundas llenas de sombras amenazantes y claroscuros, presagiando la tragedia. He leído en alguna parte que los personajes pretenden, al decir de Baudelaire, ser sublimes sin interrupción. Veamos qué dice Gonzalo Suárez al respecto de estos jóvenes románticos:

Pretendo hacer una película sobre la alegría de vivir. Son personajes que, por encima del tópico romántico, eran gentes que buscaban vivir intensamente, como corresponde al hecho de que todos ellos fueran tan jóvenes. Yo los veo como personas con el valor y la intensidad de vivir fuera de las convenciones. Ahí radica toda la monstruosidad. Lo que ocurre es que quizás la alegría de vivir no se puede ejercer impunemente. Es por lo que, tras la creación de la ficción, del monstruo, la vida de todos ellos empieza a volverse un poco más trágica [...]

En las conversaciones, Shelley no pierde oportunidad de exponer su credo ideológico. Ante la defensa que hace Byron de Napoleón como la más hermosa de las vidas humanas, Shelley arremete contra el Ejército, los jueces, el matrimonio…a los que identifica con el Mal mismo[ix]. La conversación desemboca en el concepto de pecado. Mientras que para el revolucionario Shelley el Mal deviene consecuencia de la sociedad corrupta,  Byron identifica el Mal con el concepto cristiano. Cuando Mary dice que no imagina a Byron arrepintiéndose de sus pecados, éste dice: “Te equivocas, Mary. Me arrepiento de todos aquellos pecados que aún no he podido cometer”. Ambos poetas representan el conflicto entre lo apolíneo y lo dionisíaco que a la vez se niegan y se complementan. Una frase de Mary en el guión ahonda en esta idea: “¡Byron y Shelley son tan diferentes! Byron se cree que la tierra entera ha sido creada en su honor. Shelley, en cambio, viaja con las nubes y con el viento. Nada de lo que le rodea le pertenece”.

Shelley acepta el desafío que le lanza Polidori de hacer una carrera de regatas en el lago. Aprovechando un cambio de viento, la embarcación de Shelley da un quiebro y deja atrás a Polidori ante la admiración de Byron. Clara argumenta que Shelley sabe navegar pero no nadar. Esta afirmación dicha casi al azar tendrá una importancia fundamental, ya que será la causa de su muerte cuando naufrague en la bahía de La Spezia antes de cumplir los treinta años. Cuando vuelven los contendientes, Byron felicita calurosamente a Shelley mientras que Polidori no puede disimular su envidia. Bebe a morro de una botella de Oporto y acusa a Shelley de hacer trampa para luego retarle a un duelo que no tendrá lugar. Le veremos a continuación dándole patadas al  perro de Byron que, furioso, le muerde un tobillo. La herida hace cojear a Polidori y Byron no deja pasar la oportunidad de clavarle otra pulla al doctor: “¡Enhorabuena! Por fin has conseguido parecerte a mí, en lo que a mí menos me hubiera gustado parecerme a Lord Byron”[x].

Durante la siguiente velada surge en la conversación un tema de importancia crucial para el desarrollo del filme: la creación. Byron dice que el mejor poema sería aquel que diera vida a la materia por la sola fuerza de la imaginación. Al parecer, en aquellas veladas se hablaba del galvanismo; teoría por la cual, el cerebro produciría impulsos eléctricos transferidos por los nervios a los músculos para producir el movimiento  y de los experimentos del médico, filósofo y poeta Erasmus Darwin, sobre la posibilidad de animar la materia muerta y devolver la vida a un cadáver o a distintas partes del cuerpo. Sin duda, aquellas discusiones tendrían que influir en Mary para la concepción de “Frankenstein o el moderno Prometeo”.

A continuación  el criado da cuenta del envenenamiento del perro y tiene lugar una escena en la que el animal es enterrado en el jardín ante un consternado Byron que sospecha de la habilidad de Polidori con los venenos. Al día siguiente, cumpleaños de Shelley, Mary le regala un catalejo. Shelley lo enfoca hacía el jardín y se espanta al ver por él el rostro de Mary que, sin embargo, se encuentra a su lado. Luego sale al jardín bastante alterado y deambula como un sonámbulo y otra vez surge el tema del sueño, cuando un inquietante Polidori le dice: “Nunca estamos despiertos del todo, señor Shelley. Usted, que es poeta, lo sabe mejor que yo”. A continuación saca un frasquito de láudano y se lo ofrece a Shelley que bebe sin ninguna mesura[xi].

Al atardecer, y en las escaleras de la casa, tiene lugar la escena clave en el devenir de la historia. Polidori sugiere leer historias de terror “porque la ficción es la mejor vacuna contra la realidad”. A continuación tiene lugar la proposición de Byron: “Que cada uno de nosotros escriba la más terrorífica historia que sea capaz de imaginar, y demostremos que la realidad siempre resulta aún más terrible”. Deciden comenzar al día siguiente. Los cuatro aceptan entusiasmados. Felizmente, Gonzalo Suárez traslada la escena del interior, como consta en el guión y dicta la tradición, al exterior, al ambiente bucólico y apacible del jardín[xii]. Al parecer fue una decisión tomada en el mismo momento de rodar la escena. Ésta termina entregándole Byron a Polidori como regalo la cadena del perro. “Tú sabes lo mucho que significaba para mí…”, le dice.

Según Mary, en el prólogo que escribe a la edición definitiva de 1831, aquel verano fue muy húmedo y la lluvia incesante los confinaba durante días enteros en la casa (véase nota iv). Había caído en sus manos un volumen de historias de fantasmas traducidas del alemán al francés y Byron propuso que cada uno escribiera una historia de fantasmas. Eran cuatro; por lo que se ha de entender, como en la película, que Clara queda fuera del desafío literario.  Según Mary, “los ilustres poetas, aburridos por la vulgaridad de la prosa, abandonaron prontamente esa tarea impropia de su genio”. Al parecer, Polidori habría escrito un relato disparatado sobre una dama con cabeza de calavera que de esta forma había sido castigada por espiar por el ojo de la cerradura. De esta manera queda en entredicho la tradición según la cual Polidori escribió “El vampiro”  en Villa Diodati a lo largo de dos o tres noches. Otras fuentes apuntan a que comenzó a esbozar su novela “Ernestus Berchtold o el moderno Edipo”. En cualquier caso, sí tenemos en esas veladas el germen de lo que será el vampiro literario. Al parecer, Byron, que entonces estaba enfrascado en el tercer canto de “Las peregrinaciones de Childe Harold” dio comienzo a un relato, nutriéndose de las historias folklóricas de vampiros que había oído en el curso de un viaje por Los Balcanes, apenas algún fragmento. Pero tiempo después Polidori aprovechó para plagiar ese inicio[xiii], continuar la historia y convertirla en su famoso relato, dando nacimiento al prototipo romántico de vampiro, encarnado por un aristócrata y que luego retomaría Bram Stoker para su “Drácula” en 1897[xiv]. El relato era una venganza encubierta contra Byron bajo cuyo influjo se encontraba el doctor en los tiempos de Ginebra, de algún modo emocionalmente vampirizado. Por lo que parece una estrategia comercial, el relato “El vampiro” salió bajo la falsa autoría de Byron en 1819. Goethe dirá que es lo mejor que ha escrito el poeta. Desde Venecia, un Byron iracundo escribe al editor denunciando “la vulgar impostura editorial”. Por otra parte, de aquella velada surge el germen de “Frankenstein o el moderno Prometeo”. La novela de Mary Shelly es una revisión del mito de Prometeo. En la mitología griega, el titán Prometeo crea a los hombres desde el barro y luego roba el fuego a los dioses para entregárselo a ellos, convirtiéndose así en benefactor de la humanidad. Cuando Zeus se enteró, ordenó a Hefesto que lo clavase al monte Cáucaso y envió un águila para que le comiera el hígado. En la novela, el doctor Frankenstein desafía a Dios, rivalizando con él al dotar de vida a la materia inerte, arrebatándole así el fuego sagrado de la vida.

Al día siguiente, Byron y Shelley hacen una excursión al castillo de Chillon. Polidori, que por su cojera no puede ir, acompaña a las damas. Tiene lugar una escena en la terraza de Villa Diodati en la que el doctor juega al ajedrez con Mary y termina con un lacónico: “Creo que tengo la partida perdida”, frase que repetirá de forma más contundente (“He perdido la partida”) en unas horas, en su encuentro con la Criatura. Mientras tanto, Byron y Shelley llegan al castillo de Chillon. La conversación versa sobre el horror, según Shelley el horror está en los hombres y según Bryon, éste existía antes de la aparición del hombre y existirá después.  “Créeme, querido Shelley, el horror es la única realidad que sustenta nuestra existencia”. Al atardecer se desencadena una tormenta descomunal.   En Villa Diodati, Polidori borracho y cargado con la cadena, intenta sin conseguirlo hablar con Mary, diciéndole que no es conveniente dejar al perro fuera de la casa. Ésta escribe encerrada en su habitación y al tiempo que escribe, vemos a la Criatura del comienzo de la película, que comienza a animarse y se incorpora. Hay una relación directa, causa-efecto, entre la escritura de Mary y la vida de la Criatura. Al otro lado de la ventana Mary ve el rostro de la Criatura que la mira fijamente bajo la lluvia. En el guión consta:

Diríase que el reflejo proviene de una presencia en el interior de la habitación, pero Mary está sola (…) La criatura, desde el exterior, esboza miméticamente los mismos gestos de Mary, y las dos manos se buscan, se encuentran, coinciden, a ambos lados del cristal de la ventana, como reconociéndose mutuamente, cerciorándose de su mutua existencia. Un repentino relámpago borra la imagen de la Criatura y Mary se encuentra ante su propio reflejo en el cristal”.

Hasta aquí la historia narrada en la película coincide con lo que nos cuenta Mary en la introducción de 1831 a su novela y que así ha pasado a la historia de la literatura. Pero a partir de aquí, en la película de Gonzalo Suárez se funden los dos planos, el real y el fantástico. Al dotar de vida a la criatura nacida de su imaginación, predestina la vida y la muerte de todos los seres que la rodean.

En el salón,  Polidori,  junto a la mesa de billar y totalmente borracho intenta enganchar la cadena del perro a la lámpara. La Criatura le acecha desde el jardín y luego entra y le ciñe la cadena al cuello. La escena se alterna otra vez con la excursión de Byron y Shelley. Bajo la furia de la tempestad, el barco zozobra y los dos marinos que lo tripulan lo abandonan, tirándose al agua para alcanzar la orilla. También ellos deberían saltar al mar, pero Shelley no sabe nadar y Byron se queda con él. Es necesario poner esta escena en relación con el naufragio del velero de Shelley unos años después, en el que morirá. Mientras tanto, en Villa Diodati, Polidori comprende que debe morir como el perro de Byron al que ha envenenado. Clara descubrirá el cuerpo, colgando de la lámpara por la cadena[xv].

Tras la noche de tormenta, el barco con el aparejo roto y su vela desgarrada semejando un fantasma, se halla frente  al castillo de Chillon. Vemos a Shelley leyendo a Rosseau, pero en un momento dado Byron le tira el libro al agua: “En fin, confiemos en que Rosseau sí sepa nadar”.  A continuación Fletcher, el criado de Byron, llega con una barca para anunciarles el suicidio de Polidori. Acto seguido ya asistimos a la escena del entierro. Byron murmura “Sólo sabía hacer tres cosas. Y ninguna bien”, acompañado de un lagrimeo. Tiene lugar una discusión entre el poeta y Clara. Tras el luctuoso acontecimiento y las noticias que llegan de Inglaterra, los viajeros han decidido marcharse y Clara le propone a Byron quedarse. Éste le exige que se marche pero que se hará cargo del niño cuando nazca. Clara le insulta llamándole “miserable escocés”. Byron se aleja furioso y frente a un paisaje montañoso vuelve a lanzar su canto albanés, que en esta ocasión tiene más de  lamento lúgubre y desahogo.  En la siguiente escena los viajeros han hecho las maletas y una carroza espera abajo. La cámara nos muestra por última vez los maravillosos paisajes ginebrinos, mientras la voz en off de Mary da cuenta de la muerte de la primera mujer de Shelley al tirarse a un estanque[xvi] y que Fanny, la hermana menor de Mary y Clara también se ha suicidado.  La marcha de Shelley, Mary y Clara, simbólicamente, se emparenta con la expulsión del paraíso. Pero la Criatura les seguirá en su periplo por Europa, primero a Londres, luego a Venecia y finalmente a Santo Terenzo,  como una sombra ominosa que traerá la muerte.

Juan Lozano Felices







[i]
                 Yvonne Blake es la responsable del vestuario en Faranheit 451 de Truffaut, de Nicolas y Alejandta, trabajo que le valió un Óscar, de Jesucristo Superstar, de Robin y Marian, de Supermán o de Don Juan en los infiernos.
[ii]              Se dobló para su pase por televisión y para la comercialización en video.
                 Tuve un sueño que no fue un sueño.
                El sol se había extinguido y las estrellas
                vagaban a oscuras en el espacio eterno,
                sin luz y sin rumbo y la helada tierra
                oscilaba ciega y negra en el aire sin luna.
                Llegó el alba y pasó y llegó de nuevo sin traer
                                                            [el día.
[iv]             El año 1816 pasará a la historia por tener un verano atípico, algo así como un año sin verano. La temperatura fue inusualmente fría y los cielos eran lúgubres; la luz del sol velada por una persistente neblina. Hubo heladas y tormentas y muchas cosechas se perdieron, lo que motivó la hambruna más devastadora del siglo en una Europa que acaba de salir de las guerras napoleónicas. Hoy se sabe que  aquel extraño cambio climático fue motivado por la erupción del volcán Tambora, en la actual Indonesia, que arrojó a la atmósfera millones de toneladas de ceniza y gases mezclados  con azufre.
[v]              Mab, cuyo origen encontramos en el folklore galés, es una fuerza espiritual de la Naturaleza. El hada que visita al hombre cuando duerme y les ofrece en sueños visiones de sus más anhelados deseos. Los versos de Shelley adquieren, a la luz de la película, valor referencial. Muerte y sueño, eran considerados por la mitología griega como hermanos gemelos, Hipnos y Tánatos. Existe una pintura del prerrafaelita Waterhouse que trata el tema. También hay una referencia a Mab en el Romeo y Julieta de Shakespeare.
[vi]             En el guión, un comentario de Mary y un contorno bajo la tormenta de nieve prefiguran la aparición de la Criatura. Creo un acierto que no se incluyera en la película.
[vii]             En Villa Diodati también había vivido Milton, el autor de “El paraíso perdido”.
[viii]            Imitando a Byron, Polidori le dirá a Shelley que  pude hacer tres cosas que él no puede: encontrar un zapato de mujer en plena noche, descubrir la propensión a la tisis en el rostro de un fumador de opio y ganar una regata a vela.
[ix]              En 1811, Shelley había publicado un ensayo bajo el título “La necesidad del ateísmo” que le valió su expulsión de Oxford.
[x]              Byron había nacido con una deformidad en el pie derecho que le producía una cojera que intentaba disimular
[xi]              Polidori era bebedor compulsivo de láudano, una preparación que entre otras sustancias, contenía opio.
[xii]             En la mencionada “La novia de Frankenstein” (1935), la proposición de Byron tiene lugar en el salón, junto a la chimenea, mientras rugen fuera los elementos desatados.
[xiii]            De hecho, Polidori convierte al protagonista August Darvell en lord Ruthven, una especie de caricatura de Byron. A su vez, en la novela de Stoker, el personaje de Renfield, el fiel servidor del Conde,  tiene algo de Polidori.
[xiv]            Entre el relato de Polidori y la novela de Stoker, hay algunos buenos ejemplos de relatos de vampiros como “Vampirismo” de E.T.A. Hoffmann (1821),  “Berenice” de Edgar Allan Poe (1835), “La muerta enamorada” de Gautier (1836), “La familia Vurdalak” de Alexei Tolstoi (1839), el folletín “Varney, el vampiro” (1845-1847) o la “Carmilla” de Sheridan Le Fanu (1872) También, el compositor alemán Märschner compuso la ópera “Der Vampyr” en 1827, basándose  en el relato de Polidori
[xv]             En realidad, Polidori morirá en agosto de 1821, medio loco, tras envenenarse con ácido prúsico cuando contaba 25 años.
[xvi]            Harriet, la primera mujer de Shelley puso fin a su vida al tirarse al lago de La Serpentina. En su obra “Peter Pan en los Jardines de Kensington”, J.M. Barrie hace que Peter Pan pueda atravesar la Serpentina con un barquito hecho de un billete de banco que el poeta Shelley había lanzado al agua.



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