jueves, 7 de abril de 2016

CICATRICES EN LOS TOBILLOS de MANUEL GONZÁLEZ (por Julia Conejo)









CICATRICES EN LOS TOBILLOS

MANUEL GONZÁLEZ

Amargord, 2015








Cuando uno termina de leer Cicatrices en los tobillos (Amargord, 2015), el nuevo poemario de Manuel González, nota que sus heridas –las propias, las que ya teníamos antes de acercarnos a este puñado de poemas- están más abiertas y más vivas. 

Y es que los de este libro son poemas que nos caen en el alma como piedras (“piedras convertidas en palabras”) y es imposible salir indemne de su lectura. Por eso es un libro necesario, porque las cicatrices que nos enseña Manuel son las mismas que cada uno de nosotros tenemos en nuestros tobillos y son sus versos los que nos ayudan a reconocerlas, a palparlas, a ser conscientes del dolor que producen.

Se trata de una poesía sincera, que brota del Manuel González más auténtico. Apegada a la realidad más cruda con la que nos enfrenta en cada palabra, la realidad de  niños como Yaiza que “pinta de rodillas/ y tiene miedo a los certificados de correos/ -esos papelitos amarillos que hacen llorar a mamá-“ Yaiza –dice el poeta- es “nuestro no derecho a rendirnos” Es esa determinación a no rendirse, a no conformarse, la que vertebra todo el libro, la que consigue que no sea un poemario social al uso, sino algo mucho más rico y complejo: Junto a las Alambradas, los Titulares del día terribles (“Europa constata que el salario mínimo/ español no garantiza una vida digna”), las mujeres de Ciudad Juárez que no pueden dar los buenos días; Manuel González va intercalando poemas de amor estremecedores por su desnudez y su hondura. Es el amor el que lo sostiene, el que le ayuda a no abandonar la lucha (“tu nombre es una trinchera donde se celebra la vida”), el que hace que siga creyendo “En la luna de Panero / y en el banco del parque / que no traiciona mis cuentas”, el que le reconcilia con los fantasmas de su pasado. 

Y al leerlo, al recibir cada una de sus pedradas, nosotros también queremos seguir creyendo y luchando. Y no dejar nunca de reconocer nuestras cicatrices, las de todos nosotros,  tan dolorosas pero a la vez tan necesarias.


Julia Conejo


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