lunes, 4 de abril de 2016

DEPÓSITO DE OBJETOS PERDIDOS de JUAN CARLOS DE LARA (por José Torres Almagro)



 



Depósito de objetos perdidos
Juan Carlos de Lara
XXXIV Premio Leonor de Poesía
Diputación de Soria, 2016

           







Desde que Juan Carlos de Lara nos ofreciera en 2008 la antología poética “Memoria del tiempo claro”, publicada por la Editorial Alea Blanca de Granada, y “Paseo del chocolate”, que vio la luz en la prestigiosa Renacimiento de Sevilla, este poeta onubense había venido guardando un discreto silencio editorial, si exceptuamos, naturalmente, los poemas que de modo esporádico va esparciendo en algunas revistas nacionales y, desde un ámbito distinto, su obra de investigación literaria “Juan Ramón Jiménez, estudiante”, editado en 2012 por la Fundación que el Nobel tiene en Moguer.

El libro con el que ahora regresa al campo de la lírica no es otro que “Depósito de objetos perdidos”, publicado por la Diputación de Soria con motivo de haber obtenido el Premio Leonor de Poesía, sin duda uno de los más relevantes del panorama nacional. No en balde, a lo largo de sus treinta y cuatro años de existencia, jurados en los que han intervenido poetas de la talla de José Hierro, Caballero Bonald, Antonio Gamoneda, Félix Grande o Luis García Montero han concedido el galardón a nombres como Carlos Murciano, Jesús Aguado, María Sanz, Olvido García Valdés o Miguel López Crespí entre otros.

            En el caso de la pasada edición, en la que participaron 273 obras procedentes de dieciocho países, fue un jurado integrado por los escritores Irene Gracia, Juan Malpartida y Juan Antonio Masoliver (crítico literario, además, de “La Vanguardia” de Barcelona) el que acordó por unanimidad otorgar el Premio Leonor a la obra de Juan Carlos de Lara por ser “una poesía con autenticidad, apoyada en una gran coherencia narrativa y que reflexiona sobre el tiempo como pérdida del pasado y desolación del presente”.
            Y es que partiendo desde la visión machadiana de que se canta lo que se pierde y a través de la sorprendente musicalidad que aporta su hábil combinación en blanco de alejandrinos, endecasílabos y heptasílabos, “Depósito de objetos perdidos” se presenta como una meditación interiorizada sobre todo lo que el paso inexorable de la vida nos lleva a perder. “En ti se deposita / lo que la ausencia y lo que el tiempo quita” nos anticipa sobre su contenido una cita de Quevedo en el inicio del libro. Efectivamente, y como el propio De Lara ha comentado, a lo largo de sus páginas se hace repaso de todos esos objetos, materiales o no, que se quedaron atrás con el paso de los años, pero que, lejos de perderlos del todo, en realidad se le fueron depositando en su memoria y, finalmente, han terminado por formar parte de su propia manera de enfrentarse a la vida.

La inocencia, la espontaneidad, la capacidad de asombro…, para Juan Carlos de Lara esas pérdidas no desaparecieron sin dejar rastro, sino que, consumidas o desbaratadas tal vez, se le fueron acumulando en su interior como una carga de desesperanza y desolación. La tristeza se convierte de este modo en la forma que tiene de relacionarse con el mundo y la que le lleva, en última instancia, a buscar refugio en la percepción que tiene de sí mismo y a realizar un continuo proceso de recapitulación personal. Así, en el tercer poema del libro ya nos dice: 

busco sólo un refugio donde quedarme a oscuras, 
donde nadie me hable, 
donde pueda saciarse por completo 
mi absurda inclinación por repasar mi vida, 
por ir pasando a limpio mis errores, 
copiando treinta veces como mínimo 
no volverá a ocurrir, no volverá a ocurrir

            La casa de su infancia, el primer amor o una vieja fotografía se convierten en su palabra en algo más que simples temas, porque desembocan en la permanente y melancólica corriente de evocación del pasado que, más que cualquier otra cosa, conforma el insondable fondo de su personalidad. La memoria del poeta insiste una y otra vez en mirar hacia el ayer en un constante deseo de reconstrucción, pero no le es posible alcanzarlo tal y como era porque en su recuerdo se mezcla lo vivido y lo soñado. Del abismo de lo irrecuperable se asomará la certeza de que sólo somos presente.

La voracidad del tiempo, sin embargo, no planea únicamente por encima de los poemas nostálgicos o de evocación de los días perdidos. Porque también en aquellos que se desarrollan en el tumulto de la vida actual existe un sentimiento de desamparo ante la fugacidad de la vida, una conciencia de lo breve y frágil de nuestra permanencia. De este modo, si el amor de adolescencia se quedó para siempre entre la bruma, el amor que ilumina la última parte del libro se desenvuelve entre el vendaval y el vértigo; y si es imposible el regreso a su propia niñez, hoy, al abordar la de sus dos hijas, es lo efímero de esa edad lo que nubla sus versos: “Han pasado los años con sus pasos perdidos / tú te has hecho mayor y yo un poco más viejo” le dice a María; “que estos momentos son irrepetibles / y que se te irá la infancia como un soplo”, le advierte tristemente a Celia.

            La poesía de Juan Carlos de Lara, al menos la de “Depósito de objetos perdidos”, encuentra acomodo entre las cosas diarias, procura estremecerse con ellas. A diferencia de sus cinco libros anteriores, los versos que nos presenta ahora se acercan mucho más a lo concreto y, a veces, incluso suenan con un timbre buscadamente prosaico. Leer este libro supone conocer fragmentos de su vida porque en él están las calles por donde suele caminar, los libros que lee o la música que escucha. Y como desciende a los detalles, como nos va narrando unas vivencias, sus poemas se vuelven inesperadamente largos. Sin embargo, a través de ellos y de algunos sencillos dibujos a tinta china con los que el propio autor suele ilustrar sus libros, sabe ir más allá de lo cotidiano y saltar por encima de sus circunstancias personales, extendiendo la experiencia individual hasta universalizarla.

Y es que cuando la intimidad del poeta trasciende lo anecdótico y lo particular para ocupar el terreno de las emociones plenamente reconocibles por todos, cuando lo que revela el poema afecta al que lo lee, que lo sabe cierto en su propio interior, se está haciendo realidad el sentido de la poesía auténtica. Y la de Juan Carlos de Lara lo es verdaderamente.


José Torres Almagro


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