sábado, 23 de abril de 2016

HOY FIRMA: AURORA SAURA. "MARCELA Y OTRAS MUJERES VALIENTES EN EL QUIJOTE".


MARCELA  Y  OTRAS  MUJERES  VALIENTES
EN  EL  QUIJOTE*



Antes de comenzar, quiero recordar con vosotros al profesor Baquero Goyanes, que fue el primero con el que muchos aprendimos a leer “El Quijote” y que me mostró de una manera especial a Marcela en una de sus últimas clases, durante un curso de doctorado. Por aquella tarde y por tantas otras lecciones que le debemos lo traigo hoy a nuestra memoria.

      Voy a comenzar presentando el marco común de las mujeres admiradas en “El Quijote” -entre las cuales he encontrado estas mujeres valientes-, muy diferentes de las mujeres del pueblo llano, a las que don Quijote (y, con él, Cide Hamete y el otro narrador) desde luego no admira y a veces ni siquiera mira, si no es para convertirlas en damas, princesas o lo en cada momento venga al caso.

           La característica más destacada de esas mujeres admirables es su soberbia belleza, que produce asombro y fascinación y en el varón, con frecuencia, un deseo que no puede (y no quiere) someter a la razón. Dice Dorotea, sobre su rechazo a  las solicitaciones de Don Fernando (que, según él, demuestran su amor) , que ello fue “causa de avivar su lascivo apetito, que este nombre quiero dar a la voluntad que me mostraba”. Estos amores apasionados que despiertan parecen entrar, en cierto modo, en contradicción con su hermosura angélica: todas las mujeres bellas de “El Quijote”, débiles o valientes, lo son en grado tan extremo que parecen de otro mundo; digo bien, “ son de otro mundo “, porque se trata siempre de una idealización: en ellas se reúnen todas las cualidades posibles, incluida la honestidad (aunque a veces, ¡ay!, se pierda) y no pueden ser superadas; tanto es así que el narrador, cuando alguna de estas señoras es descrita a continuación de otra u otras, se las ve y se las desea para encarecer la nueva belleza sin repetirse y dice cosas como “ que Dorotea la tuvo por más hermosa que Luscinda y Luscinda por más hermosa que Dorotea, y  todos los circunstantes conocieron que si alguno se podría igualar al de las dos era el de la mora...”. La otra cualidad común a todas estas beldades -sin la cual, además, parece que no podría darse la primera- es su condición de hija de familia principal o, al menos, acomodada, y en algún caso de padre noble y muy rico, como el de Zoraida/María. Ello supone haber sido educada según normas de recato muy estrictas (no se olvide la importancia, en la tradición literaria española, de la honra familiar, cuya depositaria es la mujer, sea ésta mora, cristiana o judía) y haber llevado una vida regalada y sin preocupaciones, hasta que, por decisión propia o por algún suceso desafortunado, generalmente amoroso, se ve expuesta a los peligros de una vida sin el amparo familiar.

Habiendo trazado, muy a grandes rasgos, este que he llamado “marco común”, entro en el asunto de la valentía de algunas de estas mujeres, entre las que me ha parecido Marcela la figura más atrayente, por ser la que más se aparta del modelo general -la desdicha por amor-  y por ser muy interesante su relación con la tradición popular de la mujer libre que rechaza la convención del matrimonio, de la que da cuenta, entre otros poemas, este zéjel famosísimo de Gil Vicente: “Dicen que me case yo./ No quiero marido, no./ Más quiero vivir segura/ n’esta sierra a mi soltura/ que no estar en la ventura/ si casaré bien o no...”. Se dan, asimismo, en Marcela semejanzas con  la amada enemiga de la poesía culta, tema que, por otra parte, también aparece sugestivamente expresado en las Canciones tradicionales; como ejemplos de este último tópico recordemos estos versos: “Los cabellos de mi amiga / d’ oro son./ Para mí lanzadas son” y “Enemiga le soy, madre,/ a aquel caballero yo:/ mal enemiga le só.”. 

Pero vayamos a la historia de Marcela, que en principio es la de Grisóstomo, “muerto de amores de aquella endiablada moza...”, como un calco en prosa de aquel “pastor desesperado” del romance, aunque sin el arrepentimiento final de la bien amada que hay en éste:
“Buscaréis, ovejas mías,/ pastor más aventurado... Enterradme en prado verde, no me enterréis en sagrado...” (lo mismo pide Grisóstomo).  También  se ha dicho que Cervantes retoma aquí el asunto de “La Galatea”, en cuya continuidad seguía pensando; pero la mayor naturalidad de los personajes y, sobre todo, la concentración del relato nos acercan mucho a estos pastores, entre los que  destaca sobremanera la propia Marcela. Esta primera mujer hermosísima de “El Quijote” (aparte de la que el protagonista se ha creado como dama) es el prototipo de la mujer que puede hacer su voluntad -siempre dentro de los límites de la honestidad, que no deben ser traspasados-: es huérfana y rica y su tío no quiere imponerle un matrimonio que ella rechaza, en principio, en razón de su juventud (el cabrero cuenta “el cuento con muy buena gracia”, según Don Quijote, que a punto ha estado de verlo interrumpido por sus continuas correcciones, enfadosas para el narrador). Y dice Pedro, el cabrero, que sus convecinos alababan el criterio del tío de Marcela, que era “que no habían los padres de dar estado a sus hijos contra su voluntad”. Decide en este punto la moza hacerse pastora, contra el parecer de todos (y particularmente de los que la pretendían, entre los que se hallaba Crisóstomo); se visten igualmente el traje de pastor varios de los jóvenes enamorados, cuyas esperanzas van siendo defraudadas conforme se las dan a conocer a la muchacha o ella las atisba, ya que “su afabilidad y hermosura atrae los corazones...; pero su desdén y desengaño los conduce a términos de desesperarse...” A partir de aquí el cabrero describe los efectos que causa el desdén de Marcela en los amantes como si fuera el narrador de una novela pastoril, sin un solo error lingüístico y sí, a mi parecer, con cierta sorna que no puede Cervantes dejar de hacer notar (¡ y con todo él quería  continuar “La Galatea”!: ¡ qué cervantina es esta dualidad!). 

El desenlace del rechazo reiterado de Marcela a Grisostomo ya se había anticipado, al contar Pedro todo lo anterior justamente porque al día siguiente van a enterrar al enamorado, en el lugar donde, dice Ambrosio, su amigo, “Marcela le acabó de desengañar..., de suerte que puso fin a la tragedia de su miserable vida” (es de notar la naturalidad y la concisión con que se relata el suicidio). El elogio fúnebre que hace Ambrosio es un modelo de Planto y en él da cuenta también de la voluntad de Grisóstomo de que destruyan sus “papeles”, lo que da pie a una discusión sobre la función de la literatura y a que se lea un poema del pastor muerto, escrito claramente a imitación de Garcilaso, sobre todo en los endecasílabos finales: “Canción desesperada, no te quejes...” (Neruda los recordaba bien). En éstas “una maravillosa visión – que tal parecía ella -“irrumpe en escena (pues de una magnífica representación se trata) dispuesta a defenderse a sí misma , ¡y con qué brío!, de la acusación de ser la matadora de Grisóstomo; el discurso de Marcela no tiene desperdicio, es una verdadera pieza de oratoria, con argumentos  expuestos soberbiamente, y como no me es posible reproducirlo completo, sólo citaré lo que me parece más significativo de su valentía:” yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos... Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras... No me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito… Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no gusto de las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie...”. En la pastora Marcela se cumple fielmente el deseo de Fray Luis -“Canción a la vida solitaria”-: “Vivir quiero conmigo,/ gozar quiero del bien que debo al cielo,/ a solas, sin testigo,/ libre de amor, de celo,/ de odio, de esperanzas, de recelo.”

La segunda mujer valiente, tanto por su aparición en la obra como por su inteligencia y decisión, es Dorotea, aunque en el comienzo de su historia (y, naturalmente, en su final) el tema dominante es el de la honra, que ella busca a toda costa recuperar haciendo cumplir su promesa de matrimonio a don Fernando.  El personaje de la mujer abandonada es tan antiguo como la propia literatura y en Grecia se nos presenta con trágica intensidad en el mito de Ariadna y sobre todo en la historia terrible de Medea, aunque no debe olvidarse que parte sustancial del dolor desgarrado de los dos personajes se origina en el hecho de que ambas han traicionado por amor a su estirpe y a su patria. En nuestra lírica tradicional, aunque sin aquel aliento trágico, es muy frecuente la queja por el abandono, casi siempre relacionado con el engaño:

“-Mal haya el enamorado/ que su fe no mantenía./ De velar venía.   Y maldito sea aquel hombre/ que su palabra rompía,/ más que más con las mujeres/ a quien más se le debía./ De velar…  Más maldita sea la hembra/ que de los hombres se fía,/ porque aquella es engañada/ la que en palabras confía./ De velar...”.

Y la huida de la propia Dorotea aparece también anticipada en el famoso villancico:

“Por el montecico sola,/ ¿ cómo iré, cómo iré?/ ¡ Ay, Dios!, ¿ si me perderé? Soledad me guía,/ llévanme desdenes/ tras perdidos bienes/ que gozar solía./ Con tan triste compañía,/ ¿ cómo iré...”

Como en ambas Canciones, la mujer es engañada con gestos y promesas de amor, aunque en el caso de Dorotea no deja de haber una cierta previsión (¿podemos llamarla astucia?) antes de su entrega al caballero: “ Yo, a esta razón, hice un breve discurso conmigo, y me dije a mí mesma: ... puesto que en este no dure más la voluntad que me muestra de cuanto dure el cumplimiento de su deseo; que, en fin, para con Dios seré su esposa... Todas estas demandas y respuestas revolví yo en un instante en la imaginación, y, sobre todo, me comenzaron a hacer fuerza... los juramentos... los testigos que ponía... Llamé a mi criada, para que en la tierra acompañase a los testigos del cielo”. Y, como en los poemas citados, la mujer abandona su casa, en busca del que para ella es su esposo, en este caso al conocer que don  Fernando ha concertado su boda con Luscinda:

“Llegó esta triste nueva a mis oídos, y, en lugar de helárseme el corazón en oílla, fue tanta la cólera y rabia que se encendió en él, que faltó poco para no salirme por las calles dando voces, publicando la alevosía y traición que se me había hecho... Y en el silencio de aquella noche, sin dar cuenta a mi traidora doncella, salí de mi casa, acompañada de mi criado y de muchas imaginaciones, y me puse en camino de la ciudad... ya que no a estorbar lo que tenía por hecho, a lo menos, a decir a don Fernando me dijese con qué alma lo había hecho...”.

Dorotea pasa por varias vicisitudes que ponen a prueba su valentía en la defensa de su honra y, según va contando su historia, oída por el cura y el barbero (en busca de don Quijote) y por Cardenio (que ha encontrado en los montes espacio para su desesperación), el narrador dice de ella “porque si algo le había dejado bueno la fortuna, era el ánimo que tenía para sufrir cualquier desastre que le sobreviniese...”. De modo que la determinación de Dorotea, sus tan hermosamente trabadas razones y, claro está, su belleza impresionan de tal modo a los amigos de don Quijote que, además de ofrecerle consuelo, los mueven a pedirle, a su vez, ellos mismos ayuda en la empresa de hacer volver a don Quijote a casa. He aquí, pues, a la joven traicionada (aunque, ya lo hemos visto, ni ingenua ni desvalida) transformada en Micomicona, princesa de un reino Micomicón (probablemente el nombre más cómicamente ridículo de la obra), perdido a manos de un gigante que don Quijote deberá vencer. Ella pasa a tener, por tanto, un papel esencial en esta segunda mitad del primer “Quijote”, que se desenvuelve entre  los intentos del cura y el barbero para que el protagonista vuelva a su pueblo y las narraciones sobre otros muchos personajes, que se van entrelazando hasta alcanzar su máxima complejidad cuando Cervantes los hace coincidir  en la venta, en la que se resuelven todas las historias pendientes (y, además se cuenta la novella “El curioso impertinente”). Dorotea recibe al fin la recompensa a su constancia, aunque para ello aún tiene que suplicar a su seductor, en una escena  dominada por el discurso irrebatible de la inteligente Dorotea, dignos ella y él -el personaje y el discurso- de mejor causa que el matrimonio con el  caballero egoísta, mentidor y desdeñoso que es don Fernando (tipo masculino común en la literatura de los Siglos de Oro).

Zoraida, la tercera mujer valiente, es otro caso especial de decisión y de puesta en riesgo por amor, aunque El Cautivo, que es quien cuenta la historia (la suya, en la que tanta parte tiene la mora que quiere ser cristiana), insiste en la voluntad de cristianizarse de la joven como el motivo principal de su huida. Ruy Pérez de Viedma expresa igualmente su determinación de casarse con ella, como la propia Zoraida -en un alarde de atrevimiento insólito en  nuestra literatura clásica- le había propuesto, al hacerle llegar la caña con monedas de oro para que él y sus amigos pudieran “rescatarse”. Éstas son sus palabras: “Yo soy muy hermosa y muchacha, y tengo muchos dineros...: mira tú si puedes hacer cómo nos vamos, y serás allá mi marido, si quisieres”, y añade: “y si no quisieres, no se me dará nada; que Lela Marién (la Virgen María) me dará con quien me case”.

Vemos, así, que la confianza que Zoraida tiene en Lela Marién, aprendida de su aya cristiana, esclava de su padre, y en El Cautivo (a quien le dice, en el mismo escrito “y ninguno me ha parecido caballero sino tú”) es ilimitada y dota al personaje de una ingenuidad encantadora con la que se gana  inmediatamente el afecto del Cautivo, luego de los oyentes de su historia y finalmente del lector. La traición a su linaje, pueblo y  religión  aparece, por primera y única vez en  “El Quijote”, en esta  historia de la muchacha de noble familia de Argel que quiere llamarse María en España. Así lo siente su padre, al descubrir la huida y ser obligado a embarcar con los cristianos, entre las lágrimas de su hija:

“¡Oh, infame moza y mal aconsejada muchacha! ¿A dónde vas, ciega y desatinada, en poder de estos perros, naturales enemigos nuestros?...”.

Aunque, al ser liberado y abandonado con sus sirvientes en lugar deshabitado ( y, por tanto, seguro para los que huyen), el lector no puede dejar de conmoverse con las últimas palabras que oye decir a Agi Morato, al que, además, ya ha cobrado cierta simpatía por el trato confiado -en exceso confiado para los prevenciones de su tiempo-que siempre ha dado a su hija:

“Vuelve, amada hija, vuelve a tierra, que todo te lo perdono; entrega a esos hombres ese dinero... ¡y vuelve a consolar a este triste padre tuyo, que en esta desierta arena dejará la vida, si tú le dejas!”.

Nos parece oír resonar aquí un eco del impresionante Planto de Pleberio (con el que se cierra “La Celestina”), un padre, el de Melibea, muy similar al acaudalado moro de este relato en cuanto a su relación con la hija. Los cautivos logran, tras el grave incidente del asalto pirata, llegar a las costas españolas. Zoraida/ María  conseguirá así su propósito, que, sigue insistiéndose en ello, es bautizarse y aprender los usos cristianos -aunque se nombran continuamente “las bodas”- Cervantes, como se sabe, utiliza en esta historia varios elementos autobiográficos y le hubiera gustado que alguno de sus intentos de huida se resolviera tan favorablemente como el del Cautivo; tal vez también haber tenido la suerte de encontrar en Árgel una criatura tan admirable como Zoraida. En la venta la belleza de ésta es comparada con la de las demás jóvenes que se encuentran en ella (en palabras del narrador, que expone las de don Quijote, “el gran tesoro de la hermosura que en aquel castillo se encerraba”) y es acogida  con afecto por el mismísimo hermano del Cautivo, el oidor, que viaja con su joven hija.


      El autor, como he dicho antes, hace coincidir oportunamente allí a todos los personajes. Desde una perspectiva que busca la concentración narrativa, se ha dicho que este exceso de historias desviadas de la principal no favorece a la novela y ya en su tiempo Cervantes recibió críticas similares; pero para lectores y oyentes sin prisa, y que gusten de los cuentos, esta acumulación, por bien encadenada y bien resuelta, resulta atrayente; aunque demore -o tal vez por eso mismo-  el final del primer libro, el regreso humillante de don Quijote a su aldea. 
   
      Ya en la Segunda parte, otra mujer que podemos adscribir a este grupo, aunque su valor sea mucho más secundario, es Quiteria, la muy bella (nuevamente) protagonista del episodio que se conoce por “Las bodas de Camacho”. Aunque, en fin, no es la boda de éste la que tiene lugar, el deslumbramiento, provocado en don Quijote y, sobre todo, en Sancho por la fastuosidad y la abundancia con que el labrador rico (por antonomasia “Camacho el rico”, como a ella se la nombra La hermosa Quiteria) se apresta a celebrarla, se adueña del narrador (o, por mejor decir, éste les sigue la corriente a sus personajes). La historia es la siguiente: Basilio y Quiteria, enamorados desde niños, ven frustrados sus deseos  porque el padre de ella ordena “asar a su hija con el rico Camacho, no pareciéndole ser bien casarla con Basilio, que no tenía tantos bienes de fortuna como de naturaleza...”. Pero el enamorado, que  desde entonces anda siempre “triste y pensativo”, a decir del estudiante que cuenta lo anterior, trama un engaño con el que desbaratar la boda y asegurarse, de paso la suya con la joven. Después de los bailes y la pantomima que preceden a la ceremonia en el prado, aparecen los novios -ella esplendorosa, según la admirativa descripción de Sancho- y  en seguida, tras ellos, Basilio, que hinca un bastón en el suelo; éstas son algunas de las palabras con la que anticipa su acción:  Viva, viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria... y muera el pobre Basilio, cuya pobreza cortó las alas de su dicha...”; a continuación, desenvaina el bastón , que aparece como un estoque, se arroja sobre él y cae malherido; auxiliado por todos, que lo consideran en trance de muerte inminente, se niega a confesarse si antes Quiteria no le da su mano de esposa, a lo que no tiene más remedio que dar su conformidad confuso”, Camacho; ella se le acerca, le ofrece su mano e intercambian los juramentos de matrimonio, tan prolijos que hacen decir  a Sancho “-Para estar tan herido ese mancebo mucho habla; háganle que se deje de requiebros y que atienda a su alma...”. En cuanto el cura los bendice, se levanta prestamente Basilio y a las voces de “¡Milagro!” de algunos, “más simples que curiosos...”, responde él: “-¡No ‘milagro, milagro’, sino industria, industria!”. ¿En qué consiste la valentía de Quiteria?; ahora lo veremos, con las propias palabras del narrador: 

“La esposa no dio muestras de pesarle de la burla; antes oyendo decir que aquel casamiento, por haber sido engañoso, no había de ser valedero, dijo que ella le confirmaba de nuevo; de lo cual coligieron todos que de consentimiento y sabiduría de los dos se había trazado aquel caso."

Así pues, la industria no es sólo de Basilio: como en otros casos que muestra la tradición literaria, en que los enamorados se arriesgan a contrariar los propósitos de los padres   (piénsese, sobre todo,  en algunas heroínas shakespearianas, en la Desdémona de “Otelo”, en la Jessica de “El mercader de Venecia” y sobre todo en  Julieta ),  la mujer es cómplice del desacato y, en éste como en otros casos, desempeña a la perfección su papel :“ turbada, al parecer, triste y pesarosa...”, así dice el narrador que accede Quiteria a los ruegos de su amado; ya hemos visto que, por el contrario, sólo ha fingido y logra así cumplir su deseo y el de Basilio. Don Quijote, que al principio ha hecho un discurso en defensa de que los hijos se casen con quienes sus padres decidan, se muestra ahora no sólo conforme con este desenlace, sino dispuesto a enfrentarse a Camacho y sus amigos, que han desenvainado las espadas contra Basilio, arguyendo “que no es razón toméis venganza de los agravios que el amor nos hace... Quiteria era de Basilio y basilio de Quiteria, por justa y favorable disposición de los cielos...”  

En Barcelona encontramos a las dos últimas mujeres valientes de las que voy a hablaros: en los alrededores de la ciudad tiene lugar el apresamiento de don Quijote y Sancho por la cuadrilla de Roque Guinart, con el que establece don Quijote una relación tal de buen entendimiento y simpatía que terminamos llamándola amistad. Muy al principio de ese encuentro hallamos a Claudia Jerónima, que se presenta ante ellos a caballo, “a toda furia”, en figura de “mancebo... vestido de damasco verde con pasamanos de oro...” (la mujer en traje de varón es un tópico del teatro de los siglos  XVI y XVII -pensemos en Lope y sus seguidores y en la ambiguo juego amoroso que provoca este disfraz en varias obras de Shakespeare-). La muchacha se presenta como  hija de un buen amigo de Roque y enamorada de un don Vicente Torrellas, cuyo padre es enemigo del suyo y del propio Roque. Al comenzar su relato habla de “los atropellados deseos”, que la mujer, “por retirada que esté y recatada...” pone en ejecución -parece que de este modo ella se justifica, al tiempo que el autor desliza de nuevo su opinión  sobre el poder del deseo amoroso y cómo se rinden a él las mujeres- y creemos oír el  villancico de célebre estribillo:

“Madre, la mi madre,/ guardas me ponéis:/ si yo no me guardo,/ no me guardaréis”. En breves palabras cuenta la causa de su desventura, que vuelve a ser un desengaño, pues don Vicente, a pesar de las mutuas promesas que se habían hecho, se iba a casar “con otra”ese mismo día, “nueva que me turbó el sentido y acabó la paciencia”.

Y, en resumen, decide tomarse ella misma la justicia por su mano, en un caso extraordinario en nuestra literatura clásica, diciendo -más bien parece excusa- “por no estar mi padre en el lugar” Así, cuenta que acaba de dispararle a su prometido  “más de dos balas..., abriéndole puertas por donde envuelta en su sangre saliese mi honra” y a continuación pide ayuda a Roque para pasar a Francia y para que defienda a su padre contra la posible venganza de los Torrellas. Intervienen don Quijote, que asegura que él se hará cargo de hacer cumplir “a ese caballero, vivo o muerto, la palabra prometida a tanta belleza”, y Sancho, que elogia a su amo y corrobora sus palabras, citando con desarmante credulidad, el último caso de defensa de doncellas (ya sabemos que, en general, no suelen serlo ya cuando las auxilia don Quijote), el de la hija de La dueña Dolorida. Roque, “admirado de la gallardía... y suceso de la hermosa Claudia”, claro está, no les hace caso y se marcha con ella al lugar donde ha quedado tendido don Vicente; lo encuentran acompañado de sus criados, aún con vida, y se aclara que no le era infiel a su amada. 

Como en el caso de Basilio y Quiteria, se dan “in extremis” la mano de desposados, aunque aquí no hay “industria”, sino dolorosa realidad: muere el caballero en brazos de su esposa y matadora, que se lamenta a cada paso de su acción, nombrando en el breve planto  “la fuerza rabiosa de los celos” -el narrador insiste, al terminar la historia, en sus “fuerzas invencibles y rigurosas”. Ella le dice a Roque Guinart que quiere irse a un monasterio, decisión que él le alaba, mientras le asegura que defenderá a su padre, Simón forte, como le ha prometido. Y así acaba lo que sabemos de Claudia Jerónima, desdichada por su arrebato que ha causado la pérdida de su amante y también -esto ya lo añado yo- porque el único destino honrado que reserva su tiempo a una mujer como ella sea el encierro de un convento.

        En el puerto de Barcelona, tras el único combate verdadero que presencia don Quijote, y en el que no interviene, encontramos a Ana Félix, la hija  de Ricote, el vecino morisco que, en hábito de peregrino alemán, Sancho había encontrado al dejar la Ínsula. Acababa de tener lugar la expulsión de los moriscos, suceso que tuvo enorme importancia no sólo para los expulsados (oigamos parte de la queja  de Ricote, cuando le cuenta a Sancho sus desventuras: “Doquiera que estamos lloramos por España... es nuestra patria natural... agora conozco y experimento...: que es dulce el amor de la patria”), sino para la sociedad española en su conjunto, que perdía una considerable  riqueza, tanto cultural como económica (por ejemplo, decenas de campos quedaron abandonados sólo en Levante), pérdida de la que no se fue consciente, en general, y de la que no se repondría jamás, como había ocurrido a finales del XV con la expulsión de los judíos sefardíes. La hermosa morisca se nos presenta en traje de varón, como antes Dorotea, Claudia y la hija de Diego de la Llana (en un episodio en la Ínsula que, aunque tiene mucho de divertimento, como otros sucedidos allí, no es tal para esta pobre doncella, a quien su padre guarda encerrada en su casa desde que murió su madre -la de ella-, ¡hace diez años!). Uno de los turcos– en realidad “renegado español”, se dice luego (como lo era el eficaz auxiliar del Cautivo, natural de Murcia) -le atribuye el cargo de arráez (cuando el bajel es apresado por las galeras barcelonesas, en una de las cuales va don Quijote) a este joven “tan hermoso, y tan gallardo, y tan humilde” que despierta la compasión del virrey; éste le pregunta por su origen  y se asombra de oír la respuesta: “No soy turco de nación, ni moro, ni renegado”, sino “mujer y cristiana”. Pide el mozo que suspendan la ejecución en tanto cuenta su vida y comienza refiriéndose a su “nación más desdichada que prudente” y a su fe, cristiana como la de sus padres, “y no de las fingidas ni aparentes”-esto, con su belleza, es esencial para la simpatía que despierta Ana Félix en sus oyentes-.

He aquí el resumen  de sus peripecias: la expulsión de España, en compañía de sus tíos, después de la marcha de su padre; el seguimiento, mezclado con los moriscos, de su enamorado, don Gaspar Gregorio; los peligros por los que pasan ambos en Árgel y cómo se las ingenia ella para sortearlos, vistiendo de mora al joven y muy hermoso caballero (“don Gregorio queda en hábito de mujer entre mujeres, con manifiesto peligro de perderse”) y asegurándole al rey que regresará con las riquezas enterradas por su padre en España, si le da medios para ello; y, en fin, lo ocurrido al llegar a la costa, junto con el ruego de que “me dejéis morir como cristiana”. En este punto se da a conocer Ricote, que ha entrado con otros en la galera y se arroja a los pies de su hija, abrazándolos -en un gesto más de servidor que de padre- y sollozando mientras habla. Naturalmente, perdona el general la vida al arráez, y no sólo a él/ella, sino, a instancias del virrey, a los dos turcos que han matado a sus soldados, porque “no se ejecutan bien las venganzas a sangre helada” (¿Quién lo dice?: ¿el virrey, el narrador, Cervantes?). Se deja, de momento, el episodio en estos términos: el renegado volverá a Árgel con el tesoro de Ricote para rescatar a don Gaspar Gregorio y, mientras, la morisca y su padre irán a casa de don Antonio Moreno, el amigo de Roque que también había hospedado a don Quijote. Más tarde, después de la derrota definitiva de don Quijote por el Caballero de la Blanca Luna (aunque aún tiene aquél arrestos para decir que se “holgara”de haber tenido él que ir a Berbería, es verdad que enseguida recuerda con desesperación que ha sido vencido y que  ha prometido” no tomar las armas en un año”) llegará la conclusión: la vuelta de don Gregorio (con el elogio, nuevamente, de su hermosura); el encuentro de los enamorados- “no se abrazaron... porque donde hay mucho amor no suele haber mucha  desenvoltura”- y el ofrecimiento de don Antonio, de acuerdo con el visorrey, de hacer las gestiones necesarias para que Ricote y su hija puedan quedarse en España. Lástima -desde una perspectiva estrictamente literaria- que el largo discurso de Ricote, exaltando el heroísmo “del gran Filipo Tercero” y el duro proceder del Conde de Salazar, encargado de la expulsión, (porque “todo el cuerpo de nuestra nación está contaminado y podrido”, por lo que no hay que esperar “favores ni dádivas”...) suene tan poco creíble  y enturbie la alegría del final -en cualquier caso, don Antonio irá a hacer “las diligencias posibles” en la Corte-: ¿Tenía realmente Cervantes que obligar a su personaje, un morisco dolorido por el exilio, a justificar, denigrando a su pueblo, la decisión del rey, e incluso la intransigencia con que se había llevado a cabo?; ¿no había otra manera de atajar los previsibles problemas que podría causarle el cuento de los moriscos?


Como conclusión, puede decirse que estas mujeres pueden llamarse valientes porque procuran decidir sobre su propia vida y con frecuencia  se apartan del porvenir que otros creen conveniente para ellas; y porque se sobreponen a la desdicha, a la monotonía o a las convenciones sociales para trazarse un destino o para sobrevivir en la adversidad. No son, en definitiva, ni Aldonza ni Dulcinea y conforman  en la obra un cuadro de vivacidad extraordinario. En él observamos, como en todo Cervantes, su mirada comprensiva, y a veces irónica, junto a la necesidad de someterse a las limitaciones de su tiempo. En la capacidad del autor para que éstas no se impongan de tal manera que ahoguen la libertad de aquélla radica, ya lo sabemos, la genialidad de El Quijote.

                                             
   Aurora  Saura  Bacaicoa

*Conferencia leída en el homenaje a Cervantes que tuvo lugar con motivo del cuarto centenario de la publicación de la 1ª Parte de "El Quijote. Fue en Abril de 2004.

                            

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