lunes, 16 de mayo de 2016

CONSERVA EL DESEO. POESÍA ESENCIAL DE HUGO CLAUS, por Antonio Cruz Romero

                                                                        
CONSERVA EL DESEO. 
POESÍA ESENCIAL DE HUGO CLAUS

                                                                                                                        Conserva el deseo.
         Olvida por qué querías
            ponerte al frío y fallecer.
                                                                                                                                    HUGO CLAUS


Huerga & Fierro editores nos ha estado presentando en sus más de cuarenta años de existencia, un elenco de poetas extranjeros –muchos de ellos desconocidos en España–, asumiendo riesgos editoriales que otros se han negado a asumir (y digo esto por experiencia), y en el que cada uno de estos títulos se ha convertido en todo un acontecimiento literario.    

            Hoy es otro de esos días en los que podemos sentirnos afortunados de tener entre las manos la primera antología poética de Hugo Claus (1929-2008), el escritor más importante y trascendental de la literatura en lengua neerlandesa (Flandes y Países Bajos) de los últimos tiempos; un creador que fue capaz de canalizar su inusual genialidad y transformar en alta literatura la virtud de ser dueño de una escritura y un estilo singular. Destacó como poeta, un poeta posmodernista influido por T. S. Eliot y principalmente por Ezra Pound, aunque también por los clásicos griegos y latinos y por los poetas españoles del Siglo de Oro; pero también destacó como novelista bajo el influjo de escritores como los flamencos Cyriel Buysse y Louis Paul Boon, el irlandés Joyce, y los  norteamericanos William Faulkner y Erskine Caldwell, si bien, la realidad es que Claus destacó en todas y cada una de las facetas artísticas: cineasta y guionista de cine, traductor, ensayista, autor de libretos de ópera, dramaturgo, adaptador de textos clásicos, pintor abstracto y miembro del Grupo CoBrA, escritor de relatos... un creador total sin límites.

            Considerado uno de los tres grandes de las letras neerlandesas modernas, junto a Cees Nooteboom y Harry Mulisch (grupo a los que creo que habría que añadir a Gerard Reve y a Jan Wolkers), estuvo presente durante muchos años en las quinielas para hacerse con el Premio Nobel de literatura, en ocasiones hasta casi se dio por hecho que recibiría un galardón que ya merecieron mucho antes Simon Vestdijk y W. F. Hermans, o los ya citados Mulisch y Nooteboom (el único de ellos aún con vida). Es el neerlandés la única lengua que con un número considerable de hablantes ninguno de sus escritores ha sido galardonado aún con la renombrada distinción, aunque como he repetido hasta la saciedad y con enfado, quizá sea el Nobel quien no merece tener a la lengua neerlandesa ni a sus escritores entre los galardonados. Bien es cierto que Louis Paul Boon habría recibido el premio, de no haber muerto de un infarto pocos días antes. Como anécdota personal, durante muchos años estuve enviando correos electrónicos a la organización del Nobel, justificando por qué debían de premiar a algún escritor en lengua neerlandesa, e insistiendo en los nombres anteriormente citados. El mismo día que Claus falleció, volví a escribirles por última vez, y enfadado, vistiéndome de la irreverencia de la que en ocasiones hacía gala el propio Claus, los mandé a freír espárragos.

Claus escribió, bajo mi punto de vista, una de las diez mejores novelas de la segunda mitad del siglo XX: La pena de Bélgica (Het verdriet van België, 1983); un bildungsroman que se erige como una obra maestra con la que merece que se le sitúe a la altura de grandes novelistas como T. Mann, o W. Faulkner. Al comienzo de su fulgurante carrera, en 1950 y con poco más de veinte años, reventó el devenir de la literatura en lengua neerlandesa (en este caso de Bélgica, y más en concreto en Flandes) con De Metsiers [Los Metsiers], una novela que según cuenta la leyenda fue redactada en tres semanas y motivada por una apuesta, obteniendo el Leo J. Krynprijs, importante premio de las letras flamencas entregado cada cuatro años.

            Claus fue un escritor capaz de amalgamar lo clásico y lo moderno, como si mezclase en su escritura a El Bosco y a Karel Appel (correligionario artístico del propio Claus); de fundir lo más sublime y exquisito con lo vulgar y obsceno sin que se apreciase en ello ningún tipo de brusco sobresalto ni nada que pudiera reprochársele. La obra de Claus era en ocasiones como mezclar a Picasso y una pieza kitsch. Pero, ¿no es esto puro posmodernismo? Toda su escritura fue una dura crítica al provincianismo que le tocó sufrir, pero la gran paradoja, es que se sirvió de éste para construir una obra extraordinaria y gigantesca.

            Y todo ello puede aplicarse a su poesía, imposible de disociar de su obra general tal y como muestra la bellísima antología recién publicada por la editorial Huerga & Fierro (especialistas en editar a literatos en lengua neerlandesa) y titulada con gran acierto Conserva el deseo. Hugo Claus fue uno de los máximos exponentes del controvertido movimiento poético-artísitico de De Vijftigers (Los Cincuentistas), el experimentalista grupo poético neerlandófono. Los poemas de Claus son microhistorias que nacen de un simple detalle, de la anécdota (pues para Claus la vida no era más que una anécdota, un chascarrillo) y la evocación de la mediocridad humana como forma de vida, salpicando los versos de localismos –casi intraducibles– y duros vocablos dialectales. Su lenguaje era único, y atractivamente violento en ocasiones, al tiempo que nos tropezamos con deliciosos elementos autobiográficos.  

            Una característica tangible en la obra de Claus fue la intertextualidad, algo que también se produce en sus poemas. La religión, la Biblia, el sexo, la muerte, o la pintura, fueron temas sempiternos y de gran calado en sus composiciones, aludiendo a otras obras, como ocurre en «Visio tondalis», en donde describe un lienzo de El Bosco:

            Una pareja de gato y gorrino asa una oreja,
            Arden las torres, ¡y cómo chilla el coro!


            El mundo de Claus, y no me harto de decirlo, fue singular, difícil de comparar con el de ningún otro escritor –guste más o menos–, en el que convivieron interpretaciones contrapuestas que lo acompañaron toda su vida. Su relación con las religiones fue siempre muy compleja, algo que arrastró hasta el final de su vida, principalmente con la religión católica. El elemento religioso  aparece una y otra vez en sus poemas, revestido de diferentes ropajes:

            No hay estación que sane mis heridas.
            Jamás será mi alma hambrienta rescoldo
            de compasión o arrepentimiento.
            Haré de vagabundo y buscavidas
            hasta que el Padre guarde mi alma y mi cuerpo.


            Aunque Claus jamás se sintió un separatista (flamenco) –sino todo lo contrario: luchó con ahínco contra la sinrazón secesionista que aún sigue amenazando Bélgica–, y sin hacer distinción alguna entre flamencos y valones en un sentido político, sí ha cantado en sus versos la atracción que ha supuesto para él y su obra el sentimiento flamenco y Flandes, tal y como se puede leer en el bellísimo poema «Flandes Occidental»:

            País primaveral de granjas y leche
            Y niños de madera de sauce

            País estival y febril cuando el sol
            concibe sus crías entre el trigo 


            Los poetas españoles, y más concretamente los del Siglo de Oro, como Góngora o Quevedo  (de los que a buen seguro extrajo el lenguaje pícaro tan característico de la época), fueron una clara influencia en su poesía. Estos versos pertenecen precisamente al poema «Quevedo»:

            Escribió un poema contra el rey
            y entró volando a un convento.
            Era devoto, cegato y cochino.


            Hugo Claus fue un escritor y persona peculiar, seguro de sí mismo; un genio, que se veía de esta guisa, como aparece en los versos de «Cumpliendo», del año 1955:

            El cambiado animal que soy
            Cumple años hoy
            Y conoce su perrera
            Por vigesimocuarta vez.
      
            […]
           
            Voy cumpliendo: mariposa,
            Sangre y nocherniego.


            A partir del año 1999, Claus comienza a sufrir problemas de memoria, confirmándose más tarde que sufría la enfermedad de Alzheimer. El escritor, sintiendo cómo la enfermedad afectaba a su día a día y la degeneración que estaba experimentando, decidió muchos años antes poner fin a su vida mediante la eutanasia, hecho que tendría lugar en el año 2008 y envuelto en una gran polémica. En el poema «Repaso», de 2004, existe una parte en la que detalla las sustancias que se utilizan en la eutanasia para poner fin a la vida, y que a la postre así ocurriría con Claus. Así daba comienzo este estremecedor poema:

            Quiero morir
            Como el cuarenta y cinco por ciento
            de los belgas

Que terminaba de esta manera tan terriblemente gráfica:

            Nunca me acordaré




Destacar el extenso y acertado prólogo de Mercedes Monmany, y la excelente traducción de Ronald Brower, importante dramaturgo neerlandés que ha traducido entre otros a G. A. Bredero y Gerard Reve, y forma parte del equipo artístico del Teatro de La Abadía (Madrid). En Conserva el deseo el lector hallará una visión amplia y variada de los estilos y épocas de Claus que queda perfectamente representada, entendiendo con esta selección la dificultad a la hora de extraer unos poemas y descartar otros de la vastísima e inabarcable producción del poeta flamenco. En esta antología este hecho queda perfectamente resuelto, y cuyo resultado es una edición exquisita con la que el hispanohablante podrá disfrutar por fin de un autor tan especial y de una poesía de singularidad extrema.

Hugo Claus ha sido y sigue siendo para mí un asunto personal; una auténtica obsesión: cada uno tiene las suyas. Ha formado parte de mí desde hace casi veinte años, primeramente como lector de su impactante poesía. Su muerte me pilló en Ámsterdam, una de las ciudades en las que residió y vivió, en todos los sentidos; también lo he traducido, en este caso no su poesía sino su prosa, y a menudo pasé por el café al que acudía su ex mujer, Sylvia Kristel (actriz del filme Emmanuelle y con la que tuvo su segundo hijo), cerca de la facultad de literatura de la Universidad de Ámsterdam. Cuando tuve consciencia de que yo también escribía poesía, la obra de Claus comenzó a ser una fuente a la que he acudido de manera natural.

            Probablemente Hugo Claus fuese uno de los últimos escritores de una estirpe de creadores que ya no se volverá a repetir, y que escribió de la misma forma como vivió: ¿y quién no hubiese deseado vivir así para escribir como él?


Antonio Cruz Romero





Conserva el deseo. Poesía esencial (Edición bilingüe). CLAUS, Hugo. Huerga & Fierro editores, Madrid. 2016. Traducción y selección: Ronald Brouwer. Prólogo: Mercedes Monmany.







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