jueves, 26 de mayo de 2016

“El bosque sin regreso”: las líneas rojas de Antonio Rivero Taravillo


“El bosque sin regreso”: las líneas rojas de 
Antonio Rivero Taravillo







El bosque sin regreso
Antonio Rivero Taravillo

La Isla de Siltolá, 2016









En muchas situaciones de la vida nos encontramos ante senderos que únicamente nos brindan un camino de ida, no hay retorno posible y si lo hubiera, jamás regresaríamos al punto de origen. Tal es el caso de la lectura de un libro, una relación amorosa o un suceso traumático; somos seres maleables y por tanto, frágiles; nuestra conciencia soporta cosas increíbles, pero también añade a su bazar de vivencias, pequeños souvenirs de cada experiencia vivida, por lo que, como buenos anticuarios, tarde o temprano debemos hacer balance, inventario y limpieza.

Para Antonio Rivero Taravillo (Melilla, 1963), poeta, traductor, ensayista y director de la revista Estación Poesía, ese recuento vital es un análisis profundo y metódico que forma parte del proceso evolutivo. Autor, entre otras obras, de varios cuadernos de viajes y de Cirlot. Ser y no ser de un poeta único, biografía por la que mereció recientemente el Premio Antonio Domínguez Ortiz 2016, desde Bajo otra luz (La llave de Plata, 1989) hasta El bosque sin regreso, la trayectoria como poeta de Rivero Taravillo ha dado como fruto siete libros durante veintisiete años; por lo que no es ningún disparate, —tal como el autor afirma en una nota final—, que sean veinte los poemarios inéditos que posee, algo que recuerda a la célebre afirmación juanramoniana.

Fuertemente influenciado por la cultura inglesa —no por casualidad, Taravillo ha sido traductor al castellano de Yeats, Shakespeare o Keats—, el autor dedica el libro a dos entidades de ficción: Gretta Conroy y Michael Furey, dos de los personajes del relato The Dead, incluido en la colección Dubliners (1914) de James Joyce.  Para quienes conozcan esta obra, la mera referencia a esta pareja irá justificando algunas de las cosas que iremos encontrando durante la lectura. Gretta y Michael fueron dos jóvenes enamorados que vivieron un cortejo idílico en los impresionantes parajes de Galway (Irlanda). Su aventura se truncó con la muerte del joven Furey a los diecisiete años. A pesar de haber transcurrido el tiempo y de haber rehecho su vida, Gretta no olvida a su amor de juventud y, aun no habiendo consumado su amor, su historia, a vueltas con la muerte, es un pretexto en manos de Joyce para explorar el fenómeno por el que algunos muertos siguen muy vivos en las vidas de algunas personas. Ese culmen de amor idealizado, pero no llevado a cabo, supone ser el raquis de este libro y precisamente, en “La taza intacta” y “Solar y yermo”, primero y último poema de esta obra (narración circular) queda muy evidenciado: La mañana que te conocí, / aunque a punto estuve de hacerlo, / no me atreví a invitarte a un café; / y te dejé marchar, / no sé si para siempre. // (La lluvia en el tejado, el ruido triste / del amor que no hicimos en el colchón del sueño).

La muerte es un bosque sin regreso, como también la vida; entre ellos, primero el amor y después la memoria, suponen un trayecto en pulsión itinerante. El libro es por completo una carta a la persona amada, una declaración de amor narrada en primera persona en la que el poeta hace fácil lo difícil; su naturalidad, su inquietud, quedan meridianamente reflejados en versos cuya lontananza es de belleza irlandesa: 

[…] y estamos entonces aislados, como 
si el viento se llevara tus palabras, 
y las mías,
sobre los acantilados de Moher. 
Si buscas Inisfree, viajera, 
callada hada de mis sueños de Irlanda, 
toma siempre el camino más recto: 
adéntrate en mis ojos y mis brazos.

La poesía de Taravillo se distingue aquí por contener lo posible y lo imposible, el ser y el no ser del que hablaba Cirlot. La emoción en los poemas subyace de forma contenida, su gramática y lenguaje no buscan a cualquier precio el lirismo estético, algo que es muy de agradecer en estos tiempos de escuálidas poéticas; por lo que su equilibrio poético es variable y va dependiendo del grado de autenticidad de cada momento.

Uno de los poemas que mejor representa el espíritu del libro es “El otro”, en él, el poeta alude a la alteridad del yo, se reconoce enamorado, artista, mundano, de tantas formas como posibles son los modos; de todos los desdoblamientos o estadios de su conciencia advierte que el más cierto es el que ama y es amado: 

Aquel que firma mis papeles, 
el que va a clase a hablar de poesía, 
el que pasa la ITV del coche
pero nunca pasaría la del alma, 
[…] El autómata que dejo para engañar a nadie, 
el maniquí vestido con mi nada
 en medio de los otros, 
[…] Aquel que está contigo 
cuando lo hallan ausente.

Los poemas titulados “Dream”, “Contigo” y “Golondrinas”, están escritos siguiendo la métrica y temática del senryu japonés, una forma poética apta para expresar sentimientos y temas humanos con la misma economía lingüística del haiku clásico: Sueño contigo: / que, durmiendo también, / conmigo sueñas.

Rivero Taravillo dota al conjunto de misterio, no se sabe muy bien si ciertos sucesos son retrospectivos o fruto de la ensoñación, la naturalidad es su denominador común; el hombre se aferra a la poesía para reconstruir esos pasajes en los que tras haber cruzado la línea roja de no retorno, los recuerdos, a fuerza de dolor o tiempo, son difusos o inexistentes.

Creo todo un acierto la libertad del poemario a todos los niveles; ese rasgo, desde el principio al fin del poemario se mantiene inalienable y consigue hacer de El bosque sin regreso un sistema de formas y colores diferentes que coexisten en armonía: metafísica, metaliteratura, filosofía, romanticismo, ironía, homenaje; muchas son las texturas y sabores que propone este viaje inaplazable. Y para terminar, un poema íntegro del libro que lleva por título “Fidelidad”:

Si el niño que admiraba Camelot
terminó publicando traducciones de Alfred Tennyson;
si el joven que leía con devoción a Shakespeare
puso en su lengua los Sonetos, y de paso
Venus y Adonis, Lucrecia y lo demás;
si quien garabateaba versos después los vio editados
en colecciones que como lector admiraba,

así con el amor: el hombre adulto
que sueña con tu alma y no la tiene
también la alcanzará, no importa cuándo.



José Antonio Olmedo López-Amor


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