lunes, 30 de mayo de 2016

EL DÍA DE CANARIAS



El equipo de La Galla Ciencia está de celebración.
Hoy, 30 de mayo, se celebra el Día de Canarias, una comunidad autónoma que nos ha dado numerosas alegrías en los últimos meses.



Y es que LGC fijó la mirada en el archipiélago para componer la segunda parte de nuestro número CINCO, el BLACK ALBUM, que contiene la obra de 11 jóvenes poetas canarios nacidos después de 1985. Los autores de esta parte, que aparecen bajo el título de MACARONESIA, son DANIEL MARÍA, AGUSTÍN HERNÁNDEZ, RAMIRO ROSÓN, YERAY BARROSO, COVADONGA GARCÍA FIERRO, MARÍA HELENA DEL PINO, ANDREA ABREU LÓPEZ, SANTIAGO JATIB, ALEJANDO COELLO, ISABEL KLEIN y ARIADNA BATISTA.


Los felicitamos -y nos felicitamos- por este Día de Canarias reproduciendo el prólogo que abre la sección de poesía canaria de nuestro número CINCO, que está firmado por el escritor PEDRO FLORES. ¡A disfrutar!







ARCHIPIÉLAGO MISTERIO



Hay un hermoso poema del tempranamente desaparecido autor cubano Luis Rogelio Nogueras titulado Ama al cisne salvaje en el que este otro autor insular nos plantea que la aprehensión de la belleza (ama el modo en que ignora que tú existes) supone, de alguna forma su muerte (para ser tuyo tendría que morir).



Yo no sé si la poesía es belleza, es más no sé en qué consiste la belleza en poesía, no sé si son “bellos” los poemas que me han consternado y me consternan. ¿Son bellos La violencia de las horas, de Vallejo, Hijos de la ira, de Alonso, Las nanas de la cebolla, Un bel morir, el tremendo poema de Mutis donde un hombre agoniza recordando o reinventan­do, que viene a ser lo mismo, una jornada cotidiana en la selva? En todos estos celebrados textos hay muerte y deso­lación, abandono y soledad. Quizá sea la poesía el arte de transformar esa humana condición en belleza, o al menos en cierto tipo de belleza. Lo que es indudable es que, bella o no, la poesía ha de tener algo inefable, algo que llamaremos misterio y que, como el cisne del poema de Nogueras, no necesita de nuestra comprensión absoluta, de nuestra apre­hensión para ser. La poesía no es la respuesta, ni siquiera la pregunta: la poesía es el enigma mismo. Un poeta puede escribir un “mal” poema, pero en este puede vivir el misterio, y siempre será eso preferible a un poema “correcto” en el que no anida esa larva, no siempre bella, del enigma.

Hay misterio en los versos de Agustín Hernández: de niño/creía que/los cipreses/nacían/entre/las costillas/ de los/ muertos. Es más, en el caso de Hernández la latencia de ese misterio es central. Hernández logra algo, a mi modesto en­tender, difícil de lograr en poesía pero de alta “efectividad” si se logra, y es ofrecer versos inquietantes: debe de ser/valioso/esto/de ser/humano. Y lo inquietante es una condi­ción del misterio. El lector no necesita saber, ni falta que hace, por qué el poeta solo/hallaría allí/la noche/igualando/al tigre. Ni el mismo poeta necesita saberlo, Hernández sabe dónde hay un poema, y nos ofrece su vibración como él mismo la recibe, es un poeta aquel que nos da el enigma y desconoce su resolución, entre otras cosas porque no existe.



Es un poeta aquel que escribe No temas a la oscuridad./Puede ser/(…)/una nueva estación. Estos versos de Daniel María cimientan esa teoría del misterio, que ni es nueva ni mía, evidentemente, pero que, más allá de otros elementos, aúna a estos once autores (y no es un intento de uniformar­los). María, aunque en otro tono, con otras armas, también nos inquieta: te encogerá el corazón/el sollozo de los perros. “La poesía está en todas partes y termina siempre en los papeles”, dijo también el poeta que citábamos al principio, Nogueras, quizá no siempre termina en los papeles, pero Daniel María sabe que hay una “épica de la cotidianidad”, como lo sabían Vallejo y Carlos Germán Belli, y escribe: Busca los vinilos de abuelo/y hallarás el mundo.

bebiendo solamente/una infusión oscura de poleo brinda Ramiro Rosón por Kurt Cobain bajo un tiempo de grisura donde el mundo se congela de fatiga. Y uno ha de admi­tir, felizmente, que estos poetas además de saber urdir sus enigmas, lo hacen con osadía, eso tan escaso a veces en el ejercicio de la poesía. La poesía necesita de cierta irreveren­cia, pero paradójicamente sólo puede ser irreverente para con ella aquel que la conoce, o que la presiente. Hay algo en los poemas que nos brinda Rosón que tiene la apariencia de cierta forma de decir que nos puede resultar transitada, incluso trillada, pero es un caparazón, una apariencia que trata de desarmarnos ante sus verdaderas intenciones.

No sé si hay belleza en los versos de Yeray Barroso cuando dice: te aproximas a los nichos/que aún no conservan ningu­na muerte. Lo que sí sé es que no la necesitan -a la belleza-; tienen otra vez el enigma, la irreverencia que da el respeto por el oficio de poeta, la lectura de los que les precedieron, que, atisbo a ver, estos poetas ejercen.



Esperábamos los tranvías para verlos partir, escribe Cova­donga García Fierro. Nos parece, de sencillo, que ese verso ya lo hemos oído, porque, cómo no va a escribir ese verso antes alguien, pero nadie lo ha escrito antes, quizá ha dis­puesto las mismas palabras en el mismo orden pero el verso es nuevo, hay en él un nuevo tiempo y una nueva voz, hay osadía y misterio en su aparente sencillez.

Yo no soy dueña de mi castillo./Tampoco de las ondas/que se forman en el estanque. Estos poetas saben -o intuyen, lo cual es incluso preferible- dónde está la poesía, cada uno a su manera, cada uno desde su atajo. María Helena del Pino se confiesa un arquero en el excelente poema No conozco mi castillo. Nos remite al más desengañado Darío, al de el dueño fui de mi jardín de ensueño. Ella solo es el arquero, y con ello esboza toda una teoría del poema, de la levedad, aparente que le ha de ser inherente, del peso no siempre cómodo de su ejercicio.

Sabemos que hay poesía cuando se dice mi casa es la piel de los enfermos. Sabemos que en la poesía puede haber alfileres en las fotos,/veneno para gatos, no sabríamos decir si son be­llos estos versos, pero son poesía y eso es lo único necesario. Su descarnamiento no es nuevo, pero aún así son un soplo de aire fresco en ese territorio, a veces demasiado tranquilo, por el que algunos tratan de encaminar a la poesía. Andrea Abreu sabe también dónde está la poesía, nos tima, nos engaña. Titula “Edredón de patitos de colores” y luego nos lanza el zarpazo, el mordisco al alma, la montaña rusa que es, debe ser, la poesía. Magnífico poema.
Estos poetas saben que es poesía aquello de Ya las pana­derías/desataron a sus lobos/(…)/e intoxican de nostalgia/la calzada. Porque aquí, en la poesía, ciertas cosa no son solo posibles, sino deseables, y esta gente está bien equipada poéticamente, saben que no han de ser siquiera verosímiles, sino que han de ejercer cierto tipo de magia, mostrar y no explicar; hay poetas como Santiago Jatib que muerden y huyen, y eso es una cualidad cuando de poesía se trata.

Soy un astrolabio/buscando/la luz. Escribe Alejandro Coello. Estos poetas son irreverentes, han leído, han puesto, ponen atención, están desprejuiciados literaria, académica­mente, se acercan a la poesía con, ya lo he dicho, la irreve­rencia que da el mayor de los respetos por su oficio. Tienen, en versos de Isabel Klein, un diamante en el ojo, conocen la tradición y la toman prestada, en los versos de todos ellos, en mayor o menor medida hay Memoria, la certeza de con­tinuar algo. Ya no sé escribir apenas, mi trovador, nos dice Klein más abajo.

La poesía nace de mancharse las manos. Lo dice Ariadna Batista en un excelente poema sobre el acto mismo de la creación, este vocablo en griego, creación, es el que da nom­bre a la poesía.

Estos once autores que la revista La Galla Ciencia nos ofre­ce, desde sus páginas, también desde el atrevimiento y la generosidad, saben dónde está la poesía. Probablemente sus versos hubieran merecido otro maestro de ceremonias más dotado para estas lides. Como dijo el gran Gastón Baquero yo no sé escribir y además/soy un inocente.


Pedro Flores
Marzo, 2016


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