martes, 31 de mayo de 2016

HOY FIRMA: JUAN CARLOS DE LARA. "EL FRÍO QUE MATÓ A BÉCQUER"


El frío que mató a Bécquer

  
Todavía hoy, publicadas tantísimas obras sobre Gustavo Adolfo Bécquer, parecen no haberse disipado del todo las tinieblas con las que un eclipse de sol envolvió su muerte aquella primera mañana del invierno de 1870. Las dudas de los médicos que lo atendieron han sobrevivido en las innumerables interrogantes y variadas hipótesis que tratan de explicar las causas de su fallecimiento y el origen de esas lentas “horas de fiebre” que, desde 1858, acompañaron intermitentemente la vida -y la obra- del poeta sevillano hasta el final de sus días. Ni siquiera su certificado de defunción, que menciona un “grande infarto de hígado”, ha escapado de ser puesto en tela de juicio y matizado desde los actuales conocimientos de la Medicina.



Independientemente del propio Nombela y de Rodríguez Correa, que habla de un primer diagnóstico de pulmonía, casi todos los autores que posteriormente han abordado la muerte de Bécquer han coincidido en reconocer la decisiva importancia de un enfriamiento en el rápido desenlace y han reproducido o sintetizado (aunque no siempre rigurosamente, como luego veremos) las palabras de Nombela. Algunos, incluso, sitúan la pulmonía como causa directa de la muerte, como es el caso de Rafael Montesinos. Ninguno de ellos, sin embargo, ha tenido la curiosidad necesaria o el suficiente abrigo de los datos como para detenerse en el intenso frío de aquella tarde, y sólo la minuciosa Rica Brown recoge, aunque escuetamente y en términos muy generales, que “el invierno del 70 al 71 fue de una crudeza despiadada, no sólo en España, sino en toda Europa”.

Nunca sabremos qué fue lo que hizo salir de casa a Gustavo, mal como se sentía, aquella tarde tan fría de finales del otoño. Conociéndose este episodio tan sólo a través de las palabras del relato de su amigo, causa sorpresa que José Pedro Díaz afirme que Bécquer “regresaba de una reunión a la que había asistido con Nombela” y que José Andrés Vázquez (y a través de él parcialmente Benjamín Jarnés y Gabriel Celaya) dé rienda suelta a su imaginación diciendo que se despidió “de sus amigos del café Suizo hasta el día siguiente, pues no volvería después de la cena”, y, desbocada ya, prosiga escribiendo tranquilamente que, “en la compañía de Julio Nombela, cruzó la calle de Sevilla, bajó por la carrera de San Jerónimo a la Puerta del Sol”. Sirvan estos fragmentos como ejemplo del poco rigor de la mayor parte de los becquerianistas, empeñados en rellenar las numerosas lagunas que existen en la biografía de Gustavo Adolfo Bécquer con una pesada grava sin fundamento. Considerando el precario estado de su salud, según se desprende del texto, tiendo a pensar que sólo razones relacionadas con su trabajo pudieron llevar a Bécquer a salir de su casa aquella gélida tarde de diciembre. Si tenemos en cuenta que muy pocos días antes había asumido la dirección del periódico El Entreacto, creo adivinar que llegó a la Puerta del Sol procedente de su redacción, situada en el número 3 de la muy cercana -inmediata- carrera de San Jerónimo.

Mala fortuna, ciertamente, la de Gustavo: casi enfermo ya en mitad de aquel intenso frío y sólo tres o cuatro asientos libres en la imperial del ómnibus, que no debemos confundir con el primer tranvía de sangre que tuvo Madrid, que también conectaba la Puerta del Sol con el barrio de Salamanca y que tenía igualmente imperial, pero que se inauguró el 31 de mayo de 1871. Titulado, precisamente, Modelos de los coches del tranvía que ha de cruzar la población había escrito Bécquer un artículo aparecido sin firma en La Ilustración de Madrid el 12 de noviembre de 1870. Hay constancia de que, al construirse hacia 1868 las dos primeras manzanas del barrio de Salamanca, se implantó un servicio de ómnibus con imperial y cabida para unas veinte personas. Tan sólo circulaba un coche, cuyas salidas eran anunciadas por el cobrador con una trompetilla. La rápida retirada de los coches con imperial se debió, según López Bustos, a no ser apropiados para el clima de Madrid. Interesante detalle que no debe pasar inadvertido. En el Almanaque Enciclopédico Español Ilustrado para 1871 (publicado, por tanto, en 1870), casualmente es el propio Julio Nombela quien, refiriéndose al barrio de Salamanca, afirma que “los que aquí viven no están retirados de la población, porque ya se han establecido ómnibus que hacen continuos viajes a la Puerta del Sol, y por un precio insignificante conducen a los moradores de este barrio, para que sin grandes molestias puedan acudir a sus negocios”. Qué lejos estaba entonces de imaginar el trágico papel que a este carruaje le estaba reservado representar en la muerte de su amigo y del que probablemente muy pronto iba a ser testigo, algo que ya tiene presente cuando, en otro pasaje de sus Impresiones y recuerdos, dice: “en la época en que fui uno de los primeros vecinos del barrio de Salamanca, como indiqué al recordar mi última entrevista con Bécquer, no había más que un ómnibus para trasladar desde la calle de Serrano hasta la Puerta del Sol y viceversa a los vecinos comodones del barrio”. ¿Por qué subieron Bécquer y Nombela a la imperial del ómnibus y no utilizaron un coche de punto como el que Gustavo había empleado para llevar a su sobrina Julia a despedirla de algunas amistades antes de enviarla a Sevilla con su hermano Estanislao el mes anterior? Quizás la explicación nos la proporcione el mismo Bécquer en su artículo sobre los coches del tranvía: “por no bastar los medios ordinarios a las necesidades de la actual población”.

Nombela sitúa aquella fría tarde en la segunda quincena de diciembre, es decir, en un intervalo de tiempo muy cercano a la muerte de Bécquer y que, en principio, parece  conjugar muy bien con la sorpresa con la que la prensa, en sus necrológicas, se refiere al “imprevisto y extraordinario desarrollo” (La Ilustración de Madrid, 27-12-1870) “de una corta pero penosa enfermedad” (La Época, 22-12-1870) “de que fue acometido hace pocos días” (El Imparcial, 23-12-1870). Sin embargo, para cuando comenzó la segunda quincena del mes el autor de las Rimas estaba ya enfermo. Así nos lo manifiesta El Entreacto, periódico semanal que, en su segundo número del sábado 10 de diciembre, incluía la siguiente información: “El director de El Entreacto, don Gustavo Adolfo Bécquer, ha pasado una grave enfermedad, y aunque se halla mucho mejor, todavía no ha podido abandonar el lecho, por esta razón se interrumpe hoy la preciosa novela que el señor Bécquer empezó a publicar en el folletín de nuestro periódico”. Por otro lado, si, como se desprende de su carácter inconcluso, Gustavo escribió la primera parte de Una tragedia y un ángel expresamente para El Entreacto en los días inmediatamente anteriores a su publicación en el número 1 del sábado 3 de diciembre y tenemos en cuenta, además, las palabras de Rodríguez Correa en el prólogo de la edición príncipe de las obras de Bécquer en 1871 -testimonio muy cercano en el tiempo-, donde manifiesta que el poeta estuvo en Toledo tres días, “veinte antes de morir”, podemos deducir que, a la altura de los primeros días de diciembre, aún no se había producido su encuentro con Nombela. Y si seguimos de modo literal las palabras de Correa, fijando la estancia en Toledo durante los días 2, 3 y 4 de diciembre, es decir, de viernes a domingo, y tenemos presente los días que necesariamente separan el comienzo de esa grave enfermedad de Bécquer de la nota periodística que, el sábado 10, manifiesta que “se halla mucho mejor”, llegaremos a la conclusión de que la fecha del trayecto en el ómnibus que ocasionó el enfriamiento del poeta se produjo hacia el inicio de esa semana que se inició el lunes 5 de diciembre de 1870.



Es precisamente esa alusión a la mejoría del enfermo lo que acaso podría hacer pensar que Gustavo, una vez restablecido momentáneamente, efectuara en la segunda quincena de diciembre una salida imprudente y que, tras el viaje en ómnibus, recayese y esta vez para no levantarse. ¿Apuntan hacia esta posibilidad las expresiones de Nombela “no se sentía muy bien, estaba muy fatigado” y “le faltaban fuerzas”? Las palabras en las que Rodríguez Correa alude a la enfermedad de Bécquer (“lo que se diagnosticó pulmonía convirtióse en hepatitis, tornándose a juicio de otros en pericarditis”) parecen, sin embargo, situar decididamente el trayecto en la imperial del ómnibus como desencadenante inicial de una enfermedad todavía no declarada. Y tampoco Nombela hace referencia a que su amigo hubiera estado enfermo en los días anteriores.

Ese primer diagnóstico de pulmonía, recordado a los pocos meses de la muerte de Gustavo por quien siguió tan de cerca sus últimos momentos (tanto como permitían los escasos escalones del segundo al tercer piso de Claudio Coello, 7, donde vivían Rodríguez Correa y Bécquer, respectivamente), vuelve a colocar, por lo tanto, el episodio del ómnibus al comienzo de la enfermedad y, por consiguiente, entre los días 5 y 7 de diciembre aproximadamente.
Pero aunque no quedaran todas estas referencias, existen otros datos, de carácter más riguroso o científico, a través de los cuales creo poder demostrar categóricamente que ese trayecto en la imperial del ómnibus, que tan graves consecuencias tuvo para Bécquer y, a través de su prematura muerte, para la propia Literatura española, no se produjo en el espacio de tiempo señalado por Nombela, sino entre los días que los mencionados testimonios han delimitado. Esos datos, que son la columna vertebral de todas estas palabras, no son otros que las Observaciones meteorológicas efectuadas por el Observatorio de Madrid desde el día 1º de Diciembre de 1870 al 30 de Noviembre de 1871, publicadas en la capital de España en 1872 y del que adjunto algunos de sus cuadros más esclarecedores.

Que el día del trayecto en ómnibus el frío era intensísimo en Madrid está fuera de toda duda. Si bien es verdad que Nombela, que escribe este episodio a cuarenta años de distancia, pudo cometer ligeros errores y traer del pasado, como en la rima III, “memorias y deseos de cosas que no existen”, no parece en este caso, a tenor de la insistencia en resaltarlo, que el frío de aquella tarde -verdadero protagonista del relato- pueda incluirse entre ellas. Frío glacial, siberiano, no sin duda el de la segunda quincena de diciembre, que se nos presenta en términos generales, a la luz de los promedios meteorológicos y del tímido sol de esos días, dominada por temperaturas relativamente suaves.

Pero prescindamos de los valores medios, tan engañosos a veces, y centrémonos en los absolutos, que aparecen registrados cada tres horas desde la medianoche. Si consideramos que Nombela sitúa su encuentro con Bécquer por la tarde, estamos obligados a consultar las temperaturas que en cada uno de esos días arrojan las 12, 15 y 18 horas, momento “que separa la claridad de las sombras”, ya que las 21, en pleno diciembre, podemos considerarla ya como noche cerrada. Pues bien, una rápida ojeada a las temperaturas que se dieron en esa franja horaria durante cada uno de los días comprendidos entre el 15 y el 22, fecha de la muerte de Bécquer, es suficiente para comprobar la inexistencia de un frío tan intenso como el que hace tiritar la memoria de Nombela, dándose las más bajas el día 20 con 5º,5 a las doce del mediodía y 4º,8 a las seis de la tarde. Pero, en cualquier caso, el día 20 es demasiado cercano al día de la muerte de Gustavo como para situar el trayecto en el ómnibus en esa fecha. El propio Nombela dice haber estado, tras su encuentro con Bécquer, “dos días en cama con alternativas febriles” antes de “enviar una criada” para preguntar por su amigo el día 20 o antes, ya que menciona a continuación que “el día 21 se agravó”. También el 20 es, si creemos a Moreno Godino, el día en el que Bécquer, “próximo a expirar”, quemó sus cartas en presencia de Augusto Ferrán. No, indiscutiblemente el episodio del ómnibus se produjo en fechas anteriores, con lo que nos situaríamos, como temperatura más baja, en los 6º,3 del todavía demasiado cercano día 18 a las seis de la tarde, una temperatura que nada tiene de siberiana. Por lo demás, y siempre dentro de la franja horaria de la tarde, las temperaturas aumentan conforme retrocedemos en los días de esa segunda quincena de diciembre, encontrándonos, en el día 15, con los más que agradables 16º,5 a las 3 de la tarde; todo un lujo para un Madrid a las puertas del invierno que no volverá a repetir tales temperaturas hasta febrero. No existe, en definitiva, en la segunda quincena de diciembre de 1870, en esos días “de buen temple” -en expresión del propio Observatorio de Madrid-, rastro alguno de “las tardes desapacibles del otoño” que tan bien supo describir Gustavo Adolfo Bécquer en su prosa.

Pero acudamos ahora, sin más dilación, a los datos que el Observatorio de Madrid recogió durante esa primera quincena del mes de diciembre. Curiosamente, las temperaturas más bajas, que llegan a veces a estar por debajo de 0º, se perfilan de manera nítida en los días comprendidos entre el 3 y el 10, justo en el espacio de tiempo acotado por los  dos  primeros  números  de  El Entreacto. Las referencias documentales y los datos meteorológicos van cuadrando y todavía se pueden ajustar más. No es necesario mucho detenimiento para observar que, con cierta distancia respecto a los demás, el día 5 -inicio de la semana, recordémoslo-  es el que presenta los valores más bajos, alcanzando los 0º,9, -0º,2 y -2º,3 a las 12, 15 y 18 horas, respectivamente, de un día húmedo en el que, según las “observaciones generales” del mes, “amenaza nevar por la tarde”, algo que ocurrirá por la noche. No sé a ciencia cierta si dicha temperatura merece el calificativo de glacial, pero el hecho es que Nombela no pudo referirse a un frío mayor por el simple motivo de que nos encontramos, para el conjunto de las horas de la tarde, ante las temperaturas más bajas de todo el mes de diciembre, si exceptuamos las del día 31, totalmente ajeno ya al periodo que nos interesa.

Pero estrechemos el cerco. Manejando los datos que el Observatorio de Madrid nos proporciona sobre el viento en ese mes de diciembre de 1870, viento que -sin nombrarlo Nombela- parece deslizarse por el cuello levantado de los gabanes, podemos leer en las “observaciones generales” correspondientes al día 5 que “el viento del N.E., muy débil en los precedentes, sopla en éste con violencia”. Rara intuición, ahora sí, de José Andrés Vázquez, que probablemente acierta al imaginar este elemento climatológico, aunque sustituye por “el aire sutil del Guadarrama” el “helado y áspero” -según palabras del propio observatorio- viento del N.E., que, dicho sea de paso, azota de frente, obligando “a cerrar la boca”, a quien se traslada desde la Puerta del Sol hasta la Puerta de Alcalá. La información ofrecida por las “observaciones generales” se ve respaldada en el cuadro de los kilómetros recorridos por el viento en diferentes periodos del día con valores bastante altos que aumentan conforme avanza la tarde, recorriendo entre las 3 y las 6 de la tarde 133 kilómetros, la cifra más elevada para esa franja horaria durante todo el mes de diciembre. El fuerte viento de ese día, al coincidir con unas temperaturas muy bajas, fue decisivo para minar definitivamente la ya quebrantada salud del poeta de las Rimas.

Este es el frío que mató a Bécquer. Personalmente, estoy convencido de ello. A esta seguridad me lleva toda esta serie de datos que coinciden en señalar, entre las últimas tardes del otoño, a la de aquel “día malo de invierno” -rotunda expresión con la que termina definiendo el Observatorio de Madrid al lunes 5 de diciembre de 1870- como la de su último viaje, el que le refirió a Campillo, el que le llevó a la muerte. Desde entonces ha estado esta fecha, “silenciosa y cubierta de polvo” entre libros viejos, “esperando la mano de nieve” que la pudiera arrancar de la que acabó cayendo aquella noche y la ha tenido sepultada durante tantos años entre las muchas sombras que todavía quedan por la biografía de Bécquer, las mismas “que deja un sol que muere”, las de aquel eclipse que el poeta pareció intuir cuando, ajeno sin embargo a su fama póstuma, escribió sobre su muerte:

¿Quién, en fin, al otro día
cuando el sol vuelva a brillar,
de que pasé por el mundo,
quién se acordará?

     En la mañana del 23 de diciembre, cuando el sol volvió a brillar, el Observatorio de Madrid recogió, por única vez en aquel invierno, la presencia del arco iris. El que aún descubrimos, en el anubarrado cielo de la poesía actual, al volver los ojos hacia la obra de Gustavo Adolfo Bécquer.     

     

 JUAN CARLOS DE LARA




JUAN CARLOS DE LARA nació en Huelva el 28 de noviembre de 1965. Recientemente se le ha concedido el Premio Leonor de Poesía a su obra Depósito de objetos perdidos (Diputación de Soria, 2016). Con anterioridad publicó los libros de poemas Caminero del aire (Andaluza, Huelva, 1985), Elegía del amor y de la sombra (Andaluza, Huelva, 1987),  Antes que el tiempo muera (Diputación de Huelva, 2000), la antología poética Memoria del tiempo claro (Alea Blanca, Granada, 2008) y Paseo del Chocolate (Renacimiento, Sevilla, 2008). A estos libros hay que añadir el cuaderno Aquí y ahora, el pliego Cuatro poemas y la obra dispersa aparecida en antologías y revistas literarias españolas y americanas.
Desde 1993 dirige la revista de poesía Hojas Nuevas. Ha pertenecido al equipo de colaboradores de Revista de Literatura, de Barcelona. El cantautor José Luis Pons ha puesto música a su poesía y la ha publicado en los discos Mar de leva y Canción del poeta del sur. Ha sido seleccionado por la Asociación Prometeo de Madrid como una de las voces más representativas de la poesía española actual.
Aunque ha hecho incursiones en la prosa poética, el relato breve, la crítica y el ensayo literario, terreno en el que ha publicado el libro Juan Ramón Jiménez, estudiante (Fundación Zenobia-Juan Ramón Jiménez, Moguer, 2012) y algunos artículos de investigación sobre Gustavo Adolfo Bécquer, Juan Carlos de Lara se expresa mayormente a través de una poesía dotada de sencilla naturalidad, donde la intensidad lírica se asienta sobre una clara estructura rítmica, según expone Ramón Reig en su Panorama Poético Andaluz.





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