martes, 10 de mayo de 2016

HOY FIRMA: MARÍA MARÍN. "Últimas palabras en la campana de cristal"


ÚLTIMAS PALABRAS 
EN LA CAMPANA DE CRISTAL

La catarsis de Sylvia Plath



Seguramente cuando Sylvia Plath (Boston, 1932 – Londres, 1963) se propuso ir a la cama la noche del 10 de febrero de 1963, ni ella misma pensaba que a la mañana siguiente, después de preparar cuidadosamente el desayuno a sus dos hijos y asegurarse de que nada les iba a pasar, levantaría una suerte de búnker en su cocina y abriría el gas que firmó su muerte aquel día. Qué pensó entonces sigue siendo un misterio.

Qué lleva a quitarse la vida a alguien que se dedica a su pasión –en este caso escribir–, que goza de un reconocido prestigio, que, además, se encuentra en la etapa más productiva, más fértil, de toda su carrera. Alguien que ha cumplido otro de sus sueños   –el de ser madre–, que acaba de tener a su segundo hijo y que tiene la suerte, además, de estar viviendo en la casa donde vivió Yeats, algo que le fascinaba. Supongo que esa pregunta sería más conveniente formulársela a un terapeuta, pero me imagino que debía haber algo en ella, algo dentro que no tenía por qué ser una causa concreta o real, que la empujó a tomar esa decisión. Se ha hablado mucho acerca de este asunto, existen innumerables teorías al respecto; puede que la de que alguien lleve escrito en su código genético esa predisposición a terminar con todo por cuenta propia no sea una idea tan descabellada.

Su entonces marido, el poeta Ted Hughes, escribiría al conocer la noticia: «Lo que pasó esa noche, en tus horas,/nadie lo sabe, como si nunca hubiera ocurrido./ La acumulación de toda tu vida,/como en un esfuerzo inconsciente, como en el nacimiento/que pasa lento, que atraviesa la membrana de un segundo/hasta el siguiente, ocurrió/sólo como si no pudiese ocurrir,/como si no estuviera ocurriendo».

Su matrimonio había fracasado, Ted la había abandonado por otra mujer, una poeta israelí que, curiosamente, acabó del mismo modo que Plath. Que esta fuera una de las razones para la decisión de la norteamericana es una cuestión bastante obvia. Su devoción por su marido, como hombre y como poeta, era inmensa. Estigmatizar a Hughes por su infidelidad tampoco es acertado, Sylvia Plath ya arrastraba toda esa carga desde hacía años, y antes de conocer a Ted ya había tenido varios intentos de quitarse la vida. Quizá sea más coherente reprochar a Hughes su actitud al morir su mujer; que fuera él quien preparara y seleccionara la obra de Plath para publicarla de una manera distanciada que le permitiera sacar el mayor rendimiento a la muerta. Lo cierto es que tuvo suerte en ese aspecto, Sylvia no había publicado nada prácticamente en vida, únicamente El coloso y su única novela terminada, La campana de cristal, la cual publicó tan sólo un mes antes de suicidarse y bajo el seudónimo de Victoria Lucas. Por tanto lo tuvo bastante fácil, el resto de obra de la norteamericana estaba guardada. A pesar de esto, le debemos a Hughes haber dejado salir a la luz su obra, aunque inicialmente cambiara incluso la forma en que Sylvia la había dispuesto.

En entrevistas posteriores a su entorno más cercano se advirtió una reacción general de desconcierto, de sorpresa ante la decisión de Sylvia Plath. Decían de ella que, a pesar de su tendencia al aislamiento, se había mostrado como alguien muy vital, especialmente en sus últimos meses, donde hablaba de proyectos, de futuros viajes. Es justo en esos meses donde goza además de un periodo extraordinario de creación; su poemario Ariel, la que sea quizá su obra más madura, lo compone prácticamente en esos meses previos, en los que se ha llegado a decir que escribía “al borde mismo de la histeria”. Plath llegó a decir que todos esos poemas tenían algo en común: todos estaban escritos en torno a las cuatro de la madrugada. Quizá esto se debiera a que Sylvia tomaba ansiolíticos y es más o menos a esa hora cuando empiezan a desaparecer sus efectos. Por lo que vemos que, tras esa vitalidad, se escondía precisamente el reverso de esta. Trataba quizás de sacar todas sus ganas de morir, como si dejándolas en el papel pudiera librarse de ellas. Lo que está claro es que, a veces, el aparente orden, la perfección, sólo esconde un desastre y un caos interno imposible de controlar.

Morir
es un arte, como todo.
Yo lo hago excepcionalmente bien.
Tan bien, que parece un infierno.
Tan bien, que parece de veras.
Supongo que cabría hablar de vocación.

 (De Lady Lazarus, de Ariel)

Llevaba toda la vida preparándose para esto. Había probado suerte con anterioridad pero sin éxito. Es probable que hasta entonces no lo hubiera intentado a conciencia, que solo se tratara de meras pruebas, de “borradores” de su propia obra; Sylvia ponía todo su esmero en la perfección, no dejaba nada al azar y fallar no entraba dentro de sus posibilidades. Muchos son los amigos y conocidos de la escritora que insisten en su persistencia en que todo fuera perfecto. Hughes, su marido, explicaría más tarde que parte de la producción poética de Plath se había perdido por este motivo; prácticamente todos los poemas anteriores a su libro El Coloso fueron destruidos por ella misma al no encontrarlos lo suficientemente buenos.

«Quería estar donde nadie que conociera pudiera llegar jamás».

La escritora de La campana de cristal dejó patente en su única novela terminada cómo se sintió a lo largo de toda su vida, «para la persona encerrada en la campana de cristal, vacía y detenida como un bebé muerto, el mundo mismo es la pesadilla». Ella estaba dentro, y encontró la salida haciendo trizas el vidrio que la rodeaba –una clara declaración de intenciones–, lo destrozó de tal manera que ya no cabía la posibilidad de reconstruirlo.

Hay pasajes en su novela verdaderamente explícitos hasta el extremo sobre las fantasías de la protagonista, Esther Greenwood, de cómo llevar a cabo su idea. Habla de ello, además, con una total y absoluta normalidad, como si simplemente contara lo que cenó la última vez. Piensa en ahorcarse, en adentrarse en el mar y ahogarse. En un momento cuenta: «Me había encerrado en el baño y llenado la bañera con agua tibia y sacado una hojita Gillette. […] Pensé que sería fácil, acostada en la bañera y viendo el rojo florecer de mis muñecas. Flujo tras flujo, a través del agua clara, hasta que me hundiera para dormirme bajo una superficie llamativa como las amapolas». En otro, pensando en lanzarse al vacío: «El problema al saltar era que si uno no subía el número apropiado de pisos aún podía estar vivo cuando tocara el suelo. Pensé que siete pisos debía de ser una distancia segura». Incluso fantasea con el harakiri: «En Japón entendían las cosas del espíritu. Cuando algo les salía mal se arrancaban las entrañas. Traté de imaginar cómo procedían. Debían de tener un cuchillo sumamente afilado. No, probablemente dos cuchillos sumamente afilados. Luego se sentarían, las piernas cruzadas, un cuchillo en cada mano. Luego cruzarían las manos y apoyarían la punta de un cuchillo a cada lado del vientre. Tendrían que estar desnudos o el cuchillo se les atascaría en la ropa. Luego, con la velocidad del relámpago, antes de tener tiempo de pensarlo dos veces, se enterrarían los cuchillos y los harían girar rápidamente, uno hacia la parte superior y otro hacia la inferior, formando un círculo completo. Así la piel del vientre se desprendería, como un plato. Y sus entrañas se saldrían y morirían».

Para entonces, tanto Sylvia como Esther Greenwood, ya lo habían intentado con una sobredosis de pastillas para dormir. Es importante separar ambas, aunque Sylvia utilizara a este personaje para contar su historia, no deja de ser ficción, una novela; aunque por desgracia la historia de Greenwood se basara sin lugar a dudas en toda la experiencia de Plath.

Sometida a electroshocks, internada en un psiquiátrico con la esperanza de salir de esa crisis depresiva y nerviosa que estaba sufriendo, y que la acompañó prácticamente toda su vida, en La campana de cristal vemos cómo Esther finalmente vuelve a su vida, como lo hizo Sylvia, pero también cómo lo hacía con miedo a que volviera a caer la campana. Una campana que notaba suspendida sobre ella y que, alguna que otra vez, volvía a encerrarla: «Dondequiera que estuviese siempre me veía bajo la misma campana de cristal, ahogándome en mi propio aire enrarecido». 


En realidad, no solo en su novela, sino en toda su obra poética, Plath habló de su deseo de poner fin a todo. Prácticamente todos sus poemas póstumos giran en torno a este sentimiento. En Soy vertical  dice: «seré/ más útil cuando por fin me una con la tierra./ Árbol y flor me tocarán, me verán»; o en Últimas palabras, donde escribe: «Me conoceré a mí misma. Seré noche/ y el relucir de tantas cosas será más dulce que el rostro de/ Istar». Estos y muchos otros poemas ya lo anunciaban: cuando Sylvia Plath decidiera irse, lo haría sin preguntar.

La mujer alcanzó la perfección.
Su cuerpo
muerto tiene la sonrisa de la consumación,
la ilusión de una fatalidad griega
fluye en los pliegues de su toga,
sus pies
descalzos parecen decir: 
hasta aquí llegamos, se acabó.


 (De Filo, de Ariel)

Con solo treinta años puso punto y final a su obra –una obra que contaba con más de 170 poemas, una novela y otra empezada, seis cuentos, una obra dramática radiofónica y bastante prosa diversa–, dinamitó la campana que la encerraba para ser desde entonces y para siempre un mito. Allá donde esté ahora, debe sentirse orgullosa: la campana está rota, por fin es horizontal, perfecta en su perfección y, para los que conocemos su obra, brilla tanto como el rostro de la diosa babilónica.


María Marín


No hay comentarios: