viernes, 13 de mayo de 2016

“Licencia para bailar” de Katy Parra Carrillo: un solo de palabra.


“Licencia para bailar” de Katy Parra Carrillo:
un solo de palabra.









Licencia para bailar

Katy Parra

Valparaíso, 2016








Katy Parra (Murcia, 1964), lleva ya algunos años dignificando el oficio de poeta. Entre sus libros se encuentran Por si los pájaros y Coma idílico, editados por Visor e Hiperión, respectivamente, trabajos por los que obtuvo los premios de poesía Viaje al Parnaso e Internacional Miguel Hernández. El año 2008 fue sin duda el año del reconocimiento a su poesía. Desde Acordes de soledad (Murcia, 1997), libro que supuso su bautismo poético, hasta Licencia para bailar, han transcurrido casi dos décadas en donde títulos como Síntomas de olvido o Espejos para huir hacia otra orilla, no han hecho más que constatar que la poeta murciana es una de las plumas más distinguidas de su generación.

Licencia para bailar es un apropiado título para este libro, por un lado, la poeta rompe el cliché —en este caso, lo dulcifica— y nos invita a un baile, a la danza de la vida, a su mutabilidad; y por otro, la polisemia de la palabra «licencia» nos previene en cuanto a  cronopios y libertades. Los cuarenta y siete poemas que contiene están agrupados en dos bloques: “Canciones para un lunes sin recreo” y “La danza de las cosas”.

“Solus vita” es el poema que inaugura este pasaje musical; sólo la vida será el eje de gravedad de esta coreografía; sólo la verdadera poesía, ática y vírica, será el conductor de esta electricidad contada: La música te arrastra y es tu cuerpo / un trapo a la deriva, / la causa y el efecto del placer, / sinestesia que alumbra / la oscuridad sonora del instante. Desnuda sencillez que transparenta en su armonía esa infraestructura invisible: la métrica; vértebra compleja —aquí natural— que al relojero exige, no sólo precisión, sino verdad.

Así es la poesía de Katy Parra, precisa y verdadera. Pocas presentaciones requiere lo diáfano y cierto. Limpia de añadiduras, sin altas ínfulas, elocuente. Su magna destreza a la hora de doblegar el discurso poético al corsé del canon supone un recurso poderoso en manos de la poeta. Argumento, léxico, ritmo, perspectiva; cada rasgo de su poética potencia a los demás en el impecable equilibrio de la madurez.

El poema titulado “El último tango” resulta desgarrador por su crudeza, en él, sus versos desvelan el drama biográfico sobre el que su autora ironiza con desencantada sangre fría; la poeta parafrasea a Claudio Rodríguez convirtiendo su optimismo de amor en preocupación y confesada herida: 

Yo sólo puedo hablarte 
de los escorpiones o de las garrapatas, […] 
y ahora estoy aquí como un intruso, 
escribiéndote a ti que estás leyendo
 y mirando el reloj para escaparte de toda esta indigencia.



La resolución estética de Katy Parra se compone en su mayoría de versos clásicos combinados libremente: alejandrinos, heptasílabos, eneasílabos o endecasílabos se alternan en la blanca sonoridad de su monólogo lírico. Su discurso, en parte, confesional, con vocación dialogística, encuentra en lo cotidiano el pretexto para manifestar su sentimiento íntimo, su reflexión, rémora o en definitiva, su subjetividad.
“Si no fuera por ella” es un poema inquietante. Alocución a la madre, al hijo no sido, a esas manos desnudas de verdades a las que alude la cita de Cernuda: 

Sé que ella existió antes de conocerme, 
con todas sus orquídeas y todos sus laureles, 
con todos sus parásitos. […]
Ahora vivimos juntas,
descontando los hijos que no he sido.

El objeto mundano más mínimo desencadena el baile de palabras, un baile que es letra, coreografía y música de un tiempo ya ocurrido; así los alfileres, las ventanas, un espantapájaros o un ojo de cristal son motivo suficiente para orquestar elucidaciones de soplo metafísico: 

Confieso que a menudo 
me inundan con sus cánticos, 
con su danza improbable; 
que sus senos roídos, 
violados por la fe de las polillas, 
no lograron salvar su abismo ni su dogma, 
su palabra de honor rota a balazos.

Los versos de Katy Parra gozan de una profundidad psicológica que evidencia esa doble lectura que podemos hacer de ellos; por un lado, la parte lingüística superficial o estructura exterior del poema, la cual debido a sus connotaciones supone un fenotexto cuya genología se complejiza al transitar senderos de realismo sucio, feistas o existencialistas; y por otro, la determinante estructura interior o genotexto, rico, evocador, donde la artista, inconscientemente influye decisivamente, no sólo en los signos que se manifiestan en el poema, sino también en los que se ocultan.

En palabras del poeta Antonio Praena, quien firma el comentario de contraportada del libro: « […] la macabra y hermosísima danza de la muerte transformada en exploración de la recóndita belleza de las cosas que se acaban». Y acierta —como era de esperar— en perspectiva y términos el poeta granadino, puesto que la poética de Parra Carrillo posee esa ambivalencia entre lo grotesco y hermoso; explora la belleza, sí, pero también prospecciona en sus propias simas; amplía su mirada en lo que acaba y encuentra, en el lenguaje universal de la música —que nunca dejó de ser poesía—, la herramienta para no rendirse y revelar la mudanza de la vida.

En el penúltimo poema del libro, titulado “Coreografía del ego” la poeta afirma que debemos aprender a danzar al ritmo de las cosas, adaptarnos para sobrevivir; pero también critica ferozmente al sentimentalismo: 

El corazón no entiende de numerología. 
Sólo sabe ser víscera: 
discípulo de un dios completamente sordo.

Licencia para bailar es un libro para leer una y otra vez y encontrar nuevos matices, su lectura ahonda en las preocupaciones humanas y se constituye como un pequeño tratado de filosofía; la poeta solista deleita al gran público con un solo de palabra en el que la música nos invita a escuchar la letra y la palabra es música.



José Antonio Olmedo López-Amor


  

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