jueves, 5 de mayo de 2016

"Memorias de un día futuro" de Nelo Curti (por Antonio de Murcia Conesa)



ENSAYO DE UNA CRÍTICA FUTURA







Memorias de un día futuro

Nelo Curti

Ilustraciones de Javier Solari

Ediciones del Tábano, 2010






En la última edición del premio Adonáis de poesía, Nelo Curti ha sido coronado con el laurel esquivo del accésit.  Este galardón inmediatamente inferior se calza como una sandalia a los pies y los versos de quien futuros exegetas acaso recordarán como un poeta que nunca dejó de acercarse, salvando las distancias.  Para entonces quien quiera ponerse en antecedentes habrá de regresar a la noctámbula habitación propia que con el nombre de El Tábano abrieron a todos una panda de hijos del Sur, nietos y bisnietos de poetas como templos, y donde dieron a luz una revista que, con el mismo nombre, mordió durante muchos trimestres el trasero inmóvil y la lengua agradecida de una ciudad destino del turismo europeo de provincias.  A la luz de las sombras de ese cuarto y entre rondas pendientes, Curti armó, como un caballero, su primer libro con las ilustraciones del compadre Javier Solari y los dibujos de los hijos, Lucía y Nahuel. Y sobre todo con el concurso de Américo, su daimon, quien, para jugar con los niños y burlar a la policía, decidió convertirse en marioneta.


Si a algún futuro crítico le diese por juzgar estos versos y a su poeta, tendrá que renunciar a fijarlos en las casillas infinitas de la entomología literaria y a encontrarles síntomas generacionales, gestos de voluntad de forma, trazas de literatura de compromiso o ecos de la siempre digna voz del yo poético. Quizás se conforme con mirar, perplejo y algo contrariado, cual Platón educador, a la figura vieja y niña del bardo fuera de sí, imantado por voces que le abren la boca como a nosotros los oídos, no importa que no sepamos de dónde vengan: « ¿El mar o la orilla,/ quién está gritando?». A poco que empiece a leerlas, notará que esas voces no son divinas, sino animales, minerales y hasta vegetales. Arañas colgando que vigilan a los hombres porque saben de éstos tan poco como ellos de sí mismos; el mar, como una piedra bajo la que dormir o «una majestad dubitativa/el eco eterno de alguna soledad»; árboles donde, como sabe cualquier niño, la noche «se esconde durante el día» y de los que sale pronto «para pintar de negro aquel paisaje». Archipiélagos, islas, esqueletos, desiertos, el cielo… forman el paisaje de distancias que cualquier aprendiz de hermeneuta sueña con urbanizar. No será extraño que alguno de esos gire la cabeza o el libro varias veces sacudiendo el enigma de los veintinueve poemas numerados -demasiado mudos o demasiado locuaces para leerlos cantando- y la versión para niños que ocupa de azul medio poemario –demasiado clara para leerla antes de dormir. Los coloridos dibujos infantiles, siempre siniestros para el insomne, y los versos de su prosa expeditiva («Existe un continente en un lugar muy lejano») le engañarán como a un adulto intérprete si no tiene el valor de quedarse en su inquieta superficie. Seguro que irá y vendrá de uno a otro lado, azul y negro, del libro ensayando alegorías, analogías y otros puentes, para acceder al secreto de la historia de una marioneta sin dueño.

Pero acaso el lector pierda el miedo ancestral a salir de casa y, esquivando el espectro de las moralejas, aprecie como suya esa distancia del poeta consigo, que es el trecho inmenso, por momentos tiránico, al que estos versos se aproximan sin fatiga. Leerá: «Soy el recuerdo/de una marioneta desaparecida». Y pensará que su sujeto conocía bien el engaño del yo-pienso. Hasta estará tentado de resumir con una sentencia la revelación interior que imaginará en su origen: me piensa mi marioneta luego existo, o algo así. Como el tábano ateniense invocaba las exigencias de su daimon para fingir conocimiento de sí mismo, el uruguayo-levantino habría confiado a su mejor marioneta la memoria y el cuidado de su conciencia desbocada. La cosa, sin embargo, no es tan fácil, o mejor dicho, no es tan complicada. «Rompí mi casa/era pequeña/y ahora el cielo/es una enorme tiranía»: será entonces la incierta profesión de fe de un caminante resuelto que se detiene por momentos para mirar «al otro lado de mi imagen» y hacer inventario de su soledad, de los amores disueltos, los miedos y la esperanza, anticipando las desolaciones y engaños de lo que reste de viaje. Estos versos, adultos o niños, no son, como los surcos, de ida y vuelta. Aunque su historia esté condenada al retorno renuncian a los giros de la danza y emprenden una marcha, ni fúnebre ni triunfal, de palabras que no pueden parar de caminar, de cruzar el «océano gigante», de dejar «el continente despojado», de inventar islas y anticipar naufragios para sobrevivirlos; de salir, en fin de casa: «como si hubiésemos saldado/las cuentas del pánico y la gloria/y limpios de poder y muerte/aprendiésemos recién a caminar, /comprendiendo/que son nuestros los zapatos». Imaginemos al crítico futuro, aplicado como un becario, comentando el yo poético –disculpen el oxímoron-: rastreando huellas de una biografía temprana, avezada en cruzar océanos y puentear continentes desolados, desde Paysandú a Melilla, pasando -querrá decir jugando- por Alicante, con los hilos de sus acechantes marionetas. En el capítulo de los intertextos encontrará en sus versos huellas de viejos vates que rescató del polvo clásico y los metió, él o Américo, en su maleta. Y puede que recuerde otros zigzagueantes poemas de viaje en los que antes de acceder al galardón el caballero poeta hubo de gastar por lo menos tantas suelas como el comediante florentino cuando triscaba por el Purgatorio. 

Ya se conformaría con entender que esa pulsión por medir y recorrer la distancia que va del yo al yo, del sujeto a las cuerdas, como la que cabe entre los amantes desnudos, que se abrazan para desaparecer en el futuro, o entre el golpe en la sien de las palabras y el curso de su música, o entre el juego del adulto y el del niño, es el destino de los poetas llamados a estar lejos de sí. Es el mismo que les impulsa misteriosamente a romper su pequeña casa sólo para iluminarnos el camino riendo a carcajadas. Vaya por delante nuestra futura gratitud.



Antonio de Murcia Conesa




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