lunes, 27 de junio de 2016

"EL VÉRTIGO DE LA ESPESURA" de José Luis Zerón (por Alberto Chessa)



EL VÉRTIGO DE LA ESPESURA






De exilios y Moradas

Polibea, 2016









«Todo está dicho, / o eso parece». Con esta ironía de demiurgo platónico, José Luis Zerón Huguet nos abre las puertas de su morada proscrita. Conviene no llamarse a engaño y tomar conciencia urgente de la naturaleza del umbral que vamos a traspasar, puede que incluso a irruir: al otro lado, nos aguarda una poesía entendida como exploración, indagación, revelación, rebusca, en donde la palabra es don y maldición a la vez, linfa y pedernal, catarsis y condena. Solo si aceptamos de antemano que vamos a participar en un ritual de estirpe gnóstica y tenebrosidad órfica, podremos penetrar el vértigo que entraña esa espesura que hechiza al poeta y lo arrastra a su interior, un intramuros colmado en su discurrir sorprendentemente de «ajetreo furioso», estrépito, algarabía. Y es que la vida en estos dominios hace ruido, mucho ruido.



A esclarecer toda esa confusión se encomienda el autor. La preposición del título (De) que se halla al frente de este volumen nos trae a los lectores de hoy un eco medieval, pues parece que esté remitiendo a un tratado o un bosquejo en el orden del pensamiento. Los dos términos que la siguen (exilios y moradas) nos hablan ya a las claras de la filiación visionaria y gnóstica de Zerón. El segundo, que no puede ocultar su ascendiente teresiano, ¿está ahí como un mero contraste, según gusto barroco puesto al día, del primer elemento? ¿O acaso conviven juntos en el epígrafe -sospechamos- como el anuncio de una indefectible y fatal convivencia, de una secreta mística de la expiación? La cita preliminar del libro, extraída del Primer Manifiesto Surrealista, no hace más que incidir en esa veta visionaria (no necesariamente ligada a automatismo alguno) que va a signar el libro que tenemos entre manos. Un libro en el que se echa de ver una cierta intención de simetría en su misma estructuración, en tanto que se nos ofrece parcelado en cuatro secciones independientes con un número similar de composiciones en las dos primeras (14 y 13) y las otras dos finales (9 y 7).  


Antes, sin embargo, de franquear aquellas dependencias, el poeta nos da la bienvenida con un largo poema inaugural, «Moloch», en donde se deja sentir la lectura de Cioran y su El aciago demiurgo. Bajo la invocación de esa divinidad de los antiguos pueblos del Levante, cuya voracidad por los recién nacidos en el ara sacrificial llega hasta hoy (y, para muchos, con rostro de fábrica antropófaga que devora a sus obreros, a la sazón los nuevos esclavos de Occidente, en la analogía poco disimulada que trazó Fritz Lang en Metrópolis), sabemos, recordamos -ratificamos- que «nos fue / dado el entendimiento», como si ese acceso al saber no pudiera revestirse más que de un carácter iniciático; como si a la gnosis no se pudiese llegar de otra forma que provistos de un hornillo de atanor en cuyo interior el pléroma se fragua lentamente. La vida en sí es un Moloch: «Tememos y añoramos / la vuelta al útero». Y más que la vida: vivir; conjugando esto último, claro es, como un verbo irregular, un verbo acaparador de contrarios, en mala lid consigo mismo; que ya el rey Basilio nos dejó sentenciado que «el nacer / y el morir son parecidos».


El riquísimo acervo cultural que maneja José Luis Zerón permite que, al adentrarnos en la primera sección, «El ruido del mundo» (título sonoro per se), nos esté esperando Shiva, dispuesto a pisotear con su danza la ignorancia de los hombres y a desvelar «los secretos del caos», ese estado informe, entrópico, gracias al cual -lo sabemos más acá de Oriente- puede surgir el orden, el orbe. No es el único ejercicio de cruce sincrético entre una tradición cultural y otra que vamos a encontrar en De exilios y moradas, en donde cada poema, aun preservando su potestad, establece asimismo un diálogo fértil con el resto. Es el caso, sin ir más lejos, de la composición que sigue a «La danza de Shiva», en la que unos versos del poema «Epirrema» de Goethe no parecen discordar con ese revolcón al oscurantismo que propugna el dios hindú. En el caso del alemán, se diría que también la identidad produce vértigo: materia y espíritu contrapesan y dictan, a la postre, el ucase del vivir.


«No hay lugar seguro», nos asevera Zerón, en lo que se adivina una resonancia de uno de sus títulos anteriores (Sin lugar seguro, 2013). El poeta, rendido a la inflexión salmódica, versicular, letanística, adopta por momentos la voz del harúspice. Una vez más: la poesía aquí colinda con el sortilegio, la iluminación, la visión, el hechizo («el resplandor de los hechizos / alimentará tus ojos»). Y con todo, es evidente que el autor no escribe bajo el influjo de rapto alguno, no es ningún encantador, sino un ser muy consciente del lugar (inseguro) que pisa y de que ningún retrato abarcador, incisivo, penetrante de la realidad puede arrojar de sí una estampa figurativa. 

No se trata de pasarlo todo por un filtro alegórico, sino precisamente de saber ver (hay en el libro una pertinaz invitación a aprender a mirar) que todo símbolo es real y nos está esperando para que lo desentrañemos con «sed de espejismos», como se desentrañan los augurios o los enigmas de la esfinge; para que les devolvamos «la vida a las palabras» que tiñeron de sangre los verdugos del lenguaje. «Alto voltaje» es, en este sentido, una clara muestra de la pericia de José Luis Zerón para conciliar dos entidades tan interdependientes y, al mismo tiempo, tan escurridizas la una de la otra, como son la realidad y el mito. El agüero de la muerte de un águila, cuyo vuelo ha de sortear una hilera de torres del tendido eléctrico, da la medida exacta de hasta qué punto el poeta se siente cómodo en su condición -valga la paradoja- de nigromante cartesiano: la adivinación es hija de la observación y esta, a su vez, nutre al curioso de nuevos oráculos.





Una operación parecida se repite en el bellísimo poema «Un carnero muerto» («Las hojas caídas abrazan el cuerpo / como a una lápida olvidada / y el silencio persiste / más allá del silencio»), así como en el cuervo que ejecuta «El vuelo torvo» (en donde puede que lata un eco lejano del olvidado poeta colombiano León de Greiff). Un águila, un carnero y un cuervo. El guiño a los exempla medievales (y, antes, a la gnómica de la Hélade) se trasluce también en este copioso desfile de criaturas que casi se enseñorean de la primera parte del libro. En ella, no obstante, hay sitio también para una nueva actualización de las leyendas grecorromanas, como aquella de las Parcas o aquella otra de las cincuenta hijas del rey Dánao (por cierto, otro exiliado) que fueron condenadas de por vida (o de por muerte) a aguachinar una tinaja sin fondo. «Largo es el camino, estéril el empeño», certifica la voz de estos versos, en lo que parece estar trasuntando el oficio del poeta, que nunca sacia su sed de absoluto, esa sed «sin remisión» que, de tan repetida, deviene una suerte de estribillo pregnante del libro.


En estos como en otros poemas que acudirán más adelante, se pone de manifiesto que Zerón ha leído -y los ha leído bien- a estudiosos del mito y las religiones como Joseph Campbell o James George Frazer. Así, en «Los que dañan» (que viene a ser un reverso de Efesios 4:32), en el díptico sobre la parábola lucasiana del hijo pródigo, o en los desoladores monólogos dramáticos que encarnan la Sibila, Prometeo y Orfeo, la persistencia de la mitología y los textos sagrados cobra trazas de verdadero aggiornamento de estos motivos. No se trata de una dudosa maniobra de raigambre barroca (Zerón no nos está invitando a un menesteroso paseo virtual por las salas de un Quattrocento lírico); antes bien, lo que trepida en estos poemas es una cierta determinación por iluminar lo que haya de profano en lo sagrado (¿toda desacralización comporta una profanación?) y viceversa. Por eso, la Sibila pretende vivir liberada de la fatal presciencia y, por eso también, el encadenado Prometeo se nos presenta con talle mesiánico y tiranizado por un águila angélica, un «ángel-águila» (más adelante, y corrigiendo a Rilke, el autor nos revelará que «Todo vuelo es terrible»). En todos ellos vuelve a comparecer el vivir y en todos como un esforzado sinónimo de renacer.  


Al amparo del más célebre cantor del destierro, aquel que «todo perdió, menos la vida» a orillas del Mar Negro, nos seguimos adentrando en la espesura, a despecho de todos los naufragios que se nos tienen prometidos. No ha de ser casual que para Prometeo «el mañana» sea «el eco de mi naufragio», que el hijo pródigo sea a su vez un «náufrago resignado», ni que hasta Leopoldo María Panero se asome a estas páginas motejado de «poeta náufrago». Sortear el descalabro es la única forma de contener la gambeta a la que nos aboca el temporal, pero, al mismo tiempo, solo en el furioso vaivén de la nave hallamos la razón del viaje. De ahí que Zerón encuentre «albergue en la lejanía», aunque también se puede fracasar en el anhelo de abarcarla (y es sabida la definición del hombre que ensayó Heidegger como «un ser de lejanías»).


El «(Homenaje a Novalis)» que abre la segunda sección (para la cual el poeta le pide prestado a Paul Éluard el inquietante verso que reza «Le dur désir de durer», en lo que vuelve a haber una confesión de su filia -más que filiación- surrealista) delinea un paisaje que, como luego se echará de ver también en «Écfrasis de la tormenta» (uno de los «Cuatro poemas para Ada»), remite a los colores de la paleta que asían los precursores de aquel movimiento que se dio en llamar Sturm und Drang. Cuando Novalis afirma que «somos el ojo que este planeta eleva al cielo» lo que nos está diciendo es que la determinación kantiana, con su raíz en Newton, no es válida para el romántico (y, según deja constancia aquí, tampoco para Zerón). El poeta sajón irá más allá cuando dictamine que un mundo ocluido en sí mismo no es compatible con la dignidad humana. De eso se sigue el mandato de estar simultáneamente dentro y fuera de la naturaleza, algo que ya nos había recordado Goethe al comienzo de este libro y que volveremos a encontrar después en la composición «Apoyados en la ventana», en donde sus moradores practican el ejercicio de «Fuera y dentro, / estar y no estar».



La perdurabilidad, el ayer bastardeando en el mañana, «la llama y la ceniza» -«el duro deseo de durar»- son el marco que acota (y, a la vez, expande) la poética zeroniana, abocada a desear y rehuir de una vez el vértigo que originan las moradas de todos los paraísos perdidos, los exilios y extravíos «en la espesura / de las dudas y los presagios». Es la gran paradoja del hacedor: solo dispone de aquello que atenta contra sus propios límites, su misma contingencia. «Busco un lugar donde vivir en la negación de las respuestas, / un lugar sin márgenes, territorios ni suelos, / donde la mirada se encante sin ver nada», leemos en «De noche», mientras que, en la «Oración a Juan de la Cruz» (con esa nada inocente elisión del apócope de su santidad: es una oración laica), el poeta pregunta y se pregunta: «qué te dejó sin palabras / para describir tu fecundísimo desvelo». Todavía en otro lugar insistirá el autor: «¿Cómo nombrar lo que se resiste / a ser concebido con palabras?» Estamos en esos lindes del no-decir que anuncian la huella de lo numinoso, lo mistérico, la experiencia de lo sobrenatural que es, a un tiempo, «terrorífico y fascinante», según la terminología de Rudolf Otto, el teólogo protestante que tanto influyó sobre nuestra María Zambrano y al que Zerón rinde homenaje explícito en este libro. Este ascetismo verbal entronca, claro está, con una noción esencialista (de nuevo, iluminada) de la creación, al modo como desarrollaron una suerte de mística sincrética autores como Edmond Jabès o Paul Celan (o la propia Zambrano), en quienes todo estrato material adviene puesto en jaque por lo inmanente y lo inefable. No nos extraña entonces que, para la primera de las «(Dos elegías)» que cierran la segunda sección, «El otro lado», el poeta recurra a los auspicios de dos nombres como los de Olvido García Valdés y José Ángel Valente (¿es azaroso, por cierto, que este libro se clausure con el vocablo «fulgor»?) La originalidad, en todo caso, de José Luis Zerón, en lo que a esta raigambre literaria se refiere, es que no gusta de lo conciso y fragmentario, como es habitual en los escritores mencionados, sino que encuentra en lo volcánico y torrencial la expresión idónea para desentrañar sus sospechas.

Sorprenden los epígrafes de las dos últimas secciones por lo que tienen ambos de apelación a lo exacto, lo categórico: el pascaliano «Razones del corazón», en donde predomina una serie de variaciones sobre el amor y su complementario (lo contrario del amor no es nunca el desamor), y el sentencioso «Hic et nunc», con su deseo -sin duda, insatisfecho- de colonizar al fin un lugar y un tiempo. El poeta va preparando la despedida no sin antes conjurar una vez más la indecibilidad que rubrica su empresa. Así en el juanramoniano «Palabra no dicha» y así también en «Mientras tanto», en el que comparecen Juan Gelman y, por segunda vez, Olga Orozco, dos poetas que llevaron el lenguaje a una contorsión al borde de la quiebra. Por su parte, el cromático «Insomnio» contiene una suerte de recapitulación de las constantes vitales de este libro, a las que se convoca taxativamente con una recurrencia sin disimulo al vocativo: «Luz, / no me he cansado de invocarte () Tiempo, / guárdame lo que fue mío () Mirada, / abarca más allá de esta habitación». En el poema que ejerce de colofón de todo el volumen, se nos recuerda lo que ya sabíamos pero nunca está de más celebrarlo, esto es: que por más elíptica que sea la sustantividad, no tenemos más y mejor cometido que proclamarla («Nombra la realidad, nómbrala»).


Con su verso membrudo, con su sintaxis sin urgencia, José Luis Zerón Huguet viene desde hace años construyendo una obra poética poco acostumbrada en los dominios de la lírica española de última hora, debido a su cariz visionario y sapiencial; barroco, romántico y surrealizante a partes iguales; eruptivo y hermético en rara y feliz coexistencia. Todo exilio conlleva un desahucio; de ahí que la nueva morada comprenda en sí misma la aventura callada de una mudanza. De exilios y moradas es el juramento de lo que viene después de desvalijar la casa y poner rumbo a lo incierto: el silencio, la soledad blanquísima, el sudario de la almoneda.



No hay comentarios: