martes, 28 de junio de 2016

Héctor Vargas Ruiz: cinco poemas inéditos


Héctor Vargas Ruiz: 
cinco poemas inéditos


Presentamos hoy estos cinco poemas inéditos de Héctor Vargas -redescubiertos poco después de la edición del número Cinco de esta revista en papel- como una adenda al artículo Regar las estrellas, de Ramiro Rosón, dedicado a la vida y la obra del poeta canario Héctor Vargas Ruiz (1972-2014), que se publicó en la página web de La Galla Ciencia el 17 de mayo de 2016, poco antes de que se cumpliera el segundo aniversario de su fallecimiento. 



Se trata de un breve puñado de textos que acreditan, una vez más, el oficio y la calidad poética de su autor, a través de unos versos en los que la intensidad expresiva se da la mano con los hallazgos formales. Los originales se han conseguido gracias al escritor Benito Romero Rodríguez, a quien Héctor los había enviado en vida a través de un mensaje de correo electrónico, y a la familia del propio Héctor, que ha prestado su consentimiento para su publicación.



Rara avis

La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
Alejandra Pizarnik



A Rocío, sin jaulas

Se desnudó.
Dejó atrás sus vestiduras
de presidio y voló
más allá de su propia sombra.

Trepó desde el silencio
hasta el alféizar de mi noche.
Y allí se posó: cantando
palabras repletas de avidez
y juventud, impúdicos
vocablos embriagados
por el néctar de mil y una
locuras; herejías provenientes
de quién sabe qué cielo.

Fue así como llegó
hasta mí el trino de sus alas,
el verde batir de sus ojos,
sus plumas engastadas
en la piel de una sonrisa.

Incansable, se derrama
sobre las palmas abiertas
de las hojas, con la voracidad
del llanto
de un delirio recién nacido.
Se entretiene jugando
a contar cada pliegue de las olas
y se empeña en traducir esas
conversaciones que en secreto
mantiene el viento con los recodos
más remotos de la tarde.

Anidaste en la rama de mis horas.

Picoteas la ternura
como quien comete un crimen
atroz y pasional. Y aunque
tu canto se escriba desolador
como los páramos de Comala,
de la tierra en la que siembras
universos,
cicatrices
y demás criaturas,
brota el árbol de las frutas
más deliciosamente prohibidas.

Vuela, ave libre...
Sé que no hay jaula
en la que quepan tus sueños.

No olvides que un día
anidaste en la rama de mis horas.
No dudes de que, entre
la fronda de mis incertidumbres,
hallarán siempre cobijo tus palabras
y tus silencios.

(23 de noviembre de 2011)


¿De qué serviría…?


Podría licuarme hasta el sollozo y engendrar
saturnos que devoren familias enteras...

Sin embargo, a fuerza de desfigurar a base
de patadas cada una de las letras de tu nombre,
comprendí que era una tarea inútil
intentar borrar tu rostro, tatuado
a fuego en la carne de mis huesos.

¿De qué serviría la cólera o la lástima
a estas alturas de la soledad?

(2008)


La silueta del fracaso


Reconozco esa figura, acaso sombra
de una sombra, que se oculta,
gris, opaca,
entre el indiferente arco iris
de viandantes. Su paso
lento, impreciso, conduciéndole
indefectiblemente hacia ningún lugar.
Ese gesto vacío,
ese rostro taciturno;
las ojeras violáceas hinchando unos ojos
que son espejo quebrado, descuartizado
en mil fragmentos cortantes
esparcidos con indolencia sobre el fango.

Ese hombre, acaso espectro,
recorre nebulosos laberintos en su mente
 sin hallar una salida. Unas monedas
en el bolsillo son la llave
para abrir una puerta; apenas una rendija
de luz difusa, una breve bocanada
de olvido acre: un trago de licor
que humedezca los páramos desérticos
del desaliento.

Habitante de las esquinas, eres
el agua empozada de un estanque
a cuyo reflejo empantanado tememos asomarnos.

Reconozco tu silueta recortándose
contra los atardeceres.
Las manos callosas y agrietadas; las uñas,
duras y sucias, como menguantes
lunas negras. La ropa
que cuelga imposible sobre tus carnes enjutas.

Vislumbras tu suerte en los ojos
de los perros callejeros, y tu dignidad
cae como espesas hojas
en cada otoño de tus esputos.

Las arrugas de tu rostro, hombre sin rumbo,
evidencian un destino que se nos torna
pesadilla, cuando ante tu figura
consolidamos la certeza
de que tu vida y nuestro azar
comen de la misma mano.

En casa te esperan
una botella de ginebra y tempestades
que revientan en silencio
contra las rocas de tu soledad, anegando
esa gruta donde ulula el cadáver
de lo que antaño fueron sueños.

Y es que cerramos los ojos ante la certeza
de que cada luz posee su sombra,
y el ocaso no distingue entre sus presas.

(2008)



Invernal

El atardecer prolonga mi sombra: lengua
que lame las aceras, buscando una esquina
en la que orinar sucios restos de soledad.

Este vaho gris que exhalan mis labios,
ajados por el filo de una sed perenne,
pertenece al cigarrillo consumido
por los pulmones de demasiados inviernos.

Me abrocho el abrigo y esputo una nostalgia,
que queda adherida sobre el asfalto, observándome
con la ciclópea mirada de una luna encharcada.

(2008)


Es suficiente

¿Por qué no ha de bastar,
sencillamente, con este nuevo amanecer;
el sol desperezándose e irrumpiendo
en las postreras grutas de las que
se descuelga, poco a poco,
la resina ya reseca de la noche?

Atrás, en la almohada, quedó el lamento,
el llanto de todo lo que pudo haber sido;
las astillas de un pasado que se clava
espinoso en la nostalgia, oculto
en las oquedades más inhóspitas
de la noche.

Hoy... hoy amanece de nuevo.
Las calles se limpian hoy
con los tiernos lamidos de esta luz
recién nacida, ahuyentando
a las manadas que acechan impías
en lo oscuro. Hoy estalla
una risueña sinfonía, bautizando
este nuevo despertar.

Y el clamor de luminoso júbilo
se funde con cada músculo,
cada nervio, con cada aliento
de este cuerpo que renace y abre
sus ojos, sus brazos, su pecho
y su azar a un día único, irrepetible,
que grita por ser saciado
hasta su último segundo.

(2008)




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