lunes, 20 de junio de 2016

"Lapsus Violeta" de Violeta Nicolás (por José Óscar López)



LA AVENTURA SALVAJE










Lapsus Violeta

Violeta Nicolás

Editorial Tigres de papel








Violeta Nicolás se nos presentaba con digestión idílica, un libro que revelaba a una creadora distinta y sorprendente, alguien que se hallaba embarcada en una búsqueda genuina y verdadera. Y esta sospecha se confirmaba al asistir a algunos de sus recitales, pequeñas performances hechas de poesía verdadera.


Ahora, Violeta se nos presenta con su tercer libro, lapsus violeta. Lo abre un prólogo firmado. por sus tres abuelas, como ella las llama, dos biológicas y una tercera que es una “abuela poética”. La primera de ellas, Ana García, dice de Violeta que es una mujer bonita por dentro y por fuera, pero que más allá de su belleza -hay muchas mujeres guapas en el mundo, dice- Violeta está también dotada de un carácter semejante al de su bisabuela, “que siempre llevaba un pequeño revólver de nácar en el tobillo y sabía cazar mejor que muchos hombres”. La segunda abuela, Eulalia López, declara sentirse por dentro tan artista como su nieta y nos recuerda las dificultades que han tenido siempre las mujeres para hacer cosas fuera del ámbito que para ellas estaba reservado, algo muy importante en tiempos en que muchos descreen de las reivindicaciones feministas . Y la tercera “abuela”, la gran poeta Dionisia García, nos habla del misterio, la ambigüedad y la emoción de la poesía de Violeta Nicolás, de la verdad y la belleza de sus versos.
Hay en Violeta, como digo, una autenticidad salvaje porque ella lleva a cabo tal asunción de una genealogía y, desde ahí, una indagación de la realidad de una manera valiente y personal. Desde el principio encontramos las ideas de esa genealogía –desde el mismo prólogo- y también de una identificación con lo que nos rodea, y la confluencia final en el amor, con los primeros versos del libro (en el poema “Arranques”):

Bañarme en el calor de mi sangre sin morir
Estar de pie dentro de un árbol
Planear por la playa al entristecer.
Partirme las uñas a llegar su nombre

Violeta Nicolás confirma en este libro que concibe la vida, como todo poeta verdadero, como una aventura continua en la poesía, y esta poesía como una indagación y un descubrimiento perpetuo  del mundo.
Podemos pensar en el  descubrimiento perpetuo del mundo en la infancia, y la inocencia de la mirada de la autora, presente con inusitada fuerza en su poética ya desde su primer libro, no elude la necesaria travesía por el desierto de toda madurez:

En el esternón entra el valor torpe
Que avanza hacia el tropiezo  
Que soportar años y guindas rojas
[…]
 A la orilla de arena de mi reloj roto
Amorosa, se envalentona mi lengua.

Escribe en “El centro del pecho”. Y en “El desierto ciudad”: ”Me quema el aire de la explanada adolescente”. Y hay también un desierto en los demás, como se nos dice en “Pequeña imperfección de una ceja más alta” (descripción de una fiesta o reunión de amigos):

El humo se funde en los ojos  
Detrás, mientras os oigo dentro  
Abajo, miradas telepáticas de rayo  
Más abajo, arritmia de la risa  
La soledad irreverente arqueó mis cejas  
Arqueadas en mi careta de serie,  
Desde que me reconocí en las superficies  
Siempre de espejo  
Siempre de arenas movedizas.
 
Toda corporeidad, así como toda historia del espíritu, tiene una genealogía. Y la genealogía es una aventura que hay que descubrir en uno mismo, repitiendo las costumbres heredadas para indagar en ellas y someterlas a necesaria crítica y revisión: solo así uno las descubre de verdad, y las hace de verdad suyas.
 En este último poemario de Violeta Nicolás hay, creo, la idea de una madurez como suma, como resultado inestable e inseguro, pero con la certeza de que la creación constante es la única madurez posible.
Escribía en su primer libro:

Tendrías que besarme,
Para desdecirte, para callarnos,
Y poder ser algo.

(“Besar a quien quieres / Mito de la poesía”)

Violeta Nicolás entiende la identidad como un proceso en continua construcción sobre las arenas movedizas de nuestro trato con los otros y con lo que nos rodea, desde el límite de nuestra propia materialidad, que marca “las yemas sangrantes de nuestras huellas digitales” (escribe en lapsus violeta) sobre lo físico y lo anímico: “Algo solitario y denso / materia por sí y en sí misma” (escribe en digestión idílica). Violeta regresa a su nombre como “lapsus” y se escribe en poemas, a través de percepciones abiertas, llenas de sentimiento y de un sentido tocado por la indeterminación contemporánea, desde una autenticidad salvaje.
Parte de este salvajismo se halla en la escritura de Violeta Nicolás, por ejemplo, a través de la presencia constante de los animales en sus poemas: así en “Casa para dos y una gata” o en las hormigas como metáfora de una lluvia que sumerge a la autora en la materialidad del ruido y el ritmo, la metáfora y la poesía, y la pura presencia del presente, en el breve poema “Bajo el paraguas”:  

Oigo el ritmo de gotas encima
Las hormigas me comen
Me dan lo que comen para que no muera.

Esta atención constante a la presencia animal enlaza con la piedad y la comprensión que ya demostraba en digestión idílica por una cucaracha. Ahora, en lapsus violeta, descubre en un gato ciego, mutilado por la crueldad del mundo (unos niños en su cruel inconsciencia), que “enfrente hay un mundo platónico cegador”.

Y hay también aquí saltamontes, como antes había cucarachas con las que Violeta firmaba armisticios de convivencia doméstica: son los “bichos” que fascinan en los juegos de la infancia, juegos que se prolongan en la vida adulta para determinar nuestra identidad. “El cuello se alarga hasta el iris del ombligo / Asomarse al asombro constante del cuerpo”, escribe Violeta.  No es raro que suceda en casa de los padres, hay allí saltamontes y también libros: “Los libros apilados son mis padres”, escribe: genealogía física y lectora, biología y espíritu. Sigue el poema: “Donde nos abandonamos a lo que se calla”, y es una intimidad sin palabras que Violeta trata de dar cuerpo en palabras, con su poesía, desde la ausencia de la infancia que constituye, y que construye, toda madurez.
En el caso de una madurez valiosa, como la que Violeta Nicolás apunta ya en su tercer libro, se trata de una ausencia activa. “La casa sin terminar”, se titula el poema. Y Violeta lo cierra con estos versos:

Si resisto es por la pompa donde me abrazan
La burbuja que reluce y nadie puede tocar”.

Lo que calla, lo que no puede tocarse. Como en el poema “Soy flash”, que es el último del libro pero que de alguna manera también es el primero, si el primer poema que leemos del libro es el que figura, como introducción a él, en la contraportada del volumen. Es el movimiento constante, el proceso, la aventura. Que vuelve una y otra vez a la corporeidad y las cosas, en la poesía de Violeta Nicolás.

Sumergirse en las cosas, leer las cosas:

Al girar la cabeza, despacio, leo,
Cada uno de los objetos de casa
[…]
A cada segundo leo, submarino.

(“Lectura interior”)

Pero también la corporeidad supone el silencio: así en “Adagio blanquecino”, donde ni cruasanes con nata ni albaricoques pueden llenar a la poeta, y todo está perdido, dice, “desde que no puedo hablar / Cualquier sonido cae y cae en la bilis”. Y en “Cuando parezco anónima”: “Sobre mi cara el barro, máscara / Para ser más bella y fugitiva / […] / ser ninguna frente al espejo”.

En este proceso de construcción de una identidad, Violeta apunta: “Repetir la norma ayuda a conocerse / la mímesis es necesaria para la normalidad / cuando sigo la norma entro en la coreografía” (En “El baile de zombies”). Hay, sí, la herencia familiar que le sonríe (“Cuando nazco, lo tengo todo”) y una sencillez entendida como riqueza espiritual, en el sentido en que la buscaban los poetas ascéticos, sean Fray Luis de León o los poetas vagabundos japoneses que escribían haikus; también pienso en el yoga y su lectura de lo material, que convierte el cuerpo en signo: los gestos de las manos, como el que ilustra la portada de este libro y de los que Violeta se sirve en sus recitales/performances.

El tema de la identidad regresa –si es que se ausenta alguna vez en la poesía de Violeta Nicolás- en el poema “Otra desconocida”, donde Violeta afirma que ella puede ser esa Violeta del pasado que contempla –¿en una fotografía?-, con la asunción de esa otredad múltiple de uno mismo en el tiempo. Y es que el cuerpo es el universo entero, en imagen que ya usaban desde Pitágoras a Borges, Platón o Baudelaire, y que según Francisco Rico acaso ilustre la historia intelectual de todo Occidente.


Escribe Violeta:

El pelo se enreda en el viento
Desde antes del universo órgano
Al fondo de la calle sin salida
El giro es hacia dentro, de vuelta.  

(“El mecanismo de las ruedas”)

Volver al cuerpo, así, es volver al mundo. Idea en la el siguiente poema insiste ya desde el título, “Olvida que a esa hora el mar era yo”:

En la playa el mar es mi reflejo
Me miras porque ves el agua
Quieres beber todo el océano
Aunque la sal dispare tu sed
Y estanque el corazón
Nada, solo nada.

 Vuelve el desierto, esta vez en la forma de un océano: ausencia total y abundancia total. También lo negativo se incorpora a la materialidad que asume la metáfora con su mecanismo de sustitución de lo real por lo imaginario, y que torna en secreto real lo imaginario (es el secreto de toda buena poesía). Igual que todos nosotros estamos contenidos en los pasos que damos, “los pasos que ardimos”, escribe Violeta.
Y escribe en “Brindis nocturno”: “Propago una sombra que quema, / Solo quiero destilar mi saliva / Solo quiero que la bebamos”. Y en “Magulladura”: “Evacuación de los habitantes de mi mente / desalojo de cada deseo aguado en los ojos”
Finalmente, tenemos la presencia serena pero imparable del amor; así en “Sin un fondo conocido”: “Tus ojos me vienen en caída libre / […] / Es imposible pararte”. Y en “Yemas dulces”: “Si pasas por mí, prendes para alumbrarme”. Pero el amor empieza y termina, y empieza, en la materia, que es siempre para Violeta también espíritu, y en la sangre, la huella de los dedos, también en “Yemas dulces”:

Sigue adelante hacia la caja de mi órgano
Donde las notas rebosan de nervio y néctar
Solo se oye mi nombre repetido.  

Yemas sangrantes  
Quiebran mi huella digital.

También el amor es reconstrucción de una infancia perdida; pero ahora, porque la hemos reconstruido con nuestra voluntad y desde nuestra madurez, es acaso más verdadera:

Al acercarme a darte un abrazo 
Haces el muerto en blanco
El bicho bola en bucle.

De nuevo los animales, los bichos de la infancia, y las lecciones que aún nos dan: “el perro que ordena por olores lo que teme”, y que intervienen en la identidad, la de la poeta en su propia actividad como poeta (esa “lengua gusano” que se repite en más de un poema) y en su misma identidad:

No os diré que merezco ser Violeta  
[…]
Un animal se aúpa.

Hay numerosos poemas dedicados, donde Violeta da forma al amor como comprensión del otro; hay poemas dedicados al marido, a la hermana, a su mentora literaria… Porque “uno necesita del otro para ser suficiente”. Encontramos, en fin, en la poesía de Violeta Nicolás, una aventura del yo a través de los demás y también de la materialidad pura del mundo, de las cosas más sencillas y del asombro perpetuo que el mundo produce en los poetas verdaderos como Violeta; la misma comida, como en digestión idílica (la comida, la identidad y la genealogía se mezclan cuando escribe: “Quiero ser otra hija canela”), y porque el cuerpo también es la comida que lo sustenta; y el cuerpo, ya lo hemos dicho, es imagen del universo:

Me pliego en lo que pudo haber sido  
Quién crees que soy sino tu cuerpo  
Sino el hoyo en la vía láctea chocolatada.

Pero finalmente hay la soledad del creador, la “materialidad rítmica”, con la que, de una u otra forma, trabaja todo creador. Porque en ese viaje de ida y vuelta e ida a los demás de la poesía y de la vida, estamos solos. “No insistas, tienden a perderse y a confundirse”, escribe nuestra autora. Llega la inquietud, las hormigas;  llega la lluvia, y la lluvia, escribe Violeta Nicolás, “solo cala a solas”. Y también:

Bailo la caída


Mi propio invento de la felicidad.


José Óscar López



No hay comentarios: