jueves, 2 de junio de 2016

OTOÑO EN LOS URALES de PABLO JAVIER PÉREZ LÓPEZ (por Amador Palacios)


Dimensiones evolutivas en la poesía de
Pablo Javier Pérez López








OTOÑO EN LOS URALES
PABLO JAVIER PÉREZ LÓPEZ
Olifante. Papeles de Trasmoz
Zaragoza, 2016.









Pablo Javier Pérez López ha publicado cuatro libros de poesía, a uno por año desde 2013; a saber: Oscuro Suave, prólogo de Carlos Chaouen, Madrid, Manuscritos, 2013; El misterio del oficio, frontispicio de Antonio Gamoneda, Madrid, Amargord, 2014; La orilla detenida, Madrid, Manuscritos, 2015; y Otoño en los Urales, Zaragoza, Olifante, 2016. Desde el punto de vista temático, tonal, léxico y estilístico, hay cierta homogeneidad en los dos primeros y en los dos últimos y grandes diferencias entre ambos grupos. El joven poeta Pablo Javier Pérez López, nacido en Valladolid en 1983, es doctor en Filosofía y autor de diversos y valiosos trabajos referidos al pensar poético, incidiendo asiduamente, de manera notable, en la relación entre poesía, filosofía y estética en la obra de Fernando Pessoa, el gran morador de Lisboa, ciudad en la que también lleva residiendo desde hace tiempo Pablo Javier Pérez.

Tanto en el inaugural Oscuro Suave como en el siguiente El misterio del oficio, domina el tema de cómo el poema se va revelando desde la experiencia a través de la palabra poética aún orientándose con vacilación. Maurice Merleau-Ponty, clarividente administrador de los lúcidos presupuestos fenomenológicos del sistema filosófico creado por Husserl, atiende a la percepción como elemento central en su teoría, una percepción corpórea que, acotada en el mundo, se ciñe a los vectores vivencia e intención. Percepción tan corpórea hasta el punto de que el filósofo desdeñaba el cielo, ajeno, para él, a todo análisis. Trasladando estas directrices al terreno poético, el poema, en el fondo, no es más que una toma de conciencia que, partiendo de una vivencia, se convierte en un objeto intencional. Lo que quiere decir, en la noción de mundo, establecer la unión de subjetivismo y objetivismo. En el poema se aglutinan dos elementos aparentemente antitéticos, como es la idea y, tomando un término de Merleau-Ponty, la carne: es decir, el sustrato invisible que, con la manifestación visible, quedan encarnados en la realidad del poema. El poeta Dionisio Cañas ha estudiado, como acreditado ensayista, valiosos segmentos de la poesía española, a la vez que su propia poesía, a la luz de esta percepción fenomenológica acuñada en la “mirada poética” que Cañas atribuye a la creación, cuyo resultado parte de que el poema pretende ser todo a la vez, y por esta razón, escribe Cañas, el poema “es mirada y pensamiento, palabra y silencio, cuadro y bosquejo del mundo”, asegurando, finalmente, “que estamos conectados con el mundo por medio de la mirada”.

Poemas de los dos primeros libros de Pablo Javier muestran palabras, como enseñas de esa constante mirada al mundo, experimentando con la intención de ser poema, palabras que “se aprietan, se pelean / se besan muy despacio / se abrazan, se rodean / se inflan y tras todo eso / nacen repentinas.” Esas palabras que miran al mundo y quieren devorarlo o esas palabras que reflejan un mundo formándose: “Éramos Voluntad. No teníamos enquistado el miedo, el por qué y la causa dolorosa, no sabíamos lo que era el tiempo”. En Oscuro Suave hay diríamos una búsqueda nerviosa por detener esa mirada para que el poema fructifique, o hay desazón por poner de una vez el pie en la alimaña. Esta última figura está tomada del Postismo y significa detener el nervio que inspira y concretar el lenguaje en el poema, mientras que esa alimaña ya no corretea sino que, expectante, palpita mientras el poema se va gestando. En estos primeros poemas de Javier Pérez hay muchos rasgos anticipatorios, solemnemente difusos engrandeciendo ese momento de ir revelándose el poema como, en lo oscuro, un revelado fotográfico. Dionisio Cañas ve en este proceso “un anunciarse algo y un no-mostrarse al mismo tiempo.” Esa actitud queda exhibida en la poética de Pérez López como ese sublime gesto quejumbroso, exhalado a la luz de la luna, sin articular palabras, precediendo a la palabra, al verso y al poema: 


fue necesaria una primera boca 

abierta al alimento extraño del ayer 
a la primera mañana desnuda 
un primer gruñido articulado 
bailando entre miradas extraviadas 
buscando recipientes en las cosas. 

            En su segundo libro, El misterio del oficio (obviamente el oficio de poeta), entra en juego un nuevo elemento en la prosecución por conformar el poema, y este nuevo elemento es el silencio. Un silencio más afirmador que el mero aluvión de palabras esperando la fijación exacta del poema, pero, igualmente, más intranquilizador que las palabras cimbreantes y sus desordenados ecos. “Mientras el silencio dure el poeta vive y tiembla. / Mientras la carne esté viva y tiemble el poeta llora / Mientras el poeta llore palabras el callado temblor”. Esta zozobra (la inquietud aflora en la epidermis de los propios versos) pone de manifiesto la confrontación entre palabra y silencio, entre palabra filosófica y silencio poético.
Interpretaba María Zambrano en su libro Filosofía y poesía que la filosofía es el logos puro, racional, que pretende la unidad, mientras que la poesía es ese mismo logos pervertido, irracional, aspirando a la actualidad, al tiempo fragmentario; y esa fragmentación del tiempo propia de la poesía se debe a los silencios que el poeta intercala en el poema; peligrosos silencios que condenan a la palabra poética al silencio total, o sea, al olvido; palabras condenadas como reos en la metáfora de este poema: “Allí van contra su voluntad, con miedo / las palabras por un sendero sinuoso / Van serias y de manos atadas / cantan como esclavos o jilgueros / suben el camino de regreso / pero hay algo de pena en sus miradas. / Morirán de miedo / antes del primer mordisco. / Las palabras se las lleva el tiempo.” En este libro hay contundentes signos que establecen la elección del objeto sobre la espera (“Prefiero tu boca a los relojes”), o la elección de la solidez de la palabra, que se va aproximando a la proposición como hecho, sobre su incierta y muda ausencia (“Prefiero tu voz a mis silencios”).

            Ahora, en La orilla detenida y el reciente Otoño en los Urales, dejando a un lado esa cierta prisa por ver conseguida la autonomía del poema que mostraban los dos poemarios anteriores, la percepción se asienta en serenas proposiciones, remansadas, seguras. Y este medido encaje proposicional convierte en nítida y admirablemente concisa la visión: 

Roble remojado junto al Tejo 

mi corazón de Castilla adentrada 
lucha cada día con tu melancolía 
balsa fundida en la vida 
pájaro atado a su cielo 
lucha eterna entre llegada y partida 
río incrustado en tu vientre 
mar que es cielo en la tierra.


Si Wittgenstein establecía, en la primera proposición de su célebre Tractatus, que “El mundo es todo lo que acaece” o “lo que es el caso”, así, estos nuevos poemas de Pablo Javier Pérez parecen proclamar que en el espacio poemático cabe toda la realidad, pues el poema se encarga de desvelar esa realidad, convirtiendo el mundo en realidad, sin olvidar que la realidad es más amplia que el mundo, pues si en éste sólo los hechos cuentan, la realidad está henchida de toda posible virtualidad. La mirada filosófica, analítica, sería una mirada al mundo y, por el contrario, la mirada poética abarcaría toda la espaciosa realidad. Y así se expande la viva realidad poética de la lisboeta Rua do Alecrim sobre la mera existencia de una calle de Lisboa llamada Rua do Alecrim

La Rua do Alecrim desciende 
hasta el río más antiguo del mundo 
donde hay una orilla habitada 
por Heráclito y Caeiro. 
Bajar al río primitivo y a su orilla. 
Inocencia del devenir 
para lavar el rostro y la pena 
lentamente
todavía.

            En un acto celebrado en 2003 en la sede barcelonesa de la Fundació “la Caixa” en el que dialogaban los poetas José Corredor-Matheos, Jaime Siles y Antonio Gamoneda, este último realizó una apreciación muy interesante precisando que la poesía no era literatura, “porque la literatura es representación de una realidad. Y no es representación porque la poesía misma es una realidad”. En el tiempo y en el espacio poético, como proclama muy sabiamente un verso de Pablo Javier Pérez López, “todo queda claro como un enigma”. Porque la poesía asume lo enigmático con tranquilidad, como fruto realista sujeto a una flexible condición de desplegar cualquier situación imaginativa. Ya lo apuntaba el poeta catalán J.V. Foix al advertir que él no era surrealista, precisando: “Si digo que cuelgan ciertas cosas inverosímiles de los árboles, resulta raro, pero podría ser así.”
            Los nuevos poemas de Pablo Javier muestran una saludable ironía. Saludable porque, en la distancia que la ironía establece, el ámbito autonómico gestado por el poema se enriquece. La ironía deslinda mientras que el humor amalgama. De Pessoa es quizá la mejor definición de la ironía, cuando el genio portugués declara que, gracias a la ironía, no se puede descubrir el segundo sentido del texto por ninguna de sus palabras, pero que, empero, ese segundo sentido se deduce del hecho de que el texto no puede decir realmente aquello que dice. En el corpus central de Otoño en los Urales encontramos el paradigma: “Creo en toda la nieve futura / En su belleza detenida / En las montañas invisibles / de este país serio como la risa.”. La cosecha de un viaje a Rusia (retratado el poeta en el frío otoñal de Ekaterimburgo) es un haz de sabrosos y, en un justo tono lingüístico, discretos poemas, que construyen un mundo altamente imaginario, independientemente del motivo real, estatuyendo la intransferible realidad del autónomo territorio del poema: “El frío no está en el tiempo / sino en la carne. / La infancia está en la piel / como una larva que reza. / La nieve sólo es feliz en primavera.” Desde el comienzo de Otoño en los Urales el lector se remansará en su discurso diáfano que, entrando verso a verso muy pautadamente, ofrecerá el profundo gozo de la lectura gracias a la adecuada tensión entre concepto y expresión amoldándose en justas cláusulas: 

Tantas bocas cerradas unto al cementerio 

¿quién no le abre la boca al destino? 
¿quién no planta un árbol en el ojo de la muerte? 
¿quién tiene agua para los tranquilos? 
Hay que hacer un río en el reloj de los desesperados.

Quizá podamos aventurar, finalmente, que sucesivas entregas de Pablo Javier sean, por un lado, compilaciones de sus poemas escritos en portugués (pues ya ha publicado varios en esta lengua), siguiendo la rica tradición, tan conocida, de un Gil Vicente o un Camoens, o, entre los contemporáneos, un Gabino-Alejandro Carriedo; y, por otro, tal vez pronto veamos también un libro suyo enteramente armado en poemas en prosa que aparecen en todos sus libros salvo el último, Otoño en los Urales, concebido más bien como un cuaderno sin la espaciosa extensión de los otros. En el poema en prosa podemos afirmar con total seguridad que Pablo Javier Pérez López es ya verdaderamente un maestro. En Oscuro Suave, su primer libro, hay en el último poema, en prosa, auténtico dechado de potente imaginación y atractiva fábula, una frase que es el muy logrado meta-aforismo: “El aforismo, ese pequeño abrazo profundo de varias palabras.”



AMADOR PALACIOS


1 comentario:

Angel Guinda dijo...

¡Agudísima, exhaustiva, certera reseña!