miércoles, 22 de junio de 2016

"Severo revés" de María del Carmen Herrera (por Rosario Guarino)







Severo revés

María del Carmen Herrera

Lastura






Severo revés, segundo poemario publicado de María del Carmen Herrera –el primero, Bitácora, apareció en 2013-, es desde su primer verso una búsqueda vital en la que la palabra actúa como brújula y a su vez una especie de ciclo de eterno retorno, de muerte –no sólo física- y vida, del que es un anticipo la cita de Oscar Wilde que sirve de preámbulo a los poemas: “For he who lives more lives than one/ more deaths than one must die”, y del propio título, un perfecto palíndromo, en el que se adelanta ya el gusto de la autora por los juegos de palabras de los que son abundantes los ejemplos a lo largo de las setenta y siete páginas que lo componen.

Formalmente el diseño de portada refleja en una acertada fotografía de gran fuerza conceptual tanto el título como el contenido del libro. El cristal roto en el que se refleja el zapato de tacón, la imagen proyectada en el espejo, aparece recurrentemente en distintos versos, como en “Madre”: ...en la que conocí tu odio/ descansando en ese espejo.... y rompí el espejo /con los gajos de tu hielo, “El ojo del remolino”: ...como a través de un cristal sucio/ el futuro/ mira la soledad del camino... “, “El fracaso de Narciso”: ...mientras veo el vértigo/ del remolino/ en el fondo del espejo, o “Pasadizos”: ...merodean los camellos/ la sed el agua/ los espejos el desierto.

La primera palabra, “Salgo” muestra ya la actitud activa de la autora, que lucha y vence, que “atraviesa el instante”, o se queja de que “no logro atravesar este grito/atascado/en el bolsillo”, que va de la inmanencia al anhelo de permanencia y de perpetuidad, de la búsqueda del origen (como veíamos en “Filiación”), a la voluntad de cambio, no sólo con respecto al futuro sino incluso en relación con el pasado, como en los versos finales de “Imposturas del recuerdo”: reconstruyo ese momento/ le cambio el final./ Me imagino.

La idea del recuerdo como un engaño de los sentidos está presente tanto en el poema recién citado como en “Viejos ritmos”: Vuelven recuerdos/ formas gastadas de autoengaño...
También los cuentos son puestos en cuestión, como en “Final con sordina”: ...te cuento/ que se ha acabado/ el cuento...

Y la mentira, en “Familia”: ...Mi padre/ siempre nos mentía/ siempre./ Mi hermano/ hace lo mismo/ con sus hijos... y en “Madre”: ...desde entonces/ no creo en los cuentos/ que tú cuentas/ desde entonces/ sé que las brujas/ siempre triunfan en tus finales/ y es que de tanto morir/ vivo/ y sobrevivo/ a todas tus maldiciones...
La búsqueda del origen con cierto toque existencialista –en ocasiones casi nihilista- está presente desde el principio. En “Filiación” nos dice: cosmogonía tras cosmogonía/ milenio tras milenio/ capa sobre capa/ una metáfora cubre el vacío./ Eva/ en ajena África/ late/ late/ en la sombra del origen/ amanece la especie, y en “Génesis”: Hay en las series/ algo de retorno idiota/ malversado del origen.

La vuelta recurrente al pasado queda patente de un modo especial en “Déjà vu”: Vuelvo al pasado [...] Todo se repite/ doblegando lentamente/ mi intolerancia/ mostrándome la servidumbre/ como destino/ un día y otro/ y otro.

Las palabras, aparentemente sencillas y sin pretensiones de Severo Revés, encierran en ocasiones una fina ironía sobre un tono general reflexivo, con claro predominio de la melancolía y de la conciencia de pérdida, que sin embargo no impide la búsqueda constante e infatigable. La enfermedad, la muerte, el desengaño, actúan como obstáculo y a la vez como acicate, y el miedo, omnipresente, carece del poder y la fuerza necesarios para inmovilizar a la poeta, que avanza siempre: hay un sitio de brumas/ donde no entro/ donde me he vedado entrar (“Inconsciente”). En “Viejos ritmos” el dolor del adiós y su desgarro, con los que se inicia el poema, contrasta con el final, que evoca la risa y la alegría. Los verbos pasan de la perífrasis de obligación (tengo que) a la voluntad (quiero, necesito): “Tengo que decirte adiós/ desde adentro/ desde lo más profundo [...] Quiero guardarte en una fiesta/ en esa carcajada gigante/ del mediodía/ en una azotea de la ciudad de México/ necesito creer que alguna vez/ te reíste desde adentro./ ¡Vive en la risa!

La autora se muestra como una auténtica prestidigitadora de la palabra, y, como decíamos, son abundantes los juegos de palabras e incluso los neologismos. Buen ejemplo de ello es el término Onirocromo, que da título al primero de los poemas, o Psico marketing, como reza el de otro (donde además nos muestra su postura frente al consumo desmedido, como en “Sociedad de consumo”), o bien otoñazo en “Adagio en no bemol”: el verano se marcha/ a rastras/ a tientas/ a otoñazo.

Estos juegos alcanzan también a expresiones que invierte, introduciendo un elemento sorpresa que distorsiona y al mismo refuerza el mensaje. Así lo podemos ver en el título “Adagio en no bemol”, o en el último verso de “Escribir”, a ratos y a ritos.
En las ocasionales referencias a la Antigüedad grecolatina y al rico venero de sus mitos (así el poema “El fracaso de Narciso”, y con mucha más profusión en su anterior poemario, ya mencionado, Bitácora), se aprecia un afán por actualizar esas y otras alusiones, más o menos explícitas, lo cual en mi opinión constituye un gran logro, pues indirectamente sirve de vehículo de transmisión de cultura y conocimiento a un público que no siempre está familiarizado con tales referencias, pero puede llegar a estarlo movido por la curiosidad. Se presta por lo demás la obra a una lectura a distintos niveles que favorece el acercamiento de un público amplio y variado.

En el poemario se presenta además la poética particular de su autora y aparece como protagonista inexcusable la palabra, acompañada en múltiples ocasiones por la música, que es también un elemento imprescindible, y así se muestra en títulos de poemas como “Adagio en no bemol”, ya mencionado, “Final con sordina”,  “Musiquitas” o “Viejos ritmos”.

“Génesis” recuerda, no sólo en el título, al comienzo del Antiguo Testamento, cuando precisamente en el libro del Génesis se dice que Al principio era el Verbo: Estaban allí las palabras/ listas para nombrar/ a punto./ Las mentiras a resguardo...
En “Musiquitas”: Encuentras el dolor/ en el fondo de la palabra/ buceas/ encuentras la llama perdida/ en el fondo de la palabra/ te entregas a ese mar/,¿Puede la poesía/ asomarse a tanto abismo?/ [...] ¿Puede la poesía abrir su mirada/ ante la espesura de lo inmeso?/ Flanqueadas por las dudas zigzaguean las palabras/ de fondo líquido...

Bajo el transparente título de “Escribir” vuelve la poeta a hacer de la palabra una fiesta: Festejo el advenimiento/ de la palabra/ como una niña/ que recupera/ un amado juguete viejo...
También se da la autorreferencialidad: “todo está dado vueltas/ordenadamente/ aunque el adverbio/ sea un tropezón poético.

La primera persona y la presencia ocasional de un interlocutor, que con frecuencia es sólo imaginada o recordada, dan dinamismo al poemario.
“Daguerrotipos” es una concatenación de antítesis y oxímora que desemboca de nuevo en la imposibilidad del encuentro una vez que la distancia ha marcado su frontera infranqueable: Puedo llegar/ pero ya no estás/ ni me esperas.

Otra constante es la lluvia –incluso el granizo-, evidente metáfora, de la que ofrece hasta ocho versiones en el poema “Versiones de la lluvia”, o en el último, homónimo del título, “Severo revés”, donde se nos presenta una lluvia al revés, o en el pleonasmo de los versos finales de “Road movie”: ...no hubo resguardo/ para protegerme/ mientras tanta lluvia llovía, o en “Adagio en no bemol”: No sé si es la lluvia/ o septiembre que te arrastra... o en “Imposturas del recuerdo”: Estábamos allí sentados/ frente a la lluvia que caía indiferente..., o en el sublime “Cita ciega”: ...con el temblor que produce la tormenta/ me aferro a este presente/ que ya no te incumbe...

La ausencia es una presencia continua, como en “Tortilla de patatas”, donde una situación cotidiana, tan bien reflejada en el título, evoca la imagen del amante anhelado y presumiblemente perdido.
La parte final del libro, bajo el significativo y sugerente título de “Aporías del vértigo”, recoge cinco “zumbidos” que son caminos sin salida que invitan a adentrarse en ellos, como el vértigo llama al abismo.

La práctica ausencia de puntuación es un detalle llamativo, y acentúa el dinamismo que mencionábamos, lo cual revela el virtuosismo de María del Carmen Herrera, ya que no es nada fácil hacer avanzar la argumentación sin obstáculos y al mismo tiempo sin atropello. La escritora interpela al lector, al que primero conmueve y acto seguido invita a la reflexión sobre lo escrito.


La evocación de lugares (París, Sicilia, Ouro Preto, México, Buenos Aires...) y momentos únicos, y también de sentimientos (el afecto, la ira, el odio, la tristeza, el miedo -con sus variantes el horror y el pavor-, el desamparo,...), así como las referencias a realidades tan comunes y aparentemente prosaicas como las redes sociales (así en el ya mencionado “Cita ciega”, mi preferido entre todos: ...busco una foto del campo de amapolas/ ese detrás de nuestra casa/ hago una esquela/ y con la herida abierta/ los cuelgo en el féisbuc/ no sé cuánto dura el adiós/ con tanta distancia/ no puedo llegar a despedirte/ aunque suba a todos los aviones...), hacen de Severo revés un crisol de vida en el que, parafraseando a Terencio, nada de lo humano es ajeno, y al que merece la pena asomarse y ver más allá del espejo, “al fondo de las cosas/ al centro de lo inespecífico”.  

Que les aproveche su lectura, que recomiendo vivamente. Estoy segura de que la disfrutarán.


Rosario Guarino


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