viernes, 10 de junio de 2016

"Y una sospecha, como un dedo" de Francisco Layna Ranz (por Luis Alonso)







Y una sospecha, como un dedo
Francisco Layna Ranz

Amargord Ediciones, 2016

           







He perdido la cuenta del número de veces que he hecho el intento de escribir algo sobre este libro de Francisco Layna. En todas ellas he abandono a los pocos minutos, apenas en la tercera o cuarta línea. Y ello no es debido a que sea esta una poesía hermética  o desalentadora sino a todo lo contrario: a la abundancia de los frutos, casi que al exceso de ofrecimientos y de incitaciones. Hay tanto en este libro donde poner los ojos y extender la mano que no sabe uno por dónde empezar. Pero, de todos modos, lo voy a intentar de nuevo, tal como reza el título de uno de los poemas.  Entrar  en él –como en cualquiera de los 49 restantes- es algo semejante a adentrarse linterna en mano  en un templo con tesoros aún no saqueados, con tumbas sin profanar. Algo así.  

De todo hay en ese poema: “hélices azules y enfermería”, “la gran guerra del catorce”, “manzanas ácidas”, canciones, enfermeras, “amputado talco”, alguien que entra y “descorre visillos” y al herido le “sopla entre las cejas” en otro idioma. Hay espacio más que suficiente en el poema –y aire, y luz, y agua fresca–para quedarse uno muy a gusto en él durante todo el tiempo que dure este artículo (o lo que sea) y asistir, por ejemplo, al silencioso sacramento en que ella “se lava la voz y las piernas en los pequeños manantiales del aire.”

Si yo fuera más prudente que codicioso, me quedaría en esa estancia todo el rato, señalando aquí o allá con la linterna, tratando de desvelar secretos, esclareciendo sombras, averiguando. Aunque la tentación de expoliar es demasiado poderosa y me lleva casi de puntillas de un poema a otro, quedándome apenas con brillos sueltos, ráfagas, reflejos… tal que extraídos de una vidriera hecha añicos. Y así, como profanador de intimidades, avanzo en la oscuridad por esos claustros, subo y bajo por sus versos escalonados en busca de algo que me desvele o desafíe, como quien buscara el placer en el riesgo de oír “cerrar los candados, y ese algo que ha caído te dice que solo extramuros los días despuntan.” Pero aquí, intramuros de este libro, los hallazgos te salen al paso como frutos o pensamientos al alcance de la mano, “a medio camino entre el azúcar y la tristeza.” O bien, se dejan oír “el roce de la lana./ El agua./ El alimento./ El vaho.” Cosas menudas o elementales.

Aunque también hay, por fortuna, palabras no alusivas, como la “luz previa al relámpago”,  o sea, “dar con la palabra, encontrarla,/ y después acudir a otro poema.”
Está casi todo aún por ver, por recibir la visita de la mirada que pasa el plumero y algo hurta al pasar como quien no quiere la cosa; por ejemplo: “Es un gota a gota, constante como segundero eterno, que colma la paciencia de los mares.”

Se confrontan de nuevo dos tentaciones, la de seguir adelante y la de volver atrás, a lugar seguro, confortable, pero ante este dilema “no hay solución, tan solo continuidad.” Y poco antes o después, el poeta se hace la pregunta de la vieja sospecha acerca de “si cualquier principio es una continuación.”
No seré yo quien haga aquí juicios de valor –“no, no, no, no, no, no”–, no tengo tiempo ahora para eso, ni autoridad, ni conciencia limpia; me limito a inventariar los bienes: aquí una cornucopia, un vitral esmaltado, un san Jorge, “notorios los cuervos entre las tumbas”, en Nueva Inglaterra,  de “gemelos, muertos el mismo día, a un año de su nacimiento”, el 24 de septiembre de 1855.
Acelero el paso de la mirada entrelíneas para arramblar con todo lo que brille en lo oscuro, pero, de pronto, “¡Ah, la belleza!”, esa “catedral majestuosa, como decía Rilke” que todo lo vuelve perdonable. Asimismo descubro que un lunes de julio, en Vermont, justifica el deseo de ver crecer a Elia “entre las más hermosas fuentes”.

Se está haciendo cada vez más tarde. Ya casi no queda tiempo ni apenas luz para tomar nota de que “la perfección es una expectativa”  y acto seguido asistir, de oyente, a una clase en el “331 de Bicentenial Memorial Hall.”

En fin. Entrar a saco en este libro de cien páginas tiene la promiscuidad gozosa de lo orgiástico, sí, pero también es cierto que la avaricia no puede con la melancolía restante, con lo que queda por recoger, por ser apetecido. Leer así tiene algo de sacrílego. Pasa uno por un poema y la mirada arruina limpiamente el edificio, lo profana. Y de paso se encuentra con el hecho consumado pero desconcertante de que “no obedece a ningún designio que algo suceda y algo no.”
 
Me temo que se me ha echado encima la noche. Así las cosas, con las prisas de última hora, ¿dónde dejar las “fresas recién cortadas”?  ¿Qué hacer con el axioma “nunca nieva donde se grita”? ¿Dónde poner la vista “como quien oye llover”? ¿O acaso es preferible cerrar el libro y esperar en silencio hasta ver “rozar la aurora la limadura del relente”? 
Ya solo resta ver aparecer el último suspiro, justo antes de que salga en pantalla The End: “Final, fin, definitiva sonrisa previa a la nada.”

Yo ya he cumplido, he saqueado la abadía a manos llenas.  Ahora te toca a ti, lector: “Es tu turno.”


Luis Alonso



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