viernes, 1 de julio de 2016

EL PALPITAR DE LA VIDA de MANUEL GUERRERO CABRERA (Jesús Cárdenas)








EL PALPITAR DE LA VIDA

MANUEL GUERRERO CABRERA

Cuadernos del Laberinto







¿Qué cabe en Las salinas del aliento? Cabe el palpitar de la vida, nada menos. Después de tres conjuntos de poemas (El desnudo y la tormenta, Loco afán y El fuego que no se extingue), Manuel Guerrero Cabrera (Lucena, 1980) ha construido, en esta ocasión, un mundo poético, dedicado a Malena. Pero Malena no es sólo un nombre de tango, es un tango de vida, lo que permanece en la tormenta, el resultado de aquel «loco afán» y de ese «fuego inextinguible», el ser del que jamás se separará, su hija.


El título de este libro, bien editado por Cuadernos del Laberinto, es, realmente, el resultado de una dicotomía. De una parte, nos traslada al campo de los recuerdos infantiles; y por otra parte, la incertidumbre y el sufrimiento; el primer aliento, la sal que atrae a la memoria, y que, conduce, al sujeto poético nostálgicamente a transitar por las marismas de sus años infantiles. Los sentimientos encontrados en ese tira y afloja puede deducirse ya en los sintagmas antitéticos de los títulos de las secciones: «Pena de bandoneón», «Desangelado el cielo» y «La sal del recuerdo». 

La vida se va haciendo lentamente, pero la caprichosa incertidumbre, que, en estado latente estaba oculta, surge y termina quemando en el interior. De súbito, las incógnitas van minando al ser que se enfrenta por vez primera a la paternidad: «Ecografía. / Corazón delator. / La nueva vida». Las dudas ante el porvenir «Muy poco a poco /me va matando /preocuparme/ por un futuro» o «que me alivian la esperanza de que expiren mis días» -dirá más adelante-.

La angustia se va haciendo cada vez mayor (se ha vuelto una montaña de sal) cuando se pregunta por las crecidas horas de sueño. Al sujeto poético le duele «la herida de la vida», «porque sí», muestra de que sus poemas están hecho al calor de la intensidad. Se imagina lo peor «Dicen que mi hija no podrá bailar tango (…) Es el aliento del mal de la esperanza». Pero, a pesar de las dudas, el sujeto poético piensa que, con la fe, saldrá adelante.

Esa lucha se traduce en la lengua poética a través de un código literario y lingüístico acerca de la existencia, lo que manifiesta un cambio radical en la interpretación de su vida, que el poeta lucentino plasma en el papel. Entonces, los versos palpitan como luces ardiendo. Entre los recursos mejor empleados, destaca la metonimia. La muestra de vida que el poeta desea la encuentra en los ojos («Cuando tus ojos, /pupilas vírgenes, /sin saber que miraban, me miraron…» -dirá- u ojos comparables con el «refresco de la vida»). Son los ojos de Malena, pero, de igual modo, pretende escudriñar en «las pupilas de Dios», como busca el desesperado de tanta incertidumbre, arañar breve luz por escasa que fuese.

El poeta es «Homo Viator», por lo que no teme ningún lugar (Niágara, Halong, Tokio…); el pavor se hace de nuevo patente, el miedo a que las cosas no vayan bien, el «pánico» del «papá de Malena». La esperanza vuelve como gato arisco.

Pero el amor a su mujer, la pasión por la literatura y la música irán descomponiendo ese paisaje oscuro, ese «Tú no estás» que provoca que el sujeto no se sienta con fuerzas ni ánimo para trabajar, cuyo guiño irónico, los «poetas del día a día», es muestra del escaso reconocimiento que la sociedad tiene de la poesía. La metapoesía es otro de los motivos recurrentes del lucentino. Incide en la reflexión sobre el oficio del poeta y el verso trata de la propia construcción del poema, evidente en «Esta no es mi voz». El poeta, reacciona como Blas de Otero, busca los ojos de Dios y lo exculpa de la responsabilidad humana. El pasar del tiempo, muy presente, haciendo daño: «La fuerza del árbol de mi senectud /se quiebra ente aflicciones y desánimo…». El eco del tango y su tono melancólico («esa pena de bandoneón») está muy presente, por ejemplo, en la mención a «Elena Tortolero», nombre artístico de Malena Toledo, inspiración del letrista Homero Manzi, admirado por el poeta. Asimismo se cita a dos cantantes (Barry White, ese que apareció alguna vez en los Simpsons, artista de soul) y Armando Manzanero (bolerista mexicano). Ahí, el sujeto poético se torna blando como las hojas en otoño.

Fue Ángel González quien dijo en un verso «Dios existe en la música». Los versos de Manuel Guerrero componen gracias a la disposición del acento rítmico la armonía, la belleza musical. Se nota que aprendió de los mejores. Algunos de ellos están presentes en las citas literarias: el alejandrino de Rubén Darío, la expresión sencilla, y a veces cómica, del prologuista del libro, Luis Alberto de Cuenca o de Antonio Sánchez, la originalidad de Dolors Alberola, la lucha entra la realidad y el deseo cernudiano, alguna metáfora de la pasión de San Juan o de Shuntaro Tanikawa (el mismo que le trae a Sevilla), la moldura japonesa del senryu y su poder condensador, y un largo etcétera, del que algunos de los presentes formamos parte. La lectura así, sirve de «retroalimentación», los buenos versos siempre se nutren de más versos.

Las salinas del aliento es un libro escrito en apariencia sencilla y de tono realista, como ya lo hiciera, entre otros, Ángel González, poniendo en tela de juicio las comunes maneras de ver la realidad. Estas perspectivas poco comunes de ver la realidad las emplea de forma irónica para comunicar o reflexionar sobre un tema (la sociedad, la poesía, nuestro mundo) y halla mecanismos superadores de dichas realidades mediante el distanciamiento irónico de la realidad que todos vivimos, donde son cauces frecuentes la desolación y la desesperanza. Como dice Juan Carlos Mestre, «la oscuridad habita los suburbios de la belleza».

En suma, la poesía de Manuel Guerrero Cabrera hace de Las salinas del aliento, uno de esos libros que hay que leer, porque nos conmueve y agita y sacude en cada verso. ¿Acaso lo más hermoso no es reconocer la paternidad? Como afirma el poeta y crítico valenciano, José Antonio López-Amor en su reseña se trata de un «libro luminoso, sincero y agradecido».


Jesús Cárdenas Sánchez





JESÚS CÁRDENAS SÁNCHEZ (Sevilla, 1973) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla, profesor de Lengua castellana y Literatura en Educación Secundaria. Es autor de Algunos arraigos me vienen (XVI Certamen de Poesía «José Mª De Los Santos», 2005), La luz de entre los cipreses (2012), Mudanzas de lo azul (2013), Después de la música (2014) y Sucesión de lunas (2015). Logró premio en el Concurso Internacional de Poesía Latin Heritage Foundation, Washington (EE UU), 2011 por el poema 'Días grises' y ha sido finalista en varios certámenes.


Ha colaborado en diferentes revistas literarias (Aldaba, Amsterdam Sur, Saigón, Arena y cal, Ariadna, El Ático de los Gatos, Palabras diversas, etc.).


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