lunes, 29 de agosto de 2016

Rosa María Hernández Navarro, vida hecha palabras


Rosa María Hernández Navarro, 
vida hecha palabras


De lo relativo del tiempo han hablado filósofos y poetas, y es tema cotidiano, junto con el de la climatología, especialmente cuando no se sabe bien qué decir, o como lamento nostálgico por una época que pasó o personas que fueron importantes en nuestra vida y por un motivo u otro no están más en ella.

Rosa María Hernández Navarro se fue al Azul hace ya seis meses –la Parca nos la arrebató prematura y precozmente el 19 de Enero de este 2016, apenas cumplido el mes de su fatal diagnóstico, cuando aún no había cumplido los 49 años-, y sin embargo sigue aquí presente, en cada cerveza, en cada risa, en cada rayo de sol...

Vuelvo de un viaje a mi Barcelona natal, a la que regreso a menudo y que hace 13 años visitamos juntas –me dijo entonces que quería conocer el barrio de Gracia, y allá que fuimos-, y me encuentro con el Ángel de nieve, antología de poesía erótica que acaba de salir a la luz en la editorial Playa de Ákaba. Una extraña mezcla de sensaciones me recorren al ver mi nombre justo encima del de mi Rosa Hernández en la contraportada del volumen –nos separa el “Suicidio” de Miguel Hernández García, y nos reencontramos seis páginas después. Me pregunto si a ella, tan poco amiga de fanfarrias y saraos, le agradaría figurar, aunque quiero pensar –y en verdad lo intuyo- que al menos no le disgustaría. Al fin y al cabo, como ella reconoce en el preámbulo, a instancias mías y de Cipriano Torres, común amigo, inauguró su blog literario en abril de 2013, superando el pudor por desnudar el alma en un escrito.


A mí me alegra compartir con ella y otros, como María Lago Núñez o Miguel Arranz Peiró, o la propia antóloga, Teresa Oteo, un libro en el que confluyen distintos acercamientos literarios a Eros y sus artes, y secretamente confío en que anónimos lectores lo disfruten. Como disfrutarán, sin duda, quienes se sumerjan en la lectura de los dos libros recientemente publicados por Linalva Ediciones bajo mi cuidado, De profundis Rosae y Eros 2 8.

“Pescar” muchos de los relatos y poemas que a lo largo de tres años habían sido echados a la mar de internet por Rosa en su blog “De profundis”, fijar el texto, buscar un orden, corregir erratas, dar título a los volúmenes y a algunos de los textos –cosa que ya había hecho, a petición de la propia escritora, en más de una ocasión cuando aún compartíamos confidencias y más de un “ángelus”: la vida, en fin-, recuperar muchas de sus pinturas (algunas basadas en fotografías previamente hechas por mí), volverlas a fotografiar pasadas por el tamiz de sus pinceles, a través de su mirada, e incluirlas como ilustración de portada en De profundis Rosae (su “Índigo” fue ilustración de portada de mi Palimpsesto Azul, publicado por Raspabook en 2014) o de digno acompañamiento de sus palabras, tanto en este como en Eros 2 8, ha sido una tarea laboriosa que ha tenido mucho de catártico; muy dolorosa, pero siempre gratificante.

En dos ocasiones sus amigos y familiares hemos rendido público homenaje a su memoria. La primera, el 1 de mayo en La Postiza, a la que Rosa dedicó uno de sus relatos incluidos en De Profundis Rosae, residencia de artistas y espacio privilegiado para actividades creativas ubicada en La Cueva -muy cerca del lugar donde Rosa nació y se crió, en el pueblo de Las Lumbreras al que ampara, desde el cerro donde se yergue, el Corazón de Jesús más conocido como “santo de Monteagudo”- amablemente puesta a nuestra disposición por su propietaria, Belén Conesa, gestora cultural, diseñadora y fotógrafa; la segunda ocasión fue el Salón de Actos del MUBAM quien acogió, el 15 de junio, la lectura dramatizada de algunos de sus textos por parte del grupo de teatro leído del que formo parte, Canna Brevis. Dos de sus componentes, Juan Soriano y Santiago Delgado, dedicaron en su momento sendas entradas en sus respectivos blogs a las obras póstumas de Rosa.

El primero de ellos adelantaba en primicia en el mes de mayo el contenido del primer libro, en su blog, “Senda de voz sorprendida”, que puede leerse en el siguiente enlacey dedicaba una preciosa crónica a la lectura de la selección de textos por parte de Canna Brevis a que acabo de referirme.

Las de Santiago Delgado, a manera de reseña, recogidas en su blog “Oficio de escribir” quedan reproducidas más abajo, comenzando por los setenta y siete relatos intimistas de De profundis Rosae, que se adentran en sus profundidades personales y nos muestran reflexiones sobre la vida y la amistad, sobre el pasado y el futuro, sin olvidar el día a día, fielmente retratado en unas páginas en que está presente el candor de la infancia, la espontaneidad de lo genuino, pero también, por qué no, el escepticismo y la ironía, a veces incluso un deje de amargura. “Banalidades”, llama ella a estas composiciones, rindiendo homenaje a las nugae de Catulo, pues Rosa, al igual que yo, se licenció en su día en Filología Clásica en la Universidad de Murcia, y este fue otro de los muchos y poderosos lazos que nos unió y contribuyó a que se forjara entre nosotras una amistad inquebrantable, a la que la muerte no podrá poner fin.
Eros 28 es una celebración del amor en sus infinitas manifestaciones, como sugiere el símbolo sombreado que se superpone a ese 28 que para ella era tan significativo, en la que, como en la anterior, deja su impronta y es testimonio fehaciente de la forma en que entendía la vida.
Sirvan las palabras de Santiago Delgado, de las que las mías no son sino humilde heraldo, de dignísimo marco que hace resaltar aún más si cabe el innegable valor literario del legado escrito de Rosa Hernández, aere perennius.  Sinceramente creo que hubiera sido pecado dejarlo perderse en el olvido.

Rosario Guarino 



La vida, desde el corazón contada: 

De profundis Rosae, de Rosa Hernández

La mitad, aproximadamente, de la vida humana -medida en términos estadísticos- es proclive a la primera memoria. La distancia temporal respecto de la infancia ha dado lugar al primer posado válido de los recuerdos. También es el tiempo más propicio para mirarlos con el criterio de comprensión más humano posible. Acaso el óptimo. Quien esto escribe, en tales frentes inició su andadura literaria.
Rosa Hernández, de la mano de su amiga Charo Guarino, nos ofrece, póstumamente, este fresco manantial de recuerdos de infancia y adolescencia. Acaece el grato suceso en la Murcia huertana del medio siglo pasado. Un aquí, más rústico que urbano, y un ahora preindustrial, en los que pasamos de la sonrisa al asombro, y del asombro a la valoración de la autenticidad bien perspectivada. Una mirada femenina y crítica –¡también humorística!– nos lleva desde la ternura de una noche de tormenta con niños y goteras, hasta la grata novedad, social e histórica, de la excursión motorizada a la playa, en domingo estival. Un traslado familiar más parecido al deambular por geografías del yermo de una familia nómada de otros tiempos, que a otra cosa. La redención para todos del avistamiento marino, inolvidable. La sonrisa, más que la risa, y la primacía siempre de lo sensible e inocente sobre cualquier escenificación de lo pintoresco, hace florecer la verdad.
Por eso, el libro De Profundis Rosae tiene también algo, o mucho, de testimonio. Y es un testimonio, que, aun dejando constancia de las diferencias de clase, no ahonda, para nada, en la solución panfleto. Porque, ante todo, es una Historia del Corazón, como acaso diría Aleixandre de poder haber leído el libro.
Rosa Hernández se fue a los espacios de luz, apenas habiendo empezado a gozar de una madurez literaria muy estimable: la que orbita en el propio interior, por el camino de la memoria. El libro, bien mirado, es una gestión personal del famoso adagio del Oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”. Rosa se reconoce en aquella niña que todo lo miraba y anotaba sin saber que lo anotaba. Como nada sabe la semilla que se gesta dentro de la flor fecundada, de que un día será árbol.
La Huerta de Murcia, en sus confines con la alicantina, la tierra de Miguel Hernández y Julián Andúgar, tiene ahora su prosista: Rosa Hernández. Y aun también su tercer poeta. El libro termina con un apéndice en verso y estilo claro, que sigue hablándonos, bien que en otra clave, de aquel paraíso perdido de escasez, que no penuria, emigración y sentimiento familiar entrañable. Y es, después de leer a Rosa, que sabemos que aquella querencia vecinal y hermosa, alcanzaba a los limoneros, a la acequias, a los frutales e higueras, y a las pandillas de chiquillos libres, con la naturaleza amparadora y la intemperie a la puerta de casa.
Rosa Hernández fue publicando sus textos de ontológicos recuerdos; esto es, esencializados en su alma de recia ternura y sentimiento veraz, en un blog de Internet, que les daba el aire universal, aún extraño para la mayoría, de lo virtual de pantalla y teclado. Hoy, el papel obra el milagro de haber ascendido a la realidad tangible, desde su origen virtual. Charo Guarino, compañera de andanzas por los mismos lugares de autos y de calendas cronológicas, con la hermosa paciencia de quien mucho ama, los fue componiendo en libro. Agotó imprentas, cansó sus propios ojos en correcciones y acoplamientos, y logró este suceso impar de legarnos todo este tesoro de letras y de humanidad, de testimonio afectivo y de retrato de época, que es el presente libro; escrito, como bien dice el acertado título de Charo, desde lo profundo del alma: De Profundis Rosae.




Erotismo femenino, hermoso y natural. 
Eros 2.8, de Rosa Hernández

Históricamente, o aún más desde la misma Prehistoria y tiempos casi geológicos, el goce sexual de la mujer fue anatema según el punto de vista del varón. Imbuido de un exclusivismo tan absurdo como estéril, no admitió, en principio y aún hoy en muchos casos, la evidencia del éxtasis femenino. Incluso, para mayor abundamiento, ahí está la ablación del clítoris en algunas culturas. Naturalmente, la evolución de las ideas en Occidente, y de las costumbres empezó a cambiar las cosas. Se pasó por una etapa vergonzante: se reconocía, pero se contaba con la prudencia femenina a la hora de evidenciar el goce. Hoy, afortunadamente, la sexualidad femenina, al menos en gran parte de las sociedades avanzadas, se reconoce y se manifiesta. Incluso ese aspecto cultural del sexo que es el erotismo, abarca, por fin, a la mujer.
Rosa Hernández, al igual que asumió en su día cosas como beber agua para saciar la sed o sentarse si nos cansamos, advirtió que el sexo estaba ahí. Y que era un aspecto más de la comunión en profundidad con el ser amado, ya fuese efímero o no. Amar incluye amor. Y viceversa. Amor incluye amar. La piel de la pareja, sus órganos sexuales, los abrazos libidinosos, y toda la parafernalia de la relación sexual aparecen en este libro de autobiografía profunda de la autora, de sus vivencias de goce y de la interiorización, que no intelectualización, de sus recuerdos amatorios. El cine ha supuesto -Rosa lo demuestra-, una escuela no pasiva en el aprendizaje del erotismo. Antaño lo fueron coplas cazurras y obscenas.
En forma de prosa y verso, Rosa derrama sus querencias del cuerpo masculino, al que describe con la voluptuosidad y apetencia que el eros inverso casi únicamente había ideado en dirección contraria. Y si para algunos ojos lectores aún es piedra de escándalo, en realidad no es sino testimonio de naturaleza, realidad y sinceridad, tres valores a los que cualquier persona tiene derecho. Faltaría más. Como los “Pepes” de la fémina de algún cuento que otro lo demuestran fehacientemente.
Con todo, en el libro, ilustrado por la misma autora con la misma firmeza y vigor con que escribe, se advierten tres espacios literarios. Los primeros cuentos son los más explícitos de cuanto llevamos dicho aquí. Luego, un intermedio misterioso, en el que un viaje nocturno nos vela los datos secretos y sagrados de una “liaison dangereuse” que imaginamos, más que conocemos. El erotismo explícito se hace más profundo y, por tanto más verdadero, en tanto que asimilado al Ser, en los cuentos últimos del ramillete. Y se hace más calmado y sintético, pidiendo a susurrados gritos la complicidad del lector en los poemas.
De lo tangible a lo encriptado, el erotismo de Rosa Hernández libera a la mujer de sus posibles miedos, y devuelve al hombre su natural condición de “cuerpo del deseo”. Nos hace a todos moneda completa, con cara y con cruz, porque el erotismo es natural y es humano. Es de todos, y convivimos, en un nivel u otro, con él. Y así como el cerebro y los derechos son de todos por igual, esa celebración de todos los sentidos en uno solo, que viene a ser el erotismo bien entendido, ha de ser también de todos: hombres y mujeres. Mientras no sea así somos caras únicas de una moneda que no puede ser, existir en la realidad, si no se completa.
Tal es mi lectura de Eros 2.8; un libro que rompe el velo, el tabú de la sensualidad femenina como exclusivamente pasiva. Ya lo hizo Safo, claro. Pero bien está que tenga epígonos, con la letra y los sentires de hoy.


 Santiago Delgado


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