jueves, 15 de septiembre de 2016

20 CON 20: DIÁLOGOS CON POETAS ESPAÑOLAS ACTUALES (por Natalia Carbajosa)




20 con 20: Diálogos con poetas españolas actuales

Rosa García Rayego y Marisol Sánchez Gómez (eds.)

Huerga y Fierro, 2016.






Recoge esta antología una muestra de veinte autoras nacidas entre finales de la década de los 50 y mediados de los 80, sin que se advierta, dada la profusión de poetas de cierta solvencia que coexisten en la escena literaria española contemporánea, ningún criterio específico más allá de la propia declaración de intenciones de las compiladoras, ambas expertas en poesía escrita por mujeres: “20 con 20 no es una guía de lecturas obligadas para estar al día poéticamente hablando, ni pretende fijar un canon estético. Como antología, nuestra selección es un intento de ofrecer un mapa de lecturas que aspira a dar visibilidad a unas poetas que nosotras consideramos esenciales y a reforzar la presencia de otras ya establecidas en un momento en el que la poesía escrita por mujeres se manifiesta con gran dinamismo en nuestro país.”

            Más allá de dicha declaración, el eclecticismo estético que la antología presenta se manifiesta desde la misma biografía de sus participantes. Así, nos encontramos con autoras, con independencia de la edad, que han publicado muy poco, y otras que lo hacen a un ritmo incesante; de formación autodidacta, o bien académica, esta última normalmente asociada a la docencia y la traducción; de perfil discreto, o notablemente activas en los círculos artísticos nacionales e internacionales; publicadas en editoriales pequeñas e independientes, o en las consagradas. Todo lo cual confirma, felizmente, que el camino para llegar a la poesía es muy variado y que, si bien la formación reglada, a priori (que no necesariamente) suele ayudar, no hay carrera ni currículum que valgan ante la verdad desnuda del poema, cosa que todo poeta sabe. En este sentido, me han resultado especialmente elocuentes las poéticas de las autoras que, por voluntad o por circunstancias, permanecen alejadas de la escena canónica: “[…] sólo me interesa realmente el acto de escribir”, afirma Isabel Bono, relegando el acto de publicar a un segundo término y ubicando con sencillez el quehacer poético en su día a día; “Me he acostumbrado a la intimidad de un caracol dentro de su concha,” refiere Mercedes Escolano, defendiendo el ensimismamiento que le es más propio al poeta que su figura pública; “suelo desconfiar de los que transforman la poesía en un estilo / forma de vida,” concluye Ana Patricia Moya.

Por otra parte, entre las poetas vinculadas con el mundo académico, afloran reflexiones que revelan hasta qué punto el estudio de determinadas disciplinas ha desembocado en una mayor conciencia de la poesía como modo de estar en el mundo; en otras palabras, los conocimientos teóricos se han puesto al servicio de la voluntad de describir un concepto (la poesía) que, en sí mismo, es imposible de describir. Los ejemplos abundan: Graciela Baquero, filósofa de formación, habla de “una casa a la intemperie,” eco de aquella casa del ser del lenguaje; Aurora Luque utiliza la traducción de los clásicos como “palestra para la poesía;” en clave postmoderna, Eva Gallud confiesa que la poesía puede ayudarnos a ver “que la decadencia es hermosa y que nada ni nadie está aquí para perdurar;” digna discípula de Hélène Cixous, Miriam Reyes subraya la importancia del cuerpo como punto de partida para su escritura; Sandra Santana hace una hermosa extrapolación de la poesía a la pintura, tan cercanas ambas en la obra de muchos creadores; Tulia Guisado alude veladamente al postestructuralismo: “Todo es signo y símbolo de otra realidad. La poesía es un vehículo para acceder a ella;” Laura Casielles pone el dedo en la llaga del sexismo no consciente en la transmisión cultural: el “peligro de una historia única;” Martha Asunción Alonso hace un guiño a la habitación propia de la que hablara Virginia Woolf. Sin embargo, tenía que ser una gallega, Isabel Fresco, la que aportara una clave esencial en la poesía que parte de todo territorio de rica tradición oral: “El trasfondo gallego me es esencial, no en lo visible del folclore y los estereotipos que con él se relacionan, sino en una especie de sintaxis antigua y estoica que nos/me define.” También Raquel Lanseros, de un modo más general, alude a la tradición inherente a la poesía, al ser ésta “una traducción en palabras de nuestra propia alma tanto individual como colectiva.” En esa “alma colectiva” está todo el fluir, efectivamente colectivo y anónimo, de la “palabra en el tiempo” de Machado que es la poesía.

Las poéticas, pues, nos introducen en un primer nivel de lectura indispensable para entrar en el universo poético de cada autora. Asoma prácticamente en todas ellas la irrupción de la poesía en el mundo virtual y las redes sociales, así como la pertinencia, o no, de un volumen de poesía sólo de mujeres. Es Ana Patricia Moya quien le pone voz al sentir mayoritario a este respecto: “[…] la sensibilidad poética no es especial en un sexo u otro: distinto es que el sistema esté controlado por medios masculinos.” Si a esta observación, que refleja una realidad palpable, se le añade el consabido peligro de una historia única, claramente sigue teniendo sentido una obra de estas características: “[s]iempre en el fondo late un problema de poder,” escribió Olvido García Valdés en una poética, aludiendo al control de los canales de difusión literaria por parte de los hombres. Respecto a lo segundo, el testimonio de García Valdés es igualmente inequívoco: “En ese mundo imaginario en el que se suprimen las distancias y donde uno entra y sale con entera libertad en aquél o aquella a quien lee, Artaud era yo, Pavese era yo; pero Alejandra Pizarnik o Virginia Woolf eran yo de otra manera. Es esa sensación originaria, que no puede mentir, la que me ha ido haciendo ver la trascendencia de la poesía escrita por mujeres, porque me parece que algo sustancial cambia o amplía o modifica el mundo.” Se puede llegar a esta conclusión por intuición, por supuesto, o bien tratar de fundamentarla teóricamente. En ese sentido, las antólogas aluden en el prólogo, aunque sin extenderse, a “la irrupción del orden semiótico” del que hablara Julia Kristeva, entre otros recursos definitorios, en su indefinición, de la poesía escrita por mujeres.

            “Cuando no escribo / me siento muerta,” comienza el poema “Inspiración” de María Luisa Mora, con esa tajante afirmación de tintes rilkeanos. Esta conexión entre Mora y el gran poeta alemán me ha hecho pensar en (o triangular con), a su vez, la poeta canadiense Rachel Rose. En su artículo “Cartas a una joven madre que escribe,”[1] Rose se atrevía a bajar de su incuestionable pedestal al autor de las “Cartas a un joven poeta”, quien, como tantos otros artistas, dejó en el camino a su familia por perseguir su vocación con completa libertad. Está claro que al artista no se le puede exigir ser un probo padre de familia; pero las mujeres poetas, en su mayoría, no sólo se afanan por combinar el mundo artístico y el familiar, sino que del segundo extraen inspiración para el primero: también eso (sobre todo eso) suele diferenciar el bagaje de la escritura de ellas respecto a ellos. Sirvan como ejemplo los versos finales del poema de Martha Asunción Alonso que cierra la antología, “No es verdad,” perfecto colofón o corolario a la rica diversidad de planteamientos que el volumen ofrece:

                        Porque la poesía,
                        igual que los sepulcros de cristal o ser mujer,
                        no será nunca un don.

                        No nos hace más nubes, ni más madres,
                        ni ha de encontrarnos siempre
                        trabajando.

                        A menudo nos halla
                        menstruando, acariciando gatos sucios.

                        Sacando la basura.

La poesía se convierte así, para muchas de estas autoras, en una puerta de vaivén entre su circunstancia y su deseo de escribir, tal como reza el ya archisabido lema, no por ello menos adecuado, de lo “personal y político.” “Así escuchas las cosas de tu vida como el maullido de un gato al fondo del jardín,” leemos al respecto en el poema “Gatas pariendo” de Guadalupe Grande; “Arde esta piel y esta palabra,” escribe Ana Vega desde una concepción testimonial de la poesía; “Al cerrarse los libros / comienzan a escribirse las historias,” declara Virginia Cantó. Desde esta y otras premisas, los temas abordados son legión. Está el elegante erotismo de Miriam Reyes; la mirada al mundo infantil, acaso tamizada por la influencia de Gloria Fuertes, en Ana Merino; el desenfado con que Sandra Santana ofrece versiones burlescas de los cuentos infantiles; la revisión de los mitos y patrones literarios canónicos en Isabel Fresco, Aurora Luque, Laura Casielles y Raquel Lanseros, otorgándoles una narración femenina de la que la mayoría carecían; los versos minimalistas y sugerentes de Vanesa Pérez-Sauquillo; el mundo animal, instintivo, de Tulia Guisado; el surrealismo de Isabel García-Mellado… obviamente, quien esto escribe, tiene sus preferencias. Mas en todas las autoras, sin excepción, he encontrado un dominio lingüístico y una voluntad de indagación y renovación que las hace dignas de figurar entre estas páginas.

Como es propio de la época, la mayor parte de las poetas escribe en verso libre. Sin embargo, Virginia Cantó se atreve con el soneto; en cuanto a Isabel Fresco y Aurora Luque, se ciñen en gran medida al verso endecasílabo y al alejandrino, imprimiendo a sus poemas un aire clásico dentro de la modernidad en el tratamiento de los temas. En el caso de Luque, autora consagrada, la precisión semántica y prosódica produce pequeñas piezas que rozan la perfección. Algo parecido sucede en el bellísimo poema de inspiración latina “Julia espera, encinta, las primeras lluvias” de Mercedes Escolano, en mi opinión, una de las cumbres de la antología.

Para concluir, quisiera volver a María Luisa Mora, poeta de singular intuición poética, que en su poema “La sombra” escribe lo siguiente:
           
            […] la sombra sigue y sigue,
            con su voz sin voz diciéndome que vivo
            una vida prestada que es la tuya;
            de la que, tarde o temprano,
            se apoderará sin un escrúpulo.

Al leer estos versos, no he podido evitar recordar los del poema “Después de la muerte de alguien” del poeta sueco Tomas Tranströmer: “Aún sigue siendo hermoso sentir el latido del propio corazón. / Pero a menudo la sombra se siente más verdadera que el cuerpo.”[2] En ambos poemas late la idea de la muerte, que a su vez no impide la celebración de la vida. La poesía, es cierto, no entiende de fronteras, ni sexo ni edad, por ser “alma colectiva” e impersonal. Esto es así, y no resta validez al juicio de García Valdés sobre hasta qué punto en la poesía escrita por mujeres “algo sustancial cambia o amplía o modifica el mundo,” por ser también cada poema el sueño hecho palabra de un alma individual.

En cualquier caso, sólo quien lea estas páginas con atención podrá sacar sus propias conclusiones. Mientras tanto, nuestras poetas siguen aprendiendo “la levedad del pájaro” (Laura Casielles), asumen las contradicciones del oficio (“Pero yo sólo escucho los ladridos. / Incluso cuando salen de mi boca. // Nada sé de poesía,” en Vanesa Pérez-Sauquillo), y eligen cada día la poesía como “el lugar donde levantar una casa y vivir” (Tulia Guisado). Una casa que a toda criatura acoge e invita. Sean bienvenidos, sean bienvenidas.

                                                Natalia Carbajosa





[1] Incluido en el volumen Double Lives: Writing and Motherhood, Shannon Cowan et al. (eds.) Montreal: McGill-Queen’s UP, 2008.
[2] Traducción de Roberto Mascaró. 

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