viernes, 30 de septiembre de 2016

CERCANÍAS, de Jorge García Torrego (por José Baena Baena)






CERCANÍAS

Jorge García Torrego


Baile del Sol, 2016










Cercanías… pues claro. Ya desde la cubierta, en imagen y título, Jorge García Torrego nos invita a jugar. Yo, sin dudarlo, le acompaño en su juego: lunes, siete de la mañana, estación de Atocha, andén número cinco; sostengo este libro y por un momento mis pestañas abandonan su complejo de manta para mis ojos fríos. “Ay, mira, qué buen libro para leer en el tren”, escucho el murmullo burlón de unas chicas que pasan. Es fácil reconocerse. Los convoyes arriban con su estruendo de riada metálica, abren sus puertas. Acepto la invitación y accedo a mi tren con el viaje de Jorge entre las manos. Me quedo de pie, equilibrando la inercia del trayecto casi sin darme cuenta, absorto en el vagón de letras que sujeto. Seis ventanas tachonan su costado y por ellas miro.



En ese primer compartimento, como una revisora coleccionista que acumula billetes rotos en su descanso para el refresco, está la muerte. En ella, nos dice Jorge en el primer poema, “se deshacen las vidas como aspirinas sagradas”. Y me despierto de golpe. Poemas de tiempo y sal, reza en la puerta, y aquí se encuentran ya todas las claves de Cercanías. El paso de un tiempo que me lleva de la infancia en la que me levanté hasta el trabajo cercenasueños al que me dirijo, la testuz de los pasajeros doblegada por un yugo invisible o no, el recuerdo de mi casa y mi niñez ya lejanas, los despertares, la frustración, la hermandad, el miedo, todos asoman su mirada al cubículo del tren de Jorge que sostengo en mitad de mi propio tren.

A pesar de ese primer verso bofetón todavía bostezo, pero según avanzan las páginas mis ojos se sacuden como perros bajo la lluvia: “Mi tiempo y mi hambre luchan a muerte y soy el único pan, el único campo de batalla”, “¿En qué moneda de tu salario se esconde el plomo?”, “Nosotros somos la sagrada humanidad despertando de la siesta y encontrando sangre entre las sábanas”. Es fácil reconocerse. Reconozco a Jorge luchando con el tiempo que pasa y lo desbarata todo sin dar nada a cambio más que a sí mismo. Luchando contra su propio avanzar mientras la muerte mira y sorbe su Coca-Cola. Y en mitad de esa lucha veo que es la sombra de Jorge la que queda enzarzada con su tiempo, mientras él abre la puerta y se dirige al siguiente compartimento.

Miro por la segunda ventana y le veo entrar en carne y ser. Es un habitáculo repleto. Allí hay un chico con tres carreras que no sabe que este tren no va a Sanchinarro sino a Alemania. Allí hay una niña empapada que se refugia en las faldas de su madre y reza porque el tren no se hunda antes de llegar a la costa. Allí un hombre ensimismado ha entrado en el túnel, un túnel diferente esta vez, sin percatarse de que lleva aún su coche a cuestas. Allí una mujer también, parece balancearse, pero en realidad tiembla. Jorge se funde con ellos, encuentra un hueco entre todos, y se despliega. Él sabe que ese hueco no existe, que el aire es el mismo que respiran todos, y sus palabras lo pueblan para hacerlo patente. Por un momento cada ocupante de este vagón deja de pensar en lo molesto que es tener a alguien ocupando su espacio, carne con carne, cerca, tan tan cerca que no se distingue, y con las palabras de Jorge en oídos y ojos, se reconocen. Sí, es tan fácil reconocerse. Ahí están las cercanías de este libro, en la mirada de quien desdobla el cuello, quien lo desyuga, y encuentra unos ojos que albergan la misma ilusión arrugada. Pero no solo pretende Jorge Torrego hacernos conscientes de la trampa. Agita el aire, sí, para zarandearnos, “Recuerdo cuando mirábamos cómo se acercaba el invierno y queríamos juntarnos. ¿Conoces a alguien que enseñe latín y los relámpagos de la tierra?”, mas su verdadero propósito es evidenciar que la niebla que nos cubre no ha estado ahí siempre, que no basta despertar y abrir los ojos. Es necesario reaccionar: “el capitalismo te sopla la nuca en la fila del supermercado…” y te pregunta si quieres bolsa. Una bolsa para tu cuerpo y tu alma, “cuánto vales, qué tienes para mí en este combate a muerte”. Esa misma muerte mano a mano con su Coca-Cola. Allí nos deja Jorge, en sus Poemas de calle y ladrido, agitados, despiertos, incómodos, mientras él progresa al siguiente departamento y yo, con los ojos, le sigo.

Yo tengo una pierna llamada Miraflores y un brazo olivo de Torrelaguna, dice el niño Jorge al entrar por la puerta. Le responden sus recuerdos, el descubrimiento del amor y la amistad, el milagro de conectar, de saberse parte. Aquí dentro las vivencias de Jorge flotan en forma de poemas y componen un mapa. El mapa de su niñez, la inocencia y los hallazgos. Sus pueblos como la forma más pura de cercanía y de limpia mirada. El niño es la patria. El hombre Torrego mira al niño Torrego y quiere ese niño para todos los hombres. Un niño que alarga su mano hacia el mundo y lo reclama. Y el mundo es una promesa que no se esfuma. El poeta nos muestra su casa, y nos hospeda, y nos convida: “La casa como refugio, islote en medio de la tierra, paredes de hueso propio. Una revolución es ampliar la casa e invitar a los amigos […] Aquí donde escondemos el tesoro. Donde somos tesoro poco a poco”. Allí, al cobijo de ese mito niño que no sabe del futuro, solo del presente anchuroso que le lleva adelante y todavía merece la pena ser vivido, dejo a Jorge, y alzo la vista en una pausa para descansar los ojos.

Mi tren sigue allí, anodino, llevándome uniforme y parsimonioso. Pero algo ha cambiado. En mis dedos ya no hay libro. Los pasajeros son perfiles grisáceos, neblinosos, vapores ajenos más sin rostro incluso de lo que acostumbran…menos dos. Aquellos dos refulgen. Ella lee las páginas blancas de un libro que se compone a medida que él, al otro lado del pasillo, sin apartar los ojos de la extraña tan nítida, escribe poemas en su libreta. “Tirarse, y quedarse a vivir debajo del mar, como en los mejores sueños de los náufragos”. 

PRÓXIMA ESTACIÓN, PERNAMBUCO, anuncia la voz de lata sacándome de mi ensoñación, y todo vuelve a su sitio. “El amor es encontrar un hogar salvaje y desconocido”, reza el libro en mis manos, iniciando la última parte del viaje: conocerse, alejarse, reencontrarse; tres paradas de una misma vía circular, el amor. No miraré esta vez por la ventana, para dejar intimidad a los amantes, pero sí haré notar las pruebas de su paso:

Nosotros no hacemos el amor,
            hacemos solo un trozo, una hamaca, un refugio contra
la lluvia y el frío.
El amor entero es tan rápido que nadie lo ve, que
que nadie puede despeinarse con su viento.


Porque el paso del amor, su acontecer, es crucial en este trayecto que me ocupa inserto en el viaje de Jorge. La vida, una matryoshka touroperadora. Y según avanzan las estaciones, según van cayendo las ropas, los telones, las lascas, a medida que me adentro en el vientre de la tierra y de esta muñeca viajadora, surge en mí una idea. El viaje de Jorge, el mío, el de cualquiera, es una lucha contra la propia lejanía, en lo alto de un vehículo que se mueve, véase, el propio ser, el cuerpo propio, peleamos contra la distancia de todos los que hemos sido, luchamos contra la propia perdida, llámese quien la provoca capitalismo, alienación, madurez, tiempo o muerte. ¿Cómo permanecerse? ¿Cómo combatir el propio desvanecer? ¿Cómo si no creándose?

Dos son las herramientas con que Jorge García Torrego cincela su autocreación. La primera, evidente, la poesía. Con ella él asimila un mundo gris y lo transforma, lo llena de asombro, el suyo a través de la palabra. La segunda, este amor que sube  y baja y triunfa en la parte final del libro. Frente al deshacerse paulatino el amor es la salvación, la maravilla última (Ella “se hace un moño y lo convierte en asterisco”), la cercanía suprema.

Pero no es el amor aquí un fin meramente. Porque el viaje no tiene término, la vida es un medio para seguir adelante, y así el amor de Cercanías concluye en un fruto poema final: el hijo. El niño mito es la victoria definitiva contra la lejanía y la muerte, contra el propio acabarse: “Solo un niño manchado de barro y risa. Mi mundo de palabras escuálidas y olas de carne y voluntad para hacer un niño salvaje y bello. Ser el canalón por donde la lluvia caiga y levante su curva fértil de aprendiz del mundo […] Tener un hijo como quien tiene un sueño. Dejar de ser yo para que él pueda ser. Hacer lo contrario a multiplicarme, dejando que se escurra por los huecos de mi tiempo.

De ensoñación en ensoñación, igual que comenzó, el juego termina, y estoy de nuevo en el andén, el mío esta vez. Próxima estación, CALASPARRA, TRANSIBERIANO, EL TREN DE LA FRESA. No sé. Capta mi atención el silbato de un tren que parte. En el último vagón, apoyado en la barandilla, un niño sostiene un libro. Un niño mito tan real como pudiera serlo, que mira la calavera ojerosa de un Jorge García Torrego feliz y exhausto. Un niño que, con las propias palabras del autor, “mirará mi calavera y pensará que es una caracola”.

                                                                  
     José Baena Baena




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