sábado, 24 de septiembre de 2016

EFRAÍN BARTOLOMÉ: LA POESÍA DIVINA EN LA TIERRA (por Ignacio Ballester Pardo)


LA POESÍA DIVINA EN LA TIERRA



No es posible tocar el corazón humano
sin mancharse de sangre.
Efraín Bartolomé, Música lunar, 1991 (2015: 92)

: en cada uno de tus pechos dejó la dulce Noche
sus huellas digitales.
Efraín Bartolomé, El son y el viento, 2011 (2015: 57, 171)



Es un privilegio escuchar de cerca a uno de los poetas más importantes de México. Gracias, Sara, Carmen y Noelia, por la oportunidad de presentar su reciente libro Cabalgar en las alas de la tormenta (Balduque, 2015) en la Librería Pynchon&Co. A continuación presentaré muy brevemente al poeta, su obra y la antología amorosa que acaban de editar en España.
            Efraín Bartolomé nació el 15 de diciembre de 1950 en Ocosingo, Chiapas. Estudió psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde ha coordinado talleres de poesía, entre otras instituciones. Es traductor y colaborador en diversas revistas (Cuadernos Hispanoamericanos, Revista de la Universidad de México o Periódico de Poesía, por ejemplo). Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA) y ha sido galardonado con múltiples premios nacionales e internacionales, entre los que destacan el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes en 1984 por Música solar, el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 1996 por Partes un verso a la mitad y sangra o el Premio Internacional Latino Arts 2001 otorgado por la Mexican Heritage Corporation.
            
Ignacio Ballester 
Aunque la crítica define a Bartolomé como autor de un poema largo, único, en constante crecimiento, el chiapaneco comenzó venerando la naturaleza salvaje en Ojo de jaguar (1982), libro que cuenta ya, de momento, con doce ediciones y que tuvo «su sombra negra» en Ciudad bajo el relámpago (1983); es decir, si en el primero cantaba la belleza animal, en este lamenta el daño ecológico de Ciudad de México: «La Venus de las Cloacas». Música solar (1984) es un tacto, un cuerpo, sentido por otro. En cambio, Cuadernos contra el ángel (1987) es el encuentro con la muerte, la ausencia. Música lunar (1991) asciende a las voces que solo el poeta tiene la capacidad de oír y compartir; Cantos para la joven concubina (1991) observa; Partes un verso a la mitad y sangra (1997) exprime; El son y el viento (2011) suena; Avellanas (1997) concentra. Parte de estos libros los reúne ahora la Editorial Balduque en una antología amorosa: Cabalgar en las alas de la tormenta. Eléctrica. Carnal y etérea. Divina, pero terrestre. El poeta mexicano nos muestra la fuerza expresiva y la capacidad para transmitir el único valor humano que conecta y permite el resto, al resto: el amor.
            Juan Domingo Argüelles prologa Agua lustral. Poesía, 1982-1987 (1994), libro disponible en la Biblioteca de la Universidad de Alicante. Según el texto de Argüelles («Efraín Bartolomé: hacia la poesía esencial»): «esa labor en la fragua existe, porque uno de los aportes de Bartolomé a la actual poesía mexicana es el rigor, la búsqueda de perfección, el rechazo al facilismo y a la incoherencia, el no otorgar concesiones a nadie porque él mismo se las prohíbe» (15). Su lenguaje está depurado. Nos lo ofrece límpido para que choque con nuestras imperfecciones.
            
Cabalgar en las alas de la tormenta (2015) plantea el ritual atávico de la escritura. Soren Peñalver firma el prólogo «El gran dios Pan ha vuelto»: su «poesía brota cual venero proteico de todos los acentos y culturas existentes (también de las que ya desaparecieron)» (8). El epílogo «Un vates que cabalga en las alas de la tormenta» es de Noelia Illán Conesa, quien destaca las sentencias con las que terminan sus poemas y prosas:

Acertado en la estructura y en el fondo de cada uno de los poemas, hay algo donde nunca queda en duda su capacidad creadora: los finales. Es como el aullido del lobo en mitad de la noche, como el estruendo del rayo, como la tormenta que se abate sobre nosotros (197).

Efraín Bartolomé domeña la lengua que vibra y degusta la palabra en su plurisignificación. Cuadernos contra el ángel (1987) disloca la paronomasia narrativa:

[...]
(Me sabe a verso el beso de la mujer que amo
Me sabe a verso el vaso en que me bebo
Me sabe a verso el vicio de mi vaso
Me sabe a vicio el vaso en que buceo)
[...] (43)


Noelia Illán e Ignacio Ballester

El título que da nombre a la antología que presentamos es una serie de sonetos de Cantos para la joven concubina (1991) Dice así «Cabalgar en las alas de la tormenta».

Raya en el agua  líquido destello
Ardiente raja y sol que la calcina
Rosa de lumbre   prodigiosa mina:
acopio de sortijas tu áureo vello

Fuente de luz hacia la cual mi cuello
como obediente girasol se inclina
La sangre que se enciende y se amotina
víctima del Deseo y su atropello

Mi llama tiembla al tacto de tu frente
Mi voz pronuncia el fuego de tu aroma
Mis manos tocan fondo   Raro idioma
dorado de tu pubis             Tibiamente
encuentro con mis labios el rizoma
que empieza a palpitar     húmedamente (108).

La emoción es la mejor de las provocaciones. Necesaria y rizomática. En el poema anterior la sangre quema al descender un cuerpo por otro cuerpo hasta la unión. Los versos sangrados, separados, ilustran la distancia a la que se encuentra el sujeto poético en cada estrofa. Y es que Efraín Bartolomé enriquece las formas de decir de otro modo lo mismo (que diría Bonifaz Nuño). En sus Avellanas (1997), el chiapaneco ofrece algunos ejemplos de los haikus aforísticos que tanto está atrayendo a los jóvenes:

«Mujer»

Viajar en ti
quiere decir
quedarse (193).

Cabalgar en las alas de la tormenta dice lo que a todos nos gustaría sentir y expresar con la punzante y eléctrica concisión del poeta chiapaneco, capaz de concentrar en poco más de dos verbos la mejor experiencia amorosa: «Vengo de estar en ti» (30), nos confiesa en «Comunión de silenciosos». 



Me enganché a leer a Efraín Bartolomé hace unos años, cuando Carlos Ramírez Vuelvas, también poeta mexicano, lo leía con tanta atención. Meses después, durante mi estancia doctoral, me encontraría en la biblioteca de la UNAM con un libro enorme (en todos sus sentidos): Ojo de jaguar. El primero de muchos. Gracias.



Ignacio Ballester Pardo



*Fotos cortesía de Pedro Villar Sánchez.



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