domingo, 11 de septiembre de 2016

LITERATURA Y CINE: "La comedia de la filantropía" (por Anna Montes Espejo)


La comedia de la filantropía



“What the world needs now is love, sweet love
it's the only thing that there's just too little of”.

“On ne voit bien qu'avec le coeur. L'essentiel est invisible pour les yeux”.
Antoine de Saint-Exupéry, Le petit Prince



Bob & Carol & Ted & Alice (Paul Mazursky, 1969) es una película donde no se pueden olvidar las conjunciones que muchas traducciones del título han obviado. Pero no solamente la conjunción coordinada copulativa “y” funcionará en un primer nivel básico y hasta risible hoy en día. La unión, para serlo completamente, siempre debe ser más profunda que la sexual.

Si las amistades siempre influencian, la de Woody Allen, como podréis imaginar, debe ser extremadamente perjudicial, así que compadeceremos muy contentos a Mazursky. Aunque en el caso de Paul y Woody, tal vez más que de “influencia” podríamos hablar de afinidad. Los personajes de esta película, si hubieran vivido en Nueva York —California es un reducto execrable de sol, playa y basura en todos sus sentidos, recordemos Annie Hall (1977)— bien podrían haber sido dirigidos por Allen.

Pero viajemos a Los Ángeles, y a su pseudo-aristocrática industria del cine, en la que encontraremos al director de cine Bob (Robert Culp) y su esposa Carol, interpretada por una siempre joven Natalie Wood, que parecía recién sacada de la también polémica Esplendor en la hierba (Elia Kazan, 1961) pero a la moda de los ya casi 70. Estética que sabrá aprovechar Mazursky, e incluir, aunque sea en segundo plano, en las elegantes y alborotadas fiestas a las que acuden las parejas protagonistas.

No obstante, ese cambio de decena no es solo meramente decorativo. Los 70 trajeron una revolución sexual demoledora, así como arrastraron los epígonos del movimiento Hippie. Ello implica, a niveles más superficiales una banalización de las drogas, vistas tan solo como diversión y evasión sana; afición practicada en la privacidad, pero en general, bastante tolerada en ciertos estratos sociales ciertamente elitistas. Y la revolución sexual, también en una primera lectura, podría llevarnos a la pura degradación en libertinaje y psicodelia de una comuna.

Paul Mazursky, en mi opinión, supera con creces esta visión en su película, aunque también nos muestra la superficialidad de aceptar una moda tan solo porque lo es, por ello, cubre toda la trama bajo el velo del género de comedia y de gags “woodyalleniescos”, para que el espectador se mofe de la ligereza de la actitud de Bob y Carol, que porque pasaron un fin de semana en un centro de terapias alternativas  ya que el director quería grabar un documental, su relación amorosa y sexual se trastornó por completo.

Además, este centro, llamado en el film “el instituto” también está presentado bastante cómicamente: vestales que adoran con sus senos al sol; un balneario nudista en el que los hombres presentan un aspecto frecuente, pero todas las mujeres son provocativamente bellas; y una terapia de grupo en la que no faltan los ridículos esperpentos de niños mayores enfermos por capricho, las mujeres “vulpes”, y la bella “deneuveiana” que ya no puede vivir más con tanto hielo.

La terapia del centro no puede ser más conocida, gritos, lloros, confesiones desgarradas que se albergaban en lo más profundo de las entrañas y el corazón… Pero sin embargo, un ejercicio es sumamente interesante: la mirada a los otros. La mirada sin tapujos, directa y fija a los desconocidos que plagaban la sala. Ofrecerte al otro sin miedos, sin subterfugios, tan solo esperando conocer y amar, amar sin condiciones, y este amor no tiene porqué ser solamente en un sentido sentimental o sexual, sino simple y llanamente filantropía.

Ted (Elliot Gould) y Alice (Dyan Cannon) son el tópico extremo opuesto a Bob y Carol que no podía faltar en una comedia. El abogado cumplidor y la madre perfecta, a la que le gusta su marido pero quiere a su hijo. Un mecanismo que aprovechará Allen en la, también bergmanguiana, Maridos y mujeres (1992) será el de perturbar la paz de un matrimonio mediante un juego de espejos, es decir, cuando Bob y Carol comiencen su giro “filantrópico”, por así llamarlo, Ted y Alice, que siempre habían sido sus mejores amigos, porque en base, coincidían en prácticamente todo, empezarán a cuestionarse su propia relación y sus directrices morales respecto el matrimonio, la monogamia, el sexo y el amor.

Alice no puede soportar el cambio de sus amigos, especialmente, en lo que se refiere a la libertad sexual de ambos cónyuges, que ha despertado la fogosidad que Ted intentaba calmar cada noche con intensos ejercicios gimnásticos, y profundos remordimientos si tan solo pensaba en tener una aventura con otra mujer. Para la esposa no es que la sexualidad no sea importante o reniegue de ella, pero en su vida está muy en segundo plano en comparación con su marido; por ello encuentra una solución a sus problemas matrimoniales: el socorrido psicoanalista (Donald F. Muhich). Su problema aún se acucia porque el psicólogo tiene ínfulas de filólogo, además de viciosas miradas dignas de un primer plano de Leone. Ciertamente, como espectadora actual se echa de menos que no sean los dos miembros de la pareja que acudan a terapia, ya que parece que Alice es la única que tiene un “problema”, mientras Ted, al ser un hombre, es “normal” en la frecuencia de sus “necesidades”.

La película toma un giro muy moderno e interesante en el empoderamiento femenino que deja traslucir entre bambalinas. Era muy fácil entender en la época (y aún hoy en día) que los maridos podían tener “affaires” en sus viajes de negocios, pero… ¿y sus esposas? Bob & Carol & Ted & Alice ya muestra explícitamente el uso de anticonceptivos por parte de las protagonistas, y debemos tener en cuenta que ambos matrimonios tan solo tienen un hijo, hecho que revela el control de la maternidad, en gran medida, por las mujeres. También, su acomodada vida les permitía seguir viajando y yendo a fiestas, comportándose como si aún fueran jóvenes y solteras, olvidándose de sus funciones sociales de ser solamente esposas y madres. Ambas mujeres, aunque en extremos distintos, se erigirán como dueñas de su cuerpo y sexualidad, y no harán absolutamente nada en contra de su voluntad tan solo por complacer a sus compañeros. Y además, será precisamente Alice la que ponga sobre la mesa lo que los cuatro amigos pensaban en realidad, y al fin y al cabo, ¿por qué no? ¿Seremos nosotros sus jueces?

¿No sería bello creer en una utopía filantrópica-amorosa-sexual en la que no existieran ni los celos, ni la culpabilidad, ni los remordimientos? ¿En la que tanto hombres como mujeres pudieran elegir libremente entre la monogamia y la pluralidad de compañeros sin que prejuicios y sambenitos recayeran sobre ellos para su condena eterna? Una sociedad en la que nos miráramos y nos viéramos. Y no necesitáramos mirar al espectador-“voyeur” como si de Le déjeneur sur l’herbe (1863), de Manet temiéramos formar parte.




Anna Montes Espejo


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