viernes, 9 de septiembre de 2016

NOCTEM de ANDRÉS DE LA ORDEN (por Andrés Nortes)







ANDRÉS DE LA ORDEN

NOCTEM

Raspabook, 2016











            Es domingo 3 de julio y en un par de horas estaré rodando hacia el mar. Aún no he lavado los restos del desayuno. Entre ellos está el libro de Andrés de la Orden que acabo de terminar de leer. Nadie me ha sugerido escribir esta reseña, que es un mini-género que, como todo el mundo sabe -salvando el caso de escribientes profesionales- solo se escribe por el mero placer de retener aún unos minutos más viva la memoria intensa de unas páginas recién leídas. Hacía mucho tiempo que no redactaba una, de donde pienso que quizá el libro mismo haya sido quien me ha indicado que este era el momento para volver a empezar.


            ¿Es Noctem un poemario sobre el renacer, sobre el volver a empezar? Pues permítaseme dudarlo... En todo caso por un recomenzar mermado, mutilado y apocado. Aquí el eterno retorno es el de un viejo engranaje que cada vez consume más y da menos de sí. La juventud, la belleza, la fortaleza y la lubricidad de los cuerpos son recuerdo intenso que renace siquiera efímeramente en el presente en contadas ocasiones. Efímera y pírricamente. El qué fuimos contra el qué somos forma la denuncia que se atisba en muchos de los poemas de este libro (“Crotal”).

            No hay noche sin día. ¿Es la dualidad lumínica una constante en el poemario de mi tocayo? Pues yo diría que sí, empezando por algo que a veces los profesorcitos -como yo- dejamos para el final, que son las palabras. Leemos en Noctem palabras sorprendentes como hostión, jodido, puta (adjetivo y sustantivo) junto a palabras de muchísimos registros, expresiones en latín traducidas o no; incluso creo recordar tecnicismos jurídicos y navales. La riqueza lingüística es fenomenal. Eso es algo que se aprecia. Yo al menos lo aprecio. Algunos de los poemas los he leído con la página de la RAE abierta abierta en el móvil, pero eso no me ha molestado lo más mínimo, porque al encontrarla, ha sido esa y no otra la palabra que estar en ese verso, precisamente esa. Y también tenía abierto el Wordreference, porque muchos de los poemas de este libro comienzan con la cita de unos versos en inglés, la mayoría de músicos y grupos de metal o de rock más conocidos unos y menos otros. Hice el experimento, por qué no, y debo decir que fue hermoso, y que lo recomiendo a todo el mundo: venga, abrid YouTube o Spotify y escuchad “Collapse the Light into Earth” de Porcupine Tree leyendo “31-VIII”, un poema cerca del final de Noctem.



Y más dualidad. La significación de los mundos de noche y día es mucho más de lo que se puede abarcar en una reseñita como esta. Aun así, hay que destacar la diferencia entre el mundo racional y el irracional, entre el presente-futuro y el pasado y preguntarse qué es día y qué es noche para Andrés de la Orden. Si la noche fragante de la juventud era la noche negra del presente, o si el día en términos laborales, administrativos y rutinarios a plena luz del mediodía (filtrada a marrón por ventanas polvorientas; mis disculpas por el contagio lírico) es más oscuro que la noche misma. Si además de dolor en la oscuridad hay también consuelo en ella, en como la noche contiene la desesperanza y también el bálsamo. No nos engañemos: Noctem es un poemario extraordinariamente negro. Como boca de lobo. A veces he tenido que dejar el libro a un lado porque me estaba entristeciendo. Hace años trataba de leer siempre a una distancia de seguridad, eso que llaman el placer estético. Hoy me da un poco igual reír y llorar con las letras, no tengo ya nada de qué avergonzarme, ni nada que demostrar. Pero el abismo estaba ahí, así que de tanto en tanto reposaba el libro aun teniendo ganas de leer un poema más. He tardado más en concluirlo que otros que me han gustado menos.

            Voy a continuar con dualidades; no era el plan, pero así está resultando. Leo poemas al yo y poemas a la alteridad. No es nuevo decir que los poetas pueden tener una capacidad empática muy elevada, a pesar de que en el fondo de todo, el yo y la propia voz sean una constante imborrable. En Noctem leemos poemas que el poeta dedica a su padre real y a su familia (“Isidoro”) pero también se manifiesta la relación con una paternidad trascendente, quizá filocristiana, -aventuro que por la educación recibida- tal y como podemos leer en “Padre” y en “Padres”. En este segundo poema se pueden leer versos finales como “allégate a tu hijo mientras aún tenga fe / para matarte” que no necesitan mucha más más glosa.

            ¡Y otra dualidad más! El ruido, la música y el silencio. La música, el metal -que no me atrevo a escribir con tilde en la e pero que él, si quisiera, sí podría- y el silencio de Dios. He recordado en este poemario la imploración e imprecación a Dios de los poetas de los años cuarenta y cincuenta. A fin de cuentas, es normal. Se dice taxativamente que alguien o Alguien lo ha hecho todo bien pero todo está mal. Que alguien o Alguien me lo explique. Y si no, lo o Lo buscaré para decirle o Le cuatro cosas. Eso es el silencio. Pero el paraíso perdido (archivado más bien) de la juventud en la playa de Cabo de Palos es todo menos silencio. Es ruido, algarabía y jarana. Y es música: rock y metal. ¡Qué importante es la música en este poemario, con cuánto cariño se la trata! Yo escucho mucha música en otras lenguas, y a menudo busco las letras para leerlas mientras la aquella suena. Pese a todo, salvo ciertos casos, pocas veces había concedido a los poemas de las canciones la relevancia que tienen, tal vez buscando en ellas una expresión muy compleja o queriendo que me transmitieran lo que yo ya tenía en la mente, o queriendo que condensasen conceptos llenos de matices. Leyendo Noctem se reconcilia uno con la música popular en inglés: hay poesía más acá de Dylan. Y, además, escuchas a Kiss de otro modo.

            El día y la noche y el yo y los otros son dos dualidades. ¿Percibo una arquitectura o la invento? Qué más da; atentos a este verso: “Mi corbata y magisterio al café del mediodía. / Mi melena y mi sonrisa al caer de la verdad / siempre nocturna.”. El poeta no vive en un mundo hermético. La persona se agota en la lucha del día, en pos de cambiar un mundo imposible de cambiar. Conoce la realidad, y no se reserva su poesía solo para él, sino que la denuncia y el clamor contra lo injusto caben en ella. Afortunadamente, De la Orden no es un hombre que huya pretendiendo un perfil bajo, moviendo las manos y diciendo “a mí no me miréis”, sino que afronta los problemas sociales con sus armas literarias. Si la Literatura puede mejorar el mundo es algo que humildemente yo no puedo responder (por decir, diría que sí, quizá porque Borges me da tanta rabia como placer) pero lo que pienso, y creo que De la Orden piensa también, es que tienen que querer hacerlo, aunque son meras suposiciones. “No puede ser”, “Putas” o “Esclavos”, poemas broncos a un mundo bronco, dan fe de ello. (Bueno, bueno... En descargo humano del poeta, aunque me estropee la argumentación, concedo que sí huye a veces, es cierto, pues es una persona al fin y al cabo. ¿Y a dónde se va cuando no puede más con la porquería? A la mar, a las bahías, a las aguas de movimiento infinito de la juventud. Pero huir allí es una irónica huida a la tenue luz de la boca del lobo. Y además, son, esos, poemas preciosos con los que no dan réplica.)



            El amor y la entrega son también una salida del yo y un aprender del otro. Hay en Noctem un bello poema llamado “Finale”, bastante intenso -muchos lo son, en un grado muy alto- que me ha recordado de forma absolutamente impresionista los primeros sonetos de Shakespeare al amante, a la justicia debida, al merecimiento, al amor que supera la retribución.

            Por último, muy superficialmente ya, debo destacar los dos polos que percibo en el poemario: los poemas más accesibles, sobre una imaginería y con una temática unitaria (poemas sobre un asunto, o gravitando en torno a una metáfora) válidos, como es mi caso, para quienes no conozcan en persona al escritor, y otros muy personales, donde las metáforas y los fantasmas juegan un pandemonium no sencillo de dominar. Si estos segundos poseen una clave de acceso, no es algo de mi interés, pues la música de sus versos y la precisión de sus palabras son más que suficientes para seguir acompañándonos, que no guiándonos, en el viaje al corazón de la noche.

            Anochece y es tiempo de ir concluyendo esta mirada con un recuerdo. En la presentacion del poemario que tuvo lugar en el bar Zalacaín de Murcia en abril de este año, el poeta sonreía mientras terminaba de leer “Anhedonia”. Algo similar sucedía al acabar el poema que entonces no sabía yo que se llamaba “¿Por qué?” No es descartable que la memoria me traicione, pero cuando uno lee estos versos, jura haberlos oído antes, simplemente porque no es posible no haber vivido esas palabras sin emocionarse: “Qué habéis hecho con la belleza. / Doctos estrategas. / Qué habéis hecho.” ¿Poemario entristecedor y difícil? Sí. Con rotundidad, para mí, sí. Pero, bueno, no maten al mensajero. Si algo aprendemos leyendo poesía(s) es que la(s) vida(s) es (son) mirada(s) ante todo. Una vez le comentaba yo al autor, en un comentario a una entrada de su muro de Facebook -en el que nos regala bellos poemas cada cierto tiempo-, que trataba de leer irónico el que acababa de publicar, pero que solo podía leerlo trágico. Y me respondió que así era. En fin, qué más decir: no maten al mensajero. Algunos poetas son o quieren ser dioses. Otros son mensajeros, o de un Dios que no contesta o de otros dioses más trascendentes. No maten al mensajero. La culpa no es de Andrés de la Orden. La mirada colérica, hacia otras instancias más altas.


Andrés Nortes



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