lunes, 3 de octubre de 2016

EL ÓXIDO DE LA HISTORIA: BARBARIE DE ANDRÉS GARCÍA CERDÁN (por Alberto Chessa)


EL ÓXIDO DE LA HISTORIA


  

                    Barbarie                                               
Andrés García Cerdán
Premio Alegría                       
Ediciones Rialp, 2015









No ha de ser gratuita la pertinacia en el empleo de una palabra tan poco deletreable como eternidad en este último libro de Andrés García Cerdán (Fuenteálamo, Albacete, 1972). Los 27 poemas que conforman Barbarie, tan rotundos como el título que los acoge, tallados con un lenguaje que las más de las veces propina un derechazo al lector que «deja sin respiración» (lo cual nada tiene que ver con un burdo prosaísmo), siguen ahondando en los motivos que tan bien conocemos -y reconocemos- quienes no acabamos de llegar al mundo cerdaniano, sin que eso impida hacerle sitio a otros latidos menos acostumbrados. Entre estos últimos, se impone por derecho propio el diálogo (tantas veces de sordos) con la historia, con lo que fue y sigue acechando, espada en alto o en bajo, entre las ruinas del presente, esto es, entre la derrota y una improbable noción de triunfo. Nada nos salva del óxido, nos previene el autor en el poema homónimo; de la «herida de óxido» que ulcera la luz o, en otro lugar, incluso un objeto tan vano como es una cinta de correr: «Contra mí mismo corro, / contra ese que he sido, / contra aquel hombre que seré», nos revela el poeta, en lo que solo cabe ver -y admirar- una maestría en el oficio capaz de consignar de nuevo los temas de siempre (¿cómo se decía en latín que tempus fugit?) so capa de una anécdota tan ordinaria (y tan poco virgiliana).

Ocurre lo mismo en esa inteligente actualización del motivo barroco de las ruinas, del pasado heroico que asoma la testuz entre la madreselva del presente, que opera García Cerdán (¡ay, dolor!) en varias composiciones de este libro. Vemos, por ejemplo, al poeta paseando por lo que los siglos han dejado en pie de la escuela de gladiadores que se erigía junto al Anfiteatro Flavio y nos es inevitable evocar, uno por uno, a todos los que en el Siglo de Oro peregrinaron con sus versos a Itálica o la propia Roma imperial. Sin embargo, si leemos bien el poema («Ludus Magnus») -y por bien hay que entender sin plantilla previa, sin aparato de citas prontas a emerger como pepitas en el cedazo de un buscador de oro), advertiremos que lo que de veras interesa al autor no es una glorificación por vía elegíaca de un perdido esplendor; antes bien, constatamos que se limita (¿se limita?) a testimoniar su derrumbe y su renovada condición de imán para arqueólogos, ratas y turistas (¿seguro que por ese orden?) García Cerdán gusta de asomarse a la historia desde el flanco, mirando de reojo a aquellos personajes marginales que siempre han estado ahí solo que, en virtud de su tarea, la posteridad no les tenía reservado un sitio (como esos «Pescadores» que faenan en el mar de hoy lo mismo que en el mar de Homero), o bien su lustre, andando el tiempo, tuvo que lidiar con el destino de los que al cabo son también -Píndaro mediante- «seres de un día».

En el que a todas luces ejerce de poema axial del libro, «Los bárbaros», Andrés García Cerdán escarba en eso que, en otro lugar y empleando un juego serio de palabras, llama «la ruindad / de la historia». El lector asiste atónito a un largo repaso por los afanes más innobles del hombre cuando se da a la rapiña y la destrucción del legado cultural, eso que tiene su penúltimo y exasperante capítulo en la vesania con que el llamado (y, por desgracia, ya no solo por ellos) Estado Islámico se esfuerza en borrar las huellas de la Antigüedad (Palmira, Nínive), o en esa suerte de tétrico prolegómeno de lo anterior que supuso la voladura de los Budas de Bamiyán. Como recuerda Carlos Martín, en Gestos iconoclastas, imágenes heterodoxas, el ministro de Información y Cultura del gobierno talibán, a raíz de aquel oprobio, dio sin querer en el clavo cuando pronunció una frase que solo puede estremecernos: «Estas tareas de destrucción no son tan fáciles como la gente piensa». En efecto, para aplicarse bien a la tarea, unos deben desempeñar correctamente el papel de -nos zarandea el poeta- «la alimaña más dañina», mientras que el silencio culpable (si es que no cómplice) de los demás, «nuestra atroz complacencia», hace el resto. «Sobrevive la piedra», eso sí, pero como un recordatorio «vil» de nuestra propia vergüenza, de que por momentos parece cierto que «el hombre ha muerto y Dios también», de que -ya lo sabemos, pero tampoco lo vayamos a olvidar- «no hay documento de cultura que no lo sea a la vez de barbarie» (gracias -y perdón-, Herr Benjamin; o, como lo llamaría Andrés de haberlo incluido en «19 de marzo», Walter).

Qué poco tiene que ver esa piedra teñida con la sangre de nuestro fanatismo con esa otra que da título a una de las piezas más hermosas del conjunto y en donde, como un eco de fondo, se escucha un canto presocrático: «Para ti ha guardado este trozo de cielo / endurecido aquellos días / que fueron el origen, las primeras / mareas del mar, la primera luz, / la palabra primera». Sí, también hay claridad en esta Barbarie; hay música, hay llama, hay una corriente mansa unas veces, otras desbocada. «Arroyos», por ejemplo, es un caso singular de cómo se puede alcanzar el verbo rocoso, exacto, preciso («Miras al cielo ahora / y te desnudas a los altos / arroyos de ti mismo»), a la vez que parece manar de una fuente escondida: suena pétreo y fluido a la vez; suena… al agua de una piedra. O, como reza el «Autorretrato (Reloaded)» con que se cierra el volumen (a mi modo de leer, junto a la belleza turbia y desolada de «En la infancia de Yorick», las dos composiciones a las que mejor se les ajusta el fajín algo sobado de obra maestra): «se han doblado a mi costa los rigores / hasta doblar los hierros, hasta moler las rocas». Y es que se diría que el poeta ha hecho reformas en casa, en cuyo interior transcurre un locus amoenus donde se lee, se escucha música, se ama, Carmina dibuja…, sin que eso suponga levantar en su seno una torre de marfil. Todo lo contrario: salta a la vista que, en ese mismo proceso, se ha abierto un ventanón desde el que asomarse al mundo y por el cual el afuera («decease calls me forth», cantaba el de la «barba llena de mariposas») se entra sin permiso en la estancia. El sujeto de estos versos viaja a Roma o a Ámsterdam y en su petate carga las huellas de lo que pisa; o también se asoma a desiertos y selvas más alegóricos que coordenables y le hace sitio al chamán y al derviche que también lo constituyen. Pero siempre acaba volviendo a casa, a ese lugar donde «el tiempo / y su reflejo hipócrita de luz / son aún la imparable bofetada / de mis veinte años».

Andrés García Cerdán ha aprendido con el tiempo que la mayor provocación del poeta no está en un adjetivo de más o de menos, sino en saber confrontarse con el óxido de la historia y salir vivo del envite. Con la perseverancia que solo les es propia a los que acaban mereciéndose la visita a horas y a deshoras de la musa, ha logrado asimilar -y Barbarie es un vivo ejemplo de ello- la lección del maestro «Eloy» (sí, Eloy a secas: ¿quién va a ser si no?), que es esta, tomemos nota: 

poner el atento oído 
al rumor y al latido de las cosas 
para celebrarlas después 
con todo su esplendor. 

Aunque sea el esplendor de una ruina.

                                                                                                                             Alberto Chessa






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