lunes, 17 de octubre de 2016

ETAPAS de Manuel González (por Gema Estudillo)







ETAPAS
Manuel González

Ed. Renacimiento
Sevilla, 2016







Bucear en la memoria y aceptar los fragmentos que inevitablemente habrán de alojarse en nuestras  entrañas para siempre, requiere cierto tiempo y cierto ejercicio de distanciamiento. Etapas (Renacimiento, 2016) es el último libro del poeta Manuel González (San Sebastián, 1971) y es precisamente el intento de atrapar, o de hacer inventario, de esos últimos recuerdos que marcan el rumbo de toda una vida.

Plagado de referencias autobiográficas, el libro se divide en tres etapas: la infancia, marcada por la ciudad lluviosa, la presencia de armas, uniformes y pistolas en aquellos “años de plomo” que fueron los años ochenta en el País Vasco. El poema que abre el libro, "Gafas", es todo un adelanto de lo que vamos a encontrar:

A los once años
me llevaron al oftalmólogo. 
El diagnóstico, sencillo.
Vista cansada.
No me extraña.
A esa edad/ había visto demasiado. 


El niño comienza pronto a hacerse preguntas, a intuir que el mundo de los mayores guarda un oscuro secreto (“La infancia conjugó el verbo buscar/ y el mar trajo respuestas”) y su carácter sensible se rebela pronto (“Cerraba mucho los ojos./ Lo hacía muy a menudo,/ siempre que podía/... Ante los uniformes escondidos/ detrás del humo de los cigarros. En las banderas de guerra/ que ondeaban en casa” o “Me asustaban los uniformes/ cuando pasaban por delante”). 

El niño crece, adquiere conciencia, comienza su viaje hacia el amor y así la segunda etapa, el reconocimiento del yo y del otro en “Solo tú y yo", la juventud sin dinero, la búsqueda de la identidad en “Autorretrato", el primer amor en “Ella", las ilusiones en  “Sueños", la incertidumbre en “Mañana será distinto", la emancipación en “Busco casa", el amor nuevo, el amor roto, el amor usado, el amor consolidado, el amor eje vital. Unos versos de Luis García Montero a modo de dintel nos dan la clave de la tercera etapa, la madurez

Porque sé que los sueños se corrompen
abandoné los sueños. 

La realidad se impone. Llega el “Insomnio”, la "Mentira", el "Ego". La voz poética se condensa en formas más breves, a veces apenas unos versos que recogen lo esencial de un momento o una reflexión (“De las palabras frente al mar/ nadie puede defenderse”). Y la poesía se consolida como parte esencial de una vida:

Por encima de los años
la madera conserva su olor a bosque.
Ahí aguarda el último poema.
Ahí reposa el cuerpo del delito.

            Es la voz de Manuel González una voz limpia, sin artificios, de dardo certero, “armada de palabras cotidianas” como dice Raquel Lanseros en el prólogo. El poema se concibe como un fragmento de cristal en el que se refleja la emoción o la experiencia de un momento. La unión de todos ellos conforma el prisma poliédrico que constituye una vida. Una vida para vivirla. Una vida para contarla. Fiel a la estela poética de los poetas del norte, accesible y cercana, la voz de Manuel González no defrauda.



Gema Estudillo


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