martes, 4 de octubre de 2016

HOY FIRMA: LAURA ROS CASES: "Engaño, magia y realidad en El sueño de una noche de verano y El Retablo de las maravillas"


Engaño, magia y realidad en 

El sueño de una noche de verano 
y
 El Retablo de las maravillas



Miguel de Cervantes y William Shakespeare son, sin lugar a dudas, dos de las más grandes figuras tanto de la literatura de su época como del panorama universal. Los estudios que contrastan y comparan las obras de estos dos autores son innumerables, un lugar común al que acudir en lo que a nuestra disciplina concierne. Es por esto que me decido a realizar una humilde aportación a esta línea teórica poniendo en relación una de las comedias más valoradas del bardo inglés, El sueño de una noche de verano, y otra pieza teatral no tan célebre de la nómina del autor español, El Retablo de las maravillas. Dada la proximidad cronológica de ambas obras –la primera se considera escrita alrededor de 1595, mientras que la segunda se encuentra inserta en el tomo Ocho comedias y ocho entremeses nunca representados, publicado en 1615–, no es totalmente seguro hablar de una influencia de un autor sobre el otro, ni siquiera de una recepción o convergencia. Lo único que se puede afirmar de una manera tajante y comprobable es la similitud en ciertos aspectos de sus respectivos dramas –con matices diferenciadores que los distancian en cuanto a estilo, finalidad y personalidad literaria–, lo cual constituirá el punto de partida de este ensayo.
Dejando las similitudes históricas y periodológicas de lado, se centrará la atención en ciertos elementos comunes a las dos obras como son el género escogido, la elección temática y de motivos y los elementos de la tradición que constituyen a estos.

Portada de El sueño de una noche de verano
del First Quarto
A pesar de que ambas obras pertenecen al género dramático, lo cual de por sí condiciona las estructuras que las conforman y que se erigen como un punto básico de la comparación, la elección del subgénero en el caso de cada autor es totalmente determinante. Mientras que Shakespeare escoge la configuración de la comedia para dar forma a El sueño de una noche de verano, Cervantes adapta su historia al subgénero del entremés, mucho más breve en cuanto a su duración. Esta diferencia estructural condiciona las disimilitudes que se pueden encontrar en ciertos aspectos de las obras.

Al ser el entremés una pieza breve, de un solo acto, pensada para ser representada en el intermedio entre una obra teatral y la siguiente, su corta extensión requiere un desarrollo de los personajes y de la trama menor que en la comedia. La complejidad estructural de la obra teatral de Shakespeare se basa en cuatro acciones bien diferenciadas. Encontramos, en primer lugar, el drama real de la chica a quien su padre, amparándose en la injusta ley de Atenas, quiere obligar a casarse con un hombre al que no ama. Paralelamente hallamos la segunda intriga, la de los personajes fantásticos de la noche. En un tercer plano se encontrarían los artesanos que, llenos de buena voluntad, preparan una pieza teatral en honor de su duque. Finalmente, en un cuarto plano dramático, se presenta la propia obra que ponen en escena los ingenuos aficionados. Frente a esta intrincada trama, El Retablo de las maravillas presenta una acción única, la de la propia representación ante los próceres del pueblo.

Por otra parte, la configuración de los personajes va de la mano de la estructuración de la trama. En la comedia de Shakespeare participan tres grupos de personajes, ya citados anteriormente: la aristocracia ateniense, los seres mágicos y el grupo de artesanos. En lo que concierne a los personajes nobles es posible apreciar una marcada simetría en cuanto a las parejas. Aunque en un primer momento encontramos una estructura desequilibrada       –dos hombres aman a la misma mujer–, al final de la obra todo queda resuelto de manera que los personajes quedan agrupados equitativamente: Teseo-Hipólita, Lisandro-Hermia y Demetrio-Helena. Los entes mágicos, por su parte, se distribuyen en torno al matrimonio de Oberón y Titania, alrededor de los cuales orbitan Puck –también conocido como Robin Goodfellow– y las hadas, respectivamente. Por último, los artesanos con ínfulas de actores funcionan a modo de personaje coral –con la excepción de Ovillo o Fondón, llamado Nick Bottom en la versión original–.

Frente a esta disposición, los personajes de Cervantes se articulan en dos grupos: los farsantes –Chanfalla, Chirinos y Rabelín– y las personalidades ilustres del pueblo, cuya alta estima de sí mismos les hace asemejarse a una suerte de aristocracia griega. Estos son el gobernador, el alcalde –Benito Repollo– y su hija, el regidor –Juan Castrado– y su hija y el escribano –Pedro Capacho–.

Titania y Ovillo, interpretados por Michelle Pfeiffer Kevin Kline
en El sueño de una noche de verano (M. Hoffman, 1999)
En lo que respecta a la estructura de los géneros en sí mismos, ambas obras siguen el planteamiento tradicional de sus respectivas tipologías. De este modo, en El sueño de una noche de verano las travesuras de Puck quedan finalmente corregidas y lo que comenzó como una tragedia vuelve a la armonía, con un feliz desenlace para todas las parejas y una gran celebración. Por su parte, el entremés de Cervantes desemboca en la confusión general de los personajes –para aún mayor agrado de los espectadores, que encuentran jocoso tan tremendo embrollo– y en una enorme trifulca entre los jefes del pueblo y las tropas.

Tanto El Sueño de una noche de verano como El Retablo de las maravillas giran en torno al doble juego temático de fantasía y realidad, tan empleado a lo largo de la historia de las letras universales. Aunque la primera obra contiene un sinfín de elementos amorosos, el foco central de la misma –y la diversión de los espectadores– queda centrado en los despropósitos que ocurren a sus personajes. El motivo que desencadena los infortunios es, en ambos casos, la celebración de una boda. Así, la comedia de Shakespeare comienza con los preparativos del casamiento del duque de Atenas, Teseo, y la amazona Hipólita, los cuales quedan interrumpidos por la negativa de Hermia de casarse con Demetrio. Del mismo modo, cuando esta huye con Lisandro lo hace para poder casarse con él, y así lo conseguirá, tras muchos avatares, al final de la obra, en el que el resto de parejas, también casadas, asisten a la función teatral que los artesanos han preparado para ellos. En el entremés de Cervantes, de una manera similar, los pícaros utilizan la boda de Juana Castrada, hija del regidor, como pretexto para representar su mágico retablo.

La alternancia de fantasía y realidad no se presenta de manera aleatoria en estas obras dramáticas, sino que viene motivada por ciertos personajes, pillos y maliciosos, que actúan movidos por razones diversas. Puck, el ayudante de Oberón, es el desencadenante de todos los embrollos de la comedia. Es el único personaje que interfiere tanto en el mundo mágico como en el real, por lo que es lo más parecido a un protagonista de esta obra coral. La misión inicial que le ordena el Rey de la Noche se ve interrumpida por su picardía y travesura; así, trastoca el mundo de los amantes al hacer que Demetrio y Lisandro se enamoren perdidamente de Helena, el artesanal al transformar la cabeza de Ovillo en la de un asno y el fantástico al provocar el enamoramiento de Titania hacia el tejedor –y no hacia Oberón, como era el plan original–. En la obra queda explicitado que todo el enredo no es fruto enteramente de la torpeza de este ser mágico, ya que el mismo Puck comenta “¡Cómo me divierte ver a los humanos con sus apuros!”. En el caso de la pieza de Cervantes, los causantes del juego entre fantasía y realidad son los farsantes –en ambos sentidos de la palabra–: Chanfalla y Chirinos, acompañados de un nuevo músico que han contratado, Rabelín, se dirigen hacia el pueblo más cercano para representar su retablo. Este, lejos de ser fantástico, no es más que una treta para conseguir dinero fácilmente. 

Portada original Entremeses
Por otra parte, los personajes que sufren los efectos de la fantasía no son conscientes de su condición de víctimas. Ovillo desconoce por completo su nuevo aspecto físico, que no hace sino añadir comicidad al enamoramiento repentino de la Reina de las Hadas por este engendro arrogante, medio burro y medio humano. Del mismo modo, los afectados por la poción amorosa –Titania, Lisandro y Demetrio– no aciertan a adivinar el origen de esa fuerza que les arrastra irremediablemente a los nuevos objetos de su pasión. Todo esto hace pensar a Helena, ahora amada por dos hombres –entre ellos el que antes tanto despreciaba su afecto–, que es el centro de una burla urdida por los tres jóvenes atenienses (“hay una conspiración contra Helena y a mis expensas toda una función”). Oberón y Puck son los únicos, además del espectador, que conocen todos los entresijos de la trama y pueden apreciar lo cómico y absurdo de estas situaciones. Los aldeanos que presencian el retablo en la obra cervantina se diferencian de los personajes anteriores en un aspecto fundamental: quieren creer lo que no ven sus ojos. Los comediantes presentan de este modo su obra:

CHANFALLA.-   Por las maravillosas cosas que en él se enseñan y muestran, viene a ser llamado Retablo de las maravillas; el cual fabricó y compuso el sabio Tontonelo debajo de tales paralelos, rumbos, astros y estrellas, con tales puntos, caracteres y observaciones, que ninguno puede ver las cosas que en él se muestran, que tenga alguna raza de confeso, o no sea habido y procreado de sus padres de legítimo matrimonio; y el que fuere contagiado destas dos tan usadas enfermedades, despídase de ver las cosas, jamás vistas ni oídas, de mi retablo.

 Esto nos lleva a una de las mayores disimilitudes entre El sueño de una noche de verano y El Retablo de las maravillas: la fuente de la que emana la confusión entre fantasía y realidad. Como podemos apreciar en esta cita, en el caso de la última es el engaño por parte de Chanfalla y Chirinos el que hace que los espectadores creen la ilusión, aunque esta en nada se aparta de la vida real. La primera, sin embargo, sustenta la fantasía en dos elementos: la magia y el sueño. 
Desde el inicio del entremés de Cervantes los espectadores pueden, si no afirmar con certeza, suponer que tal retablo no tiene nada de maravilloso y que este no es más que una treta de los farsantes para conseguir dinero. Este sentido se puede extraer de las palabras de Chirinos: “la cosa que hay en contrario es que, si no se nos paga primero nuestro trabajo, así verán las figuras como por el cerro de Úbeda”. El autor, en un giro inesperado, une la visión de estas fantasiosas figuras a la limpieza de sangre de su público. Este aspecto, íntimamente ligado a la honra, refleja la aún entonces presente preocupación hispánica de la ascendencia y la imagen social. Así, los próceres se encargan de asegurar, ya antes de la representación, que serán capaces de ver todo lo que el retablo tenga que ofrecerles. De esta manera lo afirma el alcalde:

BENITO.-   A mi cargo queda eso, y séle decir que, por mi parte, puedo ir seguro a juicio, pues tengo el padre alcalde; cuatro dedos de enjundia de cristiano viejo rancioso tengo sobre los cuatro costados de mi linaje: ¡miren si veré el tal retablo!

Durante la representación del retablo, compuesto únicamente por un par de varas y una tela, Chanfalla y Chirinos anuncian cada una de las ilusiones que de este emergen con fanfarria y estruendo. Los espectadores, fingiendo asombro, juran y perjuran ver lo que los pícaros están anunciando:

CASTRADA.-   (…) No pienso volver en mí en tres días; ya me vi en sus cuernos, que los tiene agudos como una lesna.
JUAN.-   No fueras tú mi hija, y no lo vieras.

El gobernador, siempre en apartes, verbaliza las preocupaciones que todos sienten y la actitud que consiguientemente muestran: “Basta: que todos ven lo que yo no veo; pero al fin habré de decir que lo veo, por la negra honrilla.”

La representación se ve finalmente interrumpida por la llegada de un furrier que pide alojamiento para sus tropas. En un primer momento, los aldeanos lo consideran una más de las figuras enviadas por el sabio Tontonelo; sin embargo, pronto intentan ponerlo a prueba preguntándole si puede ver las fantasías del retablo. El militar, desconocedor de la trama y acusado de no ser cristiano viejo, es el que desata la trifulca final que permite la huida de los pícaros.

Si bien el motivo central de este entremés es el engaño de los sentidos, la fantasía es desencadenada en la comedia de Shakespeare por la presencia de la magia y el sueño.  A la aparición de personajes fantásticos se une un importante elemento, la poción de amor hecha con el jugo de una flor llamada “pensamiento de amor”. Su origen mítico es explicado de manera fastuosa por Oberón:

OBERÓN.- (...)Ven aquí, mi gentil Puck. ¿Te acuerdas de cuando te senté en un promontorio y vi a una sirena sobre el dorso de un delfín entonando un aria tan dulce y melodiosa que hasta el rudo océano se apaciguó al oír su canto, y ciertas estrellas se lanzaron desatentadas de sus esferas por gozar la música de la marina doncella?
PUCK.- Me acuerdo.
OBERÓN.- En ese mismo tiempo vi (aunque no lo podías tú) volar entre la fría luna y la tierra, a Cupido llevando sus armas. Apuntó a cierta hermosa vestal entronizada hacia el oeste, y lanzó su saeta de amor con suma destreza, como para atravesar cien mil corazones; mas se extinguió el inflamado dardo de Cupido en los húmedos rayos de la casta luna, y la imperial virgen pasó sin cuidado en solitaria tranquila meditación. Observé, sin embargo, el sitio donde el proyectil de Cupido cayó hiriendo una pequeña flor de occidente, blanca como la leche, y que a causa de la herida de amor se ha vuelto purpúrea, y a la cual las doncellas llaman “pensamiento de amor”. Tráeme esa flor: ya en otra ocasión te mostré la planta. Su jugo, vertido sobre los dormidos párpados, hace que el hombre o la mujer se enamoren perdidamente de la primera criatura viva que vea. Tráeme esa yerba, y cuida de volver aquí antes que Leviatán pueda haber nadado una legua.

El entremés de Cervantes El retablo de las maravillas, dirigido por Jacinto H. Cátedra
e interpretado por el Teatro Español Universitario.
Corral de Comedias de Almagro, 27 de marzo de 1955
Los mágicos poderes de esta flor, junto a la picardía de Puck, provocan una locura de amor en los que los reciben. Puck y Oberón, al modo de los antiguos dioses griegos, se inmiscuyen en los asuntos humanos al ver la desdicha que siente Helena; así, son los responsables de la confusión amorosa entre los jóvenes atenienses y entre Titania y Ovillo. De este modo, la poción se convierte en un símbolo de la naturaleza irracional, errática, caótica y poderosa del amor en sí mismo. Aunque es la magia la que ocasiona el enredo en esta comedia, también es la que lo solventa y devuelve el equilibrio a la obra. Después de que Oberón sienta pena por la “locura” de Titania, Puck exclama “por arte de magia pondré las cosas en su lugar”. Acto seguido, procede a disolver los hechizos de amor y a devolver a Ovillo a su estado natural.

El otro elemento que constituye la fantasía en esta obra dramática es el sueño, el cual funciona como un escenario para la magia y la pillería. Tras disiparse los efectos de la poción, los afectados sienten que todo lo ocurrido anteriormente ha sido un mal sueño, una pesadilla. Así reacciona Ovillo cuando Puck hace desaparecer su cabeza de asno:

Ovillo: (…) He soñado y el sueño estaba lejos de toda fantasía humana. Porque yo tenía…. (se palpa la cabeza) una cabeza con unas orejas…y me parecía que la Reina de la Noche me amaba. Lo explicaré a Membrillo para que haga una pieza dramática o un romance con el sueño de Ovillo. ¡El sueño de esta noche de verano!

La reaparición de Teseo e Hipólita delimita este mundo de ensueño e inestabilidad y aporta el orden que la obra requiere. Al final de esta, Puck vuelve a reaparecer, rompiendo la cuarta pared, para extender la idea de lo onírico al público: si se han sentido ofendidos, pueden interpretarlo todo como lo que es, un sueño.

Este contraste entre la fantasía y la realidad, presente en ambas obras, se sirve de diversos elementos para llegar a su consecución. Uno de los más destacados es el uso del metateatro, el cual queda representado por la obra de de los artesanos y por el propio retablo de Chanfalla y Chirinos. La Breve y fastidiosa escena del joven Píramo y su amante Tisbe; sainete muy trágico, es decir, la propia obra que ponen en escena  estos humildes aficionados, es un drama trágico que el poco acierto de los actores convierte en divertida y grotesca farsa. Esta, a su vez, resume las ideas importantes que se han desarrollado a lo largo de la comedia: el amor no aprobado por la figura paterna, la huida de los amantes, la confusión de la noche, etc. En el caso de El Retablo de las maravillas, ya el mismo título de la obra nos da la clave de su condición metateatral. Incluso encontramos algunas referencias explícitas al propio teatro del Siglo de Oro en este texto:

CHANFALLA.-   Yo, señores míos, soy Montiel, el que trae el Retablo de las maravillas. Hanme enviado a llamar de la Corte los señores cofrades de los hospitales, porque no hay autor de comedias en ella, y perecen los hospitales, y con mi ida se remediará todo.

En ambas obras este recurso se articula en torno al motivo del engaño de los sentidos: en el entremés cervantino los aldeanos pretenden estar viendo aquello que es imposible ver, mientras que en la comedia shakesperiana la muerte de Píramo es una consecuencia de su conclusión precipitada –al ver el velo de Tisbe destrozado, piensa que esta ha muerto–. La preocupación de estos actores por su público es tal que, para no asustar a las damas ni apenarlos por la muerte de los amantes, deciden suspender el pacto narrativo y suprimir el engaño colocando un prólogo al inicio de su representación.

La fantasía creada por estos autores también queda sustentada en elementos tradicionales de muy diverso tipo. En primer lugar, encontramos una serie de componentes folclóricos en la obra de Cervantes que lo ponen en relación con “El traje nuevo del emperador”, de Hans Cristian Andersen y con el ejemplo XXXII –“De lo que contesció a un rey con los burladores que ficieron el paño”– de El conde Lucanor; en este último ya se incluye un tapiz mágico que enseña lo que no puede ser visto por los bastardos. En segundo lugar, la tradición bíblica también está muy presente a través de las figuras fantasiosas que aparecen en el retablo: Sansón, los ratones del arca de Noé, el agua de la fuente del río Jordán –que convierte en plata y oro los rostros de las mujeres y las barbas de los hombres–, la bailarina Herodías, etc. Los elementos clásicos, por último, se encuentran en la lengua de sus personajes a través de cultismos, frases latinas y referencias literarias incorrectamente expresadas, lo cual es objeto de crítica por parte de Cervantes.

La tradición grecolatina también está muy presente en El sueño de una noche de verano, ya que la propia acción tiene lugar en Atenas, durante el casamiento de su duque, Teseo, y de la reina de las Amazonas, Hipólita. Asimismo, el repertorio de obras que se incluye en la celebración de su casamiento –así como la obra de los artesanos– pertenecen a la mitología clásica:

TESEO.- (Leyendo.) “La batalla de los Centauros, cantada por un eunuco en el arpa”. No quiero nada de eso. Ya lo he referido a mi amada en honor de mi pariente Hércules. “El motín de las bacanales ebrias destrozando en su cólera al cantor de Tracia”. Ese es un tema manoseado, y ya se exhibió la última vez que volví vencedor de Tebas. “Las nueve musas llorando la muerte del saber, que ha fallecido recientemente en la mendicidad”. Esa es una especie de sátira, acerada y punzante, que no se aviene bien con una ceremonia nupcial. Junto a este mundo racional y antiguo se yuxtapone el mundo de la fantasía, de la noche y las hadas, perteneciente a la tradición folclórica.

A modo de conclusión, se puede afirmar que el juego de fantasía y realidad, en el que podemos especificar la diferenciación engaño-magia-sueño, constituye la temática central tanto de El sueño de una noche de verano como de El Retablo de las maravillas. En torno a esta doble conceptualización se configuran el resto de elementos de dichas obras, los cuales se organizan en pares contrastados –Atenas y el bosque, artesanos y aristocracia, farsantes y engañados, etc.–.  La consecuencia y fin principal que se desprende de estas situaciones es la más pura comicidad y la diversión del público. A este noble propósito hay que añadir en el caso del entremés cervantino una finalidad crítico-moral para con su época, tan determinada por las apariencias y la adecuación a la sociedad. Visto lo visto –y leído lo leído–, no es de extrañar la amplia difusión que hoy en día siguen teniendo las obras de estos dos grandes autores.

Laura Ros Cases



Laura Ros Cases (Murcia, 1994) es Graduada en Lengua y Literatura Españolas por la Universidad de Murcia y estudió diversas asignaturas de Literatura Inglesa y Norteamericana en la Escuela Superior de Lenguas Extranjeras Samuel B. Linde en Poznan, Polonia. Actualmente está cursando el Máster en Literatura Comparada Europea en la universidad de su ciudad natal y dedica su tiempo libre al cine, el teatro y la fotografía.





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