viernes, 7 de octubre de 2016

LA FLOR DE LA VIDA de HEBERTO DE SYSMO (por Manuel Guerrero Cabrera)






La flor de la vida. Elogio de la geometría sagrada

Heberto de Sysmo

Lastura, 2016











Ciencia y poesía no han estado desligadas siempre o, dicho de otro modo, han estado unidas desde la Antigüedad. Aristóteles afirma en la Poética que se llamaba poesía épica a lo que se expone en verso, «sea un tema médico o sea un tema físico, […] mas nada tienen en común Homero y Empédocles, excepto el metro», pero el primero es el poeta que bien conocemos y el segundo, el filósofo de las cuatro raíces (que después daría lugar a los átomos), no. Gracias a la Antología Palatina se han conservado problemas y cuestiones matemáticas en verso. Manilio en el primer libro del Astronomicón (el más astronómico de la obra) expone en verso que la Tierra es una esfera y determina su eje; también, entre otros asuntos, habla de las constelaciones de cada hemisferio (de la Osa Mayor como inmutable en el cielo) y del movimiento del sol alrededor de la Tierra (una rotación geocéntrica). No debemos dejar atrás otros ejemplos como el Aryabhatiyam de Aryabhata o la obra de Omar Khayyam en Alandalús. Ya pasado algo más de tiempo, Tartaglia en el Renacimiento expone en verso la solución a algunas ecuaciones cúbicas, en el Barroco John Milton alude a la reducción de los metales en El paraíso perdido y en el Romanticismo Goethe elabora un tratado de botánica en el poema 'La metamorfosis de las plantas'. Mientras tanto, en España no podemos afirmar que, salvo escasas excepciones que no voy a señalar, haya una poesía sobre ciencia o en relación con ella hasta finales del siglo XIX o el siglo XX: Francisco García Olmedo, Assumpció Forcada, Clara Janés, Rosa Fabregat, Andrés Neuman, José Miguel García Conde y Agustín Fernández Mallo, entre otros nombres. El universo, fórmulas, teorías (como la de los seis grados y de la catástrofe, entre otras), teoremas, paradojas matemáticas (por ejemplo, la de Zenón de Elea), geometría, elementos químicos y un sinfín de motivos extraídos de la ciencia en general que la han unido a la poesía. En esta línea se circunscribe La flor de la vida de Heberto de Sysmo.

Heberto de Sysmo es el pseudónimo de José Antonio Olmedo López-Amor (Valencia, 1977), colaborador habitual en más de una treintena de medios literarios (El coloquio de los perros, La Galla Ciencia, Caocultura, Culturamas o Todoliteratura.es, del que es miembro del Consejo editorial), Primer Premio de narrativa Ateneo Blasco Ibáñez en 2012, 2014 y 2016, ganador del VII Certamen Internacional de Poesía Fantástica Minatura 2015, del LVII Certamen Poético Fiesta de la primavera 2015 de Amigos de la Poesía de Valencia, y Primer premio del Limaclara Internacional de Ensayo en este mismo año de 2016. Además de la obra de la que vamos a hablar, es autor de Luces de Antimonio. Antología poética, escrito junto a Okoriades Varacri (2011), El testamento de la rosa (2014) y La soledad encendida, junto a Gregorio Muelas (2015).

Uno de los motivos para argumentar el encuadre de La flor de la vida dentro de una poesía unida a la ciencia es el «Ensayo de un entrópico desorden. El axioma del sofisma» que abre el libro y en el que asienta las bases científico-poéticas generales con las que luego versará el volumen. Así, parte de la laripse-espiral:

Reunir en una palabra, lo cotidiano, lo divino y el yo […]. Lo terrenal, lo celestial y el alma […]. Lo que verdaderamente me atrajo de la palabra laripse, es que leída del revés, da como la resultado la palabra «espiral».

Nos atrapa en la Teoría de las Supercuerdas: «todas las partículas que existen y que conocemos, se componen de un mismo material». Y nos descubrimos envueltos en un entorno de espirales, como el ADN, la Vía Láctea o nuestras huellas dactilares; para manifestarnos dentro del fractalismo: «El ser humano, a fin de cuentas, es un elemento singular en el interior de un universo fractal, un ser que debe estar en armonía con su entorno». Y, por consiguiente, afirma que la geometría (recordemos que esta palabra está en el subtítulo del poemario) ha de entenderlo como un principio vital «que eroga cualquier energía». Heberto de Sysmo aprovecha para confesarnos sus influencias:

La observación de los hechos como método de conocimiento. La primacía de la razón, pero sin desdeñar la intuición. La metafísica cartesiana. El recurso a Dios. Descartes está por todas partes en este poemario. Como también lo están Blavatsky, Jung, Kepler, Galileo, Gauss o Gödel.

Y su admiración a Kepler que le lleva a sostener que «somos la intuición de que disponemos, aquello que demostramos, en lo que creemos». También tiene palabras para la sucesión de Fibonacci o la teoría de la masa crítica para llegar a una conclusión que es tan científica como poética: «El Universo está lleno de singularidades, una de ellas es la vida».

La flor de la vida. Elogio de la geometría sagrada continúa con el texto poético, que se estructura en siete apartados: «Cuerpos geométricos», «Las llaves de la vida», «Versos áureos», «Humanas reflexiones», «Sinergia del amor cuántico», «Sonetos atlantes» y «Las siete leyes de la creación & Tradición Hermético-Alquímica». Cada una contiene siete poemas, salvo el central, expresamente humano. Cada apartado y cada poema se acompañan de unas anotaciones de David Acebes, que le da a la obra el cariz científico, aun cuando sus palabras no lo sean o no pretendan serlo.

En «Cuerpos geométricos», la primera parte poética, nos descubre la rica adjetivación del libro y nos pone en conocimiento del sutil vocabulario del autor; no hay mejor muestra de ello que con el último poema de esta sección, en la que el cuerpo femenino es el cuerpo geométrico que:

Tras una tolvanera de moléculas candentes
un soplo corifeo trascendió al Tiempo,
trascendió a la misma Muerte,
y los elementos se confabularon
en un nomograma de munificente simetría.
[…]
Y ninguna obra de arte cincelada por el Hombre
como ninguna otra creación de lo que llamamos dios
jamás albergaría tanta belleza y sabiduría
como la extraordinaria arquitectura que habita
en la proporción del cuerpo femenino.

Influye en este primer grupo de poemas el tono razonado del ensayo inicial, como demuestran los versos anteriores, la selección de los vocablos y la mayúscula de algunos sustantivos, pero no todo es así, porque en otro de los poemas, a propósito de la elipse, dice con una poética brutal que:

El Viento es el mayor elipsógrafo de la Naturaleza;
la mentira lo es del Hombre.

A partir del segundo canto, «Las llaves de la vida» (por las siete formas de ser en el mundo: en el cuerpo, en la psique, en el cosmos, en un dios, en el cuerpo geométrico, en el símbolo y en el número), el verso se vuelve más cuidadoso, aunque continúa el discurso didáctico de lo anterior. Otro rasgo valioso de las composiciones de esta segunda parte son los cierres de los poemas, algo a lo que el autor dedicará otra sección más adelante, pero que, como hemos indicado, el cuidado del verso, del poema, es mayor a partir de aquí. Fijémonos en el dedicado al ser en el símbolo, que lleva el título de Llave simbólica: endecasílabos rítmicos y cuidados, imágenes logradas, afán didáctico y un cierre brillante.

Saber interpretar pequeñas pistas
conduce a los senderos apropiados,
tal vez en nuestras huellas dactilares,
tal vez en los relieves de la Luna.
Las lúcidas improntas, sutilmente,
balizan las vertientes entre el caos
señalando un camino abandonado,
una ruta que exige sublimarse.
[…]
Interpretar el rastro de unos versos
que parecen venir del mundo onírico.

La sección de los «Versos áureos» contiene poemas cuyas estrofas están inspiradas en la sucesión de Fibonacci y cuyo contenido se inspira en las cuestiones que dan vida al libro y que ya hemos enunciado en algún momento. Por ejemplo, la espiral:

No podemos obviar que de las formas
sin duda es la que con mayor frecuencia
revela y muestra su tangible estado,
trasiego de materia, ya infinito,
como un dios que al morir siempre renace.

O sobre la masa crítica:

La vía para transformar conciencias.

Respecto a Dios:

No hay lugar para el trono de algún Dios.

Siglos ha, fue cercado por los números.

O sobre el universo y el Amor:

Un bien que desterrado por los fuegos
levantiscos de la condena humana
se enrosca omnipresente y demiurgo
en las espiras de la Eternidad…
El Amor que permite la Esperanza.

«Humanas reflexiones» ocupa la parte central del libro y contiene más de siete poemas. Comienza estableciendo una semejanza entre la grafía del haikú (en japonés, evidentemente) y la ilustración de la Teoría de Cuerdas, además de aclarar la presencia de los versos endecasílabos en los dos cantos anteriores y en los dos siguientes, cuestión relacionada con las cuerdas del espacio-tiempo que vibran en once dimensiones, según se indica en el volumen. De vuelta al análisis literario, «Humanas reflexiones» comprende 27 haikús, cuya forma domina el autor sin trabas.

mover el mundo,
con un punto de apoyo…
O sin ninguno

Impone en el ánimo lo cuidado de este canto y la sutileza del tratamiento de los temas ya tratados en el libro en estos poemas de Heberto de Sysmo:

mi corazón
late en preciso cálculo,
predestinado


la esfera duerme,
paradigma de forma,
en cada núcleo

A fin de cuentas, seamos objetivos y convengamos que mucho de lo que trazamos en la vida queda reducido a lo que aquí se afirma:

separa el éxito
tan sólo del fracaso…
Un logaritmo

El canto de «Sinergia del amor cuántico» se revela distinto a los anteriores, pues deja el cosmos para centrarse en el amor:

Por el amor del Sol hacia la tierra
crece la flor, amada por el agua.

Un amor en concepto cuántico: tiempo, espacio, universo… En definitiva, la Vida:

Después de todo llegará la Muerte
y nos preguntará sus acertijos.

Y en sus ojos concéntricos veremos
la grandeza de la geometría.

La gran geometría de la Vida,
un milagro de números y sueños.

Ese «milagro de números y sueños» es lo exaltado en este canto y es lo que poco a poco va desmenuzando cuánticamente el autor hasta encontrar los versos anteriores, que pertenecen al que cierra esta parte y da título a la obra, «La flor de la Vida».

Así llegamos a «Sonetos atlantes», en los que, como se apuntó unas líneas más arriba, se le da mayor importancia al último verso y, en este caso, al último verso de un soneto. El contenido se relaciona con siete elementos, «siete pilares para la vida».Vale la pena apuntar aquí los siete últimos versos que, aunque se presenten exentos del poema al que pertenecen, denotan fuerza, ritmo y conexión con el motivo poético:

Fuego: Tras morir un amor, tú, te presentas.

Tierra: Quien sueña y busca un paraíso hermoso.

Agua: Virtud de los legados cardinales.

Aire: Al son, al vuelo, a ser ascua encendida.

Éter: Sigue siendo reducto, madriguera.

Carne: Su arquitectura es templo del amor.

Alma: Y pesa: el Alma en ti es excelencia.

Finalmente, el canto de «Las siete leyes de la creación & Tradición Hermético-Alquímica» recoge los principios que han aparecido o que se han sugerido al lector en las secciones anteriores; así, en el «Principio de mentalismo. Ley de Vacío» hallamos que «El vacío es tan falso como la Muerte» o en el «Principio y Ley de Polaridad» que dice:

Amor, día, odio, noche.
Quizá la noche y el día sean lo mismo,
el amor y el odio, sucesos radiales que nos subyugan,
pero en momentos y formas diferentes.

 En coherencia con el espíritu de recopilación de lo didáctico y lo poético del volumen, esta última parte es una suerte de revelación para quien la lea, pues ya ha conocido las bases que sustentan La flor de la Vida, si no la Vida misma, a la que debemos corresponder, así como apreciar lo sagrado de su esencia:

La fractalidad del amor hace sostenible la vida,
una geometría en lucha constante
contra la asimetría de los Hombres.
(«Principio de correspondencia. Ley de Unidad»).


La flor de la Vida nos invita a reflexionar, a vivir y a valorar el universo del que formamos parte, mediante la poesía. Para ello, Heberto de Sysmo se inscribe en la línea de poesía de espíritu científico que exalta la singularidad de la Vida, porque «tener el afán de comprenderla puede acercarnos a saber algo más de nosotros mismos y del lugar en el que vivimos». Y su poesía contribuye a ello entre lo didáctico y lo estético.


Manuel Guerrero Cabrera

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