jueves, 6 de octubre de 2016

LA TUMBA DE KEATS de JUAN CARLOS MESTRE (por Antonio Cruz)







LA TUMBA DE KEATS

JUAN CARLOS MESTRE

Calambur Editorial, 2016






Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua.

EPITAFIO INSCRITO EN LA LÁPIDA DE JOHN KEATS



Ese día vas a dejar flores a la tumba de Keats,
y allí el centinela silvestre, el vigilante mísero bajo la lengua de los hombres,
el que escribió su nombre en el agua como un culpable en la piedra.

J. C. MESTRE



El poeta John Keats murió en Roma, y allí fue sepultado, en el cementerio protestante y bajo cuya tierra también reposa su amigo Percy Bysshe Shelley, muerto un año más tarde. La tuberculosis terminó prematuramente con la vida de Keats (en el preciso momento en el que sintiéndose próximo a su fin, componía sus mejores versos); y el romanticismo hizo el resto, condecorándole con todos los honores del poeta romántico e incomprendido, y con el estigma del maldito.

oh Roma sin motivo, Roma olida por el fúnebre hocico del cangrejo, Roma desmembrada diente a diente

            No se estilaba en aquel entonces la autopsia, ni fue necesario practicársela... fue Juan Carlos Mestre el que se encargó de hacer de forense de la vieja Roma, exhumando el cadáver polvoriento de Keats y escarbando en su tumba adornada con su pulcra lápida como lugar de peregrinación agonizante, para abrir las entrañas de una ciudad-cultura-sociedad moribunda. Mestre, el arúspice de Roma, Città Eterna, podrida como una manzana junto al río Tíber; poeta, que como otros ya hicieron (Dante, Blake, Milton, Baudelaire, Eliot...), disecciona la urbe decadente como extrapolación de la decadencia humana en Occidente.

En la vida de un hombre lo que tiene importancia y lo que no tiene importancia,
lo que se resiste a desaparecer, la aparición de una ciudad, el cansancio de los viajeros,
lo que favorece la ambición y lo que elogia la idea de abstenerse,
la duda moral de una vida solitaria, el descargo de multiplicarse en otros.


La tumba de Keats toma ahora nueva vida en una tercera edición, editada en esta ocasión por Calambur e impactantemente ilustrada con los dibujos del propio poeta. El poemario fue editado por vez primera en 1999 por Hiperión, tras alzarse con el Premio Jaén de Poesía, y según palabras del propio autor siendo escrito durante su estancia en Italia, en concreto entre octubre de 1997 y 1998 como becario de la Academia de España en Roma.

            Y allí fue concebido un libro que se desarrolla ausente de títulos ni secciones, plagado de extensos versos y arrancando como un génesis pseudobíblico que quisiera decir: Al principio fue el caos... pero también ahora vivimos, en el caos.

Esto sucede ante la hora izquierda en que mi vida,
violenta juventud contra el poder de un príncipe,
llama jauría a la verdad y belleza a los puentes derrumbados.
Llama flor del frío a la tumba de los náufragos,
astrolabio muerto a la nieve de los locos.
Hornea un talco negro el hambre de la muerte,
la edad de los sentidos, el obstinado aliento
de la cansada luz de octubre en el baúl de abejas.

            Y así arranca, evocando la obra eliotiana, rasgando el monólogo hamletiano espoleado por el espectro de Keats (y muchos otros keats), incomprendido y hastiado por la podredumbre que le rodea. Imágenes simbólicas y apocalípticas que van ensamblando un poema plástico y visual: Dante sub-yace desde su infierno y Mestre traza su pluma como El Bosco en sus lienzos el pincel.

No me arrepiento de nada ni de nadie, la vida es un monólogo
entre la índole extinguida de una estrella y la natural semilla.
Mi alma crece silenciosa hacia un lugar incierto,
allí las fieras luctuosas, allí el sicario gótico y el infortunio ciego.
           
            En La tumba de Keats, Mestre describe cada una de las tragedias humanas, desde el origen, desde que hombre es hombre hasta el presente contemporáneo, tragedias que al fin y al cabo son una sola tragedia: la Tragedia del ser humano.

No he aprendido a sufrir, toda severidad es inhumana.

La tumba de Keats es toda una suerte de irresolubles enigmas y símbolos, un interminable epitafio. Es el Pound primitivo, y el de los Cantos; La tumba de Keats es un largo epílogo de La tierra baldía, en donde cada página es un presagio, un vaticinio cumplido; una lápida con nombres y apellidos. Ya es un clásico; ya un libro mítico, que 17 años después renace en una edición exquisita, ilustrada por el propio Mestre, con ese toque de Bosco posmodernista: galería de sueños, bestiario sólo posible en sus grabados, metáforas robadas al otoño del Bierzo; sin duda, uno de los poemarios imprescindibles de los últimos 25 años, páginas y versículos en donde se inscribe la verdadera  Historia de la Decadencia Humana.  

Nadie llamará leña a la corteza de este árbol, nadie libro a la casa de este cuerpo,
nadie a la Roma mortal de los escombros liturgia de lo eterno,
nadie por más que dure la vejez del mundo ocultará su cara con las manos,
nadie al deseo que inspira el candoroso lenguaje de los hombres llamará costumbre desconocida,
nadie que se conozca olvidará las portentosas, inocentes, primeras palabras de su infancia,
nadie entre lo que queda de nosotros, la brizna de nosotros,
la huella de nosotros, dirá ha dejado de llover, el exilio ha terminado, es decir, he olvidado.


 Antonio Cruz








No hay comentarios: