domingo, 30 de octubre de 2016

LITERATURA Y CINE: LO QUE QUEDA DEL DÍA (por Javier Puig)


Lo que queda del día
                 
En Lo que queda del día, mister Stevens representa al hombre extremadamente formal,  cauto, contenido. Es un reputado mayordomo que trabaja en la noble mansión inglesa de Darlington Hall. Es el hombre que se prohíbe la espontaneidad, la pasión, en aras de una supuesta personalidad profesional que ejerce como una coraza frente a las incertidumbres de una vida improvisada. A veces, la vida sentimental que quiere evitar crece y se desborda. Entonces, los golpes que recibe los encaja con todo el desdén de que es capaz, pero su interior esconde un dolor indeleble.  

En la película de James Ivory, de 1993, mister Stevens es interpretado por Anthony Hopkins, que está magistral, especialmente en esos momentos de agudo dolor que él distribuye internamente bajo su casi hierático rostro. Emma Thompson compone de forma excelente a ese personaje de miss Kenton, el ama de llaves, esa joven mujer arrasada por una amplísima soledad, que ve en el mayordomo una oportunidad de aliviarla, pero con el que desesperadamente choca. No puede con su carácter rocoso, con sus respuestas sistematizadas, con esa terca negación de las oportunidades que la sucesiva realidad le ofrece. Inútilmente adivina en él un fondo humano, una fragilidad accesible, una corriente de pensamiento encriptada, una humana y saludable tendencia hacia lo incorrecto.

A veces, miss Kenton trata de franquear esa inexpugnable barrera que él ha dispuesto. Una vez, lo sorprende leyendo en la casi penumbra de su despacho. Quiere saber qué libro lee. Es una oportunidad para acceder a sus sentimientos más recatados. Él se resiste a decírselo. Pero - esta vez sí - miss Kenton infringe las servidumbres del llamado respeto. Forcejea con él y le arranca el libro de sus manos. Sospecha que pudiera ser un libro “picante”, pero es una historia de amores románticos, algo también vergonzoso para él, que se defiende: “Leo este libro así como cualquier tipo con el objeto de mejorar mi lenguaje y mi cultura”. Hay que desvirtuar lo espontáneo, forzar su confluencia con una severa actitud profesional. Nunca reconoce cualquier sentimiento que se desvíe de su rígido cauce.

Mister Stevens es el hombre servil que, más allá de su estricta utilidad profesional, de esa condicionada ética que exhibe, aspira a convertirse en nadie. No quiere escuchar las trascendentales conversaciones políticas que tienen lugar en la mansión que gobierna, no se permite tener opiniones, confía ciegamente en su patrón. De alguna manera, lo ama; porque es amable con él, porque lo respeta y solo le pide cosas que están en el ámbito de lo impersonal. Aunque alguna vez tiene que encajar alguna decisión suya con la que no está de acuerdo. En esas ocasiones, calla estrictamente su discrepancia, incluso ante los demás, ante miss Kenton, como cuando echa a dos sirvientas judías presionado por sus antisemitas amistades. O como cuando consiente la humillación a la que lo somete uno de los invitados. Este le hace tres difíciles preguntas de economía y de política internacional para demostrar el absurdo de que se le dé el voto al pueblo en una democracia.

Lord Darlington es un hombre bienintencionado que, tras la Primera Guerra Mundial,  promueve la amistad del Reino Unido y Francia con Alemania. Pero, como dice el congresista norteamericano que asiste a una de las reuniones que organiza en su casa, él es un aficionado. Y tiene razón. El lord no sabe nada de lo que se está cociendo, no advierte que está siendo utilizado. Pero también es verdad lo que contesta, que dejar la política en manos de los políticos profesionales es abandonarla a la codicia y a los intereses personales. Sin embargo, para mister Stevens, cabría contemplar el mundo como algo irrealizable y contradictorio. Él prefiere mantenerse apartado, no opinar y dejar actuar a otros.

La magnífica novela de Kazuo Isihiguro en que está basada la película consiste en un relato en primera persona de mister Stevens. A pesar de su extrema discreción, por todo aquello que nombra escuetamente, vamos haciéndonos la idea de su constreñida personalidad, incluso nos imaginamos lo que calla. La excelente película de James Ivory nos amplía esta visión. Tenemos la oportunidad de verlo a él, sus titubeos, sus irreprimibles milimétricas expresiones. La película, como la novela, funciona como un recurrente flashback que nos acerca a la época de los grandes acontecimientos en la vida de la mansión. Es una mirada retrospectiva que Stevens saborea mientras hace un insólito viaje turístico con el Daimler de su amo, un viaje que tiene como última estación el reencuentro con miss Kenton, después de que muchos años atrás abandonara la casa para casarse.

Mister Stevens viaja con la esperanza de poder llevársela a la mansión. Ella, en sus cartas, le ha hablado de las desavenencias con su marido. La quiere recuperar, pero no solo para la casa que la necesita, sino secretamente también para su vida. Pero, cuando se junta con ella, recibe uno de esos brutales golpes que a su expresión facial no le suponen más que un breve y nervioso pestañeo. En la novela se ha reconciliado con su marido, mientras que en la película va a ser abuela y quiere estar cerca de su nieta. Se rompe así la posibilidad de rehacer aquella vida truncada por los reprimidos gestos, por los indebidos silencios. No hay indiferencia en ella, sino mucho sentimiento en la definitiva despedida, lágrimas que denotan una dolorosa asunción de una vida irrevocablemente extraviada. Hablan del arrepentimiento, de una vida que pudo ser pero ya es irrecuperable.

En esa mirada retrospectiva que desarrolla en el viaje, mister Stevens reconoce como sus mayores satisfacciones aquellos momentos en que ha mantenido su dignidad, en los que no se ha mostrado a sí mismo, sino que se ha mantenido en su actitud impersonal, necesaria. En torno al concepto de la dignidad, gira su pensamiento, la elevación de su existencia, dándole un contenido férreo, una definida fijación. Pone ejemplos y, entre ellos, el de su admirado padre, su forma de comportarse en las situaciones difíciles, su compleja moral. Una vez le preguntan qué es la dignidad y responde: “La dignidad… es difícil de explicar, pero creo que, en realidad, se trata de no desnudarse en público”.

El concienzudo sirviente se mueve por terrenos movedizos. Mientras en la casa se está produciendo una importantísima reunión, su padre – al que tiene bajo sus órdenes – fallece. Stevens cree ver ahí una oportunidad para erigirse en un mayordomo excelso. Apenas desatiende sus obligaciones, llegando incluso a servir al lamentoso diplomático francés que lo busca para aliviar sus molestias en los pies. No tiene un rato para interrumpirse, para estar al lado de su padre.

La grandeza es para él defender el honor del amo, es negarse al más mínimo cotilleo aun cuando hayan pasado años después de haber estado a su servicio e incluso haya muerto. Algunos no comprenden esa distancia que toma y le espetan: “Usted solo ve pasar cosas, sin pararse a saber qué significan.” Pero él siempre pretende mostrarse según las necesidades profesionales que entiende. Por ellas, él, que resulta tremendamente circunspecto, piensa en ponerse a practicar la aptitud para hacer bromas. Ese es el objetivo que le va a restituir la ilusión, después de haber perdido la oportunidad del amor de miss Kenton para siempre. Así termina la novela.   


En la película, hay una escena final que no está en la obra de Ishiguro. En uno de los salones, por la chimenea se ha colado una paloma. Mister Stevens, siempre solícito, con delicado respeto, trata de asesorar a su nuevo patrón sobre el correcto modo de expulsarla. Al fin, la paloma sale por la ventana, asciende por el aire. Mister Stevens se queda mirándola. Es el símbolo de la libertad que él se ha negado.

Javier Puig





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