jueves, 17 de noviembre de 2016

CADÁVER PARA UN LIBRO de DAVINA PAZOS (por Carlos García)







Cadáver para un libro
Davina Pazos
Lastura, 2016









La poeta Davina Pazos, nacida en Ecuador y radicada en Madrid, ha vuelto a las andadas. En todos sus libros hay una voz personal y un tema rector, alrededor del cual se enrollan y desenvuelven los poemas. Si en Lo que más me duele es tu nombre (Premio “Ernestina de Champourcin”. Diputación Foral de Álava, 2007) la voz cantaba la letanía de una madre que perdió a su hijo, en Voces (Madrid, Vitruvio, 2014) decía un esposo el amor y el deseo por su mujer desde el más allá de la muerte.

Como se ve ya por esa mera e incompleta enunciación, Pazos no escoge el ángulo de visión más cómodo para ella, sino el que le permite definir mejor a su actor principal, ya que todos sus libros son monólogos de poseídos: por el dolor, por el amor, por el odio o por la nostalgia de la muerte, propia o ajena. En este caso, la voz es la de un asesino orgulloso de su oficio, pero no uno que mata por matar, o por vil encargo, sino como hacedor de belleza, moral y física.

Mediante su avieso arte, el asesino rescata a sus víctimas del anonimato, del desinterés:

No les puse el olvido,
no los cubrí de un pálido
color indiferencia,
sino de la exquisita
bandera del asombro.

La fascinación por el tema y la tentación de estetizarlo surgen paralelamente en el siglo XIX y dan aún sus frutos en el nuestro. Sólo mencionaré tres ejemplos, asaz diferentes entre sí: Del asesinato considerado como una de las bellas artes, del inefable De Quincey, los Crímenes ejemplares, de Max Aub, y la saga de Hannibal, desde los libros, pasando por las pe-lículas y hasta la serie televisiva.

Creo discernir que la autora conoce esos antecedentes, pero ella va un decisivo paso más allá. Hasta donde alcanzo a ver, el motivo no ha sido hasta hoy tratado en verso ni en primera persona. ¿Puede un asesino hacer poemas? Este, sí. No son muchos, no son largos, pero sí muy densos, tanto psicológicamente como en lo literario.

A Pazos se le da con increíble solvencia adoptar la dicción y la mirada de las figuras que elige, de los seres cuya personalidad asume. Imagina el atento lector que esa metamorfosis no tiene lugar rápida o fácilmente. Pero una vez comenzado el proceso, es irreversible, y Pazos no juega apenas a que se convierte en esa otra persona, sino que lo es, siquiera por el tiempo que ocupa la escritura. (Resuena aquí, indirectamente, la imagen del poeta como enajenado, que se despersonaliza y se ajena, pero no debe verse aquí inercia del sentimiento: en Pazos todo es intencionada inteligencia poética, acaso alimentada por la intuición).

Eso, en tanto concierne a la coherente disposición psicológica de la voz poética. Pero hay más en este enorme manojo de poemas. Si bien llevan cifras romanas como títulos (de I a XXXVI), no parecen contar una historia, cuando menos no una narrada convencionalmente. Las escanciones son más bien como destellos, miradas o declaraciones del asesino.

Dos obsesiones lo acucian: la de matar bien a quienes lo merezcan, pero también la de ser comprendido. De ahí sus reclamos:

Hielo no, porque mi nombre es fiebre,
ardores de esta cólera maldita,
que sufro de mí y es quemadura
por la que sale un asesino
que a mí también me mata cuando mata
y me redime.
Y un pájaro de angustia me recorre
de vez a vez y callo,
le doy refugio en mí, lo oculto al fondo
de lágrimas o gritos
o entre las líneas tristes de un poema.

No hay aquí humor negro: todo es serio y peligroso. Hay en este libro infamado de sangre momentos de gran lirismo. El poema XXII, por ejemplo, comienza así:

Todo instante es propicio a la belleza.
Se desmaya la luz sobre la carne.
En la rama de un árbol tiembla una hoja
y grita el corazón un silencio de muerte.
Entra en la carne el filo
hambriento de una pena.
 Quiere el aire tocar
la pintura más bella de un artista.

Y cuando uno ya cree que la poeta ha perdido de vista su tema, surge como llamarada la evidencia contraria:

A veces un paisaje y a lo lejos
el cadáver de una mujer hermosa
que ha llorado sus últimas tristezas.
[...]
Todo cuerpo es propicio a la belleza,
en un cadáver luce una congoja
y un artista suspira.

Eso es lo de Pazos: el ramalazo, el hacha que rompe el hielo, el relámpago que inquieta, el golpe brutal de tenue poesía. No es este poemario el primero de Davina Pazos que recomiendo (ya lo hice con Voces). Presiento que no será el último.


Carlos García (Hamburg)
I-XI-2016