domingo, 20 de noviembre de 2016

LITERATURA Y CINE: "El banquete macabro según Peter Greenaway" (por Sara J. Trigueros)

El banquete macabro 
según Peter Greenaway


Es bastante interesante cómo se vienen desarrollando temas más o menos clásicos en formatos artísticos actuales. Esto, en crítica literaria, se denomina transformatio y la cultura anglosajona ofrece un amplio muestrario. Se me ocurren, como ejemplo de rabiosa actualidad, lo que le ha sucedido a Shakespeare en dos series televisivas tan divergentes como son Sons of Anarchy y Game of Thrones. Precisamente, es Shakespeare quien ha servido de puente entre la mitología clásica y las formas modernas (y postmodernas) de esos mismos temas.

A lo largo de la historia de la literatura se entiende por banquete macabro una comida en la que, por altivez o venganza, se ofrece un sacrificio humano que es posteriormente degustado por dioses u hombres. Partiendo de esta aproximación, hay al menos cuatro ejemplos en la mitología clásica que podrían ser variantes de este mismo tema y que, enunciados por el nombre de sus organizadores, serían: el de Tántalo, el de Licomedes, el de Procne y Filomela, y el de Atreo. Los dos primeros fueron realizados para probar a los dioses; los otros, por venganza. El que tiene lugar en la película de Peter Greenaway pertenece a este último tipo, pero ofrece algunas diferencias con respecto a las versiones tradicionales del mito que lo hacen especialmente sugerente. La primera de ellas es que el delito, en principio, se revela a posteriori, mientras que en El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante no hay tal revelación.

La transformatio del mito señalado es, además, completa. El galés Peter Greenaway, director conocido por introducir elementos pictóricos o literarios en sus películas, era el mejor ejemplo de cómo el arte contemporáneo dialoga con sus predecesores, de ahí su lugar en esta entrada. En El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante extrae el motivo del adulterio del mito de Atreo y Tiestes e invierte el papel que juegan en él sus personajes. No es el despecho el que motiva el crimen final, sino una situación de presión psicológica llevada al límite: es la esposa adúltera quien obliga a su marido a devorar a su amante para vengar su muerte.

La cinta juega con otros elementos, especialmente extraídos del teatro, además del temático, lo que contribuye notablemente a provocar el reconocimiento del motivo literario cuando éste aparece de manera explícita. Por nombrar algún ejemplo y destripar todavía más el argumento de la obra, Greenaway divide su obra en actos claramente diferenciados, y mantiene casi en todo momento las unidades de acción y espacio. La ilusión teatral está servida desde el comienzo: todo gira en torno a la mesa del dueño de un restaurante y la cámara sólo cambia su rumbo para ofrecer espacios vecinos (la cocina, los aseos, la entrada del restaurante).

Por su parte, los personajes retoman los arquetipos del mito original: el ladrón, Albert Spica, mantiene una correspondencia unívoca con la figura del tirano, pero se aleja de la de Atreo para acercarse a Tereo en tanto que no es él el organizador del banquete, sino el destinatario. Al mismo tiempo, y aunque pertenezca a la otra configuración del mito, las vejaciones constantes a las que somete a su mujer, amigos o empleados tienen similitudes con las del episodio de la violación de Filomela.

Georgina Spica urde su venganza semejante a como la había organizado Procne, y es maltratada al igual que lo había sido Filomela, verdad que se desvela también de forma teatral, al desdoblarse su papel en el de mensajera de sus propias desdichas. Incluso la inocencia de las víctimas del banquete original queda traspasada a la de un niño que es brutalmente apaleado por Spica cuando «el ladrón» descubre la infidelidad de su mujer, si bien no será ofrecido como sacrificio.

La elaboración del banquete, como tantas otras escenas aisladas de la película ―especialmente aquellas que tienen lugar entre los utensilios de la cocina del restaurante―, es también un derroche de medios para crear un ambiente sobrecargado que potencia el efecto final. Éste tiene una función catártica y con un fuerte potencial para mover al espectador, incluso siendo éste conocedor del mismo, como es vuestro caso si habéis llegado hasta aquí.




En definitiva, Peter Greenaway rompe en el planteamiento de la escena con la complicidad entre espectador y creador, pues el banquete con carne humana es ofrecido sin que haya posibilidad de duda. No se le desvela tras la consumación del mismo, lo que supone otro cambio con respecto a prácticamente todas las versiones literarias que lo preceden, y no es sino una forma de diferenciarse de la tradición en la construcción de la obra de arte.


Para mentes vengativas con espíritu gourmet y gente sin escrúpulos, la cena está servida y al punto. Sin entrantes.


Sara J. Trigueros


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