viernes, 16 de diciembre de 2016

DE SHONE A ALBERTO ESCABIAS AMPUERO (por Luis Alberto de Cuenca)


DE SHONE A ALBERTO ESCABIAS AMPUERO



  
La sensación que experimento al leer los poemas de Alberto Escabias Ampuero es de complicidad con su quehacer poético, de cercanía con su modo de ver el mundo desde el prisma de una mirada personalísima. Había admirado a un jovencísimo rapper apodado Shone, que alegraba la vida de los miembros de la banda Hijos de Mary Shelley con sus ritmos urbanos. Ahora admiro al joven poeta que ha surgido de aquel y que ha logrado en muy poco tiempo adquirir eso que a muchos vates en ciernes se les niega con persistencia: una voz propia.

        Uno hubiese pensado que, viniendo del rap, en cuyo ámbito tanto lo disfrutamos, la poesía de Alberto tendría que ser narrativa, sincopada, repetitiva, como mandan los cánones de ese nuevo subgénero, a caballo entre lo musical y lo literario, que ha resultado escuela y vivero de poetas en estos asendereados comienzos del siglo XXI. Y no es así. El juglar se ha convertido en trovador en un tiempo récord. Ha pasado del ímpetu juvenil a la madurez lírica sin perder un ápice de frescura, espontaneidad, poder de evocación, capacidad comunicativa. Shone se ha convertido en Alberto Escabias Ampuero sin dejarse ni un gramo de originalidad ni de potencia creativa en la metamorfosis. Quizá porque el poeta acechaba desde el principio el paso del rapper para identificarse con él y atraerlo a la senda de la literatura.

He actuado muchas veces junto a Alberto en distintas convocatorias de esa hermandad o cofradía mixta de brothers y de sisters que es Hijos de Mary Shelley. Hemos rendido tributo al alimón a esa cuadrilla de maravillosos zumbados que se reunieron en junio de 1816 a orillas del lago Leman en un verano lluvioso que los precipitó en el terror. Díganlo, si no, las dos geniales creaciones que surgieron de aquel verano suizo: Frankenstein, de nuestra madre Mary, y El vampiro, de Polidori. Bajo la férrea y, al mismo tiempo, benévola batuta de nuestro común amigo Fernando Marías —que también aparece en este Disparo de nieve, lo mismo que la sister Raquel Lanseros—, hemos recitado e interpretado versos al unísono Alberto y yo, y hasta he tenido el placer de escuchar, en su voz y a ritmo de rap, mi poema «El desayuno».

        Pero eso forma parte del pasado. De un pasado todo lo prestigioso y divertido que queráis, pero pasado al fin y al cabo. Ahora Shone, por efecto de una andanada de rayos gamma líricos en su cerebro (bajo la especie de variadísimas lecturas de maestros antiguos y modernos en el arte de escribir versos), se llama Alberto Escabias Ampuero y es un poeta magnífico, capaz de haber escrito un libro tan hermoso como Disparo de nieve, que, a juzgar por la vivacidad y brillo de las piezas que lo componen, más debería haberse titulado Disparo de lluvia primaveral, pues está lleno de juventud y de esperanza, de buen amor y de buen humor, de ingenio y de agudeza, de precisión aforística y riqueza imaginativa, de sensibilidad e inteligencia.

Y si, además de todo eso, me encuentro al abrir el libro con una cita de mi querido amigo Antonio Marín Albalate; si, por si fuera poco, tengo el honor de que el Disparo que empieza donde terminan estas líneas me haya sido dedicado con fórmula amistosísima, no puedo por menos de felicitarme por haber unido mi nombre, aunque de forma menor, con el de Alberto Escabias Ampuero en esta su primera y triunfante salida por los caminos de la poesía. Que no será la última, porque hay poeta —y estupendo poeta— para rato.

      
Luis Alberto de Cuenca





EL SUICIDA METÓDICO


Me deshice
de las balas
que acechaban
la flaqueza
de mi destino
cuando
hasta la paciencia
de los árboles
me ofendía.

Las guardé
donde nadie sospechase:

dentro de mi cabeza.


SOLO IMPORTA LO QUE PERMANECE 


                               A Fernando Marías


Hay libros que nos escogen a nosotros, libros destinados
a encontrarnos, que tocan tu vida con todo su cuerpo,
en cada una de sus páginas. Recuerda si no la experiencia
de la primera lectura, la que te mantuvo en vilo y en vela
hasta el final, como el primer amor, revelando una desnudez
que te mordía los labios, y un dolor desconocido:
germen del llanto subterráneo. Recuerda también
cuando lo viste por primera vez en aquel estante,
acurrucado en la soledad del exiliado, lejos del propósito
de alcanzarlo, obligándote a levitar para llegar hasta él;
nada hay más atrayente que un libro a punto de ser leído.

La vida es un viaje, aún desconozco si de ida o de vuelta,
donde lo único importante es el trayecto, y da igual
hacia dónde te dirija, si es con rumbo firme o improvisado,
porque todo es pasajero, excepto los libros que permanecen.





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