martes, 13 de diciembre de 2016

HOY FIRMA: DANIEL MARÍA. "El lector que cayó a la Tierra. Los libros de Bowie."


El lector que cayó a la Tierra
Los libros de Bowie


Para un ser tan luminoso e inquieto como David Bowie, un tiempo de lectura de sesenta y nueve años origina múltiples referencias. Aún más cuando su proyecto artístico se sustentó tantas veces en la creación de heterónimos escénicos a los que pertenecían mundos concretos de honda conciencia cultural. No obstante, Bowie compartió en 2013 la lista de sus cien títulos predilectos, lo que ayuda en la tarea de inventariar sus preferencias literarias. Este es un recorrido por aquellas lecturas que alentaron y propiciaron su genialidad musical, artística y estética.

Un libro iniciático para cualquier alma libre, como es la novela En el camino (1957), de Jack Kerouac, también marcó los primeros pasos de un David Jones que comenzaba a descubrir su talento en el Londres de los sesenta. Tiempo después abrazaría de lleno a la generación beat. No obstante, Bowie encontró la horma de su zapato en la ciencia ficción. Lo acompañó siempre el alienígena que latía en su pecho, pero el armazón estético que dio paso a su propia filosofía del mundo entró por sus ojos bicolores a través de Kubrick y su obra maestra 2001: odisea en el espacio (1968). Arthur C. Clarke, autor de la novela homónima, dará paso a otro gran autor, el H. G. Wells de La Guerra de los Mundos (1898), aunque es posible, en este caso, que la célebre adaptación radiofónica de Orson Wells de 1938 llegara a oídos de Bowie. Lo cierto es que el artista se dio cuenta pronto de que la fascinación que despertaba en él la obra de otros creadores podría ser el punto de partida de su propia interpretación, del mismo modo que Kubrick y Wells partieron de agentes externos. En 1969, Bowie ofrece con Space Oddity (1969) su particular lectura: Hoy las estrellas se ven muy distintas.

Nuestro artista comienza la década de los setenta, la más fascinante de su obra, con el disco The man who sold the world, cuyo tema homónimo nos conduce a una probable inspiración, la causada por la novela de Robert A. Heinlein El hombre que vendió la luna (1950). A punto de sucederse los heterónimos, Bowie canta en este tema su encuentro con un otro que creía muerto y que le confirma ser el hombre que vendió el mundo. Ante tal circunstancia, era necesario que un ser total y extraño, que fundiera en su identidad los sexos y los géneros, salvara al planeta Tierra. Nace Ziggy Stardust.

El álbum The rise and fall of Ziggy Stardust and the spiders from Mars (1972)  trae consigo el principio de una composición clave en Bowie: aunar teatro, rock y diseño en una figura que representa y escenifica un discurso y un estilo. Con Ziggy, nuestro artista se deja embaucar de nuevo por Kubrick, esta vez gracias a su película La Naranja Mecánica (1971), de donde extrae referencias estéticas. No obstante, también la lectura de la novela homónima de Anthony Burgess trasluce en el tema central, Ziggy Stardust, donde Bowie recurre al término nazz (torpe, loco), que pertenece al glosario del nadsat, la jerga creada por Burguess en su novela. También se ha considerado la influencia de H.P. Lovecraft, en cuyos mitos de Cthulhu podría acomodarse Ziggy.

La actividad generada en 1973 nos conduce a varias referencias literarias. Por un lado, ve la luz su álbum Aladdin Sane, en cuya reconstrucción cuenta con el diseñador japonés Kansai Yamamoto, que le descubre el teatro kabuki. Este trabajo incluye el tema The Jean Genie, un juego de palabras por medio del escritor francés Jean Genet, a quien el cantante idolatraba. Este año, Bowie trabajó junto a Tony Ingrassia en el guion de un musical basado en la novela de Orwell, 1984. Compuso también varios temas, pero finalmente la viuda de Orwell no cedió los derechos y el proyecto se canceló. No obstante, Bowie recuperó dos temas que interpretó en The 1980 Floor Show, un programa musical de la NBC, y en Diamond Dogs incluirá el tema 1984.

En noviembre de 1973, la revista Rolling Stone reúne a Bowie y al escritor William Burroughs para una entrevista conjunta. Célebres son los retratos que les hizo Terry O´Neill. Bowie toma de Burroughs una técnica de composición que lo sorprende. Hablamos del cut-up, que consiste en reordenar fragmentos seleccionados de una obra terminada, con tal de romper la linealidad del texto y lograr resultados innovadores. Así culminó Bowie temas de su álbum Diamond Dogs (1974), como Sweet Thing y Candidate. Además, el aliento apocalíptico de este trabajo se ve influido por la obra del ufólogo Frank Edwards, especialmente su libro Strange People (1961).

En este punto resulta imprescindible citar que entre los múltiples intereses de Bowie se encontraban, de manera especial, los conocimientos ocultistas y esotéricos. Fue clave el encuentro con Jimmy Page, guitarrista de Led Zeppelin y gran conocedor de estos temas, que le recomendó la lectura de Aleister Crowley, a quien Bowie citará en su canción Quicksand. En esta línea destacan también las obras de Trevor Ravenscroft, sobre todo su libro El pacto satánico; y los títulos de Louis Pauwels y Jacques Bergier, autores de El retorno de los brujos. De este universo de enigmas surge su álbum Station To Station (1976).

Tras dar muerte a Ziggy –y otorgarle por ende la eternidad–, calzarse los tirantes de un soulman y dar vida al Duque Blanco, Bowie produce el disco de su amigo Iggy Pop, que titulan The Idiot, en alusión a la novela de Dostoievski. Nos encontramos en el proceso de creación de la denominada Trilogía de Berlín. Bowie se instalará en la capital alemana durante algo más de un año y esto marcará el último tramo de su prodigiosa e infinita década. Para ello, fue alentadora la amistosa recomendación de Christopher Isherwood, autor de Adiós a Berlín (1939), novela que inspiraría también el musical Cabaret.

No obstante, sería más preciso hablar de una Trilogía de Europa, puesto que Low (1977) se grabó en Francia, Heroes (1977) en Berlín y Lodger (1979) en Suiza. Lo cierto es que Berlín inspiró la canción más importante de este período, una de las mejores de su carrera y todo un himno: Heroes. El tema fue inspirado por el relato Una tumba para el delfín (1956), del italiano Alberto Denti di Pirajno, y por un cuadro del expresionista alemán Otto Mueller. Bowie relata un beso junto a un muro, y con ello, un pueblo, una guerra, una ilusión, una esperanza y la vigilante muerte que da sombra a cuanto acontece.

Una fuente de contacto casi permanente con obras literarias fueron precisamente las adaptaciones cinematográficas en las que Bowie trabajó. Mención especial merece su primer personaje protagonista en un largometraje, pues había debutado con el corto The Image (Michael Armstrong, 1967). Nos referimos a un extraterrestre llamado Newton, que llega a la Tierra en busca de agua para su planeta y no puede resistirse a las tentaciones de su nuevo hábitat. Nicholas Roeg, el director del film, se convenció de que Bowie debía protagonizarlo al visionar el documental Cracked Actor, dirigido por Alan Yentob en 1975 para la BBC. Se trata de una exploración de casi una hora en el caótico mundo de un Bowie controlado por el consumo de las drogas. La película El hombre que cayó a la Tierra (1976) –también conocida por El hombre que vino de las estrellas– fue unánimemente aplaudida por la magistral interpretación de Bowie. Para los meses de rodaje, el artista se hizo acompañar de unos cuatrocientos libros, según él mismo relató, lo que muestra su voraz perfil como lector. Entre ellos, la novela que inspiraba el film: The Man Who Fell to Earth, de Walter Tevis.

Otras adaptaciones en las que Bowie trabajó fueron Feliz Navidad, Mister Lawrence (Nagisa Oshima, 1983), basada en una obra de Sir Laurens Van Der Post; Absolute Beginners (Julien Temple, 1986), que parte de la novela homónima de Colin MacInnes; La última tentación de Cristo (Scorsese, 1988), según la obra de Nikos Kazantzakis; Il Mio West (Giovanni Veronesi, 1998), inspirada en la novela de Vincenzo Pardini y su última gran actuación, El truco final (Christopher Nolan, 2006), donde interpreta al inventor Nikola Tesla que Christopher Priest había novelado en su ficción.

De igual modo, su actividad teatral –aunque menos prolífica que la cinematográfica– lo puso en contacto con textos dramáticos muy interesantes. En 1980, Bowie es solicitado para sustituir al protagonista de El hombre elefante –la obra teatral basada en la vida de Joseph Merrick y escrita por Bernard Pomerance– que se representaba en Broadway. Siempre dispuesto a aprovechar las oportunidades más insospechadas, Bowie subió el telón en 157 representaciones y logró críticas muy positivas de medios como el New York Post y el New York Times. Debido al éxito cosechado, al año siguiente Bowie recibe la oferta de interpretar, para un especial de la BBC, la pieza de Bertolt Brecht, Baal, la primera obra teatral del autor alemán, protagonizada por un joven poeta alcoholizado y sus turbulentas relaciones afectivas. Bowie cantó las cinco canciones de la obra, una de ellas con música de su admirado Kurt Weill.

De nuevo, otra entrevista, como ocurrió con Burroughs, propició el encuentro de Bowie con un escritor, Hanif Kureishi. Este último fue requerido por la revista Interview –la creada por Warhol en 1969– para que entrevistara al cantante. Al final de la conversación, el entrevistador, autor de El Buda de los suburbios, anuncia al entrevistado que la BBC prepara una adaptación de su novela. Bowie acepta hacerse cargo de la banda sonora. El protagonista de la historia es un joven que crece en un barrio de las afueras de Londres y que, mientras descubre su sexualidad e identidad, alimenta una verdadera vocación por el teatro. Estos fueron, de seguro, ingredientes suficientes para acaparar la atención de Bowie. Los temas compuestos para el film originaron el disco The Buddha of Suburbia, que vio la luz en 1993. Nuestro artista declaró, satisfecho, que fue uno de los mejores trabajos de su carrera.

Su siguiente trabajo discográfico, 1. Outside (1994), traza como línea argumental el relato del profesor Nathan Adler, un detective que investiga el asesinato de una adolescente cuyo cadáver es encontrado en las escaleras de un museo. Este sustento literario, del que parte Bowie para desarrollar sus intereses musicales, demuestra el especial nivel narrativo de numeras canciones suyas que son “protagonizadas” por un personaje (Mayor Tom, Duque Blanco, Ziggy, los enamorados de Heroes, el muchacho de look divino de Rebel, Rebel…) que toma la palabra o nos convierte en testigos de su historia. Precisamente con Nathan Adler, Bowie se decide a compartir su literatura fuera del abrigo musical, y en 1994 publica el relato gótico-detectivesco The Diary of Nathan Adler en la revista Q. Su amigo Iggy Pop –la bestia más hermosa del mundo– relató que, en una ocasión, Bowie se fascinó con una novela sobre un aterrizaje en Marte que el Gobierno había encargado a profesionales de una cadena de televisión. Argumento que deseaba llevar al cine. Uno de tantos proyectos de escritura que contaron con su motivación, como las entrevistas que realizó a diversos pintores y que se cuentan entre sus colaboraciones periodísticas.

Por otro lado, el interés de Bowie por el budismo lo llevó a tomar contacto con la Casa del Tíbet, donde emprendió una gran amistad con el lama Chime Rinpoche. Temas como Silly Boy Blue y Karma Man expresan su sentimiento al respecto. La lectura de Siete años en el Tíbet (1952), el popular libro de memorias de Heinrich Harrer, inspiró el tema homónimo Seven Years In Tibet, incluido en su álbum Earthling (1997). En 2001 lo pudimos ver junto a Patti Smith –el ángel que lee a Rimbaud– cantando en beneficio de la Casa del Tíbet.

En 2002, Bowie publica su vigésimo quinto álbum de estudio, Heathen. Los atentados del 11-S ocurrieron durante su proceso de creación, hecho que acentuará la ansiedad del mensaje. Esta vez el armazón estético se muestra desgarrador y contundente. Imágenes religiosas mutiladas, un Bowie de ojos diabólicos y una ilustración con tres libros: La gaya ciencia, de Nietzsche; La interpretación de los sueños, de Freud y La teoría de la relatividad, de Einstein. ¿Quiso decirnos Bowie que Dios ha muerto, que el inconsciente nos hace libres y que la física responde las preguntas ante las que Dios impone un silencio milenario?

En la lista de cien libros que el artista dio a conocer en 2013, Bowie incluyó obras ya citadas anteriormente junto a títulos como A sangre fría, El extranjero, El gatopardo, Lolita, La conjura de los necios, La Ilíada, Madame Bovary, Mientras agonizo (Faulkner), El marinero que perdió la gracia del mar (Mishima), Dinero (M. Amis), El maestro y Margarita (M. Bulgakov), Herzog (S. Bellow), Los trazos de la canción (B. Chatwin), Ruido de fondo (Don DeLillo), Entre las sábanas (I. McEwan) y la poesía de Frank O´Hara; pero también libros sobre arte y música, entrevistas, biografías, historia, ensayos, revistas y cómics.  

En cuanto a su último disco, Blackstar, ya han aparecido diversas interpretaciones mesiánicas sobre las solapadas despedidas incluidas en él. Lo desconozco porque he hecho oídos sordos a tales lucubraciones. El día de su lanzamiento, 8 de enero –Bowie cumplía 69 años–, el disco llegó a mi vida, pero pospuse la audición para un momento de sosiego que se vio sorprendido por la fatal noticia. No he podido escucharlo, y no sé si lo lograré. Siento con Blackstar que Bowie ha dejado un mensaje en mi contestador, y la luz roja que insiste en el aviso es un encuentro que algún día se producirá, pero también la estrella que consumirá su último destello. En esta contradicción vivo. Pero de algo estoy completamente seguro: el 10 de enero de 2016 fue el día que nunca murió Bowie. Como no mueren los libros una vez que los cerramos.



DANIEL MARÍA

*Publicado en Qué Leer número 218 
(marzo de 2016)


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