domingo, 11 de diciembre de 2016

LITERATURA Y CINE: HANNIBAL (por Daniel J. Rodríguez)


HANNIBAL

Le propongo un ejercicio de imaginación. O, más que eso, un esfuerzo por desdibujar ese icono tan potente que es Anthony Hopkins atado de pies y manos y con una horripilante máscara carcelaria. Ha sido leerlo y verlo, ¿verdad? Esos ojos azules, sin fondo; la perversión en su gesto, una sonrisa trágica y vivaz… Pareciera imposible desvincular al actor galés de la esencia de ese fascinante psiquiatra caníbal. Y, en cierto modo, así es: su biografía estará vinculada de un modo inevitable al doctor Lecter. Y Lecter, podría parecernos, será con Hopkins o no será… hasta que apareció Mad Mikkelsen.



Hannibal es una serie de televisión de la estadounidense NBC que se sirve del universo creado por Thomas Harris en Dragón Rojo  y El silencio de los corderos y que, por supuesto, toma referencias visuales de las películas protagonizadas por Hopkins. Tres temporadas que comenzaron a emitirse en 2013 y que, tras 39 episodios, desapareció ­­–aunque su legado aún palpita y son muchos los que piden insistentemente que vuelva-. 

Lo primero que necesitaba conseguir Hannibal era hacer olvidar al espectador que el monstruo era Hopkins. Quizá por ello los guiones de la primera temporada no difieren (en estructura) de una ‘serie de polis raruna cualquiera’. A saber: poli necesita ayuda de un asesor extraño, que a su vez necesita ayuda psiquiátrica, para resolver un caso. Poli no tiene ni idea de lo que ha ocurrido, pero asesor extraño tiene una serie de percepciones que le ayudan a resolver el caso y por las que necesita, después, pasar por la consulta de su elegante, discreto y educado doctor.

La propuesta es clave para enganchar: personajes bien medidos; un Hannibal discreto, que roza más al papel de reparto que al personaje protagonista y una expresión estética que hace desear al espectador cada muerte. Porque sí, en Hannibal la muerte es algo más que muerte: es belleza. Con esa primera temporada de ‘presentación’, el espectador ya queda enganchado. Más por la estética que por el propio personaje, aunque los últimos capítulos de la primera temporada ya le sirven para ganar entidad y presentarse como lo que es: un delicioso monstruo.


Las otras dos temporadas ya sí: Hannibal en estado puro. El espectador disfrutará del perfil profundo del personaje, de sus juegos de máscaras con la Policía, cuerpo al que sigue ayudando a resolver crímenes. Reconocerá el iniciado alguna trama relacionada directamente con las películas y los libros, como la que tiene como protagonista a Mason Verger y su particular gusto por el adiestramiento de cerdos o la centrada en el dragón rojo.

La exquisita fotografía, la sobresaliente actuación de Mikkelsen y el resto del reparto, lo osado de la propuesta y la originalidad de la revisión del ya clásico hacen de Hannibal una serie que roza lo imprescindible.

Daniel J. Rodríguez

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