miércoles, 21 de diciembre de 2016

UNA HOGUERA EN LOS PÁRPADOS de MARTA DOMÍNGUEZ ALONSO (por Jesús Cárdenas)


ARAÑAZOS EN «UNA HOGUERA EN LOS PÁRPADOS», DE MARTA DOMÍNGUEZ ALONSO


Tras ese despertar de la conciencia que supuso Historia transida y poesía renovada (Ediciones en Huida, 2012), la zaragozana Marta Domínguez Alonso regresa con este volumen, «Una Hoguera En Los Párpados», publicado en la editorial Olifante, en 2016, invitándonos a una búsqueda por la desnudez y el despojamiento de la palabra poética, lejos de lo banal; un poemario breve, pero íntimamente desbordante.

El título de este libro nos sugiere aquellos versos que escribiera la poeta de Avellaneda, Alejandra Pizarnik, “si solamente hicieran una hoguera en mis labios / para quemar las sílabas que no se unen”. La poesía de la argentina era como un tobogán de emociones de ascenso y declive; la aragonesa crea un discurso poético cercano  a los lectores con un tobogán que ha de terminar en lectura profunda: «las palabras sin sentirlas». 


Desde su título nos anuncia la benévola cartografía desde donde se abren los poemas. Nos conduce a las coordenadas de su origen, hacia la intimidad del verso, a sentir su respiración. Luego nada será igual. Todo cobrará un nuevo sentido frente a la rueda inclemente del tiempo.

El planteamiento estructural del libro se fija en la «Introducción» tras el cual, un poema, «Captatio Benevolentiae», que es toda una declaración de intenciones, «Lector, encárgate de transportar nuevos sedimentos»; seguida de tres bloques: «Del lado de la tierra», «Monólogo de amor» y «De otros lados». El primero de los cuales ocupa una mayor extensión pues le invade lo que tiene más a mano, aunque ello sea el globo terráqueo, lugar de resquemor y desde donde los hombres apuntan, pero también donde se inventó «el amor / única balanza que me salva».

Una parte de su poética está cifrada, tras una enumeración gradual, en los últimos versos del poema «Serendipia», donde la maña araña en busca de la palabra certera:

Socavar la tierra
buscando el verbo.
Hallar la palabra al conjugar la imagen
Serendipia, es,
viento certero.

En algún caso la obra parece inconclusa: falta la mirada del lector que interprete la ambivalencia del contenido. Así nos confiesa Domínguez: «(como en este poema inacabado)».

Pretende fijar su foco de atención curioso y capaz de alcanzar con su gran angular toda la realidad aunque sea dolorosa: un lugar afectivo, geográfico o temporal. Domínguez da un paso al frente, no huye; al contrario, se muestra, ahí, convirtiéndose en todo lo que le causa perplejidad. Así, conviven en sus versos tanto lo  diverso como lo concreto de una misma escala. Ese deseo de abarcar tan ancho horizonte, también conlleva sus arañazos («y yo quería cauterizar la hemorragia)». La ciudad no se muestra amable con los propios individuos que la habitan; no es refugio ni cobijo, y además es intemporal frente a la temporalidad del ser humano.

Esa búsqueda por hallar la palabra precisa se refleja en el lenguaje expresivo empleado por la poeta maña: siempre agudo, nunca predecible. El ritmo en el que se balancea se mantiene vivo y fresco. Lo mismo se sirve de topónimos que de palabras en cursiva, metáforas sencillas como imágenes sugestivas e insondables. Ejemplos de imágenes surrealistas puede encontrarse en el poema «Indagación»: 

Mientras tanto, un tacón sigue rompiendo 
la conciencia vacua de la niebla. 

O en el poema «El sabor de la sangre»: «Cuando el salobre nuble mis pestañas, / habrá labios que beban por mi nombre»

El hallazgo conlleva, asimismo, disparar preguntas al aire, en suspensión, hasta que el lector las alcance «¿Permite Dios tomar algunas decisiones? / ¿Serás mi amigo y arrojarás a mi agujero / veinte paletadas de tierra?»

Una hoguera en los párpados es un libro escrito en apariencia sencilla y de tono realista, como ya lo hiciera, entre otros, García Lorca –uno de sus poetas predilectos-, poniendo en tela de juicio las típicas maneras de ver la realidad. Estos poemas no mueren al ser leídos; van más allá en su rebeldía y quedan encerrados en cada uno de los lectores.

Jesús Cárdenas



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