viernes, 2 de diciembre de 2016

"Viento variable" de Antonio Hernández (por Santos Domínguez)






Viento variable
Antonio Hernández
Calambur, 2016











Entre la mirada interior y la exterior, entre el parque madrileño del Retiro y la bahía gaditana, entre el apasionamiento encendido y el escepticismo desengañado, entre la anécdota individual y su significado simbólico, Viento variable, el reciente libro de Antonio Hernández que publica Calambur, es una espléndida muestra de la capacidad que tiene la poesía como método de integración de realidades contrapuestas, además de una nueva pieza en la construcción de la sólida obra poética a la que su autor ha dedicado hasta ahora más de medio siglo.

No se trata de una pieza más, aclarémoslo ya, ni de un simple apéndice de su poesía completa, sino de un libro que tiene la importancia crucial de una clave de bóveda en el edificio poético del autor.

Articulado en torno a distintos leitmotiv que recorren sus secciones como ejes temáticos vertebrales, como variaciones que matizan su mirada, Viento variable es un libro que, como las sinfonías, combina la coherencia unitaria de la composición y la autonomía de sus movimientos con la pertenencia a un todo que le otorga su sentido más profundo.

Porque en Viento variable Antonio Hernández agrupa lo narrativo y lo lírico en un libro que contiene el ocaso y el amanecer y reúne lo vivido y lo imaginado, lo astral y lo minúsculo, la memoria y el sueño en la evocación del paisaje como estado del alma, según anuncia la cita de Amiel que abre el libro.

Y por eso y porque “las espinas forman parte del parque” o porque “la primavera / tiene su espejo perfecto en la rosa: / esplendor y traición; del polen nacen lágrimas / y el césped guarda fuegos embozados', esa integración de contrarios tiene sus referentes ideológicos y poéticos en el Barroco, un movimiento con una conciencia del tiempo tan aguda y punzante como la que recorre este libro. Y por tanto  no es casual la resonancia quevedesca de muchos de sus versos, la mirada irónica, distante y desengañada que recuerda los avisos gongorinos con un tono desgarrado que convive aquí también con la gracia vitalista y afirmativa de Lope.

Integración y reunión no sólo de temas, sino de tonos y enfoques, de metros diversos, entre la proximidad coloquial o la levedad casi aérea de la canción y el largo aliento meditativo del verso libre en un conjunto en el que coexisten distintas formas de mirar a un mundo opaco y complejo, ancho y ajeno como el que le inspiró a Ciro Alegría el título de su mejor libro.

Una armonía que prefiguraron ya esos dos Géminis sevillanos  (“uno me hizo su hermano / y el otro su sobrino”) que evoca y homenajea uno de los poemas de este libro que es antes que nada un memorial de emociones de amplio espectro que se mueven entre el ámbito doméstico y la dimensión social de la poesía.

Viento variable es, pues, la historia del corazón de un poeta que va de lo íntimo a lo testimonial y resume la infancia en los ojos de su nieto o en el recuerdo de su abuelo industrioso e infeliz, en el ángel trangresor que puso impremeditadamente la semilla de la poesía en unos libros abandonados en la fonda de su abuela o en la evocación de su primo Pepito el Rana.

Porque, como en la parte más sustancial de la obra toda de Antonio Hernández, el recuerdo –“lámpara de la vida”- mantiene encendida la luz de la memoria que nos construye frente al paso del tiempo que nos destruye, sostiene la llama de un paraíso perenne y perdido entre las sombras y la esperanza, entre un presagio funesto y un mal sueño, entre la revelación de un crepúsculo atlántico en la Bahía de Cádiz y la paciencia dorada del otoño en el contraluz de ese mar subalterno del estanque del Retiro.

En ese tipo de contrastes se sustancia literariamente la lucha interior del poeta que sostiene un íntimo, inmisericorde debate consigo mismo, un diálogo interior descarnado en el que coexisten la luz y la sombra en la misteriosa transparencia de la vida y en los estragos del tiempo que hace cojear “de las piernas y de los sueños”,  tocados por las huellas invisibles que dejan el miedo y los naufragios.

Bajo una mirada desgarrada, de estirpe quevedesca, irónica y distante –ya lo decíamos-, pero también compasiva y conmovida, porque “en la llama esplende lo escondido,/hace señas lo oscuro”, se suceden en Viento variable las envidias líricas y las insidias prosaicas, el horario vespertino del tullido y una música que aleja el lunes, una casa de fieras que es la metáfora del mundo y una luz musical que no cojea, la crítica de la injusticia o el canto desnudo del pobre con la música callada del piano en la casa familiar, Enrique de Melchor y Duke Ellington, Claudio Rodríguez reencarnado en gorrión, Antonio Machado con su desnudez vestida de alma o un Lorca sin tumba ni mármol.

Por si quedaba alguna duda, en este nuevo viaje al corazón de las palabras Antonio Hernández vuelve a demostrar que la literatura vive en el matiz del adjetivo y de su primo el adverbio, como demostró por la vía de los hechos consumados el maestro Luis Rosales, al que se dedica uno de los textos más memorables de este libro, socarrón y amargo, presidido a veces por un tono sombrío y otras por la sonrisa luciferina y comprensiva de quien va de su corazón a sus asuntos.

A estas alturas de su obra, cada nuevo libro de Antonio Hernández es un ejercicio de riesgo, el que asume aquí por ejemplo al situar su texto en la encrucijada de los géneros y en el mestizaje de lenguajes y registros que se mueven entre el prosaísmo deliberado o el tono coloquial y la ambición expresiva.

Pero además, cada nuevo título de un autor consagrado tiene la obligación de ser una nueva aportación dotada de sentido propio que la justifique en sí misma y que a la vez ilumine el resto de su obra poética retrospectivamente.

Esa responsabilidad, que Antonio Hernández cumplió ejemplarmente en Nueva York después de muerto, es la que orienta también la escritura de este Viento variable, una nueva piedra fundamental en el conjunto de la poesía de un autor imprescindible en la poesía española de los últimos cincuenta años.

Alguien que, según confiesa –distante y confidencial a un tiempo- en uno de los textos:

ha sufrido tanto
que tiene el corazón mellizo.
Por eso ha sobrevivido.
Por eso lo que escribe
no es letra muerta.

Santos Domínguez




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