viernes, 27 de enero de 2017

ROBINSON JEFFERS. EL ÚLTIMO CANTOR DE WALT WHITMAN (por Antonio Cruz Romero)


ROBINSON JEFFERS. 
EL ÚLTIMO CANTOR DE WALT WHITMAN*




John Robinson Jeffers fue un escritor inmenso, poseedor de un lenguaje poderoso y directo, y de una poética «rocosa», pudiendo considerársele como una de las voces capitales de la poesía norteamericana del pasado siglo XX. En su intensa lírica, eminentemente meditativa, abunda el poema narrativo, lo que supone la alternativa al influyente modernismo anglosajón de Eliot y Pound.

            Robinson Jeffers nació el 10 de enero de 1887 en Alleghey, entonces perteneciente al estado de Pensilvania. Era hijo de un severo ministro presbiteriano, profesor de teología y estudioso de la Biblia, hecho que en el futuro se reflejará de manera diáfana en su poesía. Viajó a Europa y estudió en colegios suizos y alemanes durante tres años, realizando estudios clásicos, unos años universitarios en los que adquirió un vasto y variado conocimiento que le llevó a cursar medicina, astronomía, literatura y ciencias forestales; ya desde joven se percibían sus inquietudes como amante y protector de la naturaleza.


            En 1906 conoció a Una Call Kuster, tres años mayor que él y por entonces esposa de un abogado, dando comienzo una relación de la que los medios escritos de la época se hicieron eco. Aquella situación levantó cierto escándalo e hizo que Una se estableciese en Europa durante un tiempo, hasta que en 1913 se casaron, trasladándose a Carmel-By-The-Sea, California, lugar mítico y clave en la poesía de Jeffers. En aquel paraje adquirieron un terreno, plantaron todo tipo de árboles a los que alude constantemente en sus poesías (cipreses y eucaliptos, principalmente) y construyeron una casa de granito que bautizaron como Tor House —cuyo significado es el de casa de la colina abrupta y rocosa—. Por las mañanas el poeta se dedicaba a escribir (muchos de sus poemas hablan de la citada casa y de sus espectaculares vistas), y por las tardes ayudaba en la construcción de ésta. Más tarde edificaron junto a ella una torre que bautizaron como Hawk Tower, pues contaba Jeffers que mientras la construían se acercaba diariamente a visitarles un halcón; dicha edificación fue un regalo para Una, que sentía fascinación por las torres y la cultura celta. Vivieron allí hasta su muerte.

            En 1914 tuvieron una hija que murió poco después de nacer, y dos años más tarde dos hijos gemelos, Garth y Donnan. Una falleció mucho antes que el poeta, en 1950, mientras Jeffers lo hizo más de una década después: el 22 de enero de 1962, poco después de celebrar su 75° aniversario.


ALGUNOS ELEMENTOS CLAVE EN LA POESÍA DE ROBINSON JEFFERS

No cabe duda de que el estilo de Jeffers se asemeja enormemente al de Walt Whitman, el influyente poeta norteamericano que hizo uso del verso libre, puesto que este elemento fue también el instrumento con el que Jeffers ensambló una lírica ausente de toda métrica, pues si el primero la consideraba como algo antinatural, el segundo asumió su ausencia de manera espontánea para construir sus versos.

            En Tamar (1924) y Roan Stallion (1925), sus primeros poemarios, se aprecia la influencia y esencia de los antiguos poetas griegos, largos poemas con reminiscencias clásicas y próximos al género literario de la épica. La temática, atravesada por la tradición griega, causó cierta controversia en la época: incesto, parricidio y asesinato. En esos primeros poemarios su poesía resultaba bastante más compleja y espinosa que la que posteriormente brotaría de su pluma, resultando ardua de interpretar.

            Poco tuvo que ver Jeffers con el modernismo anglosajón, y mientras en ocasiones se asemeja a los antiguos poetas griegos —en especial en sus primeros poemarios—, en otros casos arrastra reminiscencias de Wordsworth, Byron o Robert Frost, pero en especial de la poesía de Walt Whitman. La poesía de Jeffers se podría definir en términos generales como poesía narrativa, en un intento de presentar aspectos de la vida que —según el propio poeta— el estilo de la poesía moderna había obviado, mientras la suya intentaba ser un certero camino para plasmar ideas filosóficas y científicas en verso, reclamando con ello mayor libertad.

Dejadlos solos

Si Dios ha sido lo suficientemente bueno para otorgarnos un poeta,
Entonces escuchadlo. Pero dejadlo solo hasta que muera,
por el amor de Dios; sin premios ni ceremonias,
Que matan al hombre. El poeta es aquel que escucha
A la naturaleza y a su propio corazón; y si el ruido del mundo
Crece en torno a él, y es suficientemente duro,
Podrá sacudirse a sus enemigos pero no a los amigos.
Es lo que marchitó a Wordsworth y apagó a Tennyson, y
hubiese matado a Keats; es lo que hace que
Hemingway haga el tonto y que Faulkner olvide su arte.


NATURALEZA VS. HUMANIDAD

Sus versos y los elementos con los que se ensambla su poesía se erigen en una dualidad contrapuesta que resultaron fáciles de hallar en el entorno en el que vivió: la violencia de la naturaleza, los acantilados, las tormentas, el duro mar, la piedra y el granito, las gaviotas, las aves rapaces como el halcón —su símbolo— y el buitre, su famosa casa —Tor House—, la costa californiana... y por otro lado la decadencia humana y la maldad que todo lo envuelve, poniendo siempre de manifiesto la crueldad del ser humano cebándose contra la naturaleza.

La belleza divinamente superflua
Gobierna los juegos, preside los destinos, hace crecer árboles
Y elevar colinas, bajar las olas.

[Fragmento de «Belleza divinamente superflua»]

            La poesía de Jeffers parece estar representada a la perfección en la sugerente y poderosa fotografía de Ansel Adams, con sus imágenes de ásperos y poéticos paisajes; poemas que desprenden un constante sentido didáctico, en un intento de concienciar al lector —quizá considerando que el lector de poesía representa uno de los niveles humanos más altos— de manera ética y espiritual en el cuidado y respeto por la naturaleza y por el entorno natural.


POLÍTICA

Este verso del poema «Casandra», del poemario The Double Axe (1948), es un ejemplo diáfano en su forma de entender y contemplar al ser humano: los hombres odian la verdad. El oponerse a la entrada de EE.UU. en la II Guerra Mundial le pasó factura como escritor, por rebelarse y alzar la voz contra el todopoderoso gobierno norteamericano. Desde aquella oposición pública a que su país entrase en la contienda, ya nunca llegó a gozar del respeto que sí había disfrutado hasta entonces, cayendo en un ostracismo orquestado por la política norteamericana en general y sus políticos en particular, aunque Jeffers prosiguió en su persistente y mordaz crítica: los hombres odian la verdad.

            Con el curioso y significativo poema «Enójate con el sol» (Enójate con el sol por ponerse/ Si estas cosas te provocan ira), perteneciente al poemario homónimo Be Angry at the Sun (1941), da inicio su particular cruzada no sólo contra los políticos norteamericanos, también contra todos los poderes fácticos, si bien fue con el poemario anteriormente citado, The Double Axe (1948), en cuyos versos reprobó y censuró la doble moral de la política de su país, lo que originó que fuese criticado duramente por la clase política, llegando a aparecer una inusual nota a cargo de su editorial (Random House) en la que advertía que no compartían dichos comentarios ni el contenido del mismo.

           
RELIGIÓN

La poesía y la vida de Jeffers se hallaban notablemente influidas por el panteísmo y por la filosofía de Nietzsche, siendo en sus versos en donde acude al encuentro extremo con el ser humano, en un intento —casi en vano— de entenderlo, para terminar desviándose y deteniéndose en la belleza de las cosas y la difícil relación de lo terrenal (y de él mismo) con la religión.

            Muchos críticos han afirmado de él que fue un poeta que representó en cierto modo una ruptura con lo religioso, si bien nunca llegó a ser así, y simplemente estableció una distancia (e incluso rechazo) con el Dios del Antiguo Testamento, un Dios que para él resultaba severo y distante y en el que observaba la clara representación de su progenitor, aunque ciertamente tras leer su poesía no se percibe ese rechazo total al Dios del Nuevo Testamento representado en la figura de Cristo. Curiosamente, muchos de sus poemas adoptan la forma de graves profecías al estilo de aquellas que exponían los profetas del Antiguo Testamento.

            A través de sus versos se constata una rotunda paradoja y una evidente contradicción, ya que mientras aparenta repudiar la religión (occidental), por otro lado se percibe la búsqueda constante y persistente —en ocasiones ansiosa y desesperada— de Dios; por momentos expresa su decepción con el Ser Supremo, pero en otros lo asume como la única tabla de salvación, en especial tras convivir con el ser humano y observar su vileza, tal y como expone en el poema «En el desierto del alma»:

            Sin duda es la época
            De desilusionarse, de entrar cada uno al particular desierto del alma
            Y buscar a Dios —habiendo visto al hombre.

            En sus poemas y en su día a día, Robinson Jeffers estableció una relación y equivalencia entre el Universo, la naturaleza y Dios, haciendo suya la máxima del panteísmo en la que todo es Dios y Dios es todo. En este sentido, en el poema «Las estrellas atraviesan el solitario océano» —perteneciente al poemario Be Angry at the Sun (1941)—, se aprecia de manera clara cómo Jeffers no distingue entre ningún elemento de la naturaleza, equiparando a cada uno de ellos y situándolos en el mismo escalafón de importancia, desde los elementos más sutiles como el océano, las estrellas o las costas, con los que no lo son tanto, como los gusanos y los escarabajos, o con los jabalíes y cerdos.  


 EL MÁS ALLÁ

En los poemas de Jeffers se transita por constantes referencias al más allá, a la vida después de la muerte, al alma inmortal... versos en donde el poeta afirma que volverá una vez muerto. Como muestra se pueden citar los poemas «Tor House», «Inscripción para una lápida» o «La cama junto a la ventana».

[…] Me imagino, dentro de cincuenta años,
Una figura gris y nebulosa vagando por este lugar bajo la demente luz de la luna, examinando las ensambladuras de la argamasa, manoseando la 
Hiedra parásita.

            Estos versos pertenecen a «Fantasma», una enigmática composición en prosa que resulta  verdaderamente estremecedora y en la que Jeffers profetiza que pasados cincuenta años de su muerte su espíritu se aparecerá en la casa que él mismo construyó.

            Y este fue Jeffers, un poeta que se mimetizó por completo con la naturaleza, y cantó el dolor de la infinita crueldad humana.

Marea baja del atardecer

El océano no ha permanecido tan tranquilo durante tanto tiempo; cinco garzas nocturnas
Vuelan mudas por la costa en el silencio del aire
Sobre la calma de la marea baja que casi refleja sus alas.
El sol ha caído, y el agua ha descendido
Desde la roca cubierta de algas, mas asciende un muro de nubes distantes. Susurra la marea.
Inmensas sombras de nubes flotan sobre el agua opalina.
Las grietas a través del telón del mundo de dorados destellos pálidos, y la estrella
Del atardecer se desliza repentinamente como una antorcha volátil.
Como si no hubiésemos debido verla; ensayando tras
El telón del mundo de una audiencia distinta.



Antonio Cruz Romero



           


*El último cantor de Walt Whitman. 
Poesía esencial 
(Edición bilingüe). 
JEFFERS, Robinson. 
Huerga & Fierro editores, 
Madrid. 2016.




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