lunes, 9 de enero de 2017

TERRITORIOS PARA UNA POESÍA DEL SIGLO XXI (por Andrés García Cerdán)


TERRITORIOS PARA UNA POESÍA 
DEL SIGLO XXI







EL PELIGRO Y EL SUEÑO.
La escuela poética de Albacete
2000-2016




                








El peligro hermoso

Algo ha ocurrido estos últimos tiempos en la poesía escrita en Albacete. Un número inédito de creadores de gran coherencia y proyección ha ido abriendo sus puertas a la poesía del siglo XXI en lengua española. Se han sucedido los premios, los reconocimientos, las publicaciones en las principales editoriales, el encuentro con  la crítica. Al unísono, como el reclamo generoso de una onda expansiva intergeneracional, los poetas han dado su verdad y su inteligencia en libros en que conviven el conocimiento y el riesgo, convirtiendo esta llanura de nadie en una tierra de promesas. A despecho de todos los sinsabores y todas las flaquezas, el desierto ha florecido. Para intentar decir este esplendor, para buscar los orígenes de la aventura, escribo estas palabras.

Sí, atrae el peligro hermoso del poema como un imán irresistible. A su paso arrastra todo, nos arrastra. Cedemos de buena gana a su pulsión indómita, a su llamada salvaje, como el hierro doblándonos, como la espiga. Retrocedemos a ese impulso animal primero, que en nosotros está y que en nosotros teje una nutrida red de sueños. Retrocedemos a ese impulso desde el lenguaje. En tiempos en que la normalidad asfixiante, la hipócrita corrección y el sentido demasiado común se imponen en toda su banalidad y toda su violencia, quizá la única puerta abierta sea esta de la ficción y la auda
Andrés García Cerdán
cia del poema.
No es un lujo la literatura: es una lujuria, una búsqueda de la corriente eléctrica, una comunicación alada, un calambre. No es un hobby la poesía: es una alarma que salta en nuestra sangre. Los poetas surfean la ola enorme de la imaginación  y la sensibilidad como único antídoto contra tanta grisura, tanta formalidad estéril. Los poetas quieren llevar su inundación al mundo entero, ahora, desde antes, ya mismo, mientras los sistemas del orden y el progreso hacen aguas y evidencian una fisura inmensa por la que se esfuman, subrepticiamente, la ideas del bien, la belleza, la ilusión, la crítica. Una oscura connivencia con la vulgaridad pretende acallar la voz del que está despierto. Se ningunean la cultura, la ciencia, la invención en un mundo en el que solo parece regir el dinero.

Lejos de la imagen de perdidos en la nube, los poetas ponen el pie en tierra y se agarran al vértigo de las palabras, a su borde y a sus márgenes. Así devuelven una imagen verdadera de la realidad. Una vez más, son ellos la sensatez en el caos, la revolución del espíritu. En sus manos están la cordura del mundo, lo sagrado y lo hermoso, la palabra y el asombro, la inteligencia y el baile. En el altar del poema lo ofrecen todo cada día. No dejarán que les digan esta vez cómo hay que hacer las cosas, por qué hacerlas o no. Saben muy bien cuál es su sitio: del lado de la palabra, del lado del hombre, del lado de la entrega. El peligro soñado, la rebeldía del sentido, la atracción luminosa por la realidad -que duele, pero que es nuestra- son asumidos en cuerpo y en alma.
El siglo XXI necesita volver a las raíces de lo humano y el poema es, como nunca, un río de conocimiento, acción, trascendencia, reconciliación con la naturaleza. Este peligro poético es un peligro hermoso, el sueño que hace que las cosas sean, de una vez por todas, verdad.


Los otros peligros

Son muchos los otros peligros y las desavenencias a que se enfrenta la poesía escrita desde Albacete en estos tiempos. En respuesta a la agresión, en el lugar que debería ser del desencanto se alza indómita, con rotundidad y gracia, la flor del poema. A nuestro alrededor, parece haberse erigido un círculo excepcional, casi inexpugnable, de inteligencia, lucidez y hermosura. El día a día en el mundo de las letras va dando la razón a este llano en llamas de la poesía. Y es este el momento de que se oiga alta y clara la voz de una generación difícilmente comparable en calidad a cualquiera otra anterior. La fórmula alquímica de su éxito es simple: dejarse invadir por la realidad y buscar el lenguaje, más allá de las palabras, como pedía Tomas Tranströmer en El deshielo

Quizá la dificultad misma, el hecho de que secularmente hayamos tenido tanto en contra, sea una de las razones del éxito reciente de la poesía albaceteña. Me explicaré aludiendo a los diferentes aspectos de esta negación, a esta supuesta crisis interminable de lo poético, para después aportar todas las razones que ilustran nuestro optimismo y nuestro juicio.

El llano es tierra dura, infinita también, con una belleza sobria, metafísica, que supieron apreciar los escritores del 98. La vastedad, la inclemencia, la rotundidad del cielo, lo irrepetible del río que sucede de pronto, han hecho de este un paisaje y un país interior que limita con el mito. Así, la sencillez explosiva de los colores de la naturaleza ha sido capaz de moldear una visión que se hunde en la esencia del espacio, que es a la vez la esencia viva del tiempo. La palabra que diga estas singularidades será una palabra arrancada al lecho rocoso del llano, a la estepa incendiada del crepúsculo, a la rabiosa decencia de la labor. Las gentes que habitan este espacio del mundo parecen haber sobrevivido aquí por decantación. Como el oro. Como la sal rosa de la montaña tibetana. Como mi padre. Sea esto importante porque asienta los cimientos de un carácter poético sustancial, directo y pujante, como sembrado en el surco. “El primer surco de hoy será mi cuerpo”, cantaba Claudio Rodríguez. Ese primer surco es la primera luz y el primer hombre que pisa las tierras y el primer verso del poema que nos aguarda. De forma universal, el hombre, la luz y la palabra se concilian en nuestra tierra, haciendo de la pureza y lo esencial un terreno fértil para los misticismos, para la contemplación incendiada, para la denuncia de lo injusto y para la necesidad de decir o de callar ante lo indecible. Esta tierra es la tierra del llano inmenso sobre el que vuela el poema, sobre el que se deja caer, donde respira en éxtasis uniforme y lúcido.

Arturo Tendero
Cuando hablaba de dificultades, me refería, por ejemplo, al hecho de que la literatura de Albacete sea y haya sido una literatura de provincias. El cariz provinciano ha venido con frecuencia sacudido por lo peyorativo. La pobreza material se convertía en pobreza cultural, intelectual, vital, y esto –supuestamente- se traducía al texto literario. La falta de Universidades, de grupos culturales decisivos, de amplios intercambios artísticos convirtió la provincia en el extrarradio, en las afueras de la cultura durante siglos. Salvo gloriosas excepciones, que han sentado precedente y se han erigido en modelos y referencias, el escritor de esta geografía no llegaba a ningún sitio, de ningún sitio procedía. La lejanía de los centros del poder, los medios y la cultura lo condenaba al ostracismo, a un silencio hosco. La pobreza se retroalimentaba en pobreza. Y, sin embargo, las cosas han cambiado. El mundo del siglo XXI ofrece las posibilidades incendiarias del contacto total con la cultura total. Internet sirve en bandeja la Biblioteca Universal borgeana. La mejoría económica ha convertido a Albacete en origen de cultura que debe ser considerada, en lugar de encuentro y fiesta de las artes a pesar de la desidia institucional. Mucho hay que hacer aún, no nos engañemos. Pero mucho hay hecho de momento. Se han vuelto las tornas.

Escribir desde provincias debe admitir hoy en día una lectura absolutamente positiva, en tanto implica, a mi parecer, dos elementos fundamentales para el proceso creativo: la independencia y la crítica. El poeta que escribe desde Albacete no responde a otra presión que la propia del poema. En ella se vuelca y a ella acude con los ojos abiertos. Alimentado por un caudal increíble de poesía, accesible con facilidad, el poema se vuelve global sin dejar de tener una personalidad propia. De nuevo se opera un proceso de decantación estilística y vital. El poeta es capaz de mantener la personalidad y de compartirla con sus compañeros de generación, de grupo, de ciudad, sin dejar de estar perfectamente ilustrado en las artes contemporáneas, en lo que sucede en Madrid o en Nueva York, en Shanghái o en Rotterdam. Sin dejar de escribir en su misma soledad, en sus afueras. Esta lejanía física, esta falta de exposición a las grandes tendencias, se traduce en la actualidad en una independencia que no obedece más que a la calidad artística de la que vive el poema y a las leyes de un proceso creativo muy exigente y muy cuidadoso. Por otro lado, la vista en perspectiva de la poesía que se escribe en el ámbito hispánico y en otras lenguas es asumida desde Albacete con un riguroso y afilado sentido crítico. Lo que se hace es puesto en cuestión desde el prisma del poeta, que no responde a nada excepto al sentido común artístico, al deseo de escribir el poema como momento culminante y como rebelión.

Más allá de los límites materiales, se observa décadas atrás, igualmente, una cerrazón espiritual, una baja percepción del valor de lo hecho. Da la sensación de que no existiera lo que no ha aparecido en los medios y eso, añadido al desencuentro con los soportes oficiales de la cultura, sume al poeta en una especie de abandono intemporal y de dejadez propia y ajena. Salvo honrosas excepciones, como he dicho antes. A esto hay que añadir la presencia indeleble de los agoreros, que se empeñan en negar a los demás lo que no ha sido nunca suyo. Lo hace despreciando un trabajo que está a años luz de lo que él pudiera haber hecho nunca y lo hace enconándose en peleas de barrio o pregonando la muerte de la cultura, la falta de sentido de la poesía, su papel ridículo, marginal o raro. Repite ante quien quiera oírlo que la poesía ya no es, que lo que se escribe no tiene el más mínimo valor, que más allá de las experiencias simbolistas de Baudelaire o de la vanguardia del principio del siglo XX ya no hay nada. Que en Friedrich Hölderlin y en James Joyce se certifica la muerte de la novedad. Yo aduciría tres razones en respuesta. Que el mundo es más grande que Europa. Que desde Homero todo está dicho y que insistimos en decirlo una y otra vez porque la poesía es eso, decirlo todo otra vez, y que es connatural al ser humano, igual que el deseo de belleza, de religión, de comunicación. Que hay un muchacho de 15 años escribiendo en un cuaderno las letras para sus canciones y sus primeros poemas porque él quiere ser y él es, sin duda, el presente y el futuro. Nos equivocaríamos si cerráramos los ojos al caudal que tras nosotros bulle, efervescente, siempre nuevo y siempre antiguo. Nos equivocamos si no miramos a nuestro lado y concluimos que el mundo está vivo y que una sola palabra crea y construye cada vez, de nuevo, el mundo.

Antonio Rodríguez Jiménez
En el bando del agorero está el descreído, que pregona con ridiculez que la poesía no tiene sitio en el siglo XXI, no sirve para nada ni es capaz de cambiar nada. Penosa en este sentido fue la afortunadamente extinta página albaceteliterario.com, que solo sirvió de plataforma para el insulto, la rencilla y la descalificación más mediocre. También es posible enterrar a los fantasmas.

Muy al contrario, concluiremos que es innegable el valor del poema si pensamos en el abrumador estado de soledad de las sociedades contemporáneas, nuestra exposición a la barbarie y la insensibilidad, la falsedad de la literatura que solo es producto, la paradójica incomunicación en una civilización ultratecnológica. Quizá sea fundamental, ahora más que nunca, reconocer la probidad de la palabra poética en su defensa de las ideas de libertad, humanidad, creatividad e imaginación. En última instancia, habrá que acordarse de Théophile Gautier o de Gabriel Celaya o esgrimir el maravilloso “a mí me sirve.”

Por la poesía es posible escapar de este utilitarismo ramplón que nos inunda y de un liberalismo caníbal que, aplicado a la realidad, se muestra en toda su deficiencia, su injusticia y su insuficiencia. Otros ritmos laten en el corazón de la poesía. El poeta ha sabido escuchar.

              
Selección


Es el caso que el grupo intergeneracional aquí representado, amplio y diverso, pero sólido, acoge a autores nacidos en los años 60, 70 y 80: Arturo Tendero, Luis Martínez-Falero, Vicente Cervera, Constantino Molina Monteagudo, María Moreno, Rubén Martín Díaz, León Molina Pantiga, Juan García Rodenas, Antonio Rodríguez Jiménez, Francisca Gata Amate, Ángel Antonio Herrera, Ana Martínez Castillo, Javier Lorenzo Candel, Mercedes Díaz Villarías, Juan Carlos Gea, David Sarrión Galdón, Lucía Plaza Díaz, Julián Cañizares Mata, Ángel J. Aguilar Bañón, Miguel Úbeda, Pedro Gascón, Valentín Carcelén, Matías M. Clemente, Jaufré Rudel, Frutos Soriano y Gracia Aguilar. Javier Temprado, benjamín, epígono y genial, nació en el año 92. 

De alguna forma se procura en esta antología –que no puede ser exhaustiva- una conciliación de los dos grandes movimientos que coexisten en la ciudad y sus alrededores desde principios del siglo XXI, que podríamos llamar “Confitería” y “Fractal”, por más que algunos de los autores se muevan en ámbitos independientes o hayan desarrollado su obra en otras latitudes. Con todo, el núcleo duro de la antología recoge a gentes unidas al espíritu de estas dos grandes agrupaciones poéticas. No defenderé la uniformidad, por más que hay elementos que los unen a todos. Sí hablaré, sin embargo, de ondas expansivas, de cómo la labor de unos, la obra de otros han ido mojando a los que venían por detrás, a los que estaban al lado, y cómo unos han acabado envolviendo a otros en sus inquietudes sociales y estéticas.

En otro sentido, han sido influyentes otros sucesos culturales: la revista Barcarola, coordinada por José Manuel Martínez Cano y Juan Bravo, cuya sombra es alargada y nutricia en todos estos años; el Ciclo de Poetas en Otoño, que permitió el paso por la ciudad de grandes nombres de la poesía española contemporánea, desde Ángel González a Roger Wolfe o Eloy Sánchez Rosillo; las publicaciones de La Siesta del Lobo de Arturo Tendero y Juanjo Jiménez y El problema de Yorick de Eloy M. Cebrián y Antonio García; el cruce interartístico de La Bicicleta Azul, 967, Indie Colors o Lalata; el movimiento fanzine de principios de siglo, con  Ayvelar, ADN, Cyborg, Isla desnuda, Carpe Diem, Los deseos, Aventis, Fábulas extrañas, entre otros ensayos alternativos; el Festival Fractal Poesía, que, priorizando el talento joven y el ámbito nacional, aglutina en sus programaciones y en sus dos antologías, El llano en llamas y Una generación de fuego, los vínculos entre las diferentes artes y los diferentes colectivos creativos de la ciudad. También los días poéticos de Indiano Café Literario, Viktor Gastro-Café, Nido de Arte, Café Época, La Leche Militina y Café del Sur.

No olvidaré el muy valioso legado de generaciones y personalidades anteriores, que mantuvieron viva la llama en la ciudad o que siguen en activo, en torno al grupo Alcandora (Paco Jiménez Carretero, Alfonso Ponce, Daniel Sánchez, Manuel Terrín, Isidoro Ballesteros, Mercurio García Iris…), el Instituto de Estudios Albacetenses, las lejanas publicaciones de la Diputación de Albacete y los actos del Ateneo de la ciudad. Para todos ellos mi reconocimiento sincero.

Asimismo, ocupan un lugar especial en este mapa desdibujado aquellas convocatorias del premio de poesía Jóvenes Artistas de Castilla La Mancha, que muchos de los antologados ganaron y algunos encuentros poéticos anteriores en la ciudad. Fundamentales han sido también el trabajo al frente del primer Cultural Albacete de Antonio Yébenes, la didáctica de la literatura de Luis Morales y Nani García de León, el ejemplo de Joaquín Barceló, la cervantina pasión poética de Carmina Useros, el apoyo periodístico de Antonio Díaz, la devoción oriental de la gente del haiku (Elías Rovira  y tantos otros), la apuesta de Juan Ángel Fernández en El brillo de los días y el blog Stone o la aventura editorial de Andrés Gómez Flores en La Pequeña Compañía del Sur. De notable interés fueron las selecciones poéticas anteriores de José Manuel Martínez Cano, Arturo Tendero y Miguel Casado. Hay que añadir en la actualidad la fundación de Chamán Ediciones por Pedro Gascón y Ana Toboso. De todo esto y de todo aquello recogemos hoy una buena cosecha.


Corrientes subterráneas


La literatura de que se alimenta este grupo de poetas concilia las experiencias más interesantes de la literatura universal. Por cerrar algo el círculo, podríamos decir que en la poesía española del siglo XX son determinantes las figuras de los poetas Antonio Machado, Luis Cernuda, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente, Dionisia García, Antonio Gamoneda, Clara Janés, Claudio Rodríguez, Francisco Brines, Ángel González, José Corredor-Matheos, Leopoldo María Panero, Chantal Maillard, Antonio Cabrera, Luis Alberto de Cuenca, Eloy Sánchez Rosillo o Blanca Andreu. Entre los poetas más jóvenes, se lee a Pablo García Casado, Elena Medel, Antonio Lucas, Basilio Sánchez, José Luis Rey, Juan Antonio González Iglesias o Javier Moreno. Entre los escritores hispanoamericanos, Octavio Paz, Roberto Juarroz, Roberto Bolaño, Jorge Luis Borges, José Emilio Pacheco y César Vallejo. En otras loenguas, nos encontramos con Fernando Pessoa, Wallace Stevens, Ezra Pound, Yannis Ritsos, Konstantino Kavafis, Wislawa Szymborska, Paul Celan, Charles Simic, Raymond Carver, Mark Strand, Seamus Heany, Anna Ajmatova, Emily Dickinson o Arthur Rimbaud. No se trata, como decía, de establecer una lista cerrada: es imposible. Solo de reconocer algunas de las presencias arrolladoras en la poesía de la modernidad. Antonio Martínez Sarrión y Antonio Beneyto ocupan su púlpito, impasibles y feraces. En general, del eclecticismo de las lecturas podríamos deducir que se lee con un alto criterio de autenticidad y calidad. Al realismo sucio se suman las poéticas del silencio, la metafísica del lenguaje, la poesía de la experiencia, la poesía underground, la postpoesía, el intimismo visionario, la poesía de línea clara y, últimamente, una poesía de más atrevido corte social y existencial.

Javier Temprado
Hay que advertir también que este poeta se sirve espiritualmente de todo lo que encuentra a su paso: los libros, el spot publicitario, la videocreación, la naturaleza, el cine, la música pop-rock, el grafiti, los videojuegos, la música clásica, el arte postmoderno, la cultura urbana, las experiencias cotidianas, etc. Lo que resulta maravilloso es la forma como se procesa ese material y se convierte en poema que atrapa una intensidad, una sublimación o un éxtasis desde una sensibilidad especialmente efervescente. El poema de hoy es un poema que no rehúye la realidad inmediata; antes bien, en ella se sumerge, en ella bucea, ante ella se desnuda, a ella se atreve, con los ojos visionarios del explorador, del buscador de revelaciones.

De otro lado, creo que ha sido fundamental en la poesía del siglo XXI la herencia musical del siglo XX. De Billie Holiday a Thelonius Monk o Chet Baker. De Stravinsky a Los Planetas. El poema contemporáneo es, a veces, próximo en sus inquietudes a la canción de Lou Reed, Patti Smith o David Bowie, al arrebato lírico de Leonard Cohen o Johnny Cash, a la denuncia y la experimentación de Bob Dylan. El punk, el grunge y el hard rock americano de los 90 son también referencia cultural: Ramones, Nirvana, Pearl Jam, The Smashing Pumpkins. La difusión masiva de estas oleadas musicales irrumpió en la sensibilidad de los poetas atronadoramente. En unos casos más que en otros, se aprecia su impronta directa, reivindicativa, alucinada o rebelde en los poemas. También la música pop española deja su huella en la producción lírica de principio del nuevo siglo. Cantantes como Antonio Vega o Nacho Vegas, bandas como Surfin` Bichos, Los Enemigos o Ilegales han incidido en una perspectiva contracultural, indie, que ha de reflejarse también, como un poso inextinguible, de distinta forma, en la poesía.

Quizá la suma de todos estos aspectos y todas estas fuentes ha dado lugar, al mismo tiempo, a una poesía menos patética, más alejada del sentimentalismo, más desatada en las formas, menos acomplejada de verdad. Y, sobre todo, más directa y más incisiva en su denuncia de las irregularidades, las vulgaridades, los abusos y las insensibilidades de un sistema social y político con frecuencia desolador, injusto y humanamente muy vacío. La independencia poética ha confluido con la lección de los clásicos, antiguos y contemporáneos, para abrir la lata del desenfreno. La lección de fondo, la sinfonía profunda, pone el dedo en las heridas de la cultura contemporánea, aparcada en un rincón, considerada superficial y decorativa, banalizada. Contra este proceso de degradación de lo espiritual y lo artístico alzan su voz los poetas, recomponiendo de forma clara y decisiva el mapa de los sueños, que siguen intactos y que son suyos y de nadie más y también de todos. El poema no es un bien de consumo, no se sujeta a las leyes de los mercados: obedece a una pulsión que reconquista lo prístinamente humano, lo verdadero, lo vivo, el lenguaje.


La escuela poética de Albacete


Javier Lorenzo Candel
Se despereza el río, ahí al lado, en los poemas de Arturo Tendero. Constantino Molina escucha el corazón del mármol dentro de la montaña. Antonio Rodríguez lucha con un poema que se resiste bajo una lluvia imparable e injusta. Rubén Martín Díaz se anega en la mirada de miel del ciervo. León Molina regresa a la inteligente mañana de la naturaleza. Angél J. Aguilar es río y lluvia y lago verso a verso. María Moreno se desliza por las rendijas del oprobio. Ana Martínez se baña en las cenizas. Miguel Úbeda contempla la elegancia indomable en la caída de Séneca. Juan García Rodenas juega con dinosaurios. A Valentín Carcelén le sucede un poema. Francisca Gata fuma en el escenario del crimen más hermoso. Gracia Aguilar desanda los pasos hacia sí misma. Frutos Soriano se extasía en la brevedad inconmensurable de un haiku. Javier Temprado, tendido en las arenas de una playa, es un hombre futuro. Luis Martínez Falero escribe los márgenes. Javier Lorenzo muere por los dos que es al unísono. David Sarrión baila, derviche, el baile del caos. Jaufré Rudel escribe en la piel del agua. Lucía Plaza localiza en el GPS una emoción y una ciudad. Matías Miguel Clemente hunde sus dedos en la lúcida carga de sombra de los pozos. Julián Cañizares rompe y fragmenta el lenguaje para volver a Vavilonia. Mercedes Díaz grita Finlandia con todas sus fuerzas. Vicente Cervera salva, no inútilmente, el mundo. Pedro Gascón busca lo sagrado más allá de los puentes de madera. Juan Carlos Gea rompe el hielo desde el DeLorean. Ángel Antonio Herrera afina el piano del pirómano.

Una onda expansiva recorre la poesía de Albacete. Han pasado muchas cosas estos últimos tiempos. Muchos han mordido el anzuelo. La explosión poética de la ciudad no es, en absoluto, uniforme. Y, sin embargo, da la sensación de que hay elementos en común. Para empezar, se ha superado en gran medida la asunción simplista de la poesía como experiencia sentimental y confesional. Un paso más allá, el poema se convierte en inquisición metapoética sobre el lenguaje, sus límites y sus vínculos con la filosofía. A esta poesía del conocimiento se suma otra que hace de la lectura de la naturaleza su asunto, enarbolando una mirada cercana al misticismo, contemplativa o existencial. Otra línea se desborda hacia las formas y los contenidos de una especie de clasicismo contemporáneo. Por último, el poema se convierte en instrumento de análisis de la realidad, de forma indirecta o anclándose en la actualidad más caliente.

En estas grandes líneas encontraríamos los perfiles de una posible Escuela poética de Albacete. En todo caso, la poesía del momento cristaliza en un cuidado exquisito de las formas, en la densidad intelectual de los textos, en el desvelo de inquietudes públicas o privadas y en una embriagadora selección del lenguaje. Como contrapartida, el poema es raramente vanguardista, rara vez se deja llevar de más por lo irracional, en no demasiadas ocasiones hay una denuncia social explícita. Como he dicho, se trata, más bien, de una depuración de las crispaciones, los riesgos y las propuestas novedosas, ante las que se guarda reserva. Se asume un discurso comunicativo, pero culto y cuidadoso. La inspiración desatada y la entrega visceral se acomodan con el pensamiento y la profundidad, sin que esto llegue a asfixiar el poema. Se sobrevuelan los grandes abismos. Se pisa la tierra y su abundancia. Al impulso se impone un orden libre y consciente. Ese es el punto de ebullición y de equilibrio.


En la red


El lugar que ocupan las redes sociales en la difusión y el intercambio de cultura y de poesía es relevante. Una microrred poética se extiende silenciosa ante nosotros. Más allá de las frivolidades y las insignificancias de lo masivo y lo insípido, las redes sociales pueden ser un muro de exposición continua de movimientos de alma, de actitudes vitales poéticas. Anoche, 7 de noviembre, encuentro esto en el muro de León Molina, a propósito del vídeo de “I fall in love too easily” de Chet Baker:

“Miraba fuera la oscuridad del monte y vi un brillo que me pareció la trompeta de Chet Baker. Desde dentro de la estufa de hierro comenzó a sonar la música. Recordé mis tiempos por los bares escuchando jazz y bebiendo whisky. Mucho.Y aquel tugurio en Madrid donde aquella chica me miró de aquel modo. En sus ojos brillaba también una trompeta y la aniñada voz de Chet que decía I fall in love too easily. No la volví a ver. Estuvimos media hora mirándonos a los ojos. No dar un paso, no dirigirnos la palabra creo que fue una apuesta absurda por parte de los dos. Absurda como el amor. Terminé muy borracho y alguien me acompañó al hotel. Media hora de amor eterno. Cuando suena esta canción veo sus ojos y mi mirada se humedece con el alcohol del tiempo. Volví a aquel bar alguna vez para jugar a los dados con el destino. Me gusta pensar que ella también lo hizo. Recordar que perdí no es mal comienzo para escuchar de nuevo la canción. Mientras se va enfriando la estufa, por fin me levanto y voy hacia ella. Fuera se escucha el viento y el murmullo afligido de la noche.”

Grande. Unos clicks más abajo, Javier Temprado ardiendo por Madrid:

La disciplina con la que se te cierran todas las puertas del metro en tu cara es sólo comparable a la de los soldados del palacio de Buckingham.”

Arturo Tendero comparte su lectura de Di, realidad de Rafael Fombellida. Francisca Gata anuncia un nuevo poema en papawasarollingstone. Javier Lorenzo se postula contra la materialización burda de lo poético, contra la idiocia mercantilista:

“Contra lo que pudiera parecer, el concepto Ikea ha hecho mucho daño también a la literatura. Rapidez en el montaje, utilidad en la inmediatez y vida efímera. Por cierto, el sabor de las croquetas deja mal sabor de boca para los que tienen paladar.”

Casi de inmediato, David Sarrión agradece a Chema Arake haberlo convertido en personaje de su mundo de ficción:

Mercedes Díaz anuncia su participación en el Ciclo Palabra e Imagen del Centro Niemeyer. Valentín Carcelén comparte su última reseña en Vísperas. Juan Carlos Gea, el arrobamiento ante los Holistic Strata de Hiroaki Umeda. Tino Molina deja ante nuestros ojos un post incontenible:

“Vivo en un lugar perdido, situado entre una línea de ferrocarril y una autovía. Cada vez que se aproxima un tren, sobre todo los pesados cargueros nocturnos, mi gato alza las orejas, abre los ojos como lunas llenas y dice “miau”. Yo pego la oreja al suelo, levanto una mano y digo “hao”. Luego pasa el tren y poco más.”

Etcétera. La pantalla está viva. Sin duda, el de Internet es un mundo de experiencias, capaz de proponer intercambios de creatividad instantáneos. Fluye la información a toda vela, se multiplican las propuestas, todo está al alcance de la mano. Quizá demasiado accesible todo. Quizá demasiado superficial. Quizá demasiado. Imposible procesar ni un 1% del fluido de información que pasa  ante nuestros ojos. Es como el cauce desesperado de las riadas, arrastrando colchones, contenedores, ramas, guitarras eléctricas, botellas de butano, tractores, libros, postales de Berlín, lirios, animales ahogados. Demasiado. Demasiado marrón. Quizá sea Internet una metáfora del mundo en que vivimos con sus detritus y sus brillos, su velocidad y su contradicción, sus miserias egoístas y su heroísmo. Frente a todo ese  manantial desesperado, la paciencia del árbol, la permanencia.

En el fondo, desde el principio, creo que este libro obedece a esa llamada: recoger en unas pocas páginas la belleza, la inteligencia, la sensualidad, la imagen y la palabra de los poetas para que permanezcan. Y luego, como si no fueran de nadie, dar estas voces de nuevo al aire y que en el aire sean de todos y que las sepan todos. Claudio Rodríguez, como nadie, lo sabía.




Fuenteálamo, 22 de junio - Charleville, 11 de julio de 2016


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(por Javier Lorenzo Candel)


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