lunes, 23 de enero de 2017

VOCES EN OFF de ALEJANDRO CÉSPEDES (por José Luis Torrego)


POESÍA TOTAL





Voces en Off
Alejandro Céspedes
Amargord Ediciones, 2016
Colección . C











DRAMATURGO DEMIURGO

En esta realidad que habitan los poetas, donde la proyección del ser es la palabra, y la manifestación ontológica del sum es el cogito, la reivindicación cespediana había de ser así: un teatro. No cabía otra posibilidad pues la experiencia es la fibra constitutiva en la urdimbre de la poiesis y Chanfalla forzosamente había de representar su Weltanschauung poblándolo de títeres.

En una vida de tinglado y de cómicos no podía Céspedes sino explicar al hombre y su existencia como lo hicieron Jacques y Segismundo: el gran teatro del mundo y el mundo como escenario. No podían faltar Ortega y Unamuno de la mano, que definieron al hombre como un ser -decisiones somos-, obligado a la libertad de elegir. Obligado porque le arroja y le arranca del escenario una fuerza superior y desconocida.

Asume Céspedes así una misión vital que es indagar sobre la identidad de esa fuerza superior, y va sumando búsquedas sobre búsquedas anteriores, y va escapando como un títere de una casa de muñecas para encontrarse en otra casa similar que contenía la anterior en un laberinto de matrioskas. O escribe sus hallazgos en una pizarra con una tiza que una niña caprichosa convierte en una nieve sobre las que dejarán sus huellas las botas de un ejército vencido -el ejército de x que desenterró miles de interrogaciones pero no encontró respuesta alguna - que regresan sin sus dueños a sus casas.
Hemos de asumir que la puerta del abismo se cerrará y seguiremos sin una clave mínima porque, sencillamente, por mucho que le pese al hombre, existe lo incognoscible.

Así traza Alejandro Céspedes el cianotipo sobre el que construir en su espacio inventado su astillero, -¿no tiene uno Onetti?- con los recios robles de mil voces sabias -y en off, claro- la nave de los locos que en imposible combinación de armonía y desorden expliquen -ya que salvar no pueden- la existencia humana.
¿Sueño o realidad?

Segismundo va al teatro, actúa bajo un guion que él mismo ha escrito, se aplaude al final de cada acto y a la salida encuentra una entrada antigua que anunciaba su obra en otro siglo en un teatro que, de pronto al volver, está destartalado.
Allí los fantasmas -o serán personas o serán dramatis personae- de acomodadores, actores y personajes deambulan condenados a sus papeles, tocan el piano en Waagplatz a cuatro manos, excavan canteras de interrogantes descomunales, intentan la fuga de una casa contenida en otra y otra, mueren y aun así los actantes no son redimidos de seguir representando (¿cuántas vidas son necesarias para satisfacer a los raptores?).

Hasta la misma Muerte ha de seguir sin tregua su papel en la obra y nos manifiesta sus quejas similares a las de un asalariado de 10 a 8.
Y es que todos los personajes son el mismo (…) a pesar de que el timbre de sus voces sea diverso, aunque aparezcan de forma simultánea (…) incapaces de reconocerse en el isomorfismo. Incluso la Muerte, incluso esos dos actores que se han salido de la representación en el acto III y creen tener un rato de libertad fuera del libreto.

Alejandro Céspedes presenta este poemario de un modo inusual, fuera de las lecturas que acostumbran a verse. Cada verso está en un contexto dramático, el universo creado por Chanfalla aparece en la pantalla gigante y conversa con su autor, que se ha salido fuera de ella y a la vez está dentro. La misma obra con versos conversa con el autor y le interroga sobre su origen como el autor interroga al dramaturgo que lo puso sobre la Tierra sobre su origen. Todos los planos encierran otros planos inferiores y superiores, circulares cintas de Moebius siempre en situación de Catch 22 sin escapatoria.
Céspedes nos toma de la mano para darnos un paseo por el precipicio del Dasein y dejarnos a salvo al marcharse mientras cierra por dentro la puerta del abismo.



ACOTACIONES ESCÉNICAS


El lirismo de las acotaciones escénicas que encontramos en Voces en off sólo es comparable en toda la historia de la literatura a las de Valle-Inclán. De acuerdo, la afirmación es, sin duda, de tanta transcendencia que hay que probarla. Para ello, no es necesario forzar apenas, sólo en la acotación escénica al comienzo del acto IV nos deleitamos con:

La lluvia quiere entrar y su impotencia le hace llenar los charcos de tristeza
El ganado se empapa y en sus ojos ingenuos y asombrados está toda la historia de la hierba.

Toda la ineptitud del universo se conjura para mantener a la muerte entretenida.
El viento abre las puertas y cierra las ventanas por donde entra y sale el abandono.

Un perro lame el vaivén del recuerdo debajo del manzano.

No puedo evitar citar la acotación con que empieza el acto II:
Bombas inteligentes reflexionan antes de explotar en el olvido. Todo es colateral en esta dispersión de la metralla mientras los fragmentos se resiembran en la mutilación de los cadáveres. Sobre la consistencia de la luz surgen ampollas. Por dentro del silbido que van dejando tras de sí los proyectiles, unos topos construyen los huecos de sus casas.



POETA DE OFICIO


Primer y último oficio titulaba Carlos Sahagún su vida, a pesar de tener que ganársela con la docencia.
Para Alejandro Céspedes no puedo pensar en otra etiqueta. Es un poeta que tiene su poesía como único oficio, como única misión, casi obsesión a veces, que llena todas sus horas de vigilia. Es, como todo artesano, de baja producción, de alta calidad. Para que se hagan una idea, Voces en off ha tenido un recorrido de siete años desde su primer verso hasta su final publicación. Siete años que nos llevan a un Alejandro anterior, nos sitúan en los tiempos previos a Topología. Esta probidad de artesano nazarí sólo se explica por su busca del acabado que ensalme todas las partes en el uno y sea reminiscencia del uno en todas las partes (en, que no por).
Proba labor de relecturas, de pasar la lija por cada rugosidad, que a veces sólo él percibe. Ejemplo de lo que debe ser un poeta en un mundillo donde hoy triunfa la desidia y el nepotismo.

El oficio de Céspedes se percibe no sólo en cada uno de sus versos y poemas sino también en cada una de sus páginas pues cada página es un todo, debe empezar y terminar donde lo hace, debe tener la disposición que tiene. La página en Alejandro es una unidad estética y poética. Se percibe, igualmente, en la cohesión del libro en acción e ideas, más difícil aún si consideramos su proteica naturaleza entre la prosa, el ensayo y el verso, entre el teatro, la filosofía y la poesía.
Más aún, la unificación de la obra en Céspedes no sólo se circunscribe al poemario en cuestión, donde, como ya hemos dicho todos los elementos se miran en el planteamiento como los niños de diferentes clases en las filas antes de salir al recreo, sino que es una unificación que yo llamaría grande finale ya que tras sonar el timbre acuden al patio todos los personajes y se mezclan en memorias y en acciones.
Entran a formar parte de la Comédie Humaine que es Voces en off, traen sus vidas miserables, sus anhelos de vuelo, y las trenzan con los nuevos personajes aportados: el matemático que se desvive inútil por encontrar la fórmula que de sentido a la existencia, la niña que encarna el azar y sinsentido de la vida y que le borra la pizarra, los soldados del ejército de X que desentierran interrogaciones.
Todos encadenados a su obra en el escenario de ecos shakesperianos -All the world is a stage and we are merely players-, como también están encadenados los acomodadores del teatro, que, como nosotros, lectores, creen mirar las agonías de los demás desde el fuera, desde un existir superior que contempla a los cautivos del guion y, sin embargo, son también esclavos de un guion que desconocen:

Las bailarinas de las cajas de música no saben que acabarán perdiendo su estúpido equilibrio

Un libro en el que nos hacen vivir y morir al derecho y al revés, según la lectura que apetezca ese día a la muerte o al hado. Una muerte que, como ya mostramos arriba, también tiene su obligado papel:

La muerte al ir leyendo al revés el libro de la vida
recrea personajes de ambos bandos


Y no queda ahí la coherencia o el sello cespediano del todo en las partes y las partes en el todo. Hay un orden aún superior, que yo llamaría “inter-opera”. En los versos de Voces en off, la víctima de Flores en la cuneta, el títere de Topología, las palomas mensajeras que sólo saben volver, todos esos hallazgos cespedianos anteriores, acuden a la llamada de su hacedor:



de un cuerpo que se pudre en la cuneta reclaman la mirada del muñeco.

El títere renuncia a la nostalgia.
Sueña que con sus propios hilos conduce una cometa.

Palomas mensajeras que únicamente saben volver, una vez sueltas, a su origen, vuelan hacia el pasado.

La conciencia de su oficio le hace concebir cada detalle de la obra minuciosamente. Alejandro Céspedes nos anticipa desde el comienzo el final pues bebe de esa idea eliotiana de in my beginning is my end:

Algunos recuerdos son premonitorios,

delante de sí sus propias pisadas inician un camino

Las realidades, antes de acontecer, sueñan con su futuro.
Todo esto anhela verse sucediendo.
Pero todavía no.

Esto es necesario pues la forma se funde con la idea (deuda de Four Quartets, sin duda, a pesar de no citarlo entre sus voces en off) de que no hay tiempos separados, por eso:

            La muerte, que no lo sabe, fabrica para ellos un espacio
            en el que no hay presente
                                        ni futuro
                                      ni pasado



NO LE IMPORTAMOS A NADIE


Un poeta, Céspedes, que se sabe parte de una humanidad marioneta de la gran obra y que, por tanto, en ella, ni dramaturgos, ni personajes movidos por los dramaturgos, ni títeres movidos por los personajes, ninguno tiene salida ni condonación de pena por buena conducta. Un poeta que, por eso, grita con su propia voz y con la voces en off de otros atemporales (Spinoza, Leibnitz, Baudelaire, Whitman, Beckett, Juarroz, nuestra Elvira Daudet) amoldadas a su medida y calmada desesperación, como es él, haciendo suyo su mensaje, asumiendo todas las injusticias y sabiendo que no le importamos a nadie:

—¿Cuántas vidas es necesario tener para satisfacer a los raptores?
La mano muerta mueve su cuerpo muerto con los hilos.

Observen la profundidad de la imagen: ni siquiera nuestra muerte nos libra de la existencia, ni siquiera la muerte de la mano que nos mueve. Borges y el ajedrez ya lo clamaron antes:
Dios mueve al jugador y este la pieza
¿qué Dios detrás de Dios la trama empieza…

Es esta dimensión compasiva del poeta lo que convierte la tesis de un ensayo técnico, como es el de Thom en unas imágenes de sensibilidad inteligente y depurada, que revelan al poeta de don y oficio, al hombre que conoce la pena de sus semejantes y la sufre con ellos a puras lágrimas líricas, como esta:
lo primero que se le cae a un esqueleto son sus alas.

O ésta:

Con un cúter mellado trata de que sean limpios los cortes en los tallos de las flores

O ésta:

Las burbujas de aire siempre saben en qué dirección está la superficie

Y es que un libro que parece tan filosóficamente nihilista depura lirismo. Un lirismo meláncolico y desesperanzado. El libro es el autor. ¿Saben? Hay algo de San Manuel Bueno Mártir en Alejandro. Él sabe que “lo nuestro no le importa a nadie”, sabe que el afán de la poesía es tan inútil como intentar hacer cortes limpios con una hoja mellada. Lo sabe y puede asumirlo y soportarlo,
La única forma de vivir será amputarse.
Deshacerse en pedazos poco a poco dejando parte de vida en los fragmentos.

Pero sufre por los demás, por los congéneres, por esos poetas aún por desengañar que dicen poesía like a wedding vow, que escribió Dylan; por esas gentes que ven belleza en el arte y promesas en la vida; y por eso les trata de salvar. ¿Cómo? Céspedes cree que la vida busca amparo a la sombra de símbolos, consecuentemente llena el libro de potentes imágenes de naturaleza doble. A la esencia devastadora de la racionalidad en Voces en off contrapone la delicada forma poética que nace de la misma herida que las lágrimas o las perlas:

Una niña pasea contemplándolo todo,
inocentemente entusiasmada,
como lo haría un ternero bajo el brillo
de los ganchos de una carnicería.

No le importamos a nadie, dice, no existe ya la poesía, dice. Y lo dice con unos versos que prueban irrebatiblemente su existencia.




José Luis Torrego


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