lunes, 6 de febrero de 2017

EXHUMACIÓN DE LA FÁBULA de Javier Bello (por Ignacio Ballester)










La exhumación de la fábula
Javier Belló
Chamán Ediciones, 2016









Lo que hago en mis poemas es encubrir.
Javier Bello

Exhumación de la fábula (Chamán Ediciones, 2016) es la antología del poeta chileno Javier Bello (Concepción, 1972) que acaba de publicar en España la editorial de que dirigen Ana Toboso y Pedro Gascón. Recoge poemas de siete de sus libros, además de tres inéditos que dedica a Pedro Montealegre. El autor vino a España la semana pasada a presentar el libro en Alicante, Almería, Madrid, Albacete y Córdoba. Tuve la oportunidad de acompañarlo gracias a Letras de Contestania y The October Press. Si leerlo ya provoca esa electricidad estética, escucharlo te traslada al ritmo de una tradición que hereda y renueva en el eco hueco. Ahora veremos por qué.

(Eugenio) Javier Bello (Chauriye) es Licenciado en Lengua y Literatura Hispánica por la Universidad de Chile. Publicó su primer poemario en 1987 −sí, con quince años−, La noche venenosa (Concepción: Letra Nueva), mientras que en 1989 formó parte de la antología Las plumas del colibrí. Quince años de poesía en Concepción. Ese mismo año publicó La huella del olvido. En 1992 fue becario de la Fundación Pablo Neruda; y, en 1994, con La rosa del mundo (Santiago: Lom, 1996) obtuvo el primer premio en la categoría inéditos de los «Juegos Literarios Gabriela Mistral». Entre 1997 y 1998 cursa el Doctorado en Literatura Española Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid, recibiendo un accésit en el «VIII Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma» con el poemario Las jaulas, que será editado por Visor en 1998. Ocho años después, en 2006, recibe el Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez por letrero de albergue; y, seguidamente, en 2007, el Premio Pablo Neruda a la trayectoria de un poeta chileno menor de 40 años. Otros libros suyos son Espejismo (Santiago: Cuadro de Tiza, 2010), Estación noche (Santiago: La calabaza del diablo, 2012) o Los grandes relatos (Santiago: Cuarto Propio, 2015). Actualmente es profesor del Departamento de Literatura de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.

            El quinto número de la Colección Chamán ante el fuego recopila, como decimos, una extensa muestra de algunos de los libros que acabamos de citar (de 1997 a 2015). La antología está seleccionada por Nicolás Labarca y ofrece las obras de la obra que interpretamos de la siguiente manera: El fulgor del vacío (1997), un canto al hueco como significado; Las jaulas (1998), la prisión de la expresión del individuo como suma, colectivo; Los pobladores del entresueño (2002), la vigilia de la creación en el fluir discursivo; letrero de albergue (2006), la historia develada ante nosotros; Espejismo (2010), el desdoblamiento al compás de la tradición; Estación noche (2012), un diálogo insomne con el arte que es la vida; Los grandes relatos (2015), la ligazón entre lo oral escrito por las lecturas genuinas; y tres poemas inéditos sobre la pérdida y la memoria del fin (la coda) que empieza en el brazo («Mano desnuda», «Mano enguantada» y «Codo»), dedicados a su amigo y poeta desaparecido Pedro Montealegre.

            La voz de Bello podría definirse como el resto del pájaro que anida en la cubierta del libro, poema-objeto de Sergio Delicado: es áspera, igual que las ramas secas que en círculo conforman un receptáculo más o menos acogedor; tiene tonos distintos, color tierra; diferentes ramas señalan al cielo y al horizonte, se enlazan en la cadencia de la tradición y del pasado; es una sombra que, por su nitidez y por su pureza, ilumina lo bello que habita en lo inerte; despojo de la vida que voló; es hueso y piedra que el poeta pule oyendo el mar que la trajo; es eco: exégesis que Antonia Torres Agüero desmenuza con rigor y cuidado en el prólogo. Para la también poeta chilena, la obra de Javier Bello puede dividirse en cuatro temas, los cuales se cruzan y enhebran el significante (el nido) del pájaro telúrico no visto (el fósil). Estas cuatro partes serían la política, la metaliteratura, la identidad y la visualidad; pues, recordemos a propósito de este último rasgo que Bello está íntimamente ligado con el oficio plástico. Dice Antonia Torres:

Me parece que los poemas de Javier Bello intentan responder, de algún modo, aquellas eternas preguntas sobre la construcción de sentido que se hacen la lingüística, la filosofía y el arte. Pero lo hace prescindiendo de la codificación y de la interpretación. Lo hace sacando las cosas de su silencio, para así despertar las palabras con imágenes y a las imágenes con palabras (24).

Uno de los hilos conductores de Exhumación de la fábula es el dolor. Nos referimos al acercamiento y, quizá, a la empatía con las víctimas, por ejemplo, de la dictadura chilena. Ahora bien, como dice Bello a la propia Torres en una completísima entrevista de 2006: «¡La literatura no sana nada! La literatura sólo aumenta tus propias angustias, las hace más perfectas». A diferencia de las generaciones anteriores, existe una preocupación mayor en el discurso, sin desatender por ello el referente o los referentes. El poeta cubre el paisaje sin paisanaje con la esencia de la historia y la naturaleza: «en ese paisaje que yo observo, que vuelvo a encontrar, que llevo dentro de mí, están las culturas que desaparecieron, las fuerzas que desparecieron, los dioses que desparecieron y están los desparecidos. Está todo ese paisaje como calco del exterminio. Yo veo los montes y siento el espíritu de los desaparecidos dentro de los volcanes, de la gente que tiraron allí adentro». Bello no busca el aplauso fácil del texto claro y directo, sino que se inclina por leer, y por tanto escribir, de otra manera: única en el panorama chileno y, seguramente, hispanoamericano. Esa cualidad distinta es la que hace aún más celebrar su publicación en España, donde últimamente priman los discursos vacíos, no sobre el hueco, sino sobre lo ya dicho y leído.

            En los poemas que recoge Chamán Ediciones advertimos una estética de lo escatológico, del desecho; reiteraciones que amplían el sentido, sinestesias domésticas, en la noche insomne; un inventario de las capas del poema y una implícita influencia social de la idiosincrasia cívica que estudia Magda Sepúlveda en Ciudad quiltra. Poesía chilena (1973-2013), un trabajo fundamental sobre quienes escriben en el país andino tras el golpe de Estado de Pinochet. Encontramos paralelismos (especialmente) al inicio de verso y guiños o elementos recurrentes entre poemarios distintos que conforman, al cabo, un mismo texto. Los límites van de la prosa sin puntuación o con puntos pero minúsculas a la rima y el octosílabo (muy poco comunes) sin perder, en cualquier caso, la fluidez y el ritmo del lenguaje que palpita a la vez que los sentidos, múltiples, que el verso dispone en todas sus formas. Así termina uno de los poemas de letrero de albergue (2006):

[...] no sé dónde caímos, no sé cuándo quebramos los moldes para el vidrio parlante, el gran desierto que estaba preparado, el bosque y el bosquejo. entonces el retrato, a bien con su persona, rostro en la mesa naufragando, vuelve a brillar de pie sobre la tierra, salvador, allende (106)

Por otro lado, destaca la «Décima del Magnífico» (cfr. 113-118) que homenajea al autor de Muerte sin fin (1939), José Gorostiza (en el exergo), y bebe de la película de Luis Buñuel, Simón del Desierto (1965):

De noche lo escucho y huelo.
Nocturno fluir de velos.
Estío: llama en el cirio,
cascabeles en un lirio
cubierto de aguja y yelo,
perfume de oír que huelo,
lengua yerta, de oro viejo,
espuela en el entrecejo,
el oropel como ubre
lo santifica, lo encubre:
racimo en que uva es cangrejo. [...] (113)

Dicho poema pertenece a Espejismo (2010), libro que quizá podría conectar con el de Daniela Sol, Postales y Espejismos (2016), en tanto que realidad, surrealismo, absurdo y tragedia conforman el caos humano: tan veraz como inverosímil. Otras influencias explícitas (según se enumeran al final del libro) son Federico García Lorca, César Vallejo, Lezama Lima o Gonzalo Rojas, Soledad Fariña y Elvira Hernández. Me parece que Bello hereda, además, la férrea naturaleza cultural de Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Violeta Parra o Raúl Zurita.
            
Como hiciera la narradora mexicana Cecilia Eudave en «El otro sueño de Gregorio Samsa», el poeta chileno reescribe en «Teología de K.» el inicio de la obra más famosa de Kafka:

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en una mujer atea... (193)

La religión, el mito, la oscuridad, la certeza, el sufrimiento, el silencio y el diálogo con otros textos o artes transpiran el semen de la pluma que origina el placer estético. Reconozco la complejidad de Bello. No por hermético, sino por el tremendo poeta de la historia literaria y vital que hacen del ser humano hablante capaz de escuchar las palabras de las cosas. Bello, pues, vela la realidad con el filtro del lenguaje que es la poesía, su poesía, su vida: Exhumación de la fábula, Javier Bello. Creo que son necesarios poetas y libros de tal hechura.
            
Para terminar, mostramos el poema «Mano enguantada» con el que Javier Bello nos encogió al recitarlo en Alicante:

De todos las cosas que he perdido, el frío secreto de la mosca
en su frente cuando lo descolgaron, yo vi
el escenario de su alma inmortal cuesta arriba en la escalera del padre,
Jacob en la grupa del ángel abría cada una de las puertas
de hueso cojo, asteroides, mensajes en el cielo, se hacía entender
el metal verdadero que salpica los dedos con salmuera.
Las palabras gemían a la orilla del mar, en el pliegue
de un laberinto derretido, se mesaban las barbas, rasgaban
vestiduras, se aquietaban entre la soldadesca. Tachadura
yo vi, cristales, dádiva, concavidad del ojo del horizonte
que vigila la ortografía, la mirada, la geometría de la muerte
vencida en la impostura, el aire está mintiendo
o se distrae y no arde como un cerezo cuando cuelga allí su arpa
el pastor que desciende de todos los vientos. Al menos sé
que no se encuentra arrepentido en ese mar de vidrio
opaco, centelleante, creo que llora como la telefonista
ante el idioma sedicioso del tablero. También a ti
te rondaron esas ideas alrededor del buche, el nido amniótico
del iris donde desovan los animales prohibidos, las palabras no terminan
de mirarse el corazón, los insectos fornican detrás de los espejos,
se aparean como en un poema de Cardenal, yo veo
a sus hijos filtrando toneladas de cemento, me pregunto ahora qué fue
de todos ellos, qué significa su miedo. Perfil de oro abyecto, aleteo inconcluso
que sostiene tu peso, lo adelgaza hasta la extenuación. Que estuviéramos juntos
no quiere decir que hayamos visto lo mismo, apóstoles del acantilado.
Bajo el cielo raso nuez vómica, astenia embriagada, santidad de la mosca.
Lo descolgaron, los ojos en blanco que devoran
como la muerta de las escalinatas, la soledad del viento, la mano
que lo araña. Hace frío, dice, las cosas también se pudren, la muerte
se pudre, el alma da vueltas como un helicóptero
a la altura de los ojos, la mirada sobrevuela
lanzando al oído de la vieja garganta diminutos desnudos
que no pueden respirar, recién entornado el mar retuerce su perfil, el cangrejo
mueve las pinzas del revés, gira la lengua, la acostumbra
hasta que da las doce, quiebra la almendra, la manzana, la casa destronada
del reloj donde duerme el pulgar, esa gente que canta como si estuviera viva
y aquellos que en sordina escrutan los misales y salmodian
sin escuchar la fuga, las redes al trasluz, el grisú de la mosca
que besa a su descalzo. Hace frío, mi amor, los ojos pesan
como los cuerpos en los hospitales, pesan como los labios
que la corriente arrastra hacia el silencio. Hace frío, se dice, alguien deja
caer los guantes al fondo del lago. Hace frío, se sienta a escribir
como el tordo que brilla para ser observado por nadie.
De todas esas cosas, detrás de todas ellas, desflecándose
el secreto del sol en las paredes, la mosca que carga los dados.
Hace frío, nos dice, y su figura se disuelve en la tierra
como la multitud de los colores que vomita una niña (210-211).




Ignacio Ballester






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