martes, 7 de febrero de 2017

HOY FIRMA: ALBA CERES. "SOBRE CECILIA VICUÑA: VIBRACIÓN Y URDIMBRE"



VIBRACIÓN Y URDIMBRE



Como lectora, obtengo de tanto en tanto la sensación de que la página puede convertirse en una pequeña celda para el poema. Aquel que escribe puede, sin duda, plasmar aquello que quiere decir con cierta precisión y, por supuesto, subrayar sus ritmos, sus pausas, todo tipo de matices, juegos verbales y espaciales, a modo de una partitura, pero hay algo, sin embargo ―o esta es mi inocente percepción―, algo cerrado en el rectángulo de la página de un libro, que a veces constriñe, aprieta, priva al poema de su pulso natural, de su respiración. Seguramente este sea el motivo por el que cada vez me interesa más cómo el poema suena, es decir, la música de donde viene y la vibración que es capaz de propagar más allá de los límites del papel. Algo que, en cierto modo, también explica lo exigente que ahora soy cuando asisto a lecturas de poesía y busco, como oyente, que la voz me ofrezca no sólo la enunciación de unos versos sino, sobre todo, su cosquilla, su propia musicalidad.


Uno de los hallazgos recientes y más reveladores en mi personal búsqueda de lo vibrátil ha sido el temblor que la voz de Cecilia Vicuña acoge y ofrenda en sus diversas lecturas y performances. Un temblor y una voz a los que llegué, creo que acertadamente, primero a través del sonido y, más tarde, una vez obrado el encantamiento, a través de la palabra escrita.

Es difícil ―es muy difícil― tratar de describir qué es lo que ocurre cuando Cecilia Vicuña ahonda en una de sus plegarias telúricas. Diría más: es imposible. Y lo es por la sencilla razón de que todo cuanto escriba con esa intención no hará sino fijar, incidir, tratar de hacer perdurable y rígida una palabra que en la voz de Cecilia es canto y es efímera y es orgánica y es precaria. Todas ellas, cualidades que, a modo de materias primas, toma, modela y trasvasa en cada una de sus acciones.

Lo precario, dice Vicuña, es aquello que se obtiene por oración (del latín ‘precarius’, de ‘preces’, plegaria), y en la antología del mismo nombre que la editorial Amargord publicó el año pasado encontramos su germen:


Primero sobrevino el escuchar con los dedos, una memoria de los sentidos:
los huesos repartidos, los palos y plumas
eran objetos sagrados que yo debía ordenar.

Seguir su voluntad equivalía a una forma de pensar.

(…) Pensar era seguir la música, el sentimiento de los elementos.

Así empezó la comunión con el cielo y el mar, la necesidad de responder a sus deseos con una obra que fuera oración, gozo de los elementos.

Para Cecilia Vicuña la intuición, como una flor muy pequeña que se abre despacio a través del tacto y de la escucha, es esencial. Ella cultiva esa agudeza, la sensibilidad necesaria para percibir la vibración ―de la vida andina más ancestral, de los desaparecidos durante la dictadura, de una tierra gimiente y olvidada― y la reconduce a un espacio gutural desde el cual ella canta, ora, reivindica, ofrenda, agradece, va tejiendo nudos de memoria, tal y como en las regiones precolombinas del Perú tejían su quipu para hacer registro, mediante nudos de colores, de cada una de sus historias.

El poema se da no tanto en la palabra sino en lo que en ella hay de energía y rito. Cada una de las plegarias de Vicuña descompone sus vocablos, los deshace, los rehace, los transforma. El lenguaje silabea, modula, muta en organicidad. En PALABRARmas, uno de los libros de Vicuña al que en España podemos acceder gracias a su digitalización en la web Memoria chilena[1], ella propone “palabrar más o palabrir”, es decir, labrar, armar y desarmar palabras, abrirlas, en definitiva, a un lenguaje que todavía puede inventarse, que todavía puede hallarse yendo “simultáneamente hacia dentro y hacia atrás”, posando el oído en el vientre del sonido más antiguo, pulsando la cuerda vocal primigenia de cuya vibración nació el habla, nacieron todas las canciones que, generación tras generación, las mujeres andinas ofrendaron a los ríos, al cielo y a las montañas.




 “Un lugar es un sonido y una forma de oírlo”, nos dice Vicuña en Lo precario. Y cuando acude a la naturaleza en busca de semillas, no sólo presta atención a esa escucha sino que la amplifica, la expande, le dota de un espacio mayor para que su voz fértil dé fruto ―un vibrar íntimo, pequeño― en el conjuro de su canto. Lo mismo ocurre cuando extiende sus hilos en el paisaje. Estos no lo delimitan, sino que lo cuidan, están recuperando los senderos que otros recorrieron con anterioridad, hacen urdimbre, se anudan en una señal respetuosa de amor a los lugares que nosotros mismos hemos ultrajado. Cada una de estas metáforas espaciales, de un fuerte compromiso medioambiental, encuentra su crecimiento, por tanto, no únicamente en el papel. De modo que la poesía, como la propia Vicuña anota, nace del cruce de la escucha, la oralidad y la escritura, emerge tanto en los cuadernos como en la tierra que cruje entre sus páginas por haber sido escritos allí donde la naturaleza es fecunda, es memoria, nos adentra en su herida pero todavía late:

Pensé que todo esto quizás no era más que una forma de recordar.

Recordar en el sentido de tocar las cuerdas de la emoción.

Re-cordar viene de cor, corazón.[2]


Alba Ceres






[1] En el siguiente enlace encontramos recopilada buena parte de la obra de Cecilia Vicuña, así como diferentes artículos relacionados con la misma: http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-3330.html#documentos
[2]  VICUÑA, Cecilia: Lo precario (Amargord Ediciones, 2016).


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