jueves, 23 de febrero de 2017

MOVILIDAD EXTERIOR de CARLOS MAZARÍO (por Sara J. Trigueros y Carmen Juan)






MOVILIDAD EXTERIOR

CARLOS MAZARÍO 

IV Premio Fractal de Poesía










Escribir sobre Movilidad exterior es rememorar una alegría doble. Primero por Fractal, que  aunque poco antes de fallarse el IV premio homónimo anunciaba el cese de su festival poético, sigue al pie del cañón sin necesidad de mayores botones de muestra que el último poemario de Carlos Mazarío. Primero por Fractal y segundo porque fue un placer formar parte del jurado que decidió que fuera esta obra la premiada, como placer es hoy poder hablar de ella.

Mazarío es un autor alicantino con dos títulos a sus espaldas (este es el tercero): Un incendio (2015) y Mi vida en Camposanto (2016). En su momento se dijo que Movilidad exterior era un terreno donde convivían en feliz armonía las pretensiones estéticas con el compromiso con una realidad que no puede encararse al margen de una mirada crítica. Ambos polos contribuyen a que la obra premiada lo fuera por méritos propios.

Hoy, donde lo social no es precisamente una corriente estética en boga, y donde lo social a muchos suena a cantautor barato, puede considerarse arriesgado apostar por un poemario donde este concepto es el epicentro sobre el que escribir poesía. Y el riesgo se supera al evitar caer en tópicos y sensibilidades baratas. Movilidad exterior se aleja del yoísmo melodramático, aunque no prescinda del drama y la primera persona sea ineludible, a veces sólo para imprimir una pátina de humor. Aunque “lo social” tiene muchas vertientes, Mazarío escoge solamente una (el no future del que ya hablaron los Sex Pistols), pero esboza las otras de forma tangencial siguiendo una cadena de fichas de dominó cuya caída repercute sobre el resto.

El poemario se estructura en tres partes y su construcción es, en cierto sentido, circular, como lo es también la de algunos de sus poemas. Se trata de secciones con centros deícticos: aquí, allí, allá. Se abre —y se cierra— con claros ecos del Dámaso Alonso de “Insomnio”, equiparando Madrid a un cementerio del que la burbuja no consiguió salvar ni los cimientos. De los restos, poco es también lo que se salva: ni el circo televisivo al que ya estamos más que acostumbrados, ni los catastróficos resultados de la educación pública. En algunos poemas aparece un yo que, en ocasiones, se transfigura en un Ulises cuya Ítaca resulta invertida (por ejemplo en poemas como “Maldición”).  El allí es el lugar de destino y a él le corresponden poemas mucho más breves, compactos como el agua en los países del frío (“Al helarse, la nieve se encoge y se comprime. // El corazón se hiela también, también se encoge”). 

Cuando se habla, en el allí, del lugar de origen donde “volver ya no es volver, / es sólo ir”, el lenguaje se extiende de nuevo, pero predomina una visión del sujeto desde una otredad rimbaudiana que anticipa la despersonalización del exiliado por parte de medios y gobiernos. En cuanto al allá, que no deja de ser una relativización de la tragedia a partir de otras tragedias, la ironía es una tabla de salvación.

Sabemos que muchos premios de este país no son fiables, pero con textos tan plurales como el de Carlos Mazarío se demuestra que la convocatoria de Fractal es fiel a unos sólidos principios en los que prima la calidad y la aventura frente al bienquedismo tan común a los tiempos que corren.


Sara J. Trigueros
Carmen Juan



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