jueves, 23 de marzo de 2017

CAÍDAS de TERESA SOTO (por Noelia Illán)






CAÍDAS
Teresa Soto
In Corpore, 2016








Caída.
1. Acción y efecto de caer o caerse.
2. Declinación o declive de algo.
3. Manera de caer los paños y ropajes.
4. Derrota, hundimiento, fracaso.


Ese es el título que Teresa Soto González (Oviedo, 1982) ha elegido para su cuarto poemario. Después de UN POEMARIO, que le valió en 2007 el Premio Adonáis de Poesía y fue publicado por Rialp al año siguiente, vio la luz EROSIÓN EN PAISAJE (Vaso Roto, 2011) y NUDOS (Arrebato Libros, 2013). Ahora nos trae de la mano de la editorial In Corpore este CAÍDAS que ya adelanta desde su mismo título lo que nos vamos a encontrar.

Pero Teresa no se conforma con la tónica general de este tipo de poemarios. No se limita a contar la caída, la pérdida, el dolor desde un punto de vista activo, desde un sujeto que opera y que sufre directamente. En este caso, Soto nos lleva de la mano por un camino donde el yo poético es un mero espectador de esa caída, tanto que incluso llega a dolerle, pero siempre desde la observación y el detalle, centrándose en los pequeños gestos, en los rincones, en los símbolos.

CAÍDAS está claramente dividido en dos partes que incluso la misma autora considera casi independientes, no sólo por estar escritas en momentos distintos, sino porque el lenguaje y la perspectiva del sujeto cambian considerablemente. Ambas partes tienen puntos de conexión claros, como la pérdida y el duelo, pero es el sujeto el que cambia. 

Tenemos, por un lado, EL DORADO, una parte menos visceral, más de observación por parte del yo poético, donde el dolor se extrae a través de la memoria. El yo se adentra en el recuerdo y observa el dolor para buscar así su identidad. En CAÍDAS, la segunda parte, encontramos un yo que se adentra en la muerte, que la huele de cerca y reflexiona sobre la vida. El protagonista de ese dolor es, por tanto, el mismo, pero su punto de vista cambia, su percepción. Bien ha escogido ese título Teresa para la primera parte, EL DORADO, haciendo referencia al parque natural de California, que nos lleva además a pensar en un mundo más idílico, más positivo, como un espacio utópico donde el sujeto recuerda su pasado y descubre entonces el dolor. Percibe su fragilidad y descubre que el mundo está lleno de dificultades: reconoce el dolor como suyo.

En el suelo lunar de granito
extendimos los brazos y las piernas
nos sonreímos
un poco
con cautela
estábamos siendo felices
entre tanta ruina
y tanta pérdida
qué miedo nos daba
el puro contento del agua dorada
del aire limpio, las bocas llenas de besos
El Dorado.

En CAÍDAS el dolor ya está en él, volviéndose el lenguaje más crudo y frío, recurriendo a imágenes físicas que dan fe de ese duelo, de esa caída. Los espacios ya no son idílicos: no hay memoria, no hay recuerdo. El dolor está ahí y todo se vuelve más íntimo.

En la casa
que en tu vida
existió tres veces
una cuando naciste
otra cuando la dejaste
otra cuando volviste.
A la vuelta
con la habilidad
del ladrón
registraste
las diferencias:
todo distinto
nada igual,
salvo las amapolas.
Amapolas naranjas
de California
estaban vivas
y eran hijas de las hijas.
Tú, hijo del hijo,
te llevaste una semilla
para que siguiera vivo
en el naranja
del pétalo
y te viera pasar por las mañanas
hermoso, alto
reluciente, al sol
hijo suyo
vivo
como él.



El lenguaje al que recurre Teresa será, a veces, casi visceral. Los detalles le ayudan a expresar esos gestos y momentos que hablan del duelo y la pérdida. Son ideas condensadas, en muchas ocasiones con elementos muy físicos que hablan de la percepción del mundo por parte del yo poético. Reconoce el dolor y la herida sigue abierta. Pero también hay silencios, ausencia de imágenes que ayudan precisamente a meternos en el personaje como si de nosotros mismos se tratara.

Mírame para saber que aún.
Tócame para saber que sí.
Sujétame para entender cómo.
Deshaz la línea toda
que me demarca.

Hay dolor, hay memoria, hay duelo y herida, hay muerte y pérdida, pero también hay esperanza y una consciencia muy clara del pasado. Encontramos la casa, el verano, el regreso, los secretos del pasado… pero al mismo tiempo no dejamos de ver supervivencia, voluntad,  fuerza, futuro: resurrección.

Nuestro deseo: habitar una isla,
dejarla que tome forma
a golpe de estar en ella.
Habitar una tierra,
dejarla que se rodee de mar
y se aleje lo justo.

Es, en definitiva, un poemario que nos habla de la consciencia del duelo: el reconocimiento de que existe el dolor, aunque no sea propio directamente, y de que existe siempre la posibilidad de caída, como el arcano Ícaro, pero también la necesidad de levantarse.


 Noelia Illán


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