martes, 28 de marzo de 2017

HOY FIRMA: CRISTINA R. MARTÍNEZ TORRES. "MIGUEL HERNÁNDEZ: EL VERSO HERIDO"



En el 75º aniversario de su muerte


Pocos meses después del término de la guerra, un fatigado y hambriento Miguel Hernández se propuso huir a Portugal. En aquel trágico 1939, la policía lusa lo encontró indocumentado, con la ropa desgarrada y apenas algunas anotaciones en su bolsillo. La única posesión de valor que portaba encima era el reloj de oro que Vicente Aleixandre le había regalado en marzo de 1937, con motivo de su ansiado enlace con Josefina Manresa. Pensaron que tan sólo era un ladrón, y le devolvieron a España.


Hoy, 28 marzo, se conmemora el 75º aniversario de la muerte de Miguel, cuya lectura se actualiza en los ojos de quienes siguen bebiendo gota a gota sus versos y se complacen en desentrañar el amor, la muerte y la vida que el poeta dejó como legado.

Sin embargo, los lectores del verso hernandiano no debemos olvidar que el sueño que Miguel persiguió durante su recortada vida fue el de ser dramaturgo. Quiso, y así lo intentó, vivir del teatro, a pesar de que, como decía María Zambrano de él, era “hombre nacido para ser poeta”. Este anhelo le llevó a componer seis obras teatrales en un periodo de tres años, con la mirada constante en la estela que a su paso dejaba Federico García Lorca, y que se convirtió en una aspiración que no tuvo tiempo de alcanzar.

El 30 de octubre de 1910, Miguel Hernández abría los ojos en Orihuela, flanqueada por la sierra que porta su nombre. La Huerta se hace eco de los diez únicos parajes similares existentes en todo el mundo. Colindante con la Región de Murcia, Orihuela es para Alicante la capital de la comarca de la Vega Baja del Segura, al que hace orilla.

La inteligencia de Miguel deslumbró a ojos de sus docentes y responsables con tan sólo doce años. Un ingenio y astucia muy despiertos que le persuadían a buscar interiorizar más saberes de los que a su edad le pertenecían. Era la imagen viva de una familia aislada del papel, aferrada a conservar la tradición de sus ancestros y a perdurar el oficio de la tierra.

En torno a 1929, la necesidad de Miguel de salir del cerco de su pueblo es ya inaplazable. Escribirá entonces una famosa carta a Juan Ramón Jiménez, quien le ayudará en su primer viaje a la capital. De él supo absorber una realidad que le acompañó siempre: <<la poesía es lo espontáneo sometido a lo consciente>>. Llegó a Madrid el 2 de diciembre de 1931, ocho meses después de ser proclamada la II República, con una libreta repleta de poemas bajo el brazo y con el escaso dinero que habían recaudado sus amigos para tal propósito.


Miguel Hernández en la calle, 
leyendo en voz alta

Era, este, un Miguel curtido a base de conservadurismo y dogma católico, heredero de la estética más barroca de la que había bebido, incapaz de calcular el alcance de la transformación que sufriría en apenas dos años. Su conocimiento de los círculos literarios de la capital, le inspiran en su primer libro de verdadera calidad, el gongorino y de cuidada metáfora, Perito en lunas (1933), espléndido ejercicio de la lucha teórica y retórica con la palabra y la sintaxis, donde manifiesta una extraordinaria voluntad de estilo y fuerza poéticas. El Miguel de este momento comienza a saber hacer de la palabra su instrumento. En 1934, absorbe las enseñanzas de los círculos de la Generación del 27 y su amistad con Vicente Aleixandre se hace realmente estrecha y afectiva. Hernández pasó muchas noches en la capital sin más cena que la pudiera ofrecerle su siempre compañero.

Ya en 1936 su postura vital y artística da un vuelco completo hacia el ambiente que le proporcionan personajes como el mencionado Aleixandre o Pablo Neruda y el influjo de la revista Caballo verde para la poesía. Una trepidante evolución personal que, desde luego, se presta por entero a explicar el camino a la perfección en su obra. Además, el contacto con Manuel Altolaguirre, Rafael Alberti, Luis Cernuda y María Zambrano, se hace cada más frecuente e intenso. A partir de este momento, comienza a colaborar asiduamente en Revista de Occidente y La Gaceta Literaria, entre otras, y publica en este mismo año El rayo que no cesa, con algunos sonetos inspirados en su relación con Maruja Mallo.

Comienza entonces la dicotomía hernandiana, la cual arrastrará durante un corto periodo de tiempo pero que será clave en su posterior trayectoria. Había que elegir entre el pasado conservador que pesaba sobre su espalda y el presente que lo envolvía. Miguel Hernández eligió la influencia consciente de Neruda y Aleixandre a través de los cuales se impregnó de las formas poéticas revolucionarias y de lo que después vino a llamarse <poesía comprometida>, cuya filosofía social y política traspasaron íntegramente al joven poeta que exponía su yo desnudo ante el pueblo.

El estallido de la Guerra Civil le obliga a elegir filas y se sumerge en un compromiso de tipo real que incluso le llevará a enfrentarse a esos mismos círculos intelectuales, en su reproche por no luchar como él a pie de trinchera. Un compromiso que Miguel toma con entereza y al que entregará lo más tierno y fructífero de su juventud. No solamente se entregará como persona, sino que también su obra se volverá armada y de denuncia.

Cartilla militar de Miguel Hernández

Se incorpora al 5º Regimiento de Milicias Populares y es enviado a realizar fortificaciones en Cubas, cerca de Madrid. Emilio Prados, su amigo, logrará que sea trasladado a la 1ª Compañía del Cuartel General de Caballería. La tensión de la guerra le ocasiona una anemia cerebral aguda que le obliga por prescripción médica a retirarse a Cox, cerca de Orihuela, para reponerse. A estos momentos corresponden dos libros de poemas que quedarán para siempre como testimonio del dolor: Vientos del pueblo (1937), y El hombre acecha (1939) escritos entre la cama y la trinchera, así como parte del Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941) que terminará ya en la cárcel.

En la primavera de 1939, cuando la guerra está casi perdida, Miguel comienza lo que él mismo vino a llamar su turismo carcelario. Inesperadamente, a mediados de septiembre de dicho año, es puesto en libertad por un error administrativo, pero los anhelos de estar de nuevo junto a su mujer y su hijo le arrastran hacia Orihuela, donde es denunciado por un vecino y encarcelado de nuevo, ya hasta su muerte.

La noticia de una fatídica tuberculosis que inundaba su cuerpo le llegó sin que la institución aprobase su traslado al sanatorio correspondiente. Su pena de muerte fue conmutada por una pena de treinta años de cárcel, posteriormente rebajada a doce. Una reducción que llegó en 1942 con el poeta ya fallecido el 28 marzo a causa de su enfermedad. El amor en la vida y el amor en la muerte fueron las llaves de sus versos y no cesó de escribir hasta su último día.

Muchos son los que han desechado la poesía hernandiana tachándola de prosaica e, incluso, de panfleto político. La mejor defensa contra la crítica más purista reside, precisamente, en la lectura de su obra, especialmente de Perito en lunas o El rayo que no cesa y, por supuesto, Cancionero y romancero de ausencias. Pero no es necesario, de hecho no es nada recomendable, esconder la faceta comprometida de Miguel. Él pronto supo asumir una verdad que no se agotó en sus versos: el poeta es siempre hijo de su tiempo, tanto si decide comprometerse con lo que en él sucede, como si decide evadirse y eludirlo. Lo que, por otro lado, también es una forma de compromiso. Él escogió libremente la primera de las opciones y lo hizo bajo una premisa: “Una gota de pura valentía vale más que un océano cobarde”, escribía.

Otros, han utilizado y utilizan el apellido de poeta cabrero para definirle. Pero para bien o para mal, Miguel no era cabrero. Era poeta. Es cierto que su familia se dedicaba al cuidado y venta de cabras, entre otros quehaceres, y a Miguel le gustaba pasar largas temporadas aferrado a la tierra, pero era poeta.

Por si en un día como hoy cabe duda alguna de la necesidad encarecida de la lectura y recuperación constante de la obra de Miguel Hernández, bien puede recurrirse a tres nombres propios que dieron testimonio de ello. En primer lugar, José Agustín Goytisolo, quien en su Elegía al poeta escribía:


[…]Es una historia conocida, amigos,
todos la recordamos,
—viento del pueblo se perdió en el pueblo—
pero no ha terminado.

Hace tiempo hubo un hombre entre nosotros,
alegre, iluminado,
que amó y vivió, cantaba hasta en la muerte,
libre como los pájaros.[…]

En segundo lugar y como no podía ser de otra manera, su amigo Vicente Aleixandre quien también en la Elegía a él dedicada decía:

[…]No, ni una sola mirada de un hombre
ponga su vidrio sobre el mármol celeste.
No le toquéis. No podríais. Él supo,
sólo él supo. Carne sólo para amor. Vida sólo
por amor. Sí, que los ríos
apresuren su curso; que el agua
se haga sangre; que la orilla
su verdor acumule; que el empuje
hacia el mar sea hacia ti […]


Y, finalmente, las palabras de uno de los mayores defensores a ultranza del verso hernandiano, Pablo Neruda, y por cuyas líneas parece no haber pasado el tiempo:

Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!

Josefina Manresa y Miguel Hernández escribiendo en Jaén, 1937



Cristina Rosario Martínez Torres

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